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jueves, 20 de marzo de 2014

Another opening, another show! (Una historia de Broadway 9)




Shall we dance?  (Broadway, 1950)

Érase una vez una ciudad pintada de colores. Una multitud que cruza la calle, semáforos que cambian de rojo a verde. La puerta de un cine, un fotógrafo callejero persiguiendo chicas, un ciego mendigando para apostar a las carreras, púgiles entrenando, coristas en busca de trabajo, corredores de apuestas, estafadores, carteristas de la vieja escuela detrás de turistas despistados, damas del Ejército de Salvación a punto de condenarse, jugadores, bebedores, gangsters de poca monta... la fauna y flora de Times Square a principios de los 50. La inmensidad de aquel viejo Nueva York embutida en los treinta metros cuadrados de un escenario, el de Guys and Dolls.
Así lo vieron Damon Runyon y Frank Loesser, autor el primero del relato original y el segundo de las canciones del clásico que inauguró esta década prodigiosa, una década en la que se estrenaron piezas únicas y definitivas en el tótem de Broadway. Desde Damn Yankees a West Side Story, desde The Pajama Game a Gypsy.
La grandeza de esta fábula contemporánea reside, además de en su indiscutible calidad, en el hecho de burlarse abiertamente de la moralidad y los prejuicios religiosos del puritanismo, y hacerlo además con todo el descaro y la gracia elevando a un grupo de crápulas a la categoría de héroes de la calle, ratas de callejón convertidos en la nueva "aristocracia americana". Desde la forma en que vestían hasta su manera de hablar -nunca unas canciones habían reflejado tan bien el argot callejero-, esta panda de golfantes se atrevió a poner un espejo frente a la sociedad del momento y decirles: "nos guste o no, también somos esto".
En plena Guerra Fría la imagen que los Estados Unidos proyectaba en el mundo era la del héroe que pone fin a la pesadilla de la guerra y rescata al viejo continente de la miseria y la depresión posbélica. Altos, sanos, fuertes, optimistas. Y siempre justos. Tan real como el libreto de un musical, el mundo del espectáculo -sobre todo el cine- dibujando una idea que aún lucha por pervivir en el imaginario colectivo.
A esta idea también contribuyó el siguiente proyecto de los afamados Rodgers & Hammerstein, The King and I (1951). Aunque en este caso se trate de los ingleses tratando de refinar al salvaje oriente, de nuevo el paternalismo occidental cargado de valores y de buenas intenciones se cuela en el argumento de un show.
Las memorias de Anna Leonowens, institutriz de los hijos del rey Mogkut, fueron la inspiración de la novela de Margaret Landon (Anna y el Rey de Siam, 1944) que a su vez enamoró a la gran Gertude Lawrence e hizo saltar la chispa que puso en marcha uno de los grandes musicales de siempre.
Con una partitura a la altura de las mejores piezas de sus autores (con temas del calibre de Something wonderful, Hello young lovers, I have dreamed...) y una historia aderezada con exotismo, romanticismo, humor y drama en precisas dosis, el St. James Theatre alzó su telón a un nuevo hito a comienzos de la década. Un actor medio novato de también exótico nombre, Yul Brynner, asumió con gran éxito el papel del rey siamés que se le quedó pegado a la piel para el resto de su carrera. Pero la alegría del triunfo, de la extraordinaria acogida del público, de los premios etc. se vio pronto ensombrecida por la repentina muerte de la actriz. Gertrude Lawrence estrenó su personaje fetiche ignorando la grave enfermedad que la acechaba y que incluso le hacía difícil soportar los pesados trajes que sacaba en la obra. Al poco tiempo de dejar la función, un año después de su estreno y de ganar el Tony a la mejor actriz, dejaba este mundo una de las mayores glorias del teatro británico y americano, cuando solo tenía cincuenta años y la mitad de su carrera por delante.
Pero el show debía continuar, y lo hizo hasta cumplir las 1.246 representaciones amén de las innumerables reposiciones que le sucedieron y de la exitosa versión cinematográfica encabezada por Brynner y Deborah Kerr que pronto se convirtió en otro clásico del cine universal.
Si el cine impulsó la proyección internacional de los musicales entre los años treinta y los cuarenta, la televisión sería el foco por el que entrarían en los hogares de ambos lados del Atlántico a partir de estos momentos. Las grandes empresas patrocinadoras pusieron de moda los shows de variedades que llevarían lo mejor del showbusiness allá donde no existiera un teatro. De todos ellos, el más popular fue sin duda el del incomparable Ed Sullivan.
Entre 1948 y 1971 este programa se encargo de reunir a las familias frente al televisor en cada una de sus emisiones y supuso, además de una más que rentable forma de entretenimiento, un escaparate en el que se presentaba cada semana lo mejor del mundo del espectáculo. No ha habido mejor plataforma de promoción de los musicales de Broadway que la que incluía habitualmente este espacio televisivo, lo que refleja a la perfección el musical Bye Bye Birdie, en el que incluso hay una canción que lleva su nombre. The Ed Sullivan Show podía convertir un posible fracaso en un rotundo éxito, y así lo hizo en múltiples ocasiones. Uno de los programas de más audiencia fue el dedicado a Rodgers & Hammerstein en 1951, precisamente cuando se estrenaba The King and I. Patrocinado por General Foods -en un tiempo en el que un spot publicitario podía monopolizar las pocas cadenas existentes- dicha entrega batió records y ayudó a afianzar aún más el reinado de los amos de Broadway así como la popularidad de los protagonistas de su última creación que también participaban en dicho homenaje. Asimismo logró que al día siguiente media América se levantara tarareando el tema más pegadizo del show, una de esas canciones que se graban a fuego en la memoria y nos incitan a bailar toda la noche. I could have danced all night... No, esa es otra que nos reservamos para la próxima entrega de este manual de historia. A la que nos referimos es a una que nos pone a trotar por un enorme salón de baile vacío en el que una institutriz vestida con miriñaque enseña a bailar la polca a un rey déspota y dictador del que está terriblemente enamorada. Shall we dance?

Continuará            
                    

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jueves, 6 de marzo de 2014

Standing ovation




Let me entertain you (Gypsy)

Ni haber sido abandonada por su madre, ni tener dentro una artista frustrada luchando por salir, ni sufrir varios fracasos matrimoniales uno detrás de otro, ni vérselas sola en el mundo con dos niñas y sin blanca en medio de la depresión americana, ni acercarse inexorablemente a la mediana edad, ni ser abandonada por su propia hija, ni ver a su otra hija convertida en streaper...
No existía nada que pudiera hundir a Rose Hovick, una madre coraje, una luchadora nata, una mujer inasequible al desaliento.
Cuando Ethel Merman estaba hojeando aquel ejemplar del Harper´s Magazine, ni se imaginaba que un artículo sobre la célebre estrella del burlesque Gypsy Rose Lee se convertiría en la génesis e inspiración del mayor éxito de su carrera. Su amigo, el famoso productor David Merrick, sí.
El impulsor de Hello Dolly, Oliver o Promises Promises tenía el olfato infalible de un sabueso entrenado para rastrear buenas ideas, y dio con una excelente, la que encendió la mecha del que muchos consideran "el musical perfecto".
A la Merman le iba haciendo falta un nuevo éxito ya que desde Call me Madam (1950) no se había vuelto a ver en la cima del show business, y ni en el cine ni en la televisión acababa de encontrar el lugar que merecía. Así que era el momento oportuno para dar con un nuevo vehículo a la altura de la Reno Sweeney de Anything goes o la pistolera de Annie get your gun. Por eso empezó a interesarse por el proyecto hasta el punto de querer meter mano en todos y cada uno de los detalles del mismo, libreto, decorados, vestuario, actores, director... y lo que es más importante, quien escribiría la música y las letras de sus canciones. Con más de cincuenta años y una competencia feroz en la selva de Broadway la diva no podía dejar ni un cabo sin atar.
Para la factura del libreto querían al mejor de aquel momento, el que acababa de cosechar el gran éxito de su vida con West Side Story, Arthur Laurents. Aunque al escritor no le atraía la idea en un  principio, el hecho de que se tratara de una loca manipuladora usando a sus pobres hijas para saciar su sed de éxito, lo acabó animando, se ve que encontró paralelismos con su propia experiencia.
Cole Porter e Irving Berlin fueron tentados para componer la música pero a ninguno les interesó demasiado, y ahí fue cuando Jerome Robbins -que iba a ser el coreógrafo del show- pensó en su amigo Steve, el joven autor de las magníficas letras de West Side Story, nos referimos a un medio novato Stephen Sondheim. Pero a la protagonista no le pareció buena idea volver a los escenarios con la obra de un principiante aún poco conocido, ella quería un regreso a lo grande, de modo que tras mucho deliberar se decidieron por un autor ya consagrado como Jule Styne (Gentelmen Prefer Blondes, Funny Girl...) que firmaría la música mientras Sondheim se encargaría solo de las letras. Por segunda vez el talentoso genio acababa de sufrir la desconfianza de los productores, cosa que le hirió en el alma, hasta tal punto que decidió abandonar el proyecto. Suerte que su mentor, Oscar Hammerstein, lo convenció para que aceptara el encargo y se tragara su orgullo, un buen consejo si querías sobrevivir en el mundo del espectáculo. Y nosotros damos gracias por ello, aunque nos quedamos sin saber qué melodías habrían bailado los Sharks y los Jets, o cómo sonaría el Rose´s Turn si a nuestro "Dios" particular le hubieran dejado parir también las notas de semejantes piezas.
Así que con libreto de Laurents, música de Jule Styne y letras de Sondheim, más la dirección y coreografía de Jerome Robbins el show se estrenó en mayo de 1959 en el Broadway Theatre con muy buena acogida por parte de los críticos y el público, aunque el paso del tiempo y las subsiguientes revisiones son las que se han encargado de situar esta obra en el pódium del teatro musical. Tras más de dos años en cartel, la Merman estaba demasiado agotada como para salir de gira o para estrenar en Londres, cosa que hizo Angela Lansbury logrando tanto o más éxito que la primera.
Otras Roses vinieron después, Tyne Daly en 1989 -a la que sustituyó la magnífica Linda Lavin por un tiempo-, Bernadette Peters en 2003 o la que para muchos llegó a plasmar toda la complejidad y el dramatismo de uno de los personajes mejor escritos de la historia del musical, Patti LuPone, en 2008.
Porque aunque hay otros roles importantes en la trama (Baby June y Louise, las hijas sufridoras, Herbie, el mánager enamorado, Tulsa, el joven pretendiente de Louise etc.) el peso de la obra cae sobre los hombros de una fiera dramática llamada Rose, a la que no llegamos a conocer del todo hasta que al final de la función canta Rose´s Turn (el turno de Rose), un tema mítico, el perfecto "eleven o´clock number" en el que la abnegada madre nos muestra con todo el desgarro y la rabia antes contenida la artista que lleva años y años amordazada en su interior, un número que pone en pie al respetable y que da sentido al resto del argumento, un auténtico striptease del corazón y de las entrañas. Y la definitiva prueba de fuego para toda leading lady que se precie. "O levantas sus culos del asiento con este tema o más vale que te vayas a casa por la puerta de atrás" dijo la Merman abrumada cuando le presentaron este material.
Y es que Gypsy es una de esas piezas en las que las canciones se abrazan con fuerza a la trama, cada melodía y cada frase -especialmente ese Some People, tal vez una de las letras mejor empastadas con su correspondiente música- nos dan más y más información de lo que está sucediendo fuera y dentro de las mentes de quienes las cantan. Small world, You´ll never get away from me, If momma was married, Together, Wherever we go o ese hilarante y canalla tratado sobre el burlesque titulado You gotta get a gimmick. ¿Y qué me decís del Everything´s coming up roses? No hay actriz de musical - incluso actor- que no se las haya tenido que ver con este manifiesto sobre el optimismo a hierro frente a la adversidad en cualquiera de sus modalidades. Y cómo lo cantaba la Merman al final del primer acto... o la LuPone en esta última versión...
Gypsy también pasó al cine, en la producción de Mervyn LeRoy del 62 con la espléndida Rosalind Russell como Rose, Karl Malden como Herbie y Natalie Wood en el papel de Louise. Así como a la televisión, en la cinta de 1993 protagonizada por una impresionante Bette Midler. Y se habla y se habla de una nueva versión, pero aún no se acaba de concretar nada... aunque ya va tocando.
Pero no lo tendrá fácil quien le tenga que hincar el diente a este material único e irrepetible en la historia del espectáculo. Una obra que abre una obertura que en ninguna versión nadie se ha atrevido a modificar o abreviar, cosa común en otros musicales. La obertura perfecta para el musical definitivo, la mejor manera de atrapar al público desde el minuto uno para no soltarlo hasta la "exit music", una fanfarria exultante y melodramática que hace que insalivemos justo antes del gran banquete y nos pone el corazón a cien -al menos al que escribe- prometiéndonos risas, llanto, emociones y espectáculo a espuertas. Y dejándonos muy claro que pase lo que pase, por muy mal que se nos presente el presente, por torcidas que puedan parecer las cosas... everything´s coming up roses for me and for you!
Mr. Conductor, if you please...