Vayan ocupando sus asientos, el intermedio va a finalizar y comienza el segundo acto.
El telón está echado y la orquesta vuelve a situarse en sus puestos. La música del "entr´acte" suena repitiendo las melodías más pegadizas del acto primero conectándonos de nuevo con la trama, que suele quedar en suspenso cuando llega el intermedio. ¿Cómo acabará la historia? ¿Cómo será el final? Esa música nos recuerda que aún nos queda mucho por disfrutar...
Pues sí, ya pasó el "intermedio" que cada año suponen las vacaciones de verano. Nos guste o no, el curso arranca con todo lo que eso conlleva... y llega Septiembre, un tiempo de comienzos, renovación y nuevos propósitos para los que ordenamos los meses del año no desde Enero a Diciembre, sino de Septiembre a Junio. Como dice ese temazo de Kurt Weill, "September song", los días se acortan mientras el tiempo de otoño cambia el color de las hojas... y poco a poco nos disponemos a reencontrarnos con nuestra vida de siempre.
Stage door también regresa después de un paréntesis veraniego a acompañarnos cada semana (si las obligaciones de la "reentré" nos lo permiten) con nuevas -y viejas- músicas, otros autores, actores, directores y argumentos que merecen ser desempolvados e iluminados una vez más con ese "spotlight" o chorro de luz que tanto gusta a las estrellas. Continuaremos con nuestras ya habituales secciones, y añadiremos alguna nueva, como por ejemplo "Play it again..." (distintas versiones de temas célebres de musicales), "What´s about?" (temas y argumentos de la historia, la literatura o las artes traducidos en obras musicales) o "Broadway Baby" (musicales infantiles, familiares, navideños... sí, mucho Disney). Y ya sabéis que se aceptan sugerencias y peticiones ¿ok?
Pues manos a la obra, el show debe continuar, y continúa. El maestro de ceremonias nos da la bienvenida en varios idiomas, willkommen, bienvenue, wellcome... back in the business!!
Gracias por seguir ahí, y buen curso a todos. Ahora sí comienza la obertura del segundo acto, así que silencio en el patio de butacas, enjoy the show!
Después de haber estado juntos desde enero, semana tras semana, no me parece adecuado despedirnos "a la francesa". No es de buen gusto, no. Ya sé que no es una despedida, sino más bien un intermedio, o como señalan los programas de teatro, un "entr´acte". Uno se levanta de la butaca, va al baño, comenta con sus colegas lo bien que lo están pasando, cómo ha cantado aquel actor, o qué pasada de montaje, mientras se fuma un cigarrillo en la puerta, siempre respetando una distancia prudente de la marquesina. Y recreándonos con los carteles luminosos, esperando que vuelva la magia con la música del entreacto.
Pues algo así. Descansamos en verano, cerrado por vacaciones, vuelvo en 5 minutos (o en mes y medio).
So long, farewell, bye bye (birdie), so long dearie, bye bye mein lieber herr... el adiós -o el hasta luego- suena mucho mejor con música de Broadway ¿no? Por eso os digo hasta pronto no sin antes dar las gracias a todos por vuestro apoyo, vuestra respuesta y manifiesto interés. Un beso a mis seguidores y seguidoras, a los que pinchan por curiosidad y a los que cada semana entran, disfrutan y participan con sus comentarios o sugerencias. Gracias from the bottom of my heart!
Os dejo con esta foto codo con codo con mi querida y admirada tocaya (la semana que viene es nuestro santo, by the way). ¿Estamos guapos o no?
Y recordad que nos vemos en Septiembre, que es el mes perfecto para cualquier regreso. Y si Dios -o Sondheim- quiere, volveremos con mucha más música, mucho más teatro, las ya conocidas secciones más algunas nuevas, y bueno, con ganas de seguir disfrutando juntos del fascinante mundo del teatro musical.
Mientras tanto apago luces, cojo la maleta, doy la vuelta al cartel de abierto, cierro la puerta, y corro lejos de aquí. ¿Y por qué? Cause is too too too darn hot!!
You're the Coliseum. You're the top! You're the Louvre Museum. You're a melody from a symphony by Strauss, You're a Bendel bonnet, A Shakespeare's sonnet, You're Mickey Mouse!
Si tuviéramos que buscar una sola palabra que definiera el estilo de Cole Porter tal vez sería lo que en inglés llaman "Witty". Agudo, ingenioso, divertido, inteligente, atrevido, hilarante y preciso hasta decir basta.
Eso si hablamos de sus letras, pero ¿y sus melodías? ¿Cómo alguien puede llegar a ser tan frívolo y banal y al mismo tiempo capaz de sumergirse en el sentimentalismo más profundo? Let´s do it, It´s DeLovely, Let´s misbehave, Tom, Dick or Harry, Well did you evah... son como burbujas de champagne -del mejor, eso sí- frescas y efervescentes, ligeras y atrevidas, y desde luego capaces de emborrachar antes de que te des cuenta. Por otra parte All trough the night, Every time we say goodbye, So in love... nos pueden poner tan tiernos... Según la mayoría de los críticos especializados, no ha habido otro compositor más hábil a la hora de empastar letra y música. Según mi propia opinión, lo más complicado que ha logrado este genio es hacer que todo parezca tan fácil. Los versos más caprichosos entrelazados, sin perder una sola coma, con el ritmo y con la música, muchas veces de forma frenética. Y es que hay gente que nace tocada por una varita mágica.
Y hay gente que nace en Perú, Indiana, en medio de ninguna parte, y acaba con sus días en una lujosa mansión de Santa Mónica, California, habiendo recorrido un largo e intenso camino. Bueno, en realidad no hay mucha gente que haya vivido una vida como la suya.
Su abuelo, el dueño de la mitad de la madera y del carbón del estado (de ahí le vino el apodo de "Cole", heredado por su nieto) esperaba que el niño se convirtiera en un importante abogado, de hecho lo empujó hasta Harvard y Yale a ver si podían hacer carrera de él. Pero su madre se había encargado de matricularlo en un montón de clases de música desde pequeño. Ella parecía conocerlo mucho mejor -con ocho años ya tocaba el violín, el piano y hasta había escrito su primera opereta- así que sin moverse de la universidad dejó los pleitos para formarse académicamente en armonía y composición musical. Este fue uno de los muchos secretos que nunca supo su abuelo.
Fue fácil llegar a Broadway, fue fácil triunfar en Broadway, fue fácil ir a la guerra - o no, porque para muchos Porter nunca se alistó en el ejército, a pesar de su inveterada atracción por los uniformes- fue fácil trasladarse a Europa, viajar por todo el mundo, instalarse en París y encadenar éxito tras éxito en la década de los años treinta. ¿Le fue fácil casarse? Fue inevitable, porque a pesar de su reconocida homosexualidad, el amor que sintió por Linda Lee Thomas fue más allá de lo puramente convencional. Esposa, musa, amiga, hermana y madre. Lo que debieron reirse y lo que debieron llorar juntos...
Cada vez que se estrenaba un musical de Cole Porter (Gay Divorce, Anything goes, Jubilee, Red, Hot and Blue...) las entradas desaparecían, las discográficas se peleaban por grabar sus canciones y las emisoras de radio no paraban de poner sus pegadizos temas con las voces de Ella Fitzgerald o Fred Astaire. Eran días de vino -mucho vino-y de rosas.
La otra cara de la fortuna: escándalos continuos, amenazas de divorcio, un desgraciado accidente de hípica, múltiples operaciones, dolor, depresión y olvido. A finales de los años cuarenta ya había conocido varios fracasos seguidos, y cuando muchos pensaban que su fórmula mágica -un perfecto cócktail de excentricidad y sofisticación- ya estaba agotada, le llegó uno de sus mayores éxitos y seguramente su mejor obra, una divertidísima parodia sobre The Taming of the Shrew de Shakespeare titulada Kiss me Kate.
En Hollywood también supieron explotar su genio, High Society, The Pirate o Silk Stokings fueron tocadas por su sello personal e intransferible, y le dieron fama -más aún- fortuna y reconocimiento mundial.
El pago tuvo que ser duro, adaptarse a la disciplina de los grandes estudios habiendo ido por libre casi toda su vida. En no pocas ocasiones fue censurado -y hasta vetado- por sus excesos, cada vez más continuos y descarados.
Berlin, Gershwin, Kern o Rogers lo adoraban -y lo envidiaban- y a veces estuvieron muy cerca de copiar su estilo, algo casi imposible de conseguir, porque ese algo único, genuino, que no era mejor ni peor, sino diferente, le pertenecía solo a él. Como dice una de sus canciones, You´ve got that thing! Ese algo que no se puede describir con palabras, al menos con las mías... You´ve got that thing, you´ve got that thing, That thing that makes birds forget to sing, Yes you´ve got that thing, that certain thing!
A pesar de lo oscuros que fueron sus últimos días -viudo, mutilado y amargado en la cruel soledad de su retiro final- a Cole Porter nadie lo recuerda con tristeza. La sola mención su nombre ya nos hace sentirnos elegantes y mundanos, predispuestos a llenar la copa y encender otro cigarrillo. Y muchos de los sueños de varias generaciones han tenido su música como fondo, when they begin the beguine...
Y ahora lo tenemos de vuelta a casa -después de años de ausencia- y por la puerta grande, él no conoce otra. La puerta no es ni más ni menos que la del Stephen Sondheim Theatre, qué casualidad. Y vuelve con uno de sus musicales más absurdos y casquivanos, Anything goes (todo vale) a poner un poco de fantasía, mucho de picardía, toda la gracia, la ironía y el glamour de verdad que tanto echamos de menos en los días que corren. Así que, ya que nos queda tan lejos el teatro, ¿por qué no tomarnos un Dry Martini de los que tanto le gustaban e imaginamos locas aventuras en un crucero en el que todo, absolutamente todo vale, y cualquier cosa puede pasar? Eso sí, solo con su música como banda sonora. But if, baby, I´m the bottom, you´re the top!
No sé si será casualidad o no, pero lo cierto es que cuando la familia Rabinowitz decidió mudarse a Weehawken, New Jersey, lo hicieron justo a un par de manzanas de la casa donde se habían criado Adele y Fred Astaire. Something´s coming. Something great!
Jerry, el pequeño, nunca estuvo demasiado contento con su apellido, que se traducía como "El hijo del rabino", así que en cuanto tuvo la oportunidad lo cambió por algo más ligero, como los pasos que pronto empezaría a marcar sobre las tablas. Rabinowitz suena a hijo de inmigrantes pobres y harapientos, sin embargo ¿verdad que Robbins es como un pájaro volador?
Con la ayuda de su tío, su padre montó una empresa de suministros -la Confort Corset Company- que además de quitarles mucha hambre, les mantuvo en contacto con empresarios teatrales y gente del mundo del vodevil. Parece que de alguna manera estaba predestinado a formar parte del show business.
Pero sus pasos lo llevaron hacia la universidad, a buscar una profesión seria -la de químico- y formar una respetable y seria familia americana. Tras el primer año de estudios, su verdadera naturaleza pudo más y acabó enrolándose en una compañía de ballet tras otra. Ahí acabó su "respetabilidad". Estudió danza y composición con los mejores del momento, y en 1939 lo encontramos formando parte del coro de varios espectáculos de Broadway, alguno de ellos dirigidos por el propio Balanchine, lo que le catapultó como prestigioso solista del que años más tarde sería el American Ballet Theatre. Nada podía parar su carrera.
Luego vinieron colaboraciones con Agnes de Mille (más tarde con Bob Fosse), hasta que en 1944 logró su verdadero bautizo artístico, creando la coreografía de un espectáculo nuevo con música del autor que sería su fetiche definitivo, Leonard Bernstein. Fancy Free -del que posteriormente surgió el célebre On the Town- fue su primer gran éxito y la primera de una intensa y provechosa serie de colaboraciones entre el músico y el coreógrafo. También sirvió para definir un estilo que jugaba con los movimientos más clásicos en combinación con la sensualidad y la picaresca propias de un ambiente mucho más mundano y actual. La limpieza de las evoluciones más académicas mezcladas con los movimientos del jazz hot del momento, su definitiva seña de identidad.
Después vinieron trabajos tan exitosos como High Buttom Shoes, The Pajama Game o Bells are Ringing, que supusieron la antesala del musical definitivo en su carrera y en la historia -con mayúsculas- de Broadway, West Side Story.
Capuletos y Montescos -Jets y Sharks- tenían que bailar ahora por las calles de Manhattan al ritmo sincopado de las increíbles melodías de Bernstein, todo un reto para un visionario atrapado entre la modernidad más absoluta y la depuración de los pass de deux. La colaboración entre los citados creadores con un joven Stephen Sondheim escribiendo las letras y Arthur Laurents redactando el libreto, dio como consecuencia la obra que consiguió erradicar definitivamente los prejuicios que muchos intelectuales tenían contra la superficialidad del musical americano. Y Robbins tuvo mucho que ver en ello. Según los críticos, nunca antes nadie logró aunar de tal manera el argumento de una obra con los movimientos de sus personajes.
Pero el tremendo éxito en lo profesional vino acompañado de una serie de sombras en su vida personal. En uno de los episodios más oscuros de la historia reciente norteamericana, la caza de brujas promovida por el senador McCarthy, Jerome Robbins fue implicado de una forma cruel e injusta y forzado a delatar a compañeros de profesión -junto con autores del prestigio de Elia Kazan- bajo la amenaza de hacer pública su condición de homosexual. Eso lo dejó fuera de una penosa lista negra, pero lo incluyó de por vida en la más negra de las listas, la de los delatores que señalaron a sus colegas por salvar su propio pellejo.
Pero los aplausos siguieron sonando en los teatros. Gypsy, Fiddler on the roof, A funny thing happened on the way to the forum, conservaron intacto su puesto entre los mejores, a pesar de que su impopularidad personal le acompañaría hasta el final de sus días. Aún así durante la década de los años 70 se fue alejando del teatro musical para regresar a sus orígenes clásicos, liderando hasta casi su muerte el New York City Ballet y desarrollando una vida mucho más apartada de los focos pero sin dejar de apoyar a los nuevos valores de la danza contemporánea.
Murió en New York tras años de soportar la enfermedad de Parkinson, viejo, rico, solo. Acerca de sus amantes, hombres o mujeres, se había escrito mucho -entre otras sobre la relación clandestina que se decía mantuvo con Montgomery Clift- pero nunca nada fue reconocido. El hombre que revolucionó el mundo de la danza en el cine y el teatro musical, se fue en silencio un 29 de Julio de 1998. Aquella noche las marquesinas de la Gran Manzana estuvieron apagadas durante unos minutos. Había que llorar al hombre que, a pesar de todo, siempre tuvo una razón para bailar.
Recomendamos el documental Jerome Robbins. Something to dance about. American Masters. PBS. 2009
¿Quién no se ha sentido alguna vez como un violinista en lo alto de un tejado? ¿Quién no ha tenido que hacer malabares para no caerse con todo el equipo, intentando aparentar que nada pasa mientras todo parece derrumbarse a nuestro alrededor, haciendo sonar la música aunque no tengamos ni idea de cómo ni por dónde fluye la melodía?
A veces la vida misma es así, y como el arte imita a la vida -y viceversa- hace mucho tiempo alguien pintó un violinista sobre los tejados de una vieja ciudad del este, tal vez tratando de plasmar su estado de ánimo. Moishe Shagal se llamaba -Marc Chagal para los amigos- el pintor loco que pudo inspirar un relato a un escritor ruso y así ambos comenzaron una hermosa cadena de inspiración que, desede las lejanas y frías estepas llega esta tarde hasta mi ordenador. Me gusta pensar que sucedió así.
El cuento se tituló Tevye, el lechero, y su autor Sholem Aleijem narraba la historia de un pobre hombre de una aldea ucraniana preocupado por dar un futuro decente -y un buen matrimonio- a sus hijas casaderas. Una historia de perdedores. De las de reirse mucho y llorar mucho también, de hambre y ternura, de ilusiones y decepciones que tantas veces vienen de la mano. La pequeña obra, publicada en yiddish, data de 1894.
De alguna manera se fue convirtiendo en un cuento popular en la cultura judía, y no sabemos cómo, cayó en manos de un productor -judío, no podía ser de otra forma- que se planteó convertirla en un musical. Y éste a su vez buscó al mejor director judío, al mejor compositor judío, al mejor libretista judío, al mejor coreógrafo judío y a los mejores actores judíos que pudo encontrar a este lado del Hudson. No le sería muy complicado ¡estaba en pleno Broadway!
Así que Harold Prince se puso manos a la obra y produjo un musical llamado Fiddler on the Roof (El violinista en el tejado) en septiembre de 1964, Joseph Stein escribió el magnífico libreto basado en el relato de Aleijem, Jerome Robbins concibió las mejores coreografías que nadie pudiera imaginar -inspiradadas en el folclore ruso, de una vitalidad y una expresividad únicas- y Sheldon Harnick junto con Jerry Bock compusieron las canciones más hermosas -y más agudas- que nunca se oyeron sobre el escenario de un teatro. Todos los autores de musicales coinciden en que habrían querido crear esta partitura. Única.
Por supuesto había que buscar al perfecto Tevye judío, Samuel Joel "Zero" Mostel (¿alguna duda?) fue la mejor elección posible. Zero Mostel, un cómico de raza, la viva personificación del "perdedor", el clown pasado de rosca, el "enfant terrible", el superviviente, el rebelde. No en vano fue uno de los actores más perseguidos por el Comité de Actividades Antiamericanas que le tenía reservado un renglón de privilegio en su tristemente célebre "lista negra". Mostel también sobrevivió a eso. Y encima su ajetreado currículo le vino que ni pintado al personaje del lechero, mucho más temperamental en el musical de lo que era el cándido desgraciado del relato original.
Lástima que en la adaptación al cine -realizada por Norman Jewison en 1971- el papel se lo llevó el israelí Chaim Topol, posiblemente mucho más fiable que el anterior para liderar una superproducción como ésta. Las aseguradoras no debían estar demasiado predispuestas a asumir los riesgos de salud de un "monstruo" a punto de estallar literalmente. Pero el cambio funcionó a la perfección, y Topol se convirtió en el resignado -y atormentado- perfecto Tevye. Un hombre acorralado entre la tradición y el amor, la ley y la libertad, el pasado y el futuro. El mundo cambiaba tan deprisa en los albores del siglo XX...
Con un respeto encomiable al concepto original, sobre todo en los personajes y en las principales situaciones, Jewison (que se traduce como "hijo de judío" por cierto) hizo una gran película, uno de los últimos musicales clásicos del cine, con una dirección artística y una fotografía sencillamente espectaculares. Y si la obra batió records de permanencia en cartel (con más de tres mil funciones en su producción original) y encumbró a sus creadores, la pelicula recibió una lluvia de premios entre los que destacan los tres oscars -uno de ellos a la espléndida fotografía de Oswald Morris- que ganó en esa edición. Topol, aunque estaba nominado, no se llevó el premio al mejor actor -para Gene Hackman por French Conection- y aunque nos pudiera parecer toda una injusticia ¿no le viene como anillo al dedo a su personaje? Un eterno perdedor que cae y se vuelve a caer aunque al final siempre termine brindando por la vida. Hoy nos unimos a él y levantamos la copa por los artífices de estas dos magníficas creaciones, y por todos los violinistas que tocan cada día a riesgo de partirse la crisma. To life!
Así, en mayúsculas. Tal vez sea la mayor declaración de principios que haya salido nunca de un escenario de Broadway. Soy lo que soy, te guste o no. Eso es lo que hay.
Se necesita valor para plantar cara a la muchas veces pacata y conservadora sociedad norteamericana, y montar un show -concebido además para toda la familia- basado en el amor explícito e incondicional de dos hombres frente al mundo. Sí, pero hubo que esperar hasta principios de los 80, a pesar de que antes ya se hubieran estrenado piezas de diverso calibre que tocaran con más o menos discreción este delicado tema.
La Cage aux Folles (Vicios pequeños, La jaula de las locas, Una jaula de grillos... como se ha llamado en sus distintos formatos) es, por el contrario, uno de los musicales más tradicionales creados en la últimas décadas. No ya solo en su estructura o en sus temas, sino por el propio mensaje que encierra. El amor por la familia (sea cual sea su origen, eso sí), la aceptación del diferente, la comprensión y el apoyo mutuo ante la adversidad, y la fidelidad al más viejo estilo.
No puedo ni imaginar el torrente de ideas -y de melodías- que fluirían por la mente de Jerry Herman en cuanto cayó en sus manos el chispeante libreto de Harvey Fierstein (Torch Song Trilogy, Hairspray...). Desde luego no había en todo Broadway autores más idóneos para dar forma a este material, que ya venía avalado por un enorme éxito en Europa cuando solo era una obra de teatro o una película cómica (con unos formidables Ugo Tognazzi y Michel Serrault), aunque nunca resultó especialmente difícil encontrar libretistas y compositores abiertamente gays en el ambiente del musical. Pero -por fortuna- la condición sexual no es lo único que define a este par de genios del show business que no vamos a descubrir a estas alturas. Con semejante tándem, la fórmula del éxito estaba más que garantizada.
Estamos en Saint Tropez, años setenta, una pareja de edad incierta regenta desde años el cabaret más glamuroso de la Costa Azul, Georges es el maestro de ceremonias y Albin la estrella. Una vieja gloria -en realidad ni tan vieja ni tan gloria- en el ocaso de su carrera, una estrella que se siente abandonada, olvidada, ignorada... hasta que cada noche se pone "un poco más de rimmel" -uno de los temas más acertados del repertorio- y recupera de un brochazo toda su perdida autoestima. Cuando el hijo del primero anuncia por sorpresa su intención de casarse, para más detalle con la hija de un político ultraconservador al que muy pronto tendrá que presentar a "sus padres"... el enredo, el equívoco y un puñado de gags de caerse de espaldas ya están servidos. Y si todo esto lo aliñamos con unas canciones y unas coreografías inolvidables -las acrobáticas Cagelles, las chicas/os del coro ponen al teatro de pie desde que aparecen en escena- no nos extraña que este producto tuviera un arrollador éxito desde su estreno. A pesar de que las críticas fueran algo ambiguas al principio -tachando a Herman de facilón y excesivamente comercial, condenado a soportar absurdas comparaciones con autores "más cultos" como Sondheim-, a pesar de la corriente de homofobia que renacía en el país coincidiendo con la irrupción de la epidemia del sida, a pesar de que jamás en Broadway las chicas del coro tuvieron "tanto que ocultar" entre las piernas, a pesar de todos los miedos y de todos los prejuicios... La Cage aux Folles no solo fue un éxito de público, sino que se llevó seis premios Tony en 1984, entre los que figuran el de mejor musical del año y mejor actor para un genio que se atrevió con el papel más arriesgado de su larguísima carrera, George Hearn.
Y el éxito continúa. En cada una de las reposiciones producidas desde entonces se ha podido comprobar como, a pesar de lo en cierto modo añejo de su tema, el show sigue en perfecta forma, entusiasmando y divirtiendo igual que hace casi treinta años. Lo puedes comprobar en el Longacre Theatre de la Calle 48. ¿Te animas?
Por todo ello, por la valentía de su propuesta (y su lucha ante las dificultades en su estreno), por la gracia de sus diálogos, por el descaro de sus personajes, por sus inolvidables canciones y sus letras (There´s one life and it´s no return and no deposit / One life and it´s time to open up your closet!), por sus electrizantes coreografías... y qué demonios, para celebrar el orgullo de ser diferentes e irresistibles a la vez -le guste a quien le guste- esta Standing Ovation se la dedicamos a una obra capaz de hacernos reir, llorar, saltar en la butaca y en definitiva vivir "el mejor de los tiempos".
¿Qué remedio? Habrá que poner buena cara a pesar de todo. Ése es el espíritu. A pesar de que semanas después del estreno de un proyecto tan esperado tuvieran que precipitar el cierre. A pesar de contar con una excelente producción, una colorista y dinámica escenografía, un reparto de lujo, unas coreografías divertidísimas, excelentes bailarines... Es especialmente triste ya que en este show participaban un montón de adolescentes para los que tal vez ésta ha supuesto su primera oportunidad real en el mundo del espectáculo... Pero ya sabemos como es Broadway, y en especial en los tiempos que corren, si no se empieza a amortizar la inversión desde el arranque de un show... mejor apaga y vámonos. Eso es lo que hay. Pero aún así, y como dice la canción, quita de una vez esa mueca de tristeza y pesimismo y ¡alegra esa cara!
En este nuevo capítulo de hits/flops (éxitos y fracasos, ilusiones y decepciones...) no hacemos referencia a la producción original de un musical, sino a una muy esperada reposición. Bye Bye Birdie se estrenó por primera vez en 1960 con un éxito arrollador, tanto es así que ha sido llevada al cine en dos ocasiones, una en el año 1963 (con Dick Van Dyke y Ann Margret de protagonistas) y otra con la producción para televisión de 1995 (con Vanessa Williams y Jason Alexander).
Con libreto de Michael Stewart, letras de Lee Adams y una inolvidable partitura de Charles Strousse (Applause, Annie, Rags...), la historia nos sitúa en Sweet Apple, Ohio, un pueblecito en el que nunca pasa nada, y al que de pronto llegan un ambicioso mánager, Albert Peterson y su secretaria -y novia- hispana, la sensual Rosie Alvarez (Dick Van Dycke y Chita Rivera en la producción original). La idea es lanzar un nuevo cantante que empieza a hacer furor entre las adolescentes, Conrad Birdie (un perfecto alter ego de Elvis Presley) haciendo que se despida besando a una virginal chica del pueblo antes de alistarse en el ejército. Este "inocente" montaje provocará una auténtica revolución entre los teenagers y sus padres, que se verán involucrados en un alocado enredo que trascenderá hasta el mismísimo programa de Ed Sullivan, vamos, lo más. Entre tanto, la desesperada Rosie, que lleva ocho años soportando excusas para retrasar su boda, sueña con que su adorado Albert cambie por fin de profesión y se convierta en un amable y tranquilo profesor de literatura ("An english teacher", uno de los temazos del show).
El colorido pop, la frescura del argumento y la inclusión del emergente Rock and Roll entre las canciones hacen que esta obra pueda asimilarse fácilmente a otra que aún tuvo mucha más repercusión, Grease, sin embargo Bye Bye Birdie es once años anterior y -esto siempre se puede discutir- musicalmente mucho más interesante.
El año pasado se presentó la primera reposición de este musical en Broadway en más de cuarenta años, con John Stamos (Hospital General, Padres forzosos, Friends...) como Albert, Gina Gershon (Cocktail, Showgirls, Cabaret...) como Rosie y mi querido Bill Irving y Dee Hoty como Mr. y Mrs. MacAffee. Buen plantel de actores, pero tal vez faltos del gancho necesario como para sobrevivir en una cartelera sometida a una presión (y una competencia) sin precedentes. El que escribe se quedó sin verlo por un par de semanas, mala suerte, también acababan de cancelar precipitadamente una reposición de Finian´s Rainbow, otra joya poco común. Y mientras en las marquesinas siguen brillando los Lion´s Kings, Rock of Ages o Jersey Boys durante años y años... son los tiempos, pero no pasa nada, siempre podremos encontrar algo que nos compense en algún teatro a la vuelta de la esquina, y, en cualquier caso, pongamos cara de felicidad aunque a veces haya que decir Bye Bye mucho antes de tiempo.