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jueves, 16 de junio de 2011

TKTS



The Tony Awards

Marie Antoinette Perry quiso ser actriz. A pesar de no estar bien visto en la buena sociedad de la época (1888-1946), por sus venas corría sangre de escena, la de sus tios, ambos "cómicos de la legua", como solíamos decir aquí , "touring actors" o "gypsies"...como se conocen en la cultura anglosajona. De hecho pronto tuvo que sufrir las habladurías del vecindario al decidir aceptar su primer papel en una obra de importancia, Music Master, con solo dieciocho años. Esa era su pasión y, a razón de las buenas críticas que tuvo, se puede decir que demostró con solvencia su talento. Pero -cosas de la vida y de los tiempos- un afamado hombre de negocios de Denver la retiró de la farándula al hacerla su esposa y madre de sus hijos. Sueños aparcados.
Fueron precisamente dos de sus hijas, Elaine y Margaret, las que heredaron su amor por el mundo del espectáculo convirtiéndose en productoras y directoras de teatro. Andamos por los años veinte, así que es fácil imaginar que estamos hablando de mujeres con agallas, unas auténticas pioneras ¿o no?
En cuanto su esposo pasó a "mejor vida", Tony -como se la conocía entre sus íntimos- decidió volver a la escena y no solo a interpretar, sino a dirigir y a producir obras, formando una especie de equipo familiar.
Pero lo que la llevó a ser tan popular fue su labor como fundadora -y muchos años presidenta- del American Theater Wing, algo así como la primera y mayor institución dedicada a salvaguardar la excelencia del teatro americano. Al estar implicada personalmente en cada empeño relacionado con el mundo del espectáculo, su repentina muerte -de un ataque al corazón en medio de la producción de una nueva obra- fue realmente sentida en todo el país, especialmente, claro, en Broadway. Y fue al año siguiente cuando se llevó a la práctica un proyecto que ella misma había emprendido tiempo atrás, la creación de unos premios anuales que reconocieran a los profesionales del teatro, tanto dramático como musical. Así que estaba claro el nombre ¿no?  The Antoinette Perry Awards...que pronto fue acortado en un cariñoso y mucho más cercano "Tony". Hoy son considerados los oscars del teatro... ¿Oscar? ¿Pero quién demonios era Oscar?
Desde 1947 han sido merecedores de este galardón actores, directores, productores, autores, compositores, coreógrafos... de la talla de Ingrid Bergman, Kurt Weill, Arthur Miller, Cole Porter, Helen Hayes, Henry Fonda, Ethel Merman, Audrey Hepburn, Elia Kazan, Anne Bancroft, Harold Pinter, Richard Rodgers, Neil Simon, Cecil Beaton, Stephen Sondheim, John Gielgud, Jerry Herman, Vanessa Redgrave, Bob Fosse, Liza Minnelli, Harold Prince, Richard Burton, Angela Lansbury, Mike Nichols, Barbra Streisand, Ian McKellen, Al Pacino, Andrew Lloyd Webber, Mel Brooks, Bernadette Peters, Cameron Mackintosh, Glenn Close, Nathan Lane, Bernadette Peters, Patti LuPone... y uff!! para qué seguir...
A esta larguísima lista se suman este año (aunque varios ya repiten) Frances McDormand (como actriz protagonista de la obra, Good People), Mark Rylance (actor protagonista de la obra Jerusalem),  John Larroquete (secundario en How to Succeed in Business...), Nikki M. James (secundaria en The book of Mormon), Norbert Leo Butz (como actor de musical en Catch me if you can) o Sutton Foster (mejor actriz de musical por Anything Goes).
La obra de teatro premiada ha sido War Horse, de Nick Stafford. La mejor reposición teatral "The normal heart", de Larry Kramer (y dirigida por Joel Grey) y el premio a la reposición de un musical fue para"Anything goes". Finalmente el Tony al mejor musical del año -estaba cantado, y nunca mejor dicho- para esa irreverente parodia de las aventuras de un grupo de chicos con corbatas negras y biblias en mano...The Book of Mormon, del equipo responsable de la serie South Park, que ha arrasado en esta edición llevándose nueve de los catorce premios a los que estaban nominados. Y dejando sin ninguno a su principal competidora, The Scottboro Boys, que se fue a casa con las manos vacías.  Habrá que ir a verlo ¿no?
Por ahora nos conformaremos con la generosa ración de videos que os traigo esta semana, una selección de los mejores momentos de la gala de este 2011 presentada por el magnífico Neil Patrick Harris, suficientes para mostrarnos la espectacularidad, el dinamismo, la emoción y el poderío que han caracterizado siempre a esta ceremonia.  Ríete tú de los Oscars.
Pero ¿de verdad alguien sabe quién era ese tal Oscar?















jueves, 9 de junio de 2011

Another opening, another show! (una historia de Broadway, 3)



Las locuras de Ziegfeld

Florenz Ziegfeld quiso ir más allá. Cuando el circuito de los teatros no cruzaba las fronteras de la Calle 42, él se adentró en los límites del Tenderloin, una zona de establos y viejos almacenes salpicada de burdeles donde los obreros iban a emborracharse y a olvidarse de sus miserables vidas. Antes de ser conocida como Times Square, Longacre era el primitivo nombre de la plaza que para muchos es el centro neurálgico del mundo. Empezó a llamársele así desde que el New York Times decidió instalar alli sus oficinas principales. Allí mismo, en la intersección entre la interminable Calle Broadway y la Séptima Avenida, donde se acumulaban los más populares centros de ocio de una ciudad que crecía por minutos, este hijo de inmigrantes alemanes con tremendo olfato para los negocios instaló su cuartel general a principios del siglo XX. "Impresario Extraordinaire", decía en su tarjeta de visita. Ahí empezó todo.
Con clara inspiración en las Follies Bergère parisinas, la fórmula que desarrolló hasta el comienzo de la década de los años 30 consistía en alternar suntuosos números musicales repletos de chicas despampanantes con actuaciones de humoristas, acróbatas y pequeñas inclusiones de sketches cómicos o románticos. Pero como es habitual entre los americanos, la idea copiada de Europa pronto estaría actualizada, mejorada y ampliada. Más chicas, más chistes, más bailes, más decorados, más de todo. Aún eran años de abundancia -los locos veinte- ya llegarían las vacas flacas, aunque también las pensaban recibir a ritmo de claqué.
En un espectáculo de la marca Ziegfeld -conocidos muy justamente como "extravaganzas"- podía haber aproximadamente unas treinta chicas de coro, veinte bailarines, cuarenta músicos, otro tanto entre tramoyistas y técnicos, además de las figuras principales y sin contar los costes de los fastuosos decorados. Pues bien, aún así estos megalómanos montajes seguían resultando rentables. Claro, los salarios de la época eran muy diferentes a los de hoy día (aún no existía el Sindicato de Actores), pero también la respuesta del público era otra, y el entusiasmo que reinaba en el ambiente cuando se anunciaba uno de estos estrenos, fue algo único e irrepetible en la historia del teatro americano.
El Tin Pan Alley -además de una manzana repleta de oficinas de alquiler- era como se conocía al grupo de empresarios, compositores y editores musicales de las primeras décadas del siglo. Los que se movían en el negocio de la producción de shows del Great White Way, entre los que se encontraban nombres de semidesconocidos que en pocos años llegarían a convertirse en los padres de la música popular americana. Hablamos de Irving Berlin, Jerome Kern, Cole Porter, Dorothy Fields, Ira y George Gershwin, entre otros. Todos trabajando a destajo para satisfacer la enorme demanda de canciones que estas funciones requerían, muchas de consumo fácil e intrascendente, mientras que otras traspasarían las barreras del tiempo para convertirse en auténticos clásicos.
Pero lo más importante -amén de las coristas- eran los actores, y es de destacar el nutrido grupo de artistas que nacieron a la sombra de las Follies. Al Jolson, Marilyn Miller, Eddie Cantor, W.C. Fields, Fanny Brice... Aunque el sello del productor era "glorificar la belleza americana", también supo sacar partido a las payasadas de ésta última, una judía de Nueva York que a fuerza de reirse mucho de sí misma consiguió que todo, absolutamente todo el país se riera con ella. Aunque Ziegfeld no lo veía muy claro al principio, acabó explotando al máximo la vis cómica y grotesca de esta, por otra parte, magnífica cantante. Y eso remató el éxito de la fórmula, enganchando al público con la belleza de las perfectas e inalcanzables modelos en contraste con lo grotesco de los clowns de turno. Se cuenta que, al no tener mucha esperanza en que el famoso productor la aceptara, cuando por fin le ofrecieron un contrato por 75 dólares a la semana -en torno a 1910- corrió como una loca por todo Broadway enseñándoselo a todo el mundo. Así era ella.
Ziegfeld no se quedó ahí, sino que también supo confiar en otro tipo de proyectos más serios y arriesgados, como el que referíamos en nuestro anterior capítulo, Show Boat, tal vez el primer musical propiamente dicho de la historia. Pero hoy nos ocupamos de los maravillosos números de chicas de piernas y plumas interminables, los que llevaron a la cúspide a la belleza - y a la escena- americana.
Comenzamos con un montaje de 1929 con Lawrence Gray  rodeado de starlettes de las Follies. A continuación la Fanny Brice original en una de las pocas filmaciones que existen de ella, y finalmente una escena de Funny Girl, el biopic que se hizo sobre la actriz en 1968, con otra judía de Nueva York, Barbra Streisand (de rodillas!!) interpretando el célebre personaje.
I´d rather be blue...so am I!








jueves, 2 de junio de 2011

Who is who in the cast




Matthew Morrison (younger than springtime)

Antes de que irrumpiera a lo grande en el panorama artístico gracias a la exitosa serie Glee y antes de que las carpetas de las chicas de instituto -vulgo niñatas- comenzaran a adornarse con sus fotos, muchos ya habíamos descubierto a este chico de Fort Ord, California. Personalmente me llamó la atención por primera vez -si mal no recuerdo- haciendo de Sir Harry, caballero del Heraldo, en la producción para televisión de Once upon a mattress, hace lo menos seis años. Verlo cantar y bailar de esa forma, así como interpretar con tal gracia y soltura ya me dio la pista de su inminente triunfo en el showbiz. Éste tiene que llegar lejos...
Pero desde los doce añitos ya andaba pisando tablas, al formar parte del coro de la adaptación musical de la película Footloose, curtiéndose luego con un clásico contemporáneo, The Rocky Horror Show, en una de las mil reposiciones que se han hecho de este espectáculo de culto.
Por su perfil de galán -boy next door- noble y apuesto hasta decir basta, consiguió su primer papel de importancia en Broadway, el de Link Larkin, el chico del que se enamora perdidamente la protagonista de Hairspray. Dado el éxito de esta divertidísima adaptación de la película de John Waters, su nombre comenzó a sonar cada vez con más fuerza en este mundillo. ¿Os extraña?
Pero Morrison demostró que no solo estaba dotado para comedias teenagers cuando se metió en una de las funciones más arriesgadas y personales de los últimos tiempos, The light in the Piazza, una arrebatadora historia de amor que sucede en la Florencia de los años 50, concebida por Adam Guettel (para muchos el nuevo Sondheim, ¿pero ya están buscando uno nuevo?). Su papel le supuso el "bautizo oficial" y la bienvenida al grupo de los grandes, con su primera nominación a un Tony.
En el 2008 se puso en marcha la reposición de uno de los musicales más emblemáticos de la historia, South Pacific, de Rogers and Hammerstein. Y claro, no tuvieron más remedio que contar con él para el papel del atormentado teniente Cable, uno de esos personajes oscuros que te sorprenden en obras tan familiares como esta. You´ve got to be carefully taught o Younger than Springtime en su voz y con su sentimiento, parecen de verdad escritas para él y para nadie más. A las pruebas me remito (vídeo nº2).
Pero como era de esperar, el cine y la televisión nos lo robaron de los escenarios a golpe de talonario. Suerte que al menos sigue haciendo un musical, una serie en este caso, que ya está arañando su tercera temporada y que ha supuesto un verdadero hito en el panorama televisivo actual.
Glee es un club de cantantes de una high school americana que tratan desesperadamente de encontrarse a sí mismos a través de la música y el baile. El director del coro -y carismático profe- es él, claro. Y eso pone en bandeja un montón de oportunidades de verlos -y verle- cantar todo tipo de temas, especialmente procedentes de obras musicales en unas versiones a veces únicas e inolvidables. Solo por eso merece la pena engancharse a este culebrón que ha batido todos los records de audiencia existentes. Bueno, y por gozar de los cameos de lujo que contiene la serie, Kristin Chenoweth, Idina Menzel (las brujas de Wicked), Victor Garber, Debra Monk o la mismísima Gwyneth Paltrow (vídeo nº3), sin contar con la presencia impagable de sus protagonistas habituales, Lea Michele, Chris Colfer (en el papel del gay mitómano y fashion victim de voz prodigiosa), Corey Monteith ("el chico") dejando aparte el profesor que todos habríamos querido tener por muchos partes que nos hubiera colocado.
Así que, ya que de momento no podremos ir a verlo a actuar en persona, nos conformaremos con disfrutar puntualmente de cada nueva entrega, soñando que tenemos dieciséis años, una escuela que apuesta a tope por el teatro musical, una taquilla en el pasillo del insti hecha un auténtico collage... y toda, toda la vida por delante.  Os dejo con mi amigo Matthew.       

 






 

jueves, 26 de mayo de 2011

Standing ovation



Mary Poppins  (a spoonful of sugar)

Posiblemente fue mi primera consciencia de un musical. Posiblemente fue mi primera consciencia de la magia, de la fantasía, de la imaginación. Tal vez fue la primera vez en mi vida que fui absolutamente feliz.
Estaba en un cine de verano de mi pueblo, El Cine Exportadora, a finales de los sesenta. Sí, la ilusión se repartía a veinticinco pesetas el pelotazo por aquellos entonces. Con pipas y gominolas incluidas.
No recuerdo mucho, la verdad, pero podría asegurar que las estrellas de aquel cielo estival se confundían con las imágenes de la señora con sombrero y paraguas sobrevolando Londres o los deshollinadores saltando como locos entre tejados y chimeneas. Y al día siguiente nos llevarían a bañarnos a la piscina. Supercalifragilisticoespialidoso!!
La vida pasa, los niños crecen, dejan de creer en niñeras voladoras y pingüinos bailarines. Aquel cine de verano cerró para siempre, y sobre los escombros del viejo ambigú y la blanca pantalla -que alojaba nuestros sueños y alguna que otra lagartija despistada- se construyó una urbanización que, dicho sea de paso, no se parecía en nada a Cherry Tree Lane.
En el año 2004 en Londres -no podría ser en otro lugar- se estrenó un nuevo musical basado en una antigua película de Walt Disney que a la vez adaptaba un cuento infantil de la escritora y periodista australiana Pamela Lyndon Travers (P.L.Travers, seudónimo que ocultaba su género femenino, cosas de la época). El reto era cosa seria, llevar al teatro una de las cintas más populares de todos los tiempos -la que consagró a estrellas como Julie Andrews o Dick Van Dyke- y parte esencial de la memoria afectiva de aquella generación y de muchas otras. Pero para la factoría Disney, que ya había convertido en shows Beauty and the Beast o The Lion King con atronador éxito por cierto, no hay nada imposible.
La famosas canciones de los hermanos Sherman (Robert B. y Richard M., autores de bandas inolvidables como Chitty Chitty Bang Bang, La Bruja Novata o El Libro de la Selva) no podían faltar en la traslación, pero, como en cualquier adaptación, resultarían insuficientes, por lo que fueron revisadas y ampliadas por George Stiles y Anthony Drewe, que crearon algunos de los mejores números de este nuevo montaje. Temas como Practically Perfect o Anything Can Happen empastan a la perfección con los ya existentes además de recrear con exactitud el espíritu del original.
Estando Mr. Cameron Mackintosh (Oliver!, Les Miserables, The Phantom of the Opera...) al mando de la producción, la grandiosidad estaba más que asegurada. Los increíbles decorados, el vestuario, los efectos especiales y la iluminación consiguen recrear una fantasía que solo el cine puede alcanzar. Y las acrobáticas coreografías de Matthew Bourne -que incluyen actores bailando claqué boca abajo desde lo más alto del escenario- logran ponernos los vellos de punta. Y no nos olvidemos de los actores, que aunque a veces parezcan ocultarse tras toda la parafernalia técnica, hacen un trabajo excepcional. Los iba a contratar la Disney de no ser así... Laura Michelle Kelly es Mary, y claro, quitarte a la original de la cabeza es imposible, pero la chica llega a entusiasmarnos con su gracia y su extrema perfección técnica. De veras ella es "practically perfect". Y Gavin Lee, en el personaje de Bert el deshollinador es... de otro mundo. Los aplausos más estruendosos son para él, y se lo merece, porque consigue hacer en el escenario cosas que jamás ningún actor o bailarín llegaron a hacer. Y hacernos olvidar a Van Dyke no es algo precisamente fácil...
La obra se exportó a Broadway dos años después, avalada por el éxito en Londres y por una montaña de premios y de buenas críticas. Y aún sigue allí, en el New Amsterdan Theatre, uno  de los más viejos teatros de la ciudad restaurado especialmente para albergar el evento, con una soberbia decoración modernista que ayuda a que entremos en la magia del espectáculo incluso antes de que comience.
En resumen, que solo por hacer realidad los sueños de tantos espectadores -grandes y pequeños-, por lograr que se te olviden los cien pavos que te has gastado en la entrada en cuanto se alza el telón, por hacer que se humedezcan los ojos de los más duros y se ericen los pelos de los más insensibles, y por conseguir que regrese ese niño que se marchó lejos de aquel viejo cine de verano... por todo eso esta semana le damos nuestra Standing Ovation a un musical prácticamente perfecto, Mary Poppins.
Y claro, por poner una cucharada rebosante de azúcar en nuestra a veces insípida existencia.








jueves, 19 de mayo de 2011

Music & lyrics






Jerry Herman  (before the parade passes by)

It's today! Al igual que uno de sus personajes más exitosos, Mame Dennis, la madre de Jerry Herman también pensaba que cada nuevo día debería ser celebrado por todo lo alto por el simple hecho de haber amanecido otra vez. ¿Y acaso no es verdad? 
Ésta y ninguna otra es la premisa de la que parten las obras más populares del autor que nos ocupa, de un optimismo insultante y una energía inagotable frente a las adversidades de la vida (y no faltaron…)  Put on your Sunday clothes (vístete de domingo), The best of times (el mejor de los tiempos), Open a new window (abre una nueva ventana),  Tap your troubles away (olvida tus preocupaciones taconeando)…  Los títulos de sus temas más populares ya nos insuflan vitalidad a espuertas por sí mismos. No importa lo mucho que te duela lo que te duela, tú sonríe, que algo siempre queda… Puro espíritu Broadway!   
Sus heroínas –Dolly, Mame o la Condesa Aurelia, la loca de Chaillot- gozan de un incombustible brío que siempre era transmitido al público y perduraba en su estado de ánimo gracias, muy especialmente, a las alegres y apoteósicas melodías de este genio de la composición.  Las notas también sonríen en el pentagrama, es la norma de la casa.
Pero claro, la vida que le esperaba a este chico de New Jersey -aunque regada de éxitos mundiales en lo profesional- también vendría plagada de soledades, pérdidas, enfermedad… vamos, como la de cualquiera. Su madre, una cantante de orquesta de hoteles, murió poco antes de que Jerry comenzara a hacerse popular en el mundo de la composición, algo que nunca llegó a superar, pero bueno, como se suele decir en el argot de los teatreros, show must go on!!
Con solo diecisiete años, y harto de participar en obras escolares y escribir funciones para campamentos de verano (en EEUU el musical llega a cualquier parte), el afamado compositor Frank Loesser (Guys and Dolls) le animó a embarcarse en proyectos de mayor ambición, y así llegó a recalar en el Off-Broadway con su primera revista en 1954. De ahí a estrenar su primer musical en un teatro de primera pasaron solo unos años, “Milk and Honey” se llamaba, una historia sobre la fundación del Estado de Israel que lo situó entre las promesas más claras del momento. Y poco después llegó –saludando mucho y bajando las escaleras como nadie jamás lo ha hecho en ninguna obra que se precie-  su personaje más célebre, la pieza que lo ha llegado a consagrar como uno de los grandes y un título imprescindible del teatro musical americano, Hello Dolly!
Después llegó Mame, otra bajada de escaleras de campanillas. Angela Lansbury consiguió el papel de su carrera y la obra volvió a batir records de permanencia en cartel. Al igual que con Dolly, también fue llevada al cine poco después. 
Pero también llegaron los fracasos, Dear World, Mack and Mabel, The Grand Tour… magníficas obras y magníficos batacazos. Ni siquiera un maestro de lo comercial contaba con la fórmula del éxito seguro. Menos mal que, ya en la década de los ochenta, La Cage aux Folles –una auténtica celebración de “la diferencia” y un alegato contra los armarios bien cerrados- le vino a redimir de tanta decepción. Hoy se ha vuelto a estrenar en la gran ciudad y, no te molestes, sigue sin haber billetes.
Lo que nos ilustra esta semana son dos fragmentos de la gala del Kennedy Center Honors del año pasado, un gran homenaje anual a personalidades que han destacado en las distintas artes, algo así como un Oscar honorífico, pero con una banda multicolor que les colocan que parece sacada de una carroza del Gay Pride (lo que en este caso no podría ser más oportuno). Lo presenta su musa más fiel, Mrs. Lansbury, y lo amenizan Carol Channing, Chita Rivera, Kelsey Grammer, Matthew Morrison (Glee), Sutton Foster o Kelly O´Hara entre otros. De lo mejorcito de la huerta, él no se merece menos.
Disfrutad del show! Y disfrutad de la vida y de las cosas buenas que nos trae mientras aún estemos a tiempo. Acabo con las palabras de una auténtica filósofa -además de reputada casamentera- que gritaba a los cuatro vientos que hay que comerse el mundo y exprimir hasta la última gota... antes de que el desfile haya pasado.







viernes, 13 de mayo de 2011

Qué fue primero? (de Broadway a Hollywood)





Sweet, sweet Charity... 

Imagina la escena. Una muchacha sola y desvalida vaga por una carretera semivacía a la que poco a poco se acercan jóvenes bulliciosos que vienen de juerga y se burlan de ella, gritando y alborotando. Tocan guitarras y acordeones. Sus risotadas contrastan con las lágrimas que corren por las mejillas de la chica provocando un alud de rimel sobre su cara. De pronto alguien la mira y la saluda cordialmente –buonasera-  y entonces su expresión cambia, una sonrisa se dibuja en sus labios y en los ojos emborronados comienza a brillar una lucecita de esperanza, la ilusión ha regresado una vez más. Mientras tanto suena la melodía –ma la vita continua,  Nino Rota- y ahora son nuestros ojos los que se llenan de lágrimas.
Tal vez esta misma emoción fue la que sintió Bob Fosse cuando al salir de aquel viejo cine de la 42, decidió que había que convertir esa maravilla en un musical. Desde hacía tiempo le debía a su esposa un buen vehículo de lucimiento, y aquel podía ser el pago perfecto a sus constantes infidelidades y la recompensa a tanta lealtad, personal y artística. Además de un papel que parecía pensado especialmente para ella, el personaje con el que toda actriz de edad intermedia podría soñar.
Probablemente en la imaginación de Neil Simon, Dorothy Fields o Cy Coleman (libretista, letrista y músico) también había nacido un musical después de que vieran por primera vez uno de los finales más hermosos de la historia del cine. Las noches de Cabiria, Federico Fellini, 1957.
Manos a la obra. Lo primero, la protagonista. Gwen Verdon (que era a Bob Fosse lo que Giulietta Massina a Fellini), luego la adaptación, el concepto y por supuesto las canciones y las coreografías. La historia original contaba la cadena de fracasos sentimentales de la ingenua Cabiria, una prostituta de las afueras de Roma que sueña con salir de la calle y encontrar el amor de su vida. Optimista incombustible, tiene la suerte de toparse con los tipejos más impresentables que uno pueda imaginar, que no contentos con chulearla le roban el bolso con todos sus ahorros, y con todas sus esperanzas.
En la versión que se estaba escribiendo, Roma se convierte en Nueva York –cosa típica en las adaptaciones del género- y el cambio funciona a la perfección. Una gran ciudad repleta de oportunidades, cada día desayunamos con un sueño y nos acostamos con una desilusión. Y las fulanas callejeras se transforman en un grupo de bailarinas de alquiler del Fandango Ballroom, lo que resuelve dos problemas al mismo tiempo, por una parte se suaviza la historia (aunque a Fosse le ponía lo sórdido más que nada en el mundo, estamos en la América de los sesenta y no hay que abusar) y además servía como excusa perfecta para los números de baile. Pero a pesar de los cambios, de las canciones (de lo mejorcito que ha parido Coleman, que ya es decir) y de un tono mucho más festivo y menos oscuro, el espíritu del original no llega a traicionarse en absoluto. Con semejante plantilla de maestros, trabajamos sobre seguro.
El musical se estrenó con atronador éxito –sobre todo para su protagonista- en el Palace Theatre, en el corazón de Times Square en 1966. Próxima parada, Hollywood.
Aunque a muchos nos pueda parecer una total injusticia, para la versión en cine se pensó en Shirley MacLaine como protagonista –mucho más conocida por el gran público que Verdon-, cosa bastante común en este tipo de translaciones, un nombre que venda y garantice el taquillazo por encima de todo lo demás. En cualquier caso, la elección no podía ser más acertada. 
Por fortuna decidieron conservar el mismo director. Así Sweet Charity se convirtió en la primera película realizada por Bob Fosse (después vendrían Cabaret, All that jazz…), y a pesar de que no logró todas las expectativas de los estudios –a su creador le perseguía como una sombra el éxito y el fracaso- podemos decir que hoy por hoy es uno de los musicales mejor filmados de la historia. El famoso número del Big Spender (de obligada presencia en esta entrada) lo demuestra por sí solo. No hay nada más sexy, ni más morboso, ni más cachondo ¿o sí?
Massina, Verdon , MacLaine… inocentes, ingenuas, tontas…dulces Cabirias, dulces Charitys…¿quién no lleva una dentro? Miren y vean.   
Do you wanna have fun?  









jueves, 5 de mayo de 2011

That´s dancing!



Michael Bennett  (One singular sensation)

Every little step she takes...Sí, es una sensación única ver cada paso que da...
Ya que esta sección la inauguramos -más que merecidamente- con Bob Fosse, hoy seguimos con alguien que, aunque bastante más joven, para muchos fue su más fuerte rival. O tal vez no, porque a pesar de que sus trabajos coincidieron en tiempo y lugar, cada uno tuvo un estilo y una marca de fábrica absolutamente personal e intransferible. Es lo que tienen los genios, toneladas de personalidad. Pero sí es cierto que el apabullante éxito de su obra magna, A Chorus Line, pudo influir en la indiferente acogida que recibió el musical Chicago, ambos estrenados en 1975. Qué tiempos aquellos...
But everything was beautiful at the ballet... Aunque los orígenes de este chico de Buffalo (New York) no fueron nada fáciles, y en su adolescencia tuvo que luchar contra los prejuicios y la intolerancia propias de la época -no fue buena idea ser judío y gay en la América de los 60- Bennett encontró un refugio blindado para su personalidad en la escritura y la danza, y así comenzó a imaginar argumentos y a darles forma y ritmo. A pesar de que su vida estaba plagada de frustración y desprecio, todo era tan bello en el ballet...
I can do that! Una vez que consiguió entrar en Broadway como chico del coro y tras haber desempeñado su primer papel en una gira nacional (Baby John en West Side Story), Betty Comden y Adolph Green  (artífices de Singin´ in the rain, Applause, Wonderful Town...) lo ficharon para diversas producciones y así pronto comenzó a imponer sus propias coreografías además de ejecutarlas. En esos tiempos conoció a Donna McKechnie, la que será su mayor fuente de inspiración durante el resto de su carrera y protagonista de su pieza cumbre. A finales de los sesenta ya había participado en obras como Subways are for sleeping, Here´s love y Bajour, con Chita Rivera, pero el verdadero reto llegó cuando decidió contar su propia vida en forma de casting perpetuo -interesante metáfora- y escribió, coreografió y dirigió una de las funciones con más éxito en la historia de Broadway, un verdadero homenaje a la lucha cotidiana de los aspirantes a pisar las tablas de la gran ciudad y la mayor declaración de amor al mundo del espectáculo que nunca nadie realizó, A Chorus Line.  Aunque luego llegaron Promises Promises o Company -en cuyos éxitos tuvo mucho que ver- será esta obra la que de verdad lo identifique, por la que obtuvo verdadera celebridad y reconocimiento.
What I did for love... La historia de un grupo de aspirantes en una feroz selección para un nuevo musical, sus ilusiones, anhelos, su desesperada necesidad de conseguir el puesto en esa linea de coro (ni siquiera luchan por el papel protagonista), y cómo se van dilucidando sus propias vidas, recuerdos de infancia y miserias personales. Todo eso sucede en un escenario vacío, sin tramoya -cosa insólita en los montajes de esa época- con un director en la sombra del pasillo indagando sobre sus currículums vitales y metiendo mucho el dedo en cada llaga. Podemos identificar claramente al autor con un par de personajes  -Paul y Greg, ambos homosexuales, uno acomplejado por sus traumas familiares y otro descaradamente abierto, muy "out of the closet"- pero en realidad Michael son en cierto modo todos y cada uno de ellos. El guión se escribió en base a una larga serie de entrevistas de meritorios reales grabadas en magnetofón y de ahí surgió toda la trama. Marvin Hamlish puso la música y el corazón, aunque fue nuestro homenajeado quien entregó su propia vida al proyecto. Literalmente, porque aún estando en cartel -permaneció quince años y 6.137 representaciones en el Shubert Theatre, donde hoy hay una inscripción que le recuerda- Bennett enfermó de sida y murió con cuarenta y cuatro años en 1987 -curiosamente el mismo año que Fosse, parece que tenían ganas de juerga en el cielo-  después de haber conseguido un premio Pulitzer y un buen puñado de Tonys.  Y según sus propias palabras, y las de la balada más hermosa de este musical, nada de esto lo hizo por el éxito o la fama, sino por verdadero amor. Al arte, a la danza, al teatro y en definitiva, a la vida. Y ya sabemos que hay amores tan intensos que nos acaban matando.
Kiss today goodbye...



Recomendamos el documental "Every little step" de Adam Del Deo (2008), donde se narran la carrera de fondo de los autores para estrenar este musical y la de cada miembro del cast para conseguir el papel. Realidad y ficción en perfecta armonía.