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jueves, 19 de abril de 2012

Qué fue primero?

   



Guys and Dolls (rockin´the boat)

Como casi siempre, todo comenzó con una novela. O en este caso con un cuento corto del periodista Damon Runyon titulado "The Idill of Miss Sarah Brown", una simpática historieta sobre una devota catequista rescatadora de almas descarriadas que se enamora locamentede un jugador empedernido.
Publicado a comienzos de los años treinta, este relato cómico y romántico ponía en contraste la inocencia de una chica inexperta y naif con los kilómetros de un canalla redomado al que ella tendrá que enderezar. ¿Pero quién cambiará a quien?
En otro cuento del mismo autor titulado "Blood pressure" (presión sanguínea) se habla de un grupo de apostadores profesionales que están organizando una partida secreta en los bajos fondos del Nueva York de la ley seca. Lanzadores de dados, traficantes de alcohol, chicas de coro, gangsters de poca monta... estas historias estaban pidiendo música a gritos ¿no?
A finales de los cuarenta, Cy Feuer (productor de las películas Cabaret o A chorus line) y Ernest Martin se embarcaron a llevar al teatro estas obras fundiéndolas en un solo argumento. Para ello contrataron a uno de los co-autores del guión de Gone with the wind Jo Swerling. Pero tras un primer vistazo al libreto decidieron que le faltaba las dosis de picardía que el material estaba pidiendo. Finalmente le ofrecieron el trabajo al famoso actor, escritor y cómico de la radio Abe Burrows. El caústico showman salpimentó la historia con toda la gracia canalla y el humor caústico que le caracterizaba y que requería el tema. Precisamente fue Burrows quien impidió que el musical ganara un Pulitzer al estar vetado por el Comité de Actividades Antiamericanas. Parece que su cínico criticismo con el sistema lo había colocado en el punto de mira del sabueso McCarthy.
Ya solo faltaban las canciones. Después de barajar otras opciones, finalmente el encargo fue para un conocido letrista de Hollywood llamado Frank Loesser (How to succeed, The most happy fella). Muchos no apostaban por su capacidad musical, y sin embargo sorprendió a todos con uno de los más generosos repertorios de canciones en un show hasta la fecha. Guys and Dolls, I´ll know, Adelaide´s lament, Luck be a lady... y una de las baladas más románticas de la historia de Broadway, I´ve never been in love before. La combinación de ritmos trepidantes -jazz, swing, rag- y frases sarcásticas, con melodías enternecedoras y emotivos versos hace de esta partitura una de las mejores, sin duda. Un clásico.
En noviembre de 1950 y dirigido por otro polémico humorista, George S. Kaufman, se estrenó en el teatro de la Calle 46 con un estruendoso éxito de crítica y público. 1200 representaciones confirmaron la calidad de la combinación de elementos (una memorable coreografía de Michael Kidd) y un reparto en el que sobresalía la estupenda Vivian Blaine, la única de los cuatro protagonistas que se mantuvo en la traslación al cine. Ésta no se hizo esperar demasiado, era inevitable llevar esta divertida comedia a la gran pantalla. En cinemascope y a todo todo color.
En 1955 la Metro-Goldwyn produjo la versión cinematográfica dirigida por un novato hasta entonces en el cine musical, Joseph Leo Mankiewicz (Eva al desnudo, La condesa descalza, Cleopatra). La gran apuesta -en una película llena de apuestas- fue la elección del cuarteto protagonista. Salvo Frank Sinatra, que ya había demostrado solvencia suficiente en la música, y Vivian Blaine que repitió papel, dos absolutos intrusos en el género completaron el cast.  Ni Marlon Brando ni Jean Simmons habían hecho cine musical, pero eran dos de las estrellas más populares -y rentables- con las que la MGM contaba en esos momentos. Tras barajar nombres como el de Gene Kelly -para el papel de Sky Masterson- y los de Marilyn Monroe o Grace Kelly para el de Sister Sarah, se decidieron por ellos tal vez al comprobar la buena química de la pereja. Chemistry? Yeah, chemistry! se decían el uno al otro en su primer encuentro, antes de cantar la hermosa I´ll know.
Añadiendo y eliminando algún que otro número musical -aunque conservando intactos los principales- y usando unos decorados coloristas y artificiales que parecían haberse escapado de entre la tramoya original, el resultado de esta adaptación fue de primera. ¿Quién no querría ver cantando -y bailando- a Brando? Sí, este fue el reclamo principal, pero no olvidemos la fama que precedía al producto, no olvidemos la inmensa popularidad de Sinatra en los cincuenta, y desde luego una trama que prometía comedia burlesca y romántica a partes iguales.
La historia de este par de crápulas a punto de ser cazados por sendas damas, se instaló permanentemente en el pódium musical y cinematográfico americano. Las distintas versiones se fueron sucediendo por todos los escenarios del país. Pero el regreso a Broadway por la puerta grande esperó más de cuarenta años. El 1992 y con un reparto de lujo que incluía a Nathan Lane y Peter Gallagher como Nathan Detroit y Sky Masterson y Faith Prince y Josie de Guzman en los papeles de Adelaide y Sarah, se estrenó un revival que permaneció más de tres años en cartel. En sucesivas revisiones (2005 en Londres o 2009 en Broadway) han intervenido estrellas como Ewan McGregor, Jane Krakowski, Patrick Swayze y hasta el medio olvidado Don Johnson que sustituyó a Douglas Hodge (La cage aux folles) cuando dejó la función en Londres en 2006.
En España se hizo una versión libre dirigida por Mario Gas en 1997. Los que la han visto cuentan que fue tan desconcertante como interesante. La trama se muda desde los alrededores de Times Square al interior de una prisión en la que los reclusos deciden montar un musical. Algo diferente ¿por qué no?
Coristas deseando colgar las plumas y caminar hacia el altar, jugadores que se resisten a hacer su última apuesta, inocentes catequistas que se emborrachan con un batido de leche -y Bacardi-, matones, traficantes y estafadores que no quieren ser redimidos, aunque saben que el juicio final se acerca. Todos cantando y bailando hasta hacer tambalearse el barco. ¡Cuidado que nos hundimos! Sit down, you´re rockin´ the boat!  
     








domingo, 1 de abril de 2012

What´s about?




La historia más grande jamás cantada

Es jueves, y no uno cualquiera, es Jueves Santo. Unos se van de vacaciones, otros se arremolinan a las puertas de las iglesias a esperar las procesiones, otras sufren los rigores de los tacones y las peinetas mientras algunos han decidido –con muy buen criterio- quedarse en casa y ver una vez más La Túnica Sagrada, Quo Vadis? o Rey de Reyes. A esta lista de clásicos pasionales tenemos que añadir uno esencial, una revisión hippy y transgresora sobre los últimos días de Cristo en la tierra. Jamás se pensó en un tema más trascendental para convertirlo en musical. Jamás nadie pensó que la Biblia pudiera romper taquillas en Broadway.  A nadie antes se le había ocurrido lo que la historia sagrada podía dar de sí. Al fin y al cabo se han vendido más ejemplares de este best seller que de Harry Potter…
1970. En una de las muchas conversaciones entre los autores y amigos Tim Rice y Andrew Lloyd Webber –que ya habían trabajado juntos en otra obra “bíblica” Joseph and the amazing technicolor dreamcoat- vuelven a hablar sobre una locura que les rondaba desde hacía tiempo. El concepto ópera rock no existía antes de finales de los sesenta. Tommy (The Who), Hair o el mismo Joseph eran los únicos precedentes de este novedoso concepto. Aliñar los evangelios de San Mateo con baterías y guitarras eléctricas suponía un cierto riesgo, pero eran los setenta y la gente estaba ávida de experimentos psicodélicos, y desde luego mucho más abierta a nuevas ideas que hoy día. Así que se pusieron manos a la obra, a redactar el libreto –casi inexistente al tratarse de una ópera- las letras y las músicas. En poco tiempo ya estaba listo el repertorio pero aún sin productor que quisiera entregar su pellejo como prenda en esta insólita empresa. Por el momento grabaron un disco con los temas principales y al instante ya había un par de ellos colocados en las listas de éxitos (Superstar y I don´t know how to love him) Esto supuso alguna garantía para producir el show.  Los intérpretes del vinilo eran Ian Gillian (Deep Purple) en el papel de Jesucristo, Murray Head (One night in Bangkok, Sunday, bloody Sunday) como Judas y una hawaiana semidesconocida llamada Yvonne Elliman como María Magdalena. La única, por cierto, que repitió papel en el estreno de Broadway y en la posterior película.
La popularidad del disco hizo que en pocas semanas fueran varias las producciones de aficionados -high schools y pandillas de jóvenes cristianos progres- que se pusieran en marcha. Todas sin autorización de los creadores. Era la primera vez que un musical se ponía en escena por amateurs antes de que se estrenara oficialmente. Pero la realidad es que ya nadie podía parar la “superstarmanía”.
En 1971 abrió sus puertas en el Mark Hellinger Theatre dirigido por Tom O´Horgan. Y no con las mejores críticas. La moral católica reaccionó de forma enérgica. Demasiado cinismo, demasiada política, demasiada humanidad y…demasiado Judas. Una historia sobre la pasión de Cristo en la que la resurrección no significa nada, en la que la Virgen María es ignorada, en la que Herodes aparece como una vieja reina del vodevil y en la que el punto de vista de la narración parte de Judas Iscariote… demasiada provocación.
Pero no olvidemos que a fin de cuentas quien de verdad manda en Broadway es el lobby judío, y parece que a pesar de lo que para su religión también significaba esta iconoclasta revisión, el olfato de los productores pudo mucho más y aquello, pese a todas las controversias, olía a taquilla que apestaba.  
En el estreno el papel de Judas lo hacía nada más y nada menos que Ben Vereen (Pippin, Sweet Charity, All that jazz), la “pierna derecha” de Bob Fosse. Otra transgresión, un Judas negro. Lástima que al enfermar lo tuvo que ser reemplazado por Carl Anderson, el Judas de la película.
En 1972 llegó al Palace Theatre de Londres donde aún consiguió un mayor éxito. Con sus casi nueve años de permanencia en cartel se convirtió en el musical más longevo en el Reino Unido hasta la fecha. Poco después le quitó el record otra creación del mismo autor, Cats.
Desde Lituania hasta Australia pasando por Hungría o Venezuela, el Superstar arrasó en cada país que adaptó el show. El estreno de la versión cinematográfica no se hizo esperar demasiado. En 1973 Norman Jewison (El violinista en el tejado, Hechizo de luna) dirigió esta austera superproducción con el rockero Ted Neely como Jesús y Carl Anderson e Yvonne Elliman repitiendo los papeles de Judas y Magdalena. Rodada en desérticos parajes de Israel, la película prescinde de gran parte de la tramoya teatral optando por un minimalismo cercano a lo onírico. El vestuario y los escasos decorados revelan la enorme influencia que el movimiento hippy tenía en estos momentos.  
A Madrid llegó en 1975. El productor Jaime Azpilicueta se atrevió con un montaje hipermoderno, algo que no se había visto jamás en nuestro país. Pero el riesgo no fue tanto al contar con una estrella como Camilo Sesto como protagonista. Angela Carrasco y Teddy Bautista  (sin comentarios) fueron Magdalena y Judas. Uno de los logros fundamentales de esta versión fue la traducción de las letras, sin duda una de las mejores de nuestra irregular trayectoria patria.
Pues sí, es Jueves. Hay nubes y claros. El viento amenaza con regalarnos otra tarde indecisa. No sé si tanto como para enchufarnos Los diez mandamientos, pero por lo menos para echarle un vistazo a las muestras de las diferentes versiones que traemos esta semana. Versiones de una obra que ha unido a católicos, protestantes y judíos, que ha abierto ampollas y llenado bolsillos, y que se ha instalado en la memoria afectiva de muchos –del que escribe al menos- por los siglos de los siglos. Amén.