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jueves, 23 de febrero de 2012

Another opening, another show! (una historia de Broadway, 5)




Los cuerdos años 30 (Stormy weather)

Un tiempo de tormenta para América y el mundo. La desesperación vagaba por las calles de la gran ciudad mientras sonaban las melodías del Tin Pan Alley, la fábrica de canciones que nunca paraba. Algunos de los mejores temas de la música popular estaban naciendo entre los finos tabiques de aquellas oficinas subarrendadas. A un par de dólares el pelotazo.
Si algo bueno trajo la Gran Depresión a Broadway fue la diversificación de los argumentos de sus obras. Antes de 1929 triunfaban shows del tipo "Good News" de DeSylva, Brown y Henderson (un equipo que era sinónimo de éxito). Canciones pegadizas y números divertidos sin más pretensiones. Eran los locos años veinte, justo antes de la pérdida de la inocencia... A partir de ahora, junto a estos espectáculos frívolos e intrascendentes se iban a producir obras que intentaban acercarse a la realidad. Pero no demasiado...esto es Broadway!
En aquellos días ya se conocía al distrito de los teatros como "The big apple". Aunque hoy se llame así a la ciudad de Nueva York, originalmente era el apodo de las manzanas que rodeaban Times Square. The "hardened artery" (la arteria más dura) o The grandest Canyon... eran otras formas de referirse al que ya se había consolidado como el corazón y las entrañas del show business.
A lo largo de la década de 1930 nacía un género que iba a ser fundamental en la historia del teatro musical. Buenas canciones, números y coreografías fascinantes y -lo más importante- argumentos que tenían algo que contar. Aún en clave cómica o satírica, las historias irían más allá del famoso chico conoce chica, chico pierde chica etc. La crítica soterrada, la burla hacia el sistema o hacia los políticos (a veces ligeramente "contaminada" de ideologías subversivas) pero eso sí, aderezados con un poco de romance. George e Ira Gershwin fueron auténticos maestros de esta fórmula. Strike up the band o la cáustica Of thee I sing (primer musical de la historia en ganar un premio Pulitzer) fueron dos de sus títulos más populares, ambos ironizando sobre el sistema capitalista -incluso sobre el mismísimo presidente de los Estados Unidos- pero salpicados de canciones tan inmensas como The man I love. ¿Quién podría pedir más?
Los Gershwin estrenaron en el otoño de 1930 un musical que batió records de popularidad. Girl Crazy. La historia se ambientaba en un pueblo del oeste al que revolucionó un empresario de Broadway. Eso mismo fue lo que sucedió con la protagonista de este show, una novata recién llegada a la ciudad que se convertiría en la estrella definitiva del musical americano, la taquígrafa que tuvo que acortar su interminable nombre (Ethel Agnes Zimmermann ) porque no entraba en los carteles. Con una voz y una energía a prueba de misiles, este huracán humano se las arregló ella solita para levantar la moral de un país alicaído. Hay un antes y un después de la aparición de Ethel Merman en escena. Las colas para verla en este show se alargaban tanto como las notas que salían de su garganta. Cuentan que George Gershwin fue a verla al camerino el día del estreno, tras el primer acto (acababa de cantar la gloriosa I got rhythm) y, a pesar de haber estado preocupado por su escasa formación como cantante, le pidió que jamás fuera a clases de canto. ¿Quién querría pulir un diamante tan puro?
Otra flor salvaje fue descubierta por aquellos días, una cantante negra que actuaba en el Cotton Club y que dejó pegado al asiento al mismísimo Irving Berlin. Ethel Waters se llamaba esta chica de Filadelfia de origen miserable, fruto de una violación que sufrió su madre cuando solo tenía trece años. Su infancia la pasó de familia en familia, de abandono en abandono, algo que aunque ella no quisiera, no podía evitar transmitir con su vocecita dulce y al mismo tiempo endurecida como una roca. Aún no era aceptada la intervención de negros en otros musicales que no fueran expresamente pensados para ellos. Los cantantes de jazz o los bailarines de los minstrel shows encajaban perfectamente en los gustos populares, pero ¿protagonistas negras en obras en las que también había blancos? Era mejor no mezclar las razas, pero a Berlin no le importó. Estrenó su revista "As Thousands Cheer" y sacó a la Waters a escena sola, apenas sin maquillaje, a cantar Supper time, un escalofriante tema que cuenta la historia de una mujer que siente que su esposo no volverá a casa. Una canción que hablaba de los linchamientos de los negros que todos sabían que existían pero nadie quería admitir. No muchos se atreverían a echar jarros de agua tan fría sobre un público deseoso de diversión y entretenimiento sin más. Pero eran los años treinta, y algo estaba cambiando en Broadway. Am I blue?, Taking a chance on love, Miss Ottis Regrets o Stormy weather... antes de Billie Holliday, y antes de la Fitgerald, y de la Vaughan, Bessie Smith o Lena Horne. Esta pobre chica de color sacudida por los rigores de una triste vida, abrió un ancho y largo camino que sería recorrido por muchas otras, iluminando con su fuerza y su talento un tiempo tormentoso.     










jueves, 9 de febrero de 2012

Play it again




The ballad of Mack the Knife (Mackie Navaja)

En este año, Angel nos ha estado llevando por los escenarios de Broadway, tanto por las obras que están ahora en cartel como por los hitos del pasado, además de irnos explicando cómo se ha creado este género tan americano. En esta entrada os propongo indagar en la raíz europea del teatro musical.

Vamos a cruzar el Atlántico para viajar al Berlín de los años 20. La ciudad había dejado de ser la capital de la Prusia del Kaiser para acoger a los comunistas, socialdemócratas, nazis, expresionistas, dadaístas, bauhaus  y románticos rezagados. En esta salsa, el músico Kurt Weill conoce en 1927 al escritor Bertolt Brecht. Weill es un compositor de sólida formación clásica, hijo de un cantor de sinagoga; Brecht es un escritor y director de teatro, poeta y activista de izquierdas. Weill había escrito que “la música ha dejado de ser un asunto de unos pocos”, y pretendía romper para siempre la línea divisoria entre la música clásica y la sociedad moderna. De su unión con Brecth, y con la cantante Lotte Lenya, que sería su esposa, nació una obra, Die Dreigroschenoper, la Ópera de los Cuatro Cuartos. Estrenada en 1928, es una revisión de las “murder ballads” inglesas, los recitados de crímenes. En esta se narra la historia de un experto criminal de elegante estilo, Maceath  “El Cuchillo”, pero haciendo también una aguda crítica a la corrupción burguesa y a la hipocresía de la sociedad.
Die Dreigroschenoper, al igual que el Show Boat de Jerome Kern  estrenada el año anterior, el Porgy and Bess de Gershwin, o más tarde el West Side Story de Bernstein, se sitúa en la linde entre los géneros clásico y popular, combinando números de éxito con partituras musicalmente elaboradas y temas socialmente comprometidos. El número más conocido de esta obra,  la balada de Mackie “el Cuchillo” se convirtió en una de las canciones más famosas de la Alemania de Weimar.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Kurt Weill, Lotte Lenya y Mackie tuvieron una nueva vida en los Estados Unidos. Los Weill habían salido de Alemania en 1935 y en 1943 obtuvieron la nacionalidad norteamericana. Kurt Weill compuso partituras para el cine, pero se dedicó principalmente al musical, con éxitos como Knickerbocker Holidaty (September Song) Lady in the Dark o One Touch of Venus. Tras la muerte de su marido en 1950, Lotte Lenya se dedicó a mantener su legado en grabaciones discográficas y apariciones televisivas,  pero también a continuar su propia carrera como cantante, animada por Leonard Bernstein. En 1954 ganó un Tony por su actuación en la versión de Broadway de La Opera de los Cuatro Cuartos, y en 1966 engrandeció con su presencia el musical Cabaret, interpretando el papel de Fraulein Schneider que, a pesar de tener canciones maravillosas, no apareció en la versión cinematográfica. Debió ser emocionante que la misma cantante que estrenara la obra en el Berlín de los años 20 apareciera cuarenta años más tarde en el musical que homenajeaba a esa música y a esa época.
A Mackie le volvió a dar vida el grandioso Louis Armstrong en 1956, rebautizándolo como Mack The Knife. Traducida al inglés, tamizada por el jazz, incluyendo a la propia Lotte Lenya entre las víctimas del asesino, y conservando esa melodía que se pega al oído y al paladar, la canción se convirtió en un estándar del pop americano. Ella Fitzgerald la cantó en el mismo Berlín en 1958, y Frank Sinatra hizo de ella una especie de himno de su Rat Pack, pero quien la llevó al número uno y se la apropió para siempre fue Bobby Darin, cuyo biopic filmó y protagonizó Kevin Spacey en el año 2004.  Y en el primer post de este mismo enero hemos oído a Hugh Jackman cantarla en su espectáculo de Broadway.
La azarosa travesía del elegante asesino con el cuchillo escondido no acaba aquí. En 1978 Rubén Blades la versiona en ritmo de salsa y nos presenta así a Pedro Navajas, matón de esquina. Sorpresas te da la vida.

La Ópera de los Cuatro Cuartos se sigue representando en teatros de todo el mundo y una canción creada en la efervescencia del Berlín de los años 20, cantada por los mejores crooners de los cincuenta y pasada por el Caribe, que sigue tan fresca como la primera vez que la oímos. El propio Kurt Weill había declarado en una entrevista de 1940: <<No he reconocido nunca la diferencia entre música “seria” y música “ligera”. No hay más que música buena y música mala>>. Pues eso.

Isabel J. Heras









jueves, 26 de enero de 2012

Who is who in the cast



Audra McDonald (Happy Songs, Happy Birthday)

Haber conseguido seis Tonys con cuarentaypocos años, además de otras tantas nominaciones, premios del  American Theatre Guild, Drama Desk Awards etc... no la convierten en una estrella. Lo que hace que Audra McDonald sea especial es su alma. Ese algo intangible que pone en cada personaje, en cada canción, en cada gesto. Un alma más grande que el mayor escenario en el que pueda poner los pies. Pero para eso no existe un premio, ni falta que hace.
Los padres de esta niña nacida en Berlín en el año 70, se preocuparon mucho cuando un médico les dijo que su hija padecía una severa hiperactividad. Una vez que se mudaron a Fresno, California, la apuntaron a todo tipo de actividades extraescolares -clases de canto y baile entre otras- para ver si así "desfogaba" su extrema inquietud y llegaba exhausta a la noche.  De esa forma descubrieron que tenía un don que no podían esconder, había que dejar que el mundo la oyera cantar. Así fue compaginando sus estudios con diversos cursos de arte dramático y canto hasta que cayó en las manos de Ellen Faull, uno de los pilares de la Juilliard School. Guiada por la reputada soprano, McDonald encaminó sus pasos hacia el mundo de la ópera, pero fue su pasión por la actuación la que la entretuvo por los teatros de Broadway. A pesar de que su carta de presentación era una excelente tesitura para la música clásica, no tardó en ser reconocida como una actriz capaz de sacar adelante personajes con o sin canciones que cantar.
The Secret Garden (1993) le ofreció su primer papel de importancia, y al año siguiente ya la teníamos recogiendo su primer Tony a la mejor actriz secundaria por Carousel. Master Class, A Raising in the Sun o Henry IV demostraron su fuerza como actriz dramática en obras no musicales, reportándole más y más reconocimiento. Y mientras tanto se paseaba por series de televisión como Law and Order, Sin cita previa (Private practice) o Anatomía de Grey. Triste pero cierto: siendo sus trabajos menos agradecidos, son los que le han dado verdadera fama (son muchos los que solo la reconocen como "la negrita de Grey"). Ya se sabe, la tele es la tele.
Pero donde este animal de escenario se transforma, donde la intérprete con mayúsculas se crece y brilla es en el teatro. En Ragtime, el excelente musical sobre la obra de Doctorow, hacía el papel de Sarah, la madre desvalida que lucha por dar un mundo mejor a su hijo. Otra vez tuvo que levantarse a recoger el mayor premio que se le puede dar a un actor. Cuando tuve la oportunidad de verla por primera vez -en el Studio 54 con la obra "110 in the shade"- no tardé ni un minuto en comprender la razón de su éxito. Al entonar su primer tema en este precioso musical, Love don´t turn away, se me cayeron dos lágrimas de la emoción que aún sigo sientiendo. Y no solo por ella, sino por Lizzie, la solterona que espera el amor que no acaba de llegar y está a punto de tirar la toalla. La dulzura y la aflicción que expresa trasciende a una "buena interpretación" al uso. Una actriz de piel -negra y bella- de voz y de entrañas. Sin trucos, con toda la verdad que se puede dar mientras se finge.
Y ahora es Bess. La amada de Porgy, la más vulnerable, desvalida, patética y sublime Bess de cuantas lo han sido. En esta versión del clásico de los Gershwin -mucho más cerca del teatro y más lejos de la ópera- despliega todo su potencial, toda su fuerza y también su flaqueza. Su mirada suena aún más que su valiente voz de soprano, y sus lágrimas inundan el Richard Rogers Theatre (las nuestras también ¿o no?).
Uno de los varios discos que ha grabado -y que recomiendo encarecidamente- se titula Happy Songs. Y no se me ocurre mejor manera de llamar al puñado de preciosas canciones populares que trae, a pesar de que algunas cuentan historias nada felices. Felicidad, ese es el sentimiento que me ha producido oir y ver a esta mujer superlativa. Y por eso lo comparto hoy con vosotros.
Así como comparto la felicidad de haber cumplido un añito disfrutando -y haciendo disfrutar, espero- de las historias, las letras y las músicas que por aquí han pasado. Parece un tópico, pero sin vuestra compañía y vuestro apoyo no habríamos cumplido ni dos semanas. Así que Happy Birthday... y Happy Songs!  

     








jueves, 12 de enero de 2012

TKTS





Give my regards to Broadway  (nine days in New York)

En el centro de Times Square -que es a su vez el centro de Nueva York y del mundo mundial- hay una estatua de un señor que mucha gente no conoce. Se llama George M. Cohan, y por su lado transitan al día miles de personas sin ni siquiera reparar en su presencia. Entregado actor, bailarín, compositor, productor teatral... un enamorado de su profesión hasta los tuétanos. Entre otras muchas, le pertenece una pegadiza canción que es también su declaración de amor por esta ciudad y este ajetreado barrio. "Cuando esté lejos de allí... dale recuerdos a Broadway..."
Lejos ya del bullicio del Theatre District, con los pies destrozados, los bolsillos vacíos y el corazón rebosante, mis amigos -y fieles seguidores- y yo, os hacemos una pequeña crónica de lo que han sido nueve intensos días en el cielo de los amantes del género. Os contaríamos muchas cosas más, pero aquí venimos a hablar de musicales ¿ok?
Las señoras primero:

¿Cómo empezar a describir la experiencia neoyorquina? ¡Qué difícil…con los maravillosos espectáculos que hemos visto! Podría empezar con la inmensa emoción que me produjo ver “Follies”, un show soberbio,  con la estrella rutilante de Cole Porter y Sutton Foster en “Anything goes”, con el show íntimo y sincero de Mandy Pantikin y Patti LuPone, con la fuerza dramática de Audra McDonald y Norm Lewis en un maravilloso “Porgy and Bess” o con la energía colorista  de “How to succeed…” y “On a clear day” pero, como os podéis imaginar, mi crónica está dedicada al más grande de todos…HUGH JACKMAN.
¿Qué puedo decir de este hombre? Yo subí las escaleras como una sonámbula, sin ser consciente de lo que me rodeaba, muy nerviosa delante del telón rojo, y apareció cantando “Oh what a beautiful morning” que hizo brillar a todo el teatro. ¡Es una estrella! Transmite una cantidad de energía, confianza, sin ninguna arrogancia, con tanto encanto que te lo llevarías a tu casa envuelto en papel de regalo. Ha sido un show lleno de emociones, especial, muy íntimo…quizás por ser el último día. Ha dedicado la canción “The way you look tonight” a su mujer y el “Soliloquy” de Carousel a su padre, y ha llenado el escenario bailando e interactuando con el público. ¡¡Brillante!!
El segundo acto fue para enmarcarlo, con las canciones de “The boy from Oz”, con un homenaje a los musicales de la Metro, “Guys and Dolls”, “Singing on the rain”, “An american in Paris”, “Easter Parade” y “Sing, sing, sing”, con un montaje precioso y unas coreografías maravillosas…bailando con las chicas de una manera deliciosa. ¡Soberbio! Terminó con un enérgico “Mack the knife” levantando al público de sus asientos. Al final, para despedirse, nos cantó como regalo el “Once before I go”, la joya final del musical “The boy from Oz” y nos sonrió, nos aceptó los aplausos y los chillidos y se despidió dejándonos con la boca abierta, sin poder articular palabras, sintiéndonos importantes por el simple hecho de estar allí.
¡Yo creo que terminé con fiebre! ¡¡MARAVILLOSO!!
Fdo: Conso

Nervios, frío, colas del TKTS, los cinco sentidos a flor de piel para absorber todo lo que estaba viendo... y al final del día un musical maravilloso. Esa es la crónica que mejor podría resumir mi primera incursión en la gran manzana, aunque en este caso se vio remarcada por el magnífico remake del musical de Cole Porter “Anything goes”. 
Con una producción cuidadísima, unas coreografías espectaculares, unos actores de infarto y después de todos ella, la única y la irremplazable Sutton Foster, ganadora de dos premios Tonys, pieza clave de la producción y estrella indiscutible del show. La trama del musical es un poco de Lina Morgan, sin sentido ni orden, pero muy apropiada para pasar dos horas y media sin que te des cuenta. La orquestación fue buenísima, con una agilidad y una precisión dignas de la mejor sinfónica. Pero lo mejor de todo el espectáculo, es el número musical de aproximadamente doce o quince minutos de claqué, con todo el cuerpo de baile perfectamente coreografiado, que te dejan pegado al asiento, sin habla ni respiración, no como la Foster, que baila y canta sin inmutarse, sin perder ni un tono ni el aliento, que parecía que estaba tumbada tan tranquila, y llevaba quince minutos dando zapatazos... 
También merece una mención especial el Sondheim Theatre, edificio antiguo remodelado y rebautizado en honor de Stephen Sondheim con motivo de su ochenta cumpleaños. Un teatro moderno, funcional, con una visibilidad magnífica desde la orchestra, y lo más importante de todo... subterráneo!
Fdo: Fernando

Nueva York,  años 60.  Un joven limpiacristales, apuesto y ambicioso, se topa con un libro: Cómo triunfar sin dar golpe.  Siguiendo sus indicaciones al pie de la letra, consigue entrar en una gran compañía, la World  Wide Wicket Company, donde va escalando puestos realmente sin dar golpe y empujado hacia lo más alto a base de casualidades y muy buena suerte. Este es básicamente el argumento de una comedia musical deliciosa que tuvo su estreno en Broadway en 1961, llevándose al año siguiente 7 de los 8 Tony’s a los que fue nominada. En 1967 se hizo una película con el mismo título, que desde aquí os recomiendo, coreografiada por Bob Fosse y en 1995, un revival protagonizado por Matthew Broderick.  En la versión actual el papel protagonista, que se inició con Daniel Radcliffe-Harry Potter, ha sido retomado por Darren Criss, uno de los retoños del fenómeno Glee, convertido de la noche a la mañana en ídolo de quinceañeras (y no sólo).  Una puesta en escena muy cuidada a base de módulos hexagonales iluminados de tamaño algo superior a una persona, que se encajan de múltiples maneras sugiriendo los distintos espacios en que se desarrolla la historia, un vestuario de la América sesentera , un colorido en escenarios, iluminación y vestuario que recrean perfectamente la época  y unos números musicales magníficamente interpretados, llenos de energía y vitalidad, y con la herencia Fosse en cada uno de los movimientos, consiguieron que disfrutáramos al máximo. Números a destacar: Coffee break (que no está en la película), A secretary is not a toy, I believe in you y Brotherhood of men; en cada uno de ellos el despliegue interpretativo y coreográfico, así como las imaginativas puestas en escena son especialmente espectaculares. Igualmente destacable la participación como jefe de la compañía del veterano actor Beau Bridges. El público entregado con todos ellos, pero sobre todo las niñatas -y no tan niñatas- con Darren Criss, al que sólo le bastaba hacer un movimiento especial de cadera, para que se pudiera oír en cien metros a la redonda del teatro el griterío.  Entre los espectadores se encontraba Jane Lynch, la profesora Sue Silvester de Glee, que recibió una gran ovación al entrar en el patio de butacas al inicio del segundo acto.
Está claro que en Broadway el espectáculo siempre está garantizado, y no solo encima del escenario. 
Fdo: Juan

Os dejamos con una pequeña muestra de lo que hemos visto. Ojalá hubiérais podido estar allí. Tal vez la próxima vez ¿no?


 














 

jueves, 22 de diciembre de 2011

Standing ovation



Oliver! (where is love?)

Una de las cosas buenas que siempre ha tenido la navidad -al menos para quien escribe- las ha proporcionado la literatura y el cine. Tal vez la mezcla del turrón, los polvorones, el anís y el almíbar de los cuentos, películas y villancicos hayan llegado a empacharnos muchas veces. Pero renegar de ellos es un poco como renegar de nosotros mismos, de nuestro pasado y de una tradición que puede resultar impuesta, pero que está intensamente ligada a los recuerdos y a los seres más queridos. Al fin y al cabo, ¿no estamos siempre buscando donde está -o donde estaba- el amor?
Igual que en la cuaresma no fallaban Los Diez Mandamientos, antes de las vacaciones de invierno nadie nos libraba de tragarnos Oliver! en el colegio. Y gracias a eso tuve la suerte de ver muchas veces esta película en pantalla grande, como hay que verla. Si alguien me hubiera dicho entonces que llegaría a ver la obra original en la que está basada, en la misma ciudad en la que se desarrolla y en el mismo barrio en el que sucede la mayor parte de la acción... de verdad no le hubiera creído.
Si My Fair Lady es una prolongación de Covent Garden, Oliver! es como un trozo de la City. Sí, Londres no es un lugar, es el mundo que inventaron los autores de Peter Pan o Mary Poppins para embaucarnos a todos los que tenemos flojo el músculo de la fantasía.
Londres, 1838, primera edición de Oliver Twist, segunda novela de Charles John Huffman Dickens subtitulada The Parish Boy´s Progress, emulando las series ilustradas del pintor Hogarth (A Rake´s Progress) en las que se reflejaba una Inglaterra en el umbral del mundo contemporáneo pero con toda la rémora de un oscuro pasado. La Revolución Industrial estaba cambiando la fisonomía de una ciudad única, llenando sus calles de sucios obreros, tenderos, lavanderas, libreros, prostitutas, ratas y rateros. Y ollín, mucho ollín, el de las miles de chimeneas que daban un poco de calor para combatir el frío de la pobreza y la injusticia.
¿Una novela picaresca? tal vez lejos de su contexto, pero nos cuenta algo muy similar. Un niño que vaga por un mundo hostil buscando algo que comer y alguien que le quiera. Un pobre chaval que se atreve a pedir a la vida un poco más. Please sir, I want some more.
Los pícaros le esperan en la gran ciudad. Artful Dodger, el colega. Fagin, el protector. Nancy, el amor, Y Bill Sakes, el asesino. En esta insólita aventura lo único que, desgraciadamente, no nos podemos creer es el final. En aquellos tiempos el que nacía pobre, moría pobre. Y el que había sido abandonado, difícilmente sería reencontrado y menos por el propietario de un soleado balcón frente a Regent´s Park.
La popularidad de este libro aumentó sobremanera cuando en el año 1960 se estrenó un musical basado en la novela. Antes ya había sido llevada al cine por David Lean (1948) en una espléndida película en blanco y negro. Pero la llegada a los escenarios redescubrió definitivamente este clásico de la literatura.
Lionel Bart compuso la música y las letras de la que es posiblemente una de las mejores partituras de un musical. Este autor londinense que había escrito temas para cantantes de moda (Cliff Richard o Tommy Steele) y para algunas películas (From Russia with Love), jamás llegó a conocer un éxito en su carrera como el de Oliver! De hecho, sus otros musicales son títulos que, a pesar de ser de gran calidad, fueron completamente olvidados (Blitz, Maggie May o La Strada, sobre la película de Fellini). Debe ser duro lograr un triunfo de tal dimensión a los treinta años y no poder igualarlo nunca más.
La película que todos conocemos no solo mantuvo sino que superó con creces la aceptación del musical. En 1968 Carol Reed dirigió una de las más espectaculares versiones teatrales de la historia del cine. Los decorados, la puesta en escena, la fotografía, coreografía y, naturalmente, el acertadísimo reparto, hicieron de esta cinta el clásico que hoy es. Resulta difícil imaginar otro Fagin que no sea Ron Moody (que ya hizo el personaje en el musical) o un villano Bill Sakes distinto a Oliver Reed. Pero desde luego cuesta pensar en un Oliver sin el inocente y angelical rostro de Mark Lester. Al igual que la del autor de la música, la carrera del protagonista tampoco remontó después de este hito. Ambos fueron condenados a vivir de Oliver para siempre.
Desde pequeño, Cameron Mackintosh quedó atrapado por la historia (y la música) que envolvía a este personaje. Y no paró hasta producir el montaje más extravagante y más espectacular de cuantos se han hecho. En 2009 se reestrenó el que para muchos es el Oliver definitivo, una cuidada versión para la que se eligió un teatro que no podía ser más apropiado. El Theatre Royal, Drury Lane, un viejo y aparatoso edificio de ladrillo visto en el mismo corazón de Covent Garden. Uno no sabía si tenía que agarrar su cartera al salir de allí, o si acabaría en una persecución nocturna entre las nieblas del London Bridge. Por momentos así merece la pena pagar una entrada en libras esterlinas. Pero en realidad no hace falta gastar tanto dinero para dejarse llevar por este maravilloso cuento dickensiano.
Es diciembre, 1972. Estamos en el cine de los Salesianos, o en la salita de casa con toda la familia reunida alrededor de una bandeja de pestiños (y oliendo mucho a la alhucema del brasero de cisco), comienza la película que una vez más nos llevará a un Londres donde de nuevo nos perderemos vagando por sus oscuras y frías calles. Pero no tenemos miedo porque ya sabemos que al final los buenos volverán a ganar, la avaricia y la crueldad tendrán su justo merecido, y el amor -que ya averiguamos donde estaba- triunfará una vez más.
Pónganse cómodos, dejen volar la imaginación y...consider yourself at home!











jueves, 15 de diciembre de 2011

Broadway baby




Annie (little girls!)

Lo siento pero mientras dure diciembre, es lo que hay. Musicales familiares, dulces, bienintencionados, inocentes, optimistas... musicales por y para niños. Para los que lo son y para los que lo seguimos siendo.
Con esta nueva sección se completa el ciclo que comenzamos en septiembre. Broadway baby es un tema clásico del musical Follies de Stephen Sondheim (alguien no lo sabía?). Una canción que suele interpretar con mucha guasa una viejísima gloria, tan vieja como para no importarle nada reírse de sí misma ante el respetable público. Trata de alguien que llega a la gran ciudad con ganas de comerse el mundo, de ver su nombre brillando en las marquesinas, de triunfar en el show business a cualquier precio. También habla de alguien que está a punto de perder la inocencia en la jungla de asfalto...
La inocencia de los niños es un auténtico mito. El teatro musical es prueba de ello. Oliver, Cosette, Billy Elliot... son verdaderos héroes capaces de sobrevivir a las más penosas circunstancias. Aparentemente indefensos, los protagonistas de estas historias se nos acaban revelando astutos y valientes. Lo mismo sucede en los cuentos de toda la vida. Hansell y Grettel, Pulgarcito, Alicia... representan el bien triunfando en la lucha contra el mal, el fuerte contra ¿el débil?
La tira cómica "Annie la huerfanita" se publicó allá por los años veinte. Su autor, Harold Gray, nunca podría haber imaginado la popularidad que alcanzaría este personaje que vio la luz en las páginas del New York Daily News. La idea de la pobre niña abandonada en un orfanato la sacó de un poema de James Whitcomb Riley que a su vez se inspiró en una historia real, la de Mary Alice Smith. "Allie" era el apelativo cariñoso de esta niña sin padres recogida en el hogar del propio autor, una niña castigada por su mal comportamiento que debía servir de lección y ejemplo para todas las demás. Cosas que pasan, por un simple fallo de impresión, el poema se publicó con el título de "Little Orphan Annie" y así, por pura casualidad, nació uno de los nombres que más han brillado en los luminosos de la gran ciudad.
En el año 1976, el Goodspeed Opera House de Connecticut puso en marcha un musical que, basándose en dicho cómic, desarrolla la historia de la protagonista aliñándola con una serie de personajes y situaciones nuevas salidas del libreto escrito por Thomas Meehan (The Producers, Hairspray...). Los responsables de las canciones fueron Martin Charnin -en las letras- y Charles Strouse (Bye Bye Birdie, Applause, Rags...) que compuso las inolvidables melodías de este clásico. Tomorrow, Maybe, Easy Street... se convirtieron inmediatamente en hits que llegaron a trascender la propia fama del musical.
La historia se sitúa en 1933 en un Nueva York en plena depresión con las calles llenas de mendigos y maleantes. El orfanato regentado por Mrs.Hannigan es el escenario en que aparecen las hospicianas desaliñadas y hartas de trabajar a todas horas. It´s a hard knock life (una vida tan dura!) nos presenta a estas pobres víctimas de la sociedad que no por ello pierden la alegría y la esperanza en un futuro mejor (maybe). Es invierno, cae la nieve y la soledad.
Pero como suele ocurrir, la suerte llama a la puerta cuando el millonario (billonario!) Oliver Warbucks decide "sentar una huerfanita a su mesa" en navidad. Así comienza la aventura y así se desata la codicia de unos pobres diablos que quieren hacerse ricos por la vía rápida, la "calle fácil", a costa de una pobre niña desvalida. Pero no tanto, va acompañada de un perro vagabundo que encontró en la calle, abandonado como ella. Sandy, como le bautizó, se convertira en otra estrella de esta función.
Como casi siempre, los malvados se quedan con los papeles más interesantes y jugosos en la ficción. Cruella, Elphaba, Mrs. Lovett... y casi siempre se suelen llevar los mejores temas de los musicales. Aquí hay una mala de las clásicas, la solterona, borracha, ambiciosa y amargada (de solo ver "little girls" a su alrededor) señora Hannigan. Esta joya de personaje fue a parar a las manos de una gran dama del teatro, Dorothy Loudon, que se hizo dueña de un clásico de Broadway que muchas han emulado (Carol Burnett y Kathy Bates, entre otras). Un montaje grandioso, coreografías espectaculares, canciones pegadizas (y pegajosas) actores y cantantes de primera... todos los ingredientes necesarios para convertir este proyecto en un rotundo éxito. Pero se nos olvida lo más importante, Annie. ¿A qué niña de no más de once años iban a  darle toda esa responsabilidad? El casting fue poco menos que el de Scarlett O´Hara, pero finalmente se eligió a Kristen Vigard, una niña prodigio que ya había aparecido en pequeños papeles en teatro y cine. Aunque con un registro espectacular y una apariencia angelical, ¿resultaría demasiado dulce? ¿demasiado dócil? ¿demasiado frágil?  Durante los ensayos al director le llamó la atención una de las huérfanas con una estupenda voz pero algo más de carácter y personalidad. Para eso están las previews ¿no? La pobre Kristen tuvo que retroceder hacia el coro y Andrea McArdle se convirtió en una gran estrella. La más joven en ser nominada a un Tony a mejor actriz protagonista. Pero claro, las malas son las malas, y el premio fue a parar a manos de su "carcelera" Mrs. Loudon/Hannigan.
La McArdle debió sentir algo parecido a lo que sintió la desamparada Annie cuando el magnate Warbucks se fijó en ella. Los sueños hechos realidad en un abrir y cerrar de ojos. ¿A ver si va a ser verdad eso de que pase lo que pase el sol brillará mañana?
     









jueves, 1 de diciembre de 2011

Music & lyrics


Rodgers and Hammerstein (Something wonderful)

Los caminos de Richard y Oscar se cruzaron a principios de los años 40, en el momento exacto en que el teatro y el cine más lo estaban necesitando. Ni en Hollywood ni en Broadway las cosas habrían sido lo mismo sin la presencia de estos dos genios de la composición. Some enchanted evening, If I loved you, My favorite things, Oh what a beautiful morning, You´ll never walk alone, Something wonderful... pensar en las canciones que escribieron juntos es pensar en la memoria sentimental de América y de una gran parte del resto del mundo. Es la música y la letra de nuestros recuerdos, de nuestros sueños.
Mucho antes de ese afortunado encuentro, las carreras de esos dos prolíficos autores ya tenían vida propia y éxitos propios. Oscar Hammerstein II (1895-1960) puso la letra a uno de los musicales más emblemáticos de la historia, Show Boat. Para muchos el primer musical, en orden y también en importancia. Con música de Jerome Kern, esta monumental epopeya americana abrió una senda en la que el elemento dramático quedaría para siempre subrayado por canciones integradas de lleno en la acción. Esto que hoy es habitual, entonces supuso una novedad, cuando aún las canciones actuaban como meros interludios entre las situaciones cómicas o dramáticas de los espectáculos. Esa fue la marca del maestro, empastar como nadie hasta entonces los diálogos, el contexto, el estado de ánimo de los personajes y su carácter, con las letras de los temas que siempre harían avanzar la acción, nunca detenerla.
Richard Charles Rodgers (1902-1979) por su parte ya llevaba años componiendo standards imprescindibles con su amigo del alma y colega de universidad Lorenz Hart. Larry y Richard, o lo que es lo mismo, letra y música. La marca Rodgers and Hart creó obras maestras del género como On your toes, Babes in arms o Pal Joey, entre muchas más. Y si hablamos de las baladas que salieron de esta factoría... Blue moon, My funny Valentine, Manhattan, My romance, Bewitched, Isn´t it romantic?
Cuando Larry Hart murió en 1943 -tras años de luchar con la depresión y el alcoholismo- este perfecto tándem se rompió para siempre y la música se quedó si letra. Nada que decir.
Y entonces se obró el milagro. Algo que no suele ocurrir casi nunca, sucedió dos veces en la vida de la misma persona. Ese mismo año comenzó a colaborar con el sobrino de un afamado compositor con el que compartía el nombre -y propietario del Manhattan Opera House, todo un personaje en el mundo del show business- y produjeron el primero de una larga lista de éxitos juntos. Oklahoma! es otro hito en la historia del teatro. Si Show Boat logró integrar la música en la narración, este musical no solo consiguió hacerlo con las canciones, sino también con el baile. Todo lo que sucede sobre las tablas, toda la expresión vocal, gestual y física de los actores con un solo propósito: contar una historia. Él magnífico trabajo de Agnes De Mille con la coreografía ayudó al triunfo de esta pieza clave en el imaginario colectivo estadounidense. Oklahoma! es más que un musical, es un himno, un canto de amor a la patria en el que la tradición y el folclore se incorporan por derecho al mundo del espectáculo. El cinemascope estaba de estreno y Fred Zinnemann la llevó a la pantalla en los años cincuenta, justo en el momento en que el cine musical estaba necesitando un nuevo impulso comercial.
Sus siguientes éxitos juntos también se convirtieron en famosísimas películas. Carousel, The King and I, South Pacific y The Sound of Music se encuentran entre las obras más representadas en la historia del teatro y las películas más vistas y aplaudidas jamás.
No importa que el tema fuera tan escabroso como la violencia machista, tan grandilocuente como la monarquía siamesa, tan controvertido como la II Guerra Mundial o tan cursi como una novicia cantando por valles y prados, no había trama que se resistiera al talento de esta pareja. Hay pocas obras en las que las melodías y las palabras estén tan aferradas entre sí, y al mismo tiempo tan fundidas al libreto. Una de sus canciones más populares "Do, Re, Mi" lo explica por sí misma. Las notas del pentagrama no son nada si no se unen a una idea. Así las palabras son el alma de la música y viceversa.  "When you know the notes to sing, you can sing most anything..."
Tras un rosario de éxitos encadenados (aunque también hubo algún que otro patinazo como Allegro, Me and Juliet o Pipe Dream...) y todos los premios imaginables -incluido el Pulitzer- Richard Rodgers volvió a quedarse solo cuando en 1960 su compañero se marchó para siempre. Una única obra escrita en los diecinueve años que le sobrevivió -No Strings- y aunque en realidad es una delicia, ni de lejos logró la aceptación que tuvieron sus anteriores trabajos. ¿Por qué? La creatividad también se desgasta y la edad no perdona... pero tal vez las notas que se deslizaban por la partitura del autor también se habían quedado huérfanas. Igual que todos a los que sus melodías nos hicieron soñar alguna vez, los que solo podemos recordar "algunas de nuestras cosas favoritas" con el sonido de esa maravillosa música.