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jueves, 31 de octubre de 2013

Who is who in the cast?






















Mandy Patinkin (The way he makes me feel)

¿No recuerdas aquella escena? ¿Una joven judía disfrazada de chico para poder estudiar el Talmud? ¿No recuerdas como se estremecía cuando él la rozaba o jugaba con ella como si fuera un compañero más? ¿Sus atemorizados ojos mirando y sin querer mirar su cuerpo desnudo saliendo del agua? No hace frío pero estoy tiritando, no hay fuego y me quemo...  El solícito alumno de la yeshiva, el alegre mozo que enamoró a su amigo -a su amiga- no era otro sino él. Avigdor, Ché Guevara, Georges Seurat, Iñigo Montoya, Saul Berenson... Todos en uno.
Hoy apuntamos nuestro cañón de luz hacia una cara poco corriente en el mundo del musical, una voz y una forma de usarla nada común. A veces es necesario encender el "spotlight" en medio del escenario a oscuras para enseñar a todo el mundo quién es ése o aquel. Especialmente cuando oyes comentar lo bien que lo hace el agente barbudo de Homeland o el médico de Chicago Hope sin ni siquiera recordar como se llama. 
Mandel Bruce Patinkin, ese es su nombre. Nacido en Chicago hace sesenta y un años, descendiente de hebreos rusos y polacos, buen hijo, buen padre y buen esposo. Un buen judío curtido en mil ceremonias desde su infancia, un hazzan, un miembro del coro de la sinagoga al que no sabían en qué grupo vocal meter. ¿Tenor, contralto, soprano, castrato?
Su paso por Juilliard no hizo más que reafirmarlo en lo que él siempre había deseado, convertirse en actor y cantante. Pero por ese orden, un actor que puede interpretar con todos los elementos de su cuerpo, incluida la voz. Así son los grandes de Broadway, y no al contrario. Papelitos en anuncios, intervenciones en series, apariciones en televisión y de repente... Evita.
Cuando ni siquiera estaba bien definido uno de los personajes más discutidos del famoso show, cuando aún no se había popularizado el Don´t cry for me... cientos de actores de Londres o Nueva York ya lampaban por conseguir el papel. Y fue para él. Lo que había hecho David Essex en el West End -muy bien por cierto- lo mejoró al otro lado del Atlántico. El Tony al mejor actor secundario lo reafirmaba como uno de los valores más seguros del mundillo teatral de finales de los setenta. Y según recuerda la LuPone en su impagable biografía, fue gracias a él que pudiera resistir la brutal presión de aquellas tremendas funciones interpretando "unas canciones que solo habría podido componer alguien que odiara a las mujeres!".  No solo ella, son muchos los que dan fe de su calidad de compañero muy por encima de la de artista.
Pero cuando apenas acababa de despuntar en teatro, el cine ya le estaba echando el lazo. Tras varios trabajos perfectamente olvidables le llegó su estreno de verdad en Ragtime, de Milos Forman. El papel del emigrante Tateh era perfecto para él, como si Doctorow lo hubiera tenido en mente al escribirlo.
Siguiendo con las adaptaciones de clásicos hebreos, Yentl le brindó su segunda gran oportunidad en pantalla grande. A pesar de que en la productora barajaban nombres más populares, la Streisand -directora e intérprete del filme- lo vio claro, él y no otro sería el honesto y atormentado Avigdor, el chico que la obligó a salir de su armario de miedo y vergüenza. Lástima que no le diera alguna canción para cantar, pero -ya lo séee- ella y nadie más era la protagonista.
Maxie (junto a Glenn Close), The Princess Bride (cinta de culto si las hay donde hacía del espadachín Iñigo Montoya), Dick Tracy (como el pianista enamorado de Breathless-Madonna)... y muchas más fueron las películas que vinieron después, pero en Hollywood nunca apostaron por él como cabeza de cartel, algo que sucede a menudo con los grandes talentos del teatro.
De lo que nos alegramos infinito, porque así fue como regresó a la costa Este y se subió de nuevo a un escenario, a uno con un lago, árboles pintados, paseantes con sombrillas y perros juguetones. Un dimanche après-midi à l'Île de la Grande Jatte fue la inspiración del musical Sunday in the park with George. Una de las obras más arriesgadas y originales de las últimas décadas. La obra maestra -bueno, otra más- de Stephen Sondheim.
El encuentro con el autor cambió definitivamente su trayectoria y su repertorio. Si no hubiera sido porque otro George (Hearn) se subió en los tacones de un tal Alvin en La Cage aux Folles, su segundo Tony le habría llegado con este personaje único, como él.
The Secret Garden, Falsettos, The Wild Party y una nutrida serie de conciertos por teatros llegaron después de su consagración definitiva, y la televisión, las series.
Y así volvemos hasta Saul Berenson y uno de los mejores personajes de una de las mejores series del momento, Homeland. Las series están de moda, lo cual favorece a un montón de actores y actrices desechados por la cruel industria del cine que usa y tira genios a cada segundo. Muchos buscan refugio en estos culebrones de auténtico lujo, o entre los bastidores de la gran ciudad, que tampoco está nada mal. Él es uno de ellos, por suerte para nosotros.
La primera vez que lo vi fue hace trece años, cuando hizo su último musical en Broadway -The Wild Party- y fui a esperarlo a la salida de actores, claro, pero no le pude decir nada porque me quedé mudo. No es muy alto, ni muy guapo, ni impone especialmente, pero tenerlo a un palmo de mi persona me hizo sentir... no sé como explicarlo, algo parecido a lo que siento cuando lo oigo cantar con esa voz frágil casi a punto de quebrarse y dura como el granito al mismo tiempo. No me preguntes por qué, hay cosas que no se razonan. Pero cuando oigo su voz es como si... tiritara sin hacer frío, o me quemara aunque no haya fuego.



 
 
 
 
 
 
 

martes, 15 de octubre de 2013

Another opening, another show! (Una historia de Broadway 8)




There's no business like show business

Ya lo dice la famosa canción, "no hay negocio como el del espectáculo". Y de eso se dieron buena cuenta los productores e inversores del Broadway de finales de los años 40. Desde piezas tan célebres como Oklahoma! o Carousel hasta otras menos conocidas como One touch of Venus o Bloomer girl, los éxitos de taquilla se sucedían estimulando cada vez más la puesta en marcha de nuevos proyectos así como el deseo del público de gastar su paga en los puestos de alrededor de Times Square.
La maquinaria pesada ya estaba en marcha, y en gran parte gracias a una serie de autores que garantizaban calidad y espectáculo de primera. A finales de los años 40 la ciudad de Nueva York era consciente de haber creado una marca única que se situaba justo entre el divertimento y la excelencia a prueba de fanáticos y críticos. The "Golden age", la edad de oro, la cúspide, la cima de la montaña a la que nunca más se llegará a escalar del todo.
Rodgers y Hammerstein seguían siendo los reyes del mambo. No solo componiendo, sino en la producción de shows de otras firmas, este tándem seguía dando dividendos inusitados hasta el momento. Cuando Dorothy Fields (autora de los libretos de Redhead o Sweet Charity) les propuso montar un musical sobre la vida de la célebre pistolera Annie Oakley, no se echaron las manos a la cabeza  como habrían hecho otros, al contrario, le dieron su apoyo y corrieron a buscar a uno de los padres del teatro musical americano, a un veterano Irving Berlin, el único que según ellos podría salir airoso de tan complicada empresa. Y así nació "Annie get your gun", el musical de mayor éxito del autor, dentro del cual se encuentra el verdadero himno del mundo del espectáculo que hoy da título a esta humilde entrada.
Eran tiempos en que los grandes estudios de Hollywood aguardaban ansiosos la reacción del público teatral para pujar por los derechos y llevar estas piezas al cine. On the town, Call me madam, Guys and Dolls, Carousel, Oklahoma! o la propia Annie get your gun! se convertían en filmes de éxito mientras la MGM luchaba con la 20th Century por ver quién se llevaba el gato al agua (en estos años solía ganar la primera, por cierto). Aunque en la mayoría de los casos nunca conseguían igualar la aceptación que habían tenido entre bambalinas.
Otra pieza que dio el salto del terciopelo al celuloide fue Kiss me Kate, un musical que escribió Cole Porter cuando todos pensaban que ya estaba pasado de moda. ¿Porter pasado de moda? ¿Pero alguna vez ha sucedido tal cosa? El último gran éxito del autor de Anything goes venía de una descabellada idea de la pareja de letristas Bella y Samuel Spewack, convertir La fierecilla domada de Shakespeare (The Taming of the Shrew) en una alocada comedia musical. Ni los Spewack ni el mismísimo Porter habían estado nunca tan inspirados, los primeros ideando la historia de amor y odio en paralelo a la comedia shakesperiana, y el segundo componiendo una serie de temas geométricamente perfectos en música y letras. Another op´nin, another show, So in love, Why can´t you behave, Too darn hot, From this moment on... Tras varios fracasos seguidos -así como sendos episodios dramáticos en su vida personal- Kiss me Kate fue el regalo que merecía su autor y uno de los taquillazos que contribuyeron a que la edad de oro de Broadway lo fuera de verdad, en el sentido más material de la expresión. Corría 1948.
Al año siguiente, el telón del Majestic Theatre descubrió otro éxito sin precedentes, un hito absoluto en la historia de Broadway y en la de sus creadores, South Pacific.
Richard Rodgers y su socio, el letrista Oscar Hammerstein, acababan de sufrir la primera gran decepción de su carrera juntos con un fiasco llamado Allegro, el cual, a pesar de tratarse de una obra valorada por la crítica, no ganó la simpatía de los espectadores. Una obra difícil, minimalista, agridulce y nada autocomplaciente llegó tal vez mucho antes de que el gran público estuviera preparado para bocados tan especiales. Así que con su siguiente pieza tenían que romper la racha, hacer salir otra vez al conejo de la chistera del triunfo. Y así fue.
James A. Michener había publicado una colección de cuentos llamada Tales of the South Pacific en los que narraba las aventuras de un grupo de marines norteamericanos en la Polinesia durante la Segunda Guerra Mundial. El planteamiento narrativo prometía exotismo, romance, comedia y drama a un tiempo, un plato suculento para los cazadores de ideas de aquel Broadway. Dos historias de amor entrelazadas, la de una enfermera del ejército y un maduro colono francés junto con la de un teniente y una joven y bella nativa. También ponía un tema incómodo sobre la mesa, el de las relaciones raciales entre los soldados y la población ocupada. El espinoso asunto del racismo.
En Finian´s rainbow (1947) ya se rozaba la temida cuestión pero en clave de comedia, de una forma ligera, casi frívola, pero aquí sería diferente. Los personajes sufren y reconocen sus prejuicios, hasta hay una canción en la que se habla abiertamente de la educación racista, You´ve got to be carefully taught (Tienes que ser cuidadosamente enseñado), que por cierto estuvieron a punto de tener que retirarla del repertorio, a lo que los autores y el novelista se negaron en redondo. "Si quitáis ese tema haréis que pierda su sentido la obra entera", dijo Michener. Y a pesar de la oposición de los temerosos productores, la función se estrenó al completo, y fue un éxito atronador, y ganó el premio Pulitzer, y se mantuvo en cartel durante 1.925 representaciones, y devolvió a sus padres al pódium del que en realidad nunca habían bajado.
Y volvió a demostrar, por su calidad, su arte y sobre todo, por su rotunda valentía, que por mucho que busques por ahí... es verdad aquello que dicen de que no hay negocio como el negocio del espectáculo.
Continuará.
                          


 
 
 
 
 
 
 
  

jueves, 3 de octubre de 2013

Hey Mr. Producer!


The Prince of Broadway

En esta foto aparecen dos hombres de mediana edad. Dos amigos, dos colegas en una rueda de prensa. Uno ríe mientras el otro cuenta alguna de las miles de anécdotas que seguro han compartido.
En esta foto se concentra la historia del teatro musical americano. O casi toda.
Harold Prince (New York 1928) es el productor de West Side Story, Cabaret, Fiddler on the roof, A Little night music y el director de Evita, Sweeney Todd y The Phantom of the Opera. Probablemente no habría que decir nada más para señalar la importancia de un gigante del negocio del espectáculo, pero ya sabéis que lo haré.
El que acabó siendo el verdadero príncipe de Broadway comenzó su vida abandonado en un orfanato, como el arranque de un típico musical, una vez más un ejemplar del más puro y genuino "american dream", nacer de la nada y morir en el todo.
Cuando el broker de la bolsa Milton A. Prince lo adoptó (como hizo Oliver Warbucks con Annie) no solo le regaló un precioso apellido, sino toda una vida de oportunidades. Su talento natural para la música y al arte combinado con el heredado para los negocios lo encaminaron al mundo de la producción escénica desde que dejó la universidad de Pensilvania y regresó a NY con ganas de comerse la manzana entera.
Ayudar al director de escena en Call me Madam (1950) fue su primer trabajo y el comienzo de un camino de baldosas amarillo oro. Estar entre los bastidores de Ethel Merman durante casi dos años tiene que atarte al mundo del espectáculo definitivamente, o alejarte de él para siempre. De ahí a Wonderfull Town. Los jefes: Leonard Bernstein y George Abbot, uno de los directores más prolíficos de la historia de Broadway. ¿Te imaginas lo que tuvo que ser lidiar con dos monstruos -que ya lo eran entonces- como estos? Pero ahora era director de escena, un peldaño más que antes, un poco más de voz y voto y mucha más responsabilidad.
Algo debió hacer bien porque Abbot lo llamó para coproducir su siguiente show, The pajama game (1954), con el que empezó a recaudar Tonys hasta llegar a juntar nada más que veintiuno. ¿Dónde los guardará?
Damn Yankees, New girl in town, West Side Story vinieron detrás, y en todas fue coproductor. En esta última conoció al que sería su mitad durante mucho tiempo, Stephen Sondheim, letrista de la obra maestra de Bernstein.  A funny thing happened on the way to the forum fue producida íntegramente por él en los días en que se lanzó a la dirección teatral en solitario.
Como es lógico no todo fueron rosas en el camino de Hal, no todo fueron alabanzas, también sufrió un buen puñado de reveses. Para cosechar tantos éxitos también hay que llevarse muchas decepciones y digerirlas como se pueda. Todo un valiente se atrevió con Sherlok Holmes, Zorba el griego y hasta con el mismísimo Supermán, poniéndolos a cantar y bailar en sendos musicales que ni de lejos tuvieron el éxito esperado, llegando incluso a plantearse abandonar el mundo del espectáculo. Pero fue entonces cuando cayó en sus manos el borrador de un libreto sobre una novela de Christopher Isherwood titulada Goodbye to Berlin, rescatándole para siempre del desaliento, bueno, para casi siempre.
Cabaret (1966) fue tal vez el hito más grande alcanzado por su director y productor y una obra que cambió el concepto del teatro musical definitivamente. Todavía con el subidón de energía de este éxito sin precedentes, se involucró en el primero de una jugosa serie de proyectos con Sondheim. Aunque ya habían estado bromeando juntos sobre Plauto unos años antes (A funny thing...), será en 1970 cuando comiencen a trabajar codo con codo en exclusiva en las mejores obras de sus carreras. Company, Follies, A little night music, Pacific Overtures, Sweeney Todd... las joyas de la corona del teatro musical contemporáneo. Piezas tan valientes como originales, audaces, rompedoras y al mismo tiempo gozando de la unánime fascinación de críticos y público. Nadie más ha sabido unir calidad y comercialidad a tan equilibradas proporciones.
Pero todas las parejas tienen sus crisis y la de los dos amigos de la foto de arriba les llegó cuando estrenaron su única pieza fallida, Merrily we roll along, en 1981. El argumento de esta obra no podía ser más premonitorio, al presentarnos un letrista y un músico -old friends- luchando por sobrevivir en la batalla entre el negocio y el arte, la amistad y el interés.
Cada uno por su lado siguieron cosechando éxito tras éxito. Mientras Steve triunfaba con Sunday in the park with George o Into the Woods, Hal lo hacía con The Phantom of the Opera o Kiss of the Spider Woman, hasta que se volvieron a reencontrar para producir una pequeña y mal tratada genialidad llamada Bounce (2003).
Hace unos años se anunció un musical sobre su carrera, titulado Prince of Broadway, pero se posterga una y otra vez sin que podamos entender por qué. Bueno, la verdad es que sí lo entendemos, meter en una "revue" lo mejor de la trayectoria del productor no debe ser fácil, ni desde luego barato, y menos en unos tiempos en los que faltan valientes como Prince, temerarios diría yo.
Porque hay que tener valor para montar un show con un puñado de viejas glorias en un teatro apuntalado. O para sacar bailando a un chimpancé judío sobre el escenario de un cutre cabaret, y para poner música y canciones a una película de Bergman y a una obra de Ibsen, o para convertir a la primera dama de Argentina en la reina de Broadway. Pero sobre todo hace falta mucho, mucho valor para caerse y levantarse cada vez con más fuerza en la despiadada jungla que es el mundo del espectáculo.