Wilkommen, bienvenue, welcome!!

jueves, 13 de septiembre de 2012

Back in business




Let the good times roll!

De vuelta al trabajo. Suena el despertador y de repente es Septiembre. En la confusión del momento no sabes ni donde estás -tras muchos días frecuentando otras camas-, repasas mentalmente lo que tienes que hacer, adonde tienes que ir, con quien te tienes que ver... y deseas volver a dormirte unos cuantos meses más.
De vuelta a la rutina, al horario, al jefe, a las prisas, a la lucha cotidiana... También a los amigos, a los reencuentros y a todo lo bueno que dejamos atrás cuando hicimos esa maleta que, por cierto, aún no hemos deshecho del todo. 
De vuelta al café de la mañana, al periódico y a la radio (o a lo que nos han dejado de ella), al pantalón largo y a los zapatos cerrados (dónde están los dedos?). De vuelta a la vida que una vez elegimos ¿o tal vez no?
Con la pertinaz crisis que nos acecha, este año menos que nunca debemos quejarnos de volver al trabajo -es lo que se oye por cada esquina hasta la extenuación- y sí dar gracias por conservarlo. Como siempre será de vital importancia indagar en lo bueno de esta rentrée, que de seguro algo hay. Que sí hombre! Accentuate the positive!
Stage Door cerró su redacción en Julio -para descansar y dejaros descansar- con una canción de Stephen Sondheim y abre en Septiembre con otra. Una que habla de regresar, de encontrar lo que echabas de menos, de volver a empezar y tomar del pasado solo lo bueno, dejando atrás lo peor. Bye bye blues, so long adversity, happiness hello!! Una canción con ritmo, con swing, con la energía de un chute vitamínico que no encontraremos en la farmacia ni en el mercado negro. Y encima cantada por una aún joven y espídica Liza claqueando sobre el piano de Billy Stritch (por lo que os cuesta esto no podéis pedir más).
Este humilde blog musicalero arranca su segunda temporada con ganas de seguir disfrutando y hacer disfrutar a los que no os importa gastar unos minutos cada quincena en conocer o recordar algún show, alguna estrella, canciones o noticias del mundo del espectáculo.
Y seguiremos -ya desde la semana que viene- con las secciones habituales a las que tal vez incorporemos alguna nueva ¿por qué no? Los buenos musicales deben ser generosos en números y efectos. Pero el público también tendrá que mostrar generosidad con su asistencia -aquí no hacen falta aplausos-, que si no tendremos que colgar ese cartel que tanto vemos últimamente de "cancelled". Así que pasen, vean y no falten a nuestra cita de cada dos semanas!! Bueno, y si de vez en cuando lo tienen a bien...comenten algo please!!
Empezamos una temporada en la que se estrenará Los Miserables en el cine, en la que Barbra Streisand se calzará los zapatos de Mama Rose y en la que tal vez se retome el tan acariciado proyecto de llevar Wicked a la gran pantalla. Y mucho más. Como decía aquella canción, "the best is yet to come". Ese es el espíritu que hay que retomar en una mañana en la que el despertador suena a deshora, diciéndonos que, queramos o no, hay que volver al negocio, eso sí, dispuestos a disfrutar de los buenos tiempos que seguro están por llegar.
Wellcome back! Willkommen, bienvenue... Vuelvan a sus asientos que el espectáculo va a continuar.   



jueves, 12 de julio de 2012

Play it again



Send in the clowns (isn´t it rich?)

Que vengan los payasos. Qué empiecen a divertirnos, que nos hagan reir, que nos riamos de ellos... o quizás no, porque ya estamos aquí nosotros.
¿Cómo se puede hacer una canción tan bella que hable sobre meter la pata? La situación: la hermosa, glamurosa -y algo talludita- Desiree Armlfeldt, invita a un grupo de amigos a la mansión de su madre con la intención de recuperar al amor de su vida. Pero Fredrik Egerman no lo tiene tan claro. Aunque hace tiempo estuvo enamorado de ella, ahora arde en deseos por su joven, casta y virginal esposa. Entre enredos, confusiones, desencuentros, celos y venganzas varias, finalmente los amantes se quedan solos en el dormitorio. Por una vez es ella la que se declara a él, se traga su orgullo y le echa valor. Lo malo es que Fredrik aún alberga esperanzas de salvar su matrimonio y ser feliz con una chica que más podría ser su hija, y a la que no quiere traicionar. Así que por primera vez están los dos sobre una cama en la que ahora no habrá más que palabras... y música.
Lo que ella comienza a cantar en este momento, no es más que una disculpa, ante su amor y ante sí misma. Una más que digna reacción ante el jarro de agua fría que se ha ganado a pulso. Hay decepción en sus palabras, también burla, ironía y un poco de autocompasión. Madurar duele, y el último tren parece alejarse a toda máquina.
Cuando Stephen Sondheim y Hugh Wheeler estaban rematando las canciones y el libreto de A little night music, allá por el año 73, Send in the clowns aún no había nacido. El musical basado en Sonrisas de una noche de verano, de Igmar Bergman, y ambientado en la Suecia de principos de siglo, estaba casi terminado cuando irrumpió la que iba a ser su protagonista. Tras buscar entre todas las grandes señoronas de la escena -preferiblemente maduras y británicas-, finalmente dieron con el alma de la producción. Glynis Johns (la Sra. Banks de Mary Poppins) no había cantado casi nunca antes, pero Sondheim supo inmediatamente que ella y no otra, era Desiree. De todas formas se trataba de un personaje que apenas cantaba en la obra, algo insólito tratándose de la protagonista. Pero el aire a la vez distinguido y mundano, el "charme" y la altivez, mezclados con una buena dosis de sentido del humor, la hacían perfecta para el papel de la diva en crisis. Y además encajaba al milímetro con Len Cariou -un enorme Fredrik- con quien había una química indiscutible.
En el libreto original, la escena de la confesión se resolvía con una canción del amante, al que ella escuchaba atenta con lágrimas en los ojos. Pero Harold Prince -director de la obra- sugirió al autor que escribiera un tema para ella, a la que apenas se le oía cantar en toda la función. Y así fue como surgió esta celebérima balada, una de las señas de identidad del teatro musical americano. Según palabras del propio Sondheim, la compuso pensando exclusivamente en la actriz, con versos cortos y frecuentes pausas que le permitieran actuar, crear tensión y a la vez recuperar fácilmente la respiración. Él confiesó no haber quedado demasiado satisfecho con la pieza, en comparación con el resto del material  mucho más lírico y elaborado. Pero cuando la empezaron a ensayar vieron que no solo entraba a la perfección en la trama, sino en el perfil y el estado de ánimo de la intérprete. Siendo la que menos cualidades vocales tenía de todo el reparto, la Johns consiguió emocionar a los autores desde el primer ensayo. Entonces se llamaba "Send in the fools", pero al no encajar del todo el título decidieron sistituir a los locos por los payasos.
Durante los dos primeros años tras el estreno, la canción no destacó demasiado del resto de la excelente partitura. Tan solo Bobby Short la grabó acompañado del piano, en un disco que no tuvo mucha repercusión.  Pero poco después la interpretó Judy Collins y, ante la sorpresa del compositor, se convirtió en número uno en Inglaterra. "Eso demuestra que no existe la fórmula para fabricar un éxito" decía el propio autor. Un tema melancólico, con una dulce melodía y un tempo cadente... pero con una letra algo críptica que nadie parecía entender muy bien. Pero eso no fue un problema, la música sugiere tanto que no es necesario descifrar los códigos de su mensaje.
Desde los años ochenta han sido muchos los que la han incluído en sus repertorios. Frank Sinatra la consagró definitivamente y la convirtió en la canción más popular de todos los shows de su autor, cosa que a éste le parece una gran injusticia. Sarah Vaughan, Shirley Bassey, Grace Jones, Tony Bennett y Barbra Streisand la han hecho suya, se ha convertido en un standard de jazz y una pieza de bossa nova. Hoy es algo universal -mucho más famosa que el show al que pertenee- siendo tan pequeña y habiendo nacido con tan pocas expectativas. ¿A que va a ser verdad eso de que menos es más?
Oirla en escena emociona siempre. Ya sea en la voz de Jean Simmons, Judi Dench o Bernadette Peters -incluso Liz taylor- las otras magníficas Desirees. Y es que en el fondo todos nos hemos sentido alguna vez así de defraudados por algo o alguien, o por nosotros mismos. Sobre todo si estamos en esa edad crítica en la que la vida parece burlarse con cariño de nosotros, pobres payasos.     
Escuchemos con atención esa balada que habla de la farsa en que vivimos, la pequeña música nocturna que acaricia y también araña, y dejemos que se nos dibuje, mientras suena, una sonrisa que refresque estas cálidas noches de verano.












jueves, 28 de junio de 2012

Who is who in the cast




Kristin Chenoweth (Funny girl)

Una diva no tiene por qué ser una gran cantante, ni siquiera una gran actriz. Una diva es algo más. Fanny Brice, Ethel Merman, Mary Martin, Carol Channing... cómicas, "caricatas", reinas capaces de reirse de sus propias debilidades y de su propia sombra. Carne de focos y escenario, payasas que resisten los embates de la vida a golpe de carcajada. Pero que también pueden arrancarte una lágrima a poco que te despistes...
La historia de Broadway está llena de estas actrices de vocación que -nadie sabe exactamente por qué- sin ser especialmente bellas, ni esculturales, ni glamurosas... se cuelan en el corazón del público de por vida. Lucille Ball, Carol Burnett, Barbara Harris... chicas corrientes, simpáticas, a veces inocentes, a veces atrevidas, pero con una personalidad de hierro forjado entre los bastidores de la vida.
Kristin Chenoweth es una de ellas. La última en unirse a este insigne grupo de "chicas divertidas". Pero ella, además, viene equipada con una voz de oro de veinticuatro quilates.
Esta rubia pizpireta de poco más de un metro y medio, vino al mundo hace cuarenta y tres años (aunque siga aparentando veintipocos) en Broken Arrow, Oklahoma. Sí, nació en un estado con nombre de musical de los clásicos, cómo no. Sin ser totalmente consciente de sus orígenes -fue adoptada cuando solo era un bebé- ella afirma tener un "cuarterón" de india cherokee, algo no demasiado extraño en esa región. Lo que siempre tuvieron claro los que la conocían, es que era diferente a las demás, alguien extraordinaria. Como extraordinaria era su vocecita de pito de registros ilimitados. Por eso comenzó a cantar en coros de gospel cada domingo y así fue sobresaliendo hasta conseguir una beca para estudiar ópera y teatro musical. Cuentan que fue a Nueva York a ayudar a un amigo a mudarse, y ya no volvió nunca más. La seleccionaron para un papel en Animal Crackers (una comedia de los Hermanos Marx convertida en musical) y a partir de ahí todo fue subir escalones.
A comienzos de los 90 ya estaba "on tour" con obras como Babes in arms, The Phantom of the Opera (donde Kristin fue Christine por varias ciudades y países), The Fantastiks (¿qué estrella de Broadway no ha hecho alguna vez de Luisa?), hasta que llegó su debut en la gran ciudad con un estreno de auténtico lujo, Steel pier, de Kander y Ebb. Por su pequeño papel de la soprano enloquecida Precious McGuire ganó su primer premio de importancia, el Theatre World Award. Poco después hizo de Sally, la hermana listilla de "Carlitos" en You´re a good man Charlie Brown, personaje por el que se llevó su primer -y hasta ahora único, no me preguntéis por qué- Tony. También fue Daisy Gamble en una producción Encores! de On a clear day you can see forever, la primera reposición que se hacía desde su estreno en plenos sesenta. Y es que nadie más se atrevía a hacer una Melinda digna de su predecesora, otra rubia pizpireta de tremenda voz, la genial Barbara Harris (a la que también "siguió" en la reciente reposición de "The Apple Tree").
Pero el espaldarazo definitivo a la fama -además de por sus apariciones en varias películas y series- se lo dio Glinda, la Bruja Buena del Oeste, ¿no es lo que suelen hacer las brujas buenas?. Con Wicked, Kristin Chenoweth -al igual que su colega, Idina Menzel- logró subir al podio, al trono, al olimpo, a ese lugar de privilegio al que se tarda mucho en llegar pero del que a veces se sale muy deprisa. El gran público se aprendió su nombre para siempre con la creación de este claro y oscuro personaje que supo interpretar con todos los matices que requería y con su acostumbrada voz de ángel endemoniado. Ojalá las muchas Glindas sustitutas hubieran estado a su altura, y a la de la Menzel, claro.
Cunegonde en Candide (producción de la filarmónica de Nueva York), Lily St. Regis en la versión televisiva de Annie, Marian (the librarian) en The Music Man, también para televisión -junto a Matthew Broderick- y un sinfin de intervenciones en series "con derecho a canción" como la estupenda Glee, en la que hacía de la fracasada April Rhodes. Sus versiones de One less bell to answer o Maybe this time en sendos capítulos son antológicas. ¿Por qué no se ha pensado en un spin-off con ese personaje?
La última vez que la vimos sobre un escenario de Broadway fue hace un par de años, y hacía algo muy complicado. Emular a Shirley MacLaine en El Apartamento no es un toro que pueda lidiar cualquiera. Y encima cantando y bailando. Promises, promises, la obra maestra de Burt Bacharach, nos brindó la oportunidad de verla en un papel menos cómico y más amargo, la de la ascensorista que se mira en el espejo roto de su propia existencia ("no deberías usar rimmel si te enredas con un hombre casado"). La  perfecta química con Sean Hayes (el Jack Lemmon del show) nos regalaba uno de esos escasos momentos mágicos en los que el oficio y la inspiración rebosan por todo el patio de butacas.
La voz de esta "pequeña gran diva" -chillona o aterciopelada según se requiera- es tan personal, tan única que se ha llegado a inventar un término relacionado con su tesitura imposible, "the Cheno note". Una nota a la que muy pocos pueden llegar y que deben evitar los que quieran conservar su cristalería intacta. Pero eso no es lo más importante de esta "chica divertida" (también hizo Funny Girl en una función-homenaje, por cierto) de curvas sinuosas y ojos de un azul de piscina californiana. Lo mejor de Kristin Chenoweth no se puede medir, solo se percibe cuando aparece en un escenario y de repente dejas de ver al resto de los actores. Hay quien nace con ese don, un foco de luz que no solo les ilumina a ellos, sino también a los que tenemos la suerte infinita de acercarnos alguna vez. 
   










jueves, 14 de junio de 2012

TKTS





The Tony Award 2012

Un tipo de treintaitantos tocando la guitarra en una esquina cualquiera de Dublin, una chica que se acerca, un romance, una canción que les une y que se convierte en un éxito. Eso es Once, la película de John Carney que sorprendió en 2007 y que acaban de convertir en una obra musical. No eran muchos los que habrían apostado por esta historia intimista, sin grandes números, sin montaje espectacular, solo música y sentimiento. Y sin embargo ahí lo tenemos, con una cosecha de ocho premios Tony. Sin embargo otras producciones muchos más ambiciosas (Ghost, Spider Man, Leap of Faith...) se volvieron a sus teatros con las manos vacías. That´s Broadway!
De los premios acaparados por Once -mejor dirección, libreto, diseño escénico, orquestación, dirección musical etc.- el más celebrado fue el de su actor protagonista, Steve Kazee. Y por lo poco que he podido ver de su actuación parece merecérselo sin lugar a dudas. Donde sí tuve la suerte de disfrutar de su talento fue en 110 in the Shade, junto a la también premiada Audra McDonald -caprichos del destino- haciendo un  Starbuck de leyenda. Su forma de actuar, de cantar, de moverse en el escenario -dejando aparte su fachón de galanazo clásico- y su enorme versatilidad (igual te borda un vaquero granuja que un romántico cantautor callejero) le auguran a este treintañero de Kentucky una larga y jugosa carrera.
Atrás quedaron los otros shows nominados, en un año no demasiado prolífico en grandes montajes nuevos y sí pleno en buenos revivals (como casi siempre). Leap of faith -con el magnánimo Raul Esparza a la cabeza- se fue como llegó. Esta interesante obra basada en una película de los noventa (que aquí se llamó El Charlatán, con Steve Martin y Debra Winger), desbordante de ritmo y energía, ha sufrido la misma indiferencia de su original. Lo siento por su protagonista, porque ya le iba haciendo falta un éxito contundente, el que se merece uno de los mejores actores que ha dado Broadway.
Nice work if you can get it, por el contrario, se ha llevado dos premios gordos, los secundarios Michael McGrath y la legendaria Judy Kaye. Esta revisión "gershwiniana" está remontando su tibio estreno gracias al trabajo de sus actores y sus espléndidos números musicales. La deliciosa Kelli O´Hara no ganó el de mejor actriz pero que eso se remedie es una simple cuestión de tiempo. Y por esta vez su coreógrafa, Kathleen Marshall no se llevó la estatuilla, siendo para Christopher Gatelli por Newsies.
Newsies era el cuarto en competir al mejor musical de 2012. Esta energética versión de la película de Disney -sobre un grupo de chavales repartidores de prensa en el Nueva York de principios de siglo- está pegando mucho más fuerte de lo que sus productores parecían esperar. De hecho se ha prorrogado sin límite aunque fue estrenada para un "limited engagement". Quien la ha visto cuenta maravillas de esta producción con libreto de Harvey Fierstein y canciones de Alan Menken, premiado con el Tony a la mejor partitura.
Entre los revivals de este año había bastante competencia. Varias producciones de lujo en tiempos de estrecheces. Tal vez por eso el dinero va destinado a las obras conocidas, que implican un menor riesgo. Follies, Evita, Jesus Christ Superstar y la ganadora, The Gershwins´ Porgy and Bess son cuatro funciones potentes y sólidas, con excelentes críticas y todas manteniéndose en cartel. Que no se lo hayan dado a Follies me parece una injusticia de proporciones neoyorkinas, a pesar de que Porgy and Bess ha logrado dar una nueva y refrescante visión del clásico de su autor. Pero la grandiosa revisión del musical de Sondheim iba a enorme distancia de sus contrincantes, al menos así lo ve el que escribe.
Sobre los galardonados en la categoría de actores principales no tengo queja alguna, al menos a lo que a actriz se refiere. Audra McDonald ha conseguido su quinto premio (y el primero como protagonista, que ya era hora) por una Bess diferente, de carne y hueso, con menos "bellcantismo" y mucha más sangre. Que se te pongan los vellos de punta en cuanto la ves aparecer y no le puedas quitar ojo en las dos horas y media del show... justifica su estatuilla. Entre sus oponentes estaba Jan Maxwell, otra de mis favoritas, por la
impresionante Phillys de Follies. Tal vez el tratarse de una obra coral no la ha beneficiado mucho.
Y entre los chicos, este año ha habido sorpresa. Steve Kazee ha revolcado a los consagrados Danny Burnstein y Ron Raines (Follies) y a un Norm -Porgy- Lewis que se presentaba como favorito de la temporada. Yo mismo le vaticiné el premio en la puerta del Stage Door a este genial y simpático actor. Y él se me quedó mirando sorprendido, como si ni siquiera se lo hubiera planteado. En fin, si no ha sido esta vez será la próxima, sin duda.
Ausencias notables: Godspell como mejor revival, Bernadette Peters y Elaine Paige por Follies, Harry Connick por On a clear day (sí estaba su compañera, la maravillosa Jessie Mueller), Elena Roger y Ricky Martin como Evita y Che (solo Michael Cerveris como secundario por Juan Perón), Paul Nolan como el mismísimo Jesucristo y Matthew Broderick por Nice work if you can get it. La American Theatre Guild tendrá sus razones, digo yo.
Pero para los que tuvieron el privilegio de asistir a la gala -o la suerte de poderla ver por la tele en directo- el verdadero ganador fue, una vez más, su anfitrión, Neil Patrick Harris. Las tablas que derrocha este actor con eterna pinta de niño travieso solo lo pueden comparar con el encanto y la maestría de su antecesor, el inconmensurable Hugh Jackman. ¿Cuándo volverá a presentar el show?  De momento este año nos conformamos con haberlo visto recoger un premio honorífico de manos de su adorada esposa. Ya solo por instantes como ese merece la pena tragarse enterita la ceremonia de premios con más arte y glamour de todas cuantas existan (sí, una vez más, tía Antoinette gana a tío Oscar por goleada).
Y es todo por el momento, que disfrutéis de las interpretaciones de lujo de este show sin parangón, que nos recuerdan una vez más eso de que "there´s no business like show business!"    











jueves, 31 de mayo de 2012

Standing ovation





Crazy for you  (All dancing, all singing...all Gershwin!)

Agosto, 1993. Un calor sofocante. Una humedad casi insoportable, aunque la aguantábamos con gusto, claro. Nos refrescaba la fascinación, el subidón, una excitación a prueba de grados fahrenheit. Por primera vez estábamos en Nueva York. La primera de una larga lista. I´m crazy for you!
Las marquesinas nos guiñaban como tratando de atraer polillas hacia la luz. Cientos de lumniosos anunciando un montón de shows que ni de lejos nos sonaban, ¿adónde vamos? Había menos dinero en los bolsillos -y menos arrugas en la cara- y teníamos que seleccionar escrupulosamente en qué espectáculo invertíamos los 50 o 60 dólares que por entonces costaba una entrada (aquellos maravillosos años), y la verdad, no teníamos demasiada información.
Guys and Dolls, Kiss of the Spider Woman, The Goodbye Girl... sí, preciosos carteles... pero aún estábamos tan verdes en estas lides... De repente uno de los muchos flyers que revoloteaban Times Square cayó en mis manos. Se trataba de un musical nuevo, pero de los clásicos y con canciones de George Gershwin. Claro que sabíamos quien era, tampoco éramos tan jóvenes como para no conocer a Gershwin, de hecho nos encantaba. Y en el papel, entre mil colorines y fotos de gente guapísima bailando frenéticamente, los títulos de las canciones: I got rythm, Embraceable you, But not for me, Nice work if you can get it, Someone to watch over me... Las polillas se fueron derechitas hacia la lámpara.
De unos años acá se han puesto de moda los "musicales refritos", homenajes a cantantes, autores o coreografos repasando su vida y obra en una sucesión de highlights encadenados. Una fórmula segura, rentable y relativamente fácil. Pero Crazy for you no era uno de esos, en absoluto.
La historia toma como punto de partida un musical de 1930 llamado Girl Crazy, que fue la plataforma de lanzamiento de Ethel Merman, la primerísima dama de Broadway. El argumento se transforma en la revisión actual y a la vez se incorporan una serie de temas que no estaban en la obra original. De esa manera se homenajea a sus autores eliminando canciones menos conocidas y desempolvando una trama tal vez algo desfasada. Y ahí entra Ken Ludwig, el autor de un libreto dinámico y divertido lleno de gags y situaciones de comedia clásica pero capaces de conectar con un público noventero.
El heredero de una saga de banqueros, Bobby Child, a punto de casarse con una chica de la alta sociedad neoyorkina, tiene que ir a un pueblucho perdido en Nevada a embargar un teatro medio en ruinas. Allí conoce a Polly, la hija del dueño del local, una chica de carácter que defenderá con uñas y dientes lo que considera la última esperanza de alegría y diversión de su aldea. No hemos mencionado que, aunque su futuro está en los números -bancarios- lo que a Bobby le interesa son los números musicales. Es un actor frustrado que se resiste a ver como sus sueños se evaporan sin intentar dedicarse a lo que más desea en el mundo, el showbusiness. Como es lógico, y a pesar de estar enfrentados por la inminente demolición del teatro, la chispa saltará inmediatamente entre el protagonista y la enérgica vaquera. Más aún cuando nuestro galán decide reflotar el local y montar un show por todo lo alto. Malentendidos, dobles identidades, persecuciones, encuentros y desencuentros provocarán una serie de situaciones hilarantes y románticas a partes iguales.
Pero donde llega lo mejor es, naturalmente, con la música y el baile. Un puñado de obras maestras magníficamente interpretadas -y sin un gramo de cursilería- por Harry Groener, Jodi Benson (la primera actriz a la que asalté en un stage door), Bruce Adler o Michelle Pawk, entre otros.
Las coreografías de este musical te pueden dejar literalmente pegado a la butaca. Así nos quedamos al terminar el número que ponía fin al primer acto (I got rythm). Es típico que en un show de estas características cierre la primera parte con un baile apoteósico, como sucede en Anything goes, por ejemplo. Pero lo que hizo ese batallón de bailarines usando, además de sus cuerpos, toda clase de herramientas y cacharros -hasta tapas de cubos de basura mucho antes que Stomp!- no nos parecía de este mundo. Unas evoluciones gimnásticas, acrobáticas, imaginativas... y al mismo tiempo dando la sensación de ser la cosa más fácil y natural. ¿Y qué decir del Slap that bass en el que las chicas se convierten en perfectos contrabajos con una simple cuerda? Alucinante. Así conocí a Susan Stroman (Contact, Steel Pier, The Producers), una de las mejores coreógrafas del panorama actual.
Y así me quedé cosido para siempre al terciopelo rojo de las butacas del Shubert Theatre. ¿Cómo no? No existe en todo Broadway mejor local para un bautizo como Dios manda. Allí se estrenó The Philadelphia Story, Kiss me Kate, A Chorus Line o Chicago. Ese fue el primer escenario donde puso los pies Barbra Streisand/Miss Marmelstein en I can get it for you wholesale (who could ask for anything more?).  También se estrenaron Can-can, Oliver, Promises, Promises y A little night music. Y claro, allí me estrené yo. Hubo un antes y un después de esa tórrida noche de verano, de ese primer salto al otro lado del Atlántico, del Descubrimiento de América, que para mí fue mucho después de 1492.
Al salir del teatro "tappeando" tórpemente las melodías de Gershwin -como los niños que salen dando tiros de una película del oeste- conocimos un poquito más de cerca eso que llaman felicidad.
And they can´t take that away from me.
 
  






jueves, 17 de mayo de 2012

Music & lyrics



Kander & Ebb (Show people)

Pudo ser cualquier día del año 1962 cuando estos dos jóvenes artistas coincidieron en un estudio de grabación en New York (New York!) por primera vez. De todas las cosas que tenían en común -y seguro fueron muchas- la principal fue su hambre de éxito. Y una creatividad desbordante.
"Cuando Johnny encontró a Freddie" algo grande sucedió en el mundo del espectáculo. Algo que no se daba desde que Rodgers encontró a Hart o Lerner a Loewe. Más grande aún.
John Kander nació en Kansas City en 1927, y nadie sabe exactamente cómo ni porqué pero la música ya venía en sus venas. De estudiante de conservatorio y pianista acompañante a compositor de canciones solo hubo un par de pasos. Y el siguiente fue el de asistente musical de algún que otro show de poca monta en la gran ciudad. Suerte que cayó en buen lugar: sustituto para los ensayos de West Side Story. Vale, no es gran cosa, pero así conoció a Jerome Robbins, quien le ofreció componer las secuencias de baile para su siguiente show, Gypsy. No había puertas más grandes -ni oportunas- para colarse en Broadway a finales de los 50.
Fred Ebb, un chico judío de Manhattan, vio la luz de su ciudad en 1932. Aunque su camino no parecía estar tan prefijado como el de su colega -trabajó como zapatero, transportista o contable de una fábrica de medias- desde muy joven se sintió atraído por la música y la poesía. Este miembro de una humilde familia sin aficiones musicales, vio como su vida cambió después de presenciar una actuación del legendario Al Jolson. "Me enamoré del mundo del espectáculo esa misma noche, agazapado en el gallinero de aquel viejo teatro", declaraba en una entrevista. Mientras se graduaba en lengua inglesa en la Universidad de Columbia comenzó a escribir canciones. Casi por casualidad algunas cayeron en manos de artistas de la talla de Carmen McRae o la mismísima Judy Garland, caprichos del destino.
El día en que el productor de una discográfica los presentó, John acababa de participar en un fracaso monumental. "A family affair" y Fred se estrenaba -harto de escribir guiones para radio y clubes nocturnos- como libretista de un fracaso aún mayor "Morning sun". ¿Amor a primera vista? Camaradería, compenetración, química... y por encima de todo una amistad para toda la vida. Su primera canción juntos se llamó "Perfect strangers", y aunque no tuvo ningún éxito, parece que el título había sido elegido a propósito. My Coloring Book sí que triunfó, uno de los primeros temas que grabó una joven cantante llamada Barbra Streisand -nariz y olfato- muy poco después.
Aunque sin mucha repercusión, el primer show para el que colaboraron como letrista y músico, "Golden gate" les dio la oportunidad de conocer a Harold Prince, que les encargó las canciones de un nuevo musical que iba a producir. "Flora, the red menace" era una comedia hecha a la medida de una chica nueva que buscaba su oportunidad en Broadway. Una recomendada llamada Liza May Minnelli. Escribir para la primogénita de la Garland debió de imponerles un especial respeto, tal vez por eso lograron una de sus partituras más deliciosas, la primera de una larga lista de obras maestras (A quiet thing, Sing happy... ). A partir de ahí el dúo se convirtió en trío, y Liza quedó unida para siempre a sus "chamanes" musicales. Hasta hoy. Se puede decir que no habría una Liza Minnelli sin Kander y Ebb, y viceversa. Luego llegó Bob Fosse y sucedió lo que muy pocas veces sucede en el showbusiness, casi nunca. Se alinearon los planetas y... bueno, el resto es historia.
Harold Prince andaba dándole vueltas a la adaptación musical de una novela de Isherwood en 1966. "Adiós a Berlín" iba a ser "Cabaret" y necesitaba a los autores perfectos para formar el esqueleto de tan ambicioso proyecto. Años después, tras el triunfo logrado por esta función, se decidió llevarla al cine y se hizo de ella una de las mejores películas musicales de todos los tiempos. Así llegó la consagración definitiva de Liza, de Fosse, de Joel Grey -el único que repetía personaje del musical- y del tándem K&E.
Era imposible igualar el éxito de esta su obra magna, pero no porque sus siguientes trabajos no estuvieran a su altura. The Happy Time, Zorba o 70, Girls, 70, contienen algunas de las mejores canciones del teatro musical americano. Y con el sello inconfundible de la factoría. Pero en 1975 ya tocaba otro bombazo, y lo lograron con la sátira vodevilesca Chicago. A pesar de que en su momento no fue totalmente comprendida por su acidez, su cinismo y un concepto tal vez demasiado atrevido para la época, con el revival del 96 se ha consagrado como uno de los musicales más longevos de la historia. Es lo que tiene cabalgar por delante de tu propio tiempo.
Luego vinieron "The Act" (un vehículo de lujo para su protegida con joyas como City Lights o My Own Space), "Woman of the Year" (resucitando a la maravillosa -y aguardientosa- Lauren Bacall) y The Rink, una de sus mejores y menos conocidas creaciones. En este show se enfrentaban dos estrellas forjadas al calor de los maestros, Liza y Chita. ¿Alguien da más?
Estamos en plenos ochenta, en la suave decadencia productiva de nuestros autores. Pero aún tendrían mucho ruido que dar, "Kiss of Spider Woman" y "Steel Pier" ya en los noventa los volvieron a colocar en la cima.
Y en la siguiente década llegó la despedida. En septiembre de 2004 Fred Ebb dejó solo a su compañero. De repente la música se quedó sin letra. Aún quedaban en el horno un par de obras que no habían visto la luz,"Curtains" y "The Scottboro Boys", que  han sido estrenadas tras la muerte de Ebb. Precisamente en la primera hay un par de temas que parecen hacer referencia a la pérdida del amigo y el colega, a lo duro que será volver a escribir música sin sus letras. Thinking of him/I miss the music, su homenaje particular.  
La obra de Kander y Ebb representa algo raro en el mundo del espectáculo. Hay autores comerciales, compositores de obras fáciles, pegadizas, con temas que a la semana del estreno se cuelan en las listas de éxitos. Y luego están los profundos, los intelectuales, esos que triunfan -si alguna vez lo logran- por la crítica más que por el favor del público. Pues bien, ellos lo reunen todo. Son los padres de New York, New York y también de Zorba el griego, además de todo lo que hay enmedio. ¿Qué más se puede decir? Nada, ya solo queda ver y oir. Pero con mucha atención, porque en cada verso y cada melodía están los corazones de Freddy y Johnny.















jueves, 3 de mayo de 2012

Broadway baby





Peter Pan (I won´t grow up!)

Érase una vez una niña a la que su madrastra quería matar por ser la más bella del reino, un muñeco de madera que de repente se volvió humano, una pobre fregona acosada por sus crueles hermanastras, un elefante con orejas superlativas cansado de sentirse diferente, una niña de rubios cabellos que cae por un pozo infinito persiguiendo a un conejo apresurado, un chaval vestido de verde que se propuso no crecer nunca jamás... ¿De verdad que no te identificas con estas historias?
Érase una vez un escritor escocés llamado James Matthew Barrie que se enamoró de una familia que no era precisamente la suya. Y de unos niños que le devolvieron al niño que una vez fue y se perdió en un mundo de adultos. Un niño que fue ignorado por su propio padre, perdido a su vez en la melancolía por la muerte de otro de sus hijos. Niños que encuentran refugio al abrigo de su propia imaginación. ¿Te suena?
Sucedió en Londres en 1904. Las travesuras de los hermanos Llewelyn Davies inspiraron una obra de teatro que para muchos fue un auténtico disparate. ¿Un chico que se negaba a hacerse mayor y que se llevó volando a sus amigos al país de "nunca jamás"? ¿Dónde está eso?  Ese lugar paradisiaco habitado por indios y piratas no se encuentra en otro mapa que el de la fantasía. 
La hija de otro de sus amigos -su colega el poeta William Ernest Henley- le inspiró el personaje más "real" de la historia, Wendy. Una adolescente en el umbral de la juventud que tiene que dejar de comportarse como una niña para convertirse en una dama de la buena sociedad. Abandonar las muñecas y los sueños y enfundarse en un corsé, tarea que el intruso saltarín tendrá que impedir como sea. Lástima que a la pobre Wendy le tocará hacer de madre de los "niños perdidos" de neverland. Pero ella desempeñará ese papel con total dedicación. Lo que no llevará tan bien serán los celos de su rival (hasta en el mundo de la fantasía a las mujeres les pierde la competencia), un hada minúscula llamada Campanilla -Tinker Bell- protectora y amiga inseparable de Peter. Y luego vienen los malos de la historia, el cruel y peripatético James Hook (el Capitán Garfio) y su cuadrilla de piratas borrachuzos que animarán las aventuras de estos niños eternos.
Érase una vez un niño que se empeñó en ser el Niño Midas del cine y convertir en oro puro todo cuanto dibujara. Walter Elias Disney -Walt para los amigos- se apresuró a trasladar este cuento a su universo animado en 1953 tras haber triunfado con Blancanieves, Pinocho o Fantasía, una de sus indiscutibles obras maestras. Como ha sucedido con muchas de sus adaptaciones -algunas libérrimas- su tremendo éxito popular ha consegudo borrar las verdaderas historias en las que se inspiran. El tamiz Disney siempre estuvo dispuesto a descafeinar los cuentos que contenían elementos poco "familiares" o correctos, aunque a veces la crueldad o la velada sexualidad que subyacen en sus filmes -no apta para todos los públicos- hayan sido objeto de profundos y sesudos análisis. Como en otras películas del autor (Cenicienta, Alicia o La Dama y el Vagabundo) las canciones corrieron a cargo de un experto en el gánero, Oliver Wallace. La segunda estrella a la derecha, Volarás... con esos coros de voces imposibles, ¿recuerdas?
El siguiente peldaño en la popularidad de esta fábula tan divertida y triste al mismo tiempo: convertirla en un musical de Broadway. Varias intentonas -entre ellas una versión dirigida por Jerome Robbins- se sucedieron antes de recalar en Nueva York. Pero fue justo un año después del estreno de la película de animación, en 1954, cuando el Winter Garden levantó el telón a una colorista y enérgica producción con algunas canciones ya escritas por Moose Charlap y otras nuevas del fabuloso Jule Styne (Gypsy, Funny Girl). Los legendarios Betty Comdem y Adolph Green, con su ingenio y oficio acostumbrados, se encargaron de poner letras a estas preciosas melodías. Y Robbins dirigió también esta versión definitiva y montó las coreografías más espectaculares hasta la época. Nadie había visto cantar, bailar y ¡volar! a los actores en un teatro en 1954. Ya solo faltaba buscar al chico que corría tras su sombra. Y no sería fácil encontrarlo.
Érase una vez una muchacha de Texas llamada Mary Martin que decidió vivir su vida sobre las tablas de un escenario. Con éxitos en su carrera como One Touch of Venus o South Pacific, la que sería una de las primeras divas de Broadway (Ethel Merman y Gertrude Lawrence completan el trío) se hizo con el papel del niño volador contra todo pronóstico. Mujer y con más de cuarenta años, todo un atrevimiento. Pero la tesitura requerida por las canciones y la necesidad de tener una estrella presidiendo cartel inició una respetada tradición del musical, la de meter a una chica en los leotardos del genio volador. Y así se hizo en las siguientes versiones con Sandy Duncan (1979) y con una fuerza de la naturaleza llamada Cathy Rigby, el último y definitivo Peter Pan. Y el caso es que no resultaba raro. Igual que la creyeron como la novicia cantarina en The Sound of Music o la pizpireta enfermera Nellie en South Pacific, nadie tuvo problemas para ver en su rostro el del perpetuo y rubio adolescente. Eso solo lo puede lograr una actriz superlativa.
Aunque para la mayoría Peter Pan es la película de Disney, esta obra se llegó a convertir en un clásico de Broadway y aún son muchas las reposiciones que se estrenan cada año. El pasado diciembre la Rigby volvió a sobrevolar el escenario, en este caso el del Madison Square Garden. Y volvió a encender los ojos de miles de niños entregados a una fantasía sin límites.
A esos niños va dedicado este capítulo, claro. Pero también a los que aunque ya no lo seamos, aún no hayamos perdido la capacidad de asombro ni la ilusión por las cosas más sencillas o más inverosímiles. A los que nos sorprende esa arruguita nueva por la mañanas, a los que seguimos temiendo el compromiso aunque estemos comprometidos hasta las cejas... y  a los que aún soñamos con salir volando hasta la tierra de nunca jamás.
En realidad no es tan difícil, piensa en algo bonito, si acaso quieres volar...