Wilkommen, bienvenue, welcome!!

jueves, 18 de octubre de 2012

Hits/Flops





Mack & Mabel  (Time heals everything)

A Jerry Herman le costó mucho tiempo superar la decepción por el fracaso de uno de sus musicales más queridos. Más que el tiempo, lo único que de verdad pudo curar las heridas del autor de Hello Dolly! fue su siguiente gran éxito, La Cage aux Folles, casi diez años después. Hasta entonces no se llegó a sacar la espinita de tan acariciado -y maltratado- proyecto.
Se atribuye a varios el haber inventado la fábrica de sueños. Los Hermanos Lumière, Georges Méliès, D.W. Griffith, Charles Chaplin... pero no hay que olvidarse de uno de los más grandes pioneros del cine, Mack Sennett. El rey de la comedia, el inventor del "slapstick" o películas en la que las caídas, los golpes, las carreras y las risas se sucedían de principio a fin. I wanna make the world laugh! era el lema del fundador de los estudios Keystone y una de las canciones más chispeantes del musical que hoy rescatamos.
Siempre que hablamos de heroínas del cine mudo nos vienen a la mente -sean vírgenes o vampiresas- Mary Pickford, Lillian Gish o Gloria Swanson, pero no mucha gente recuerda -o incluso conoce- la carrera de una de las primeras estrellas de verdad del celuloide, Mabel Normand. La novia de America, o una de ellas. Cuando Mabel conoció a Mack, su inexperiencia en el cine así como en la vida - a pesar de haber comenzado su carrera como modelo de fotógrafos y pintores bohemios- eran también su mayor atractivo. Ingenua y vivaracha, la Normand era la dama en apuros, la doncella acechada por el sátiro, la "buena" huyendo de los malos. La personificación de la heroína frente a toda suerte de tribulaciones, ya sean cómicas o trágicas.
Chaplin y Arbuckle la secundaban en los guiones que se producían como rosquillas, a película por semana, rodar, montar, estrenar y cobrar. Así hasta que el sonoro tuvo a bien acabar con la gallina de los huevos dorados. Pero Mabel no solo actuó ante las cámaras, también fue guionista, directora y productora de sus pripios filmes. Tal vez la primera mujer en asumir todas estas funciones. Una adelantada a su tiempo que fue también pionera en escándalos. La inocente muchacha acabó adicta a la cocaína e implicada en más de un oscuro caso de asesinato. Igual que Saturno, Hollywood también se alimentaba de sus retoños.
Pero lo que en realidad sucedió entre el director y la starlet nadie lo sabe, aunque se han hecho muchas conjeturas hasta convertir su tumultuosa relación en algo mítico. Romance, sexo, celos, sonadas broncas y reconciliaciones encadenadas aderezan la leyenda de este par de espíritus libres. Y la onda expansiva de este affair en blanco y negro -y a 16 fotogramas por segundo- llegó ¿cómo no? hasta los escenarios Broadway.
Todo comenzó cuando Edwin Lester (director de la Civic Light Opera de Los Angeles) se aficionó a rescatar viejas películas mudas. Su interés le llevó a investigar sobre las vidas de directores y productores hasta toparse con esta tórrida historia de amor. En cuanto compartió su idea con su amigo, el compositor Jerry Herman, la chispa saltó. El tema y el ambiente en el que se desarrollaba la trama eran para Herman inspiración en estado puro, así que se puso manos a la obra y en pocos días ya tenía un par de buenas canciones que ofrecer. ¿A quien? A los mejores. El productor David Merrick y el director Gower Champion (con quien ya había colaborado en Hello Dolly y en Carnival) se embarcaron en el proyecto no sin mostrar ciertas reservas. Parece que a ambos les resultaba un asunto demasiado visto, demasiado camp. Al fin y al cabo eran los 70 y Broadway tendía a modernizarse. Pero aún así la producción siguió adelante con el impulso que le dio la confirmación del actor que encarnaría a Sennett, el adorado Robert Preston (un auténtico ídolo del musical desde su Music Man). Con esa garantía las cosas empezaron a fluir de otra manera.
Encontrar a Mabel no fue tan fácil. Necesitaban una mezcla de inocencia y picardía, ternura y coraje, fuerza y vulnerabilidad... y además que se pareciera a la Normand y que cantara como los ángeles... Sin darse cuenta estaban conjugando las cualidades de una jovencita que aún no había triunfado pero que estaba demostrando con solvencia su talento. Bernadette Peters ya había hecho George M., Dames at Sea y la malograda La Strada (un punto negro para el currículum de cualquiera), vamos, que aún no había participado en un éxito de verdad. Aún así, en cuanto decidieron medirla con Preston estalló una química que no dejó lugar a dudas. Eran Mack y Mabel.
Herman, Champion, Merrick, Preston y Peters -¿podía haber mayor garantía?- estrenaron en California con críticas irregulares. Para algunos "un prodigio de frescura y talento", mientras que para otros era un espectáculo torpe y mil veces visto. A unos les parecía cursi y predecible, pero a otros les resultaba crudo y amargo, especialmente su final nada feliz. Y con estos precedentes se estrenó en el Majestic de Broadway el 6 de octubre de 1974 para cerrar el 30 de noviembre siguiente. La falta de apoyo por parte de sus productores precipitó el fracaso de una función que por desconocimiento fue tratada injustamente. Una pobre campaña publicitaria y un tema tal vez demodé para un público que demandaba ritmos más rockeros acabaron con esta agria y dulce historia de amor. Para algunos demasiado agria, para otros demasiado dulce.
Sin embargo el tiempo -que todo lo puede y todo lo cura- ha puesto a esta obra en el lugar que merece. Una vez cancelada fue nominada a ocho premios Tony (aunque no se llevó ninguno), desde principios de los 80 que se estrenó en Londres (con una Mabel llamada Imelda Staunton, by the way) se han sucedido las reposiciones por diversos paises, y algunas de sus canciones (I won´t send roses, Wherever he ain´t, Times heals everything...) se han convertido en auténticos clásicos del musical.
Pero al viejo Herman aún le quedan secuelas del triste abandono de su criatura. No hace mucho lo decía en una entrevista en la que se refería a éste como uno de sus trabajos predilectos. Solo por eso hoy despolvamos esta singular historia de amor, esta pieza de culto que une la grandeza del cine con la del teatro y la música, y que nos hace una visita guiada por la factoría donde los sueños se hacen realidad y luego la realidad va y se convierte en pesadilla. Movies were movies when you paid a dime to escape...         



           









jueves, 4 de octubre de 2012

Another opening, another show! (Una historia de Broadway 6)





On the avenue I´m taking you to...

A ver, a ver... ¿dónde nos quedamos? La última clase de historia fue hace demasiado tiempo, así que tendremos que ponernos al día. Déjadme recordar... ah sí, hablábamos sobre la depresión del 29 y de como afectó al mundo del espectáculo durante la siguiente década. Hablábamos sobre la pérdida de la inocencia del showbusines y de la sociedad americana en general. De como los años treinta fueron dulces y amargos a partes iguales para Broadway.
En 1937, a los dos años de estrenarse un hito fundamental en la historia del musical -y la ópera- llamado Porgy and Bess, su autor murió de un tumor cerebral cuando solo tenía treinta y ocho años. Gershwin se fue sin conocer el éxito de su obra magna igual que Colón murió sin saber que había descubierto América. Caprichos del destino. La gran música quedaba huérfana para siempre.
Mientras Cole Porter y Jerome Kern estrenaban Anything goes o Roberta -ambas ligeras y sofisticadas- Orson Welles y John Houseman trataban de llevar al teatro musical hacia territorios de compromiso político y denuncia social. Pero todo tenía cabida en el Great White Way de la época.
Por esos días se estrenó la película que consiguió fijar la imagen definitiva del barrio más popular del universo. Todos los clichés, las situaciones, los sueños, las esperanzas y las decepciones, el fracaso y el triunfo se instalaron para siempre en una calle, la número 42. Por entonces ya había teatros desde la veintitantos hasta la cincuenta y muchos, pero el corazón de la manzana seguía alojado en la 42, junto al New Amsterdan Theatre, uno de los locales más lujosos que pudieron pagar los magnates holandeses. Mientras la construcción de nuevos salones se expandía de norte a sur como una mancha de aceite, una serie de obras nuevas se presentaban hacia finales de la década. Algo estaba cambiando en el negocio del espectáculo.
El estreno de Pal Joey, una de las últimas colaboraciones de Richard Rogers con Lorenz Hart (1940), fue toda una revolución. El tiempo en que los shows se nutrían de buenas canciones que aderezaban endebles historias se estaba acabando, poco a poco se estaba imponiendo la narración por encima de todo lo demás. Y Pal Joey era un buen ejemplo de ello. Esta irreverente farsa sobre un vividor con una moral más que discutible ponía a un crápula de cabeza de cartel. Un cuento sobre damas adineradas enredadas con gigolós de poca monta que escandalizó al mismo tiempo que atrajo a miles de espectadores. En el fondo no hacía más que retratar lo que pasaba en la esquina de enfrente -la América de las buenas costumbres quedaba lejos- pero acompañado de canciones inolvidables como I could write a book o Bewitched...  La mayoría de las parejas que bailaban estas románticas baladas no tenían ni idea de que en realidad hablaban de traición, celos y abandono. Y además sin un final feliz.
Rogers y Hart tampoco tuvieron un final feliz, tras años de estrecha y fructífera colaboración les separó la enfermedad y la muerte del segundo. Para quien sí terminó mejor la cosa fue para un muchacho de Pittsburgh que probaba suerte en Nueva York y acabó quedándose con el papel protagonista: Gene Kelly. Lo demás es historia.
La llegada de la Segunda Guerra Mundial también afectó al panorama escénico -como a todo lo demás- pero desde luego no tanto como lo había hecho la anterior crisis bursátil. Los años cuarenta arrancaron con un impulso patriótico que, claro, también contagió a Broadway. Irving Berlin se alistó en el ejército y se apresuró a componer un musical que se convirtió en himno del espíritu combativo americano, This is the army. Más de cien soldados (entre los que se encontraba el propio Berlin) salían al escenario cantando marchas militares al mismo tiempo que se travestían para representar sketches cómicos o burlescos. Según cuentan las crónicas "estos chicos pasaban su vida ensayando por la mañana en mallas, con fusil y botas militares por la tarde y actuando por la noche sobre tacones altos". Eso sí, todo bajo la supervisión y el beneplácito del ejército de los EEUU. Anything goes!
En aquellos días las luces de Times Square se apagaban de vez en cuando -por ahorro y precaución contra posibles ataques-, pero cuando volvían a encenderse lo hacían aún con más fuerza y más brillo. La guerra estaba cambiando el mundo, pero ya nada podía contra una industria del entretenimiento totalmente consolidada. A eso ayudó mucho una llamada de teléfono, la que el "recién viudo" artístico Richard Rogers hizo al letrista Oscar Hammerstein II. Quería que le echara un vistazo a una obra de teatro costumbrista titulada Green grows the lilacs, a ver qué se le ocurría. Y se les ocurrió Oklahoma! A partir de ahí empezó un largo y ancho camino de colaboraciones juntos, y desde ese preciso instante se puede decir que comenzó lo que se conoce como la "edad de oro" del teatro musical.
Pero eso lo dejaremos para la próxima entrega, que por hoy ya está bien.
Por el momento, y como premio a vuestra atención, nos subiremos juntos a una calesa con flecos en el toldo que nos llevará a una calle en la que los sueños nacen, mueren y vuelven a nacer. On the avenue I´m taking you to...











jueves, 20 de septiembre de 2012

TKTS





What´s new?

¿Qué hay de nuevo amigos? Bueno, y que ha habido y qué habrá. De eso va nuestra primera entrada formal de la temporada. Estrenos, eventos, conciertos, grabaciones... todo lo que ud. quiso saber sobre la actualidad del musical y no se atrevió a preguntar.
Como siempre tenemos que polarizar entre Londres y Nueva York. Ok, Madrid también. Claro que hay más, mucho más, pero no damos para tanto. Los estrenos de Berlin, París o México (que seguro los habrá, y buenos) los buscan uds. en internet que para eso está. Cuando esto sea de pago ya veremos...
Y es que a pesar de la crisis que persigue a los escenarios y acosa a las butacas -en España el subidón del IVA a los espectáculos teatrales es más que alarmante/indignante- aún no podemos hablar de sequía, todo lo contrario, no dejan de llover nuevos proyectos. Eso sí, muchos mueren poco después de nacer.
En la grandísima manzana tuvieron un final de 2011 y unos comienzos del 12 verdaderamente suculentos. Desde piezas nuevas como Once, Leap of Faith, Nice work if you can get it o Newsies, a reposiciones de lujo como Follies, Porgy and Bess, Godspell, Jesus Christ Superstar o Evita... todo un banquete de estrenos que ha ido decayendo conforme ha ido llegando el verano. Suele suceder, pero este año ha habido sorpresas estivales como el Into the Woods que se ha montado en Central Park, al aire libre. Todo un privilegio para los afortunados que pudieron disfrutar de unas contadas representaciones bajo las estrellas y con estrellonas como Donna Murphy, Denis O´Hare y Amy Adams... ahí es nada, y encima gratis!! Estas cosas solo pueden pasar en Nueva York. Y a unas treinta calles, en el Broadway Theatre, Whoopi Goldberg se ponía el hábito de Sister Act para una única función -a 8000 dólares la entrada- a beneficio de la campaña de su amigo Barack Obama. Como para no ganar...
Y en unos pocos días comienzan las previews de Annie, con la magnífica Katie Finneran (Promises Promises) como Mrs. Hannigan y Anthony Warlow (The Pantom) como papá Warbucks. Dirige uno de los grandes, James Lapine. No estará nada mal como regalo navideño, claro, si eres hijo único de una familia del Upper East Side en una película de Woody Allen. Otra novedad: se acaba de estrenar Chaplin, the musical, una obra sobre la vida del genio del cine mudo con partitura del joven compositor Christopher Curtis. Las críticas no son malas del todo. Promete espectáculo, emoción, risas y muchas lágrimas. Eso dicen.
Pero el plato fuerte de la temporada será Rebecca. O el gran batacazo, ya se verá. Por causa de sus tremendos costes, el estreno de este show se tuvo que suspender y aplazar en un par de ocasiones. ¿Era necesaria una adaptación de esta película intocable? ya veremos. Christopher Hampton como libretista y Graciela Danielle en las coreografías -y Karen Mason como la bruja Mrs.Danvers- son una garantía, pero... en fin, esperemos a octubre, a ver qué dice la Santa Inquisición del show business (el New York Times).
El panorama neoyorkino se ha animado con la apertura de un cabaret de lujo en la calle 54 llamado 54 Below con una programación de infarto. Desde Bernadette Peters hasta Ben Vereen, pasando por Brent Barrett o Janis Siegel calientan el pequeño escenario de este club nocturno. ¿Qué quien está cantando ahora? Una señora llamada Patti LuPone. Hasta el sábado que viene, ¿te animas? Quién me mandaría a mí nacer en este continente...
Pero bueno, el que me ha tocado tampoco está tan mal. En poco más de una hora y media de vuelo (eviten ciertas compañías de bajo coste, please) nos plantamos en el West End londinense, que gracias a los fastos de las recientes olimpiadas está que arde. ¡Desde cuándo no veían una cartelera como la que lucen estos días! Entre Picadilly Circus y Leicester Square resplandecen los luminosos de las marquesinas con letreros como Sweeney Todd (con Michael Ball e Imelda Staunton en las últimas representaciones), Singin' in the Rain, Top Hat (ambas adaptadas de sendos clásicos del cine, con mucho claqué y muchísimo glamour) o Matilda, the musical (un exitazo basado en el personaje infantil que arrasó en los últimos Olivier Awards y que acaban de exportar a Broadway)... Y pronto empezarán a brillar los de The Book of Mormon (solo era cuestión de tiempo que llegara a Londres), Cabaret (un montaje alemán que promete morbo a espuertas), A Chorus Line (la producción vista hace unos años en B´way), Kiss me Kate (del prestigioso Chichester Festival Theatre), Charlie and the Chocolate Factory (una versión de la película con canciones de Mark Shaiman y dirección de Sam Mendes) y... bueno, mejor nos ponemos las gafas de sol, si no queremos quedarnos ciegos con tanto resplandor.
Y todo esto sin poder tomar aviones baratos, por si acaso...
En fin, siempre nos quedará Madrid. Aunque no se puede comparar -ya lo sabemos- hay cosas interesantes, que sí hombre! Bueno, siento deciros que salvo el estreno inminente de Sonrisas y Lágrimas (con Carlos Hipólito como Von Trapp) y la permanencia -y resistencia- en cartelera de El Rey León... mucho más no hay.
Pero por extraño que parezca, esta semana llega a la capital una de las grandes de Broadway, Susan Egan (Beauty and the Beast, Cabaret,...) y dará, además de unas clases magistrales, un show el próximo martes (un martes!) 25 de septiembre en el teatro Compac Gran Vía. Para una vez que nos visita una estrella viene un solo día y entre semana...
Así que antes de acudir al Prozac o asaltar un banco (que tiene mucho más glamour que un supermercado de barrio), buscaremos consuelo por ejemplo en la tienda más cercana a la que muy pronto llegará el último cd de Barbra Streisand con descartes inéditos de discos anteriores (Release me). Por cierto, la diva debuta dentro de unas semanas en una gira de conciertos que comienza en Nueva York el próximo 11 de Octubre. Back to Brooklyn se llama, casi ná. Tenemos tres opciones: reservar vuelo y hotel YA!, esperar pacientemente a que editen cd o dvd (y disfrutar casi lo mismo) o volar con nuestra imaginación a cualquiera de esos escenarios donde bailan las ilusiones con los recortes y el arte con los presupuestos. En cualquier caso ya sabes: let´s face the music and dance!















jueves, 13 de septiembre de 2012

Back in business




Let the good times roll!

De vuelta al trabajo. Suena el despertador y de repente es Septiembre. En la confusión del momento no sabes ni donde estás -tras muchos días frecuentando otras camas-, repasas mentalmente lo que tienes que hacer, adonde tienes que ir, con quien te tienes que ver... y deseas volver a dormirte unos cuantos meses más.
De vuelta a la rutina, al horario, al jefe, a las prisas, a la lucha cotidiana... También a los amigos, a los reencuentros y a todo lo bueno que dejamos atrás cuando hicimos esa maleta que, por cierto, aún no hemos deshecho del todo. 
De vuelta al café de la mañana, al periódico y a la radio (o a lo que nos han dejado de ella), al pantalón largo y a los zapatos cerrados (dónde están los dedos?). De vuelta a la vida que una vez elegimos ¿o tal vez no?
Con la pertinaz crisis que nos acecha, este año menos que nunca debemos quejarnos de volver al trabajo -es lo que se oye por cada esquina hasta la extenuación- y sí dar gracias por conservarlo. Como siempre será de vital importancia indagar en lo bueno de esta rentrée, que de seguro algo hay. Que sí hombre! Accentuate the positive!
Stage Door cerró su redacción en Julio -para descansar y dejaros descansar- con una canción de Stephen Sondheim y abre en Septiembre con otra. Una que habla de regresar, de encontrar lo que echabas de menos, de volver a empezar y tomar del pasado solo lo bueno, dejando atrás lo peor. Bye bye blues, so long adversity, happiness hello!! Una canción con ritmo, con swing, con la energía de un chute vitamínico que no encontraremos en la farmacia ni en el mercado negro. Y encima cantada por una aún joven y espídica Liza claqueando sobre el piano de Billy Stritch (por lo que os cuesta esto no podéis pedir más).
Este humilde blog musicalero arranca su segunda temporada con ganas de seguir disfrutando y hacer disfrutar a los que no os importa gastar unos minutos cada quincena en conocer o recordar algún show, alguna estrella, canciones o noticias del mundo del espectáculo.
Y seguiremos -ya desde la semana que viene- con las secciones habituales a las que tal vez incorporemos alguna nueva ¿por qué no? Los buenos musicales deben ser generosos en números y efectos. Pero el público también tendrá que mostrar generosidad con su asistencia -aquí no hacen falta aplausos-, que si no tendremos que colgar ese cartel que tanto vemos últimamente de "cancelled". Así que pasen, vean y no falten a nuestra cita de cada dos semanas!! Bueno, y si de vez en cuando lo tienen a bien...comenten algo please!!
Empezamos una temporada en la que se estrenará Los Miserables en el cine, en la que Barbra Streisand se calzará los zapatos de Mama Rose y en la que tal vez se retome el tan acariciado proyecto de llevar Wicked a la gran pantalla. Y mucho más. Como decía aquella canción, "the best is yet to come". Ese es el espíritu que hay que retomar en una mañana en la que el despertador suena a deshora, diciéndonos que, queramos o no, hay que volver al negocio, eso sí, dispuestos a disfrutar de los buenos tiempos que seguro están por llegar.
Wellcome back! Willkommen, bienvenue... Vuelvan a sus asientos que el espectáculo va a continuar.   



jueves, 12 de julio de 2012

Play it again



Send in the clowns (isn´t it rich?)

Que vengan los payasos. Qué empiecen a divertirnos, que nos hagan reir, que nos riamos de ellos... o quizás no, porque ya estamos aquí nosotros.
¿Cómo se puede hacer una canción tan bella que hable sobre meter la pata? La situación: la hermosa, glamurosa -y algo talludita- Desiree Armlfeldt, invita a un grupo de amigos a la mansión de su madre con la intención de recuperar al amor de su vida. Pero Fredrik Egerman no lo tiene tan claro. Aunque hace tiempo estuvo enamorado de ella, ahora arde en deseos por su joven, casta y virginal esposa. Entre enredos, confusiones, desencuentros, celos y venganzas varias, finalmente los amantes se quedan solos en el dormitorio. Por una vez es ella la que se declara a él, se traga su orgullo y le echa valor. Lo malo es que Fredrik aún alberga esperanzas de salvar su matrimonio y ser feliz con una chica que más podría ser su hija, y a la que no quiere traicionar. Así que por primera vez están los dos sobre una cama en la que ahora no habrá más que palabras... y música.
Lo que ella comienza a cantar en este momento, no es más que una disculpa, ante su amor y ante sí misma. Una más que digna reacción ante el jarro de agua fría que se ha ganado a pulso. Hay decepción en sus palabras, también burla, ironía y un poco de autocompasión. Madurar duele, y el último tren parece alejarse a toda máquina.
Cuando Stephen Sondheim y Hugh Wheeler estaban rematando las canciones y el libreto de A little night music, allá por el año 73, Send in the clowns aún no había nacido. El musical basado en Sonrisas de una noche de verano, de Igmar Bergman, y ambientado en la Suecia de principos de siglo, estaba casi terminado cuando irrumpió la que iba a ser su protagonista. Tras buscar entre todas las grandes señoronas de la escena -preferiblemente maduras y británicas-, finalmente dieron con el alma de la producción. Glynis Johns (la Sra. Banks de Mary Poppins) no había cantado casi nunca antes, pero Sondheim supo inmediatamente que ella y no otra, era Desiree. De todas formas se trataba de un personaje que apenas cantaba en la obra, algo insólito tratándose de la protagonista. Pero el aire a la vez distinguido y mundano, el "charme" y la altivez, mezclados con una buena dosis de sentido del humor, la hacían perfecta para el papel de la diva en crisis. Y además encajaba al milímetro con Len Cariou -un enorme Fredrik- con quien había una química indiscutible.
En el libreto original, la escena de la confesión se resolvía con una canción del amante, al que ella escuchaba atenta con lágrimas en los ojos. Pero Harold Prince -director de la obra- sugirió al autor que escribiera un tema para ella, a la que apenas se le oía cantar en toda la función. Y así fue como surgió esta celebérima balada, una de las señas de identidad del teatro musical americano. Según palabras del propio Sondheim, la compuso pensando exclusivamente en la actriz, con versos cortos y frecuentes pausas que le permitieran actuar, crear tensión y a la vez recuperar fácilmente la respiración. Él confiesó no haber quedado demasiado satisfecho con la pieza, en comparación con el resto del material  mucho más lírico y elaborado. Pero cuando la empezaron a ensayar vieron que no solo entraba a la perfección en la trama, sino en el perfil y el estado de ánimo de la intérprete. Siendo la que menos cualidades vocales tenía de todo el reparto, la Johns consiguió emocionar a los autores desde el primer ensayo. Entonces se llamaba "Send in the fools", pero al no encajar del todo el título decidieron sistituir a los locos por los payasos.
Durante los dos primeros años tras el estreno, la canción no destacó demasiado del resto de la excelente partitura. Tan solo Bobby Short la grabó acompañado del piano, en un disco que no tuvo mucha repercusión.  Pero poco después la interpretó Judy Collins y, ante la sorpresa del compositor, se convirtió en número uno en Inglaterra. "Eso demuestra que no existe la fórmula para fabricar un éxito" decía el propio autor. Un tema melancólico, con una dulce melodía y un tempo cadente... pero con una letra algo críptica que nadie parecía entender muy bien. Pero eso no fue un problema, la música sugiere tanto que no es necesario descifrar los códigos de su mensaje.
Desde los años ochenta han sido muchos los que la han incluído en sus repertorios. Frank Sinatra la consagró definitivamente y la convirtió en la canción más popular de todos los shows de su autor, cosa que a éste le parece una gran injusticia. Sarah Vaughan, Shirley Bassey, Grace Jones, Tony Bennett y Barbra Streisand la han hecho suya, se ha convertido en un standard de jazz y una pieza de bossa nova. Hoy es algo universal -mucho más famosa que el show al que pertenee- siendo tan pequeña y habiendo nacido con tan pocas expectativas. ¿A que va a ser verdad eso de que menos es más?
Oirla en escena emociona siempre. Ya sea en la voz de Jean Simmons, Judi Dench o Bernadette Peters -incluso Liz taylor- las otras magníficas Desirees. Y es que en el fondo todos nos hemos sentido alguna vez así de defraudados por algo o alguien, o por nosotros mismos. Sobre todo si estamos en esa edad crítica en la que la vida parece burlarse con cariño de nosotros, pobres payasos.     
Escuchemos con atención esa balada que habla de la farsa en que vivimos, la pequeña música nocturna que acaricia y también araña, y dejemos que se nos dibuje, mientras suena, una sonrisa que refresque estas cálidas noches de verano.












jueves, 28 de junio de 2012

Who is who in the cast




Kristin Chenoweth (Funny girl)

Una diva no tiene por qué ser una gran cantante, ni siquiera una gran actriz. Una diva es algo más. Fanny Brice, Ethel Merman, Mary Martin, Carol Channing... cómicas, "caricatas", reinas capaces de reirse de sus propias debilidades y de su propia sombra. Carne de focos y escenario, payasas que resisten los embates de la vida a golpe de carcajada. Pero que también pueden arrancarte una lágrima a poco que te despistes...
La historia de Broadway está llena de estas actrices de vocación que -nadie sabe exactamente por qué- sin ser especialmente bellas, ni esculturales, ni glamurosas... se cuelan en el corazón del público de por vida. Lucille Ball, Carol Burnett, Barbara Harris... chicas corrientes, simpáticas, a veces inocentes, a veces atrevidas, pero con una personalidad de hierro forjado entre los bastidores de la vida.
Kristin Chenoweth es una de ellas. La última en unirse a este insigne grupo de "chicas divertidas". Pero ella, además, viene equipada con una voz de oro de veinticuatro quilates.
Esta rubia pizpireta de poco más de un metro y medio, vino al mundo hace cuarenta y tres años (aunque siga aparentando veintipocos) en Broken Arrow, Oklahoma. Sí, nació en un estado con nombre de musical de los clásicos, cómo no. Sin ser totalmente consciente de sus orígenes -fue adoptada cuando solo era un bebé- ella afirma tener un "cuarterón" de india cherokee, algo no demasiado extraño en esa región. Lo que siempre tuvieron claro los que la conocían, es que era diferente a las demás, alguien extraordinaria. Como extraordinaria era su vocecita de pito de registros ilimitados. Por eso comenzó a cantar en coros de gospel cada domingo y así fue sobresaliendo hasta conseguir una beca para estudiar ópera y teatro musical. Cuentan que fue a Nueva York a ayudar a un amigo a mudarse, y ya no volvió nunca más. La seleccionaron para un papel en Animal Crackers (una comedia de los Hermanos Marx convertida en musical) y a partir de ahí todo fue subir escalones.
A comienzos de los 90 ya estaba "on tour" con obras como Babes in arms, The Phantom of the Opera (donde Kristin fue Christine por varias ciudades y países), The Fantastiks (¿qué estrella de Broadway no ha hecho alguna vez de Luisa?), hasta que llegó su debut en la gran ciudad con un estreno de auténtico lujo, Steel pier, de Kander y Ebb. Por su pequeño papel de la soprano enloquecida Precious McGuire ganó su primer premio de importancia, el Theatre World Award. Poco después hizo de Sally, la hermana listilla de "Carlitos" en You´re a good man Charlie Brown, personaje por el que se llevó su primer -y hasta ahora único, no me preguntéis por qué- Tony. También fue Daisy Gamble en una producción Encores! de On a clear day you can see forever, la primera reposición que se hacía desde su estreno en plenos sesenta. Y es que nadie más se atrevía a hacer una Melinda digna de su predecesora, otra rubia pizpireta de tremenda voz, la genial Barbara Harris (a la que también "siguió" en la reciente reposición de "The Apple Tree").
Pero el espaldarazo definitivo a la fama -además de por sus apariciones en varias películas y series- se lo dio Glinda, la Bruja Buena del Oeste, ¿no es lo que suelen hacer las brujas buenas?. Con Wicked, Kristin Chenoweth -al igual que su colega, Idina Menzel- logró subir al podio, al trono, al olimpo, a ese lugar de privilegio al que se tarda mucho en llegar pero del que a veces se sale muy deprisa. El gran público se aprendió su nombre para siempre con la creación de este claro y oscuro personaje que supo interpretar con todos los matices que requería y con su acostumbrada voz de ángel endemoniado. Ojalá las muchas Glindas sustitutas hubieran estado a su altura, y a la de la Menzel, claro.
Cunegonde en Candide (producción de la filarmónica de Nueva York), Lily St. Regis en la versión televisiva de Annie, Marian (the librarian) en The Music Man, también para televisión -junto a Matthew Broderick- y un sinfin de intervenciones en series "con derecho a canción" como la estupenda Glee, en la que hacía de la fracasada April Rhodes. Sus versiones de One less bell to answer o Maybe this time en sendos capítulos son antológicas. ¿Por qué no se ha pensado en un spin-off con ese personaje?
La última vez que la vimos sobre un escenario de Broadway fue hace un par de años, y hacía algo muy complicado. Emular a Shirley MacLaine en El Apartamento no es un toro que pueda lidiar cualquiera. Y encima cantando y bailando. Promises, promises, la obra maestra de Burt Bacharach, nos brindó la oportunidad de verla en un papel menos cómico y más amargo, la de la ascensorista que se mira en el espejo roto de su propia existencia ("no deberías usar rimmel si te enredas con un hombre casado"). La  perfecta química con Sean Hayes (el Jack Lemmon del show) nos regalaba uno de esos escasos momentos mágicos en los que el oficio y la inspiración rebosan por todo el patio de butacas.
La voz de esta "pequeña gran diva" -chillona o aterciopelada según se requiera- es tan personal, tan única que se ha llegado a inventar un término relacionado con su tesitura imposible, "the Cheno note". Una nota a la que muy pocos pueden llegar y que deben evitar los que quieran conservar su cristalería intacta. Pero eso no es lo más importante de esta "chica divertida" (también hizo Funny Girl en una función-homenaje, por cierto) de curvas sinuosas y ojos de un azul de piscina californiana. Lo mejor de Kristin Chenoweth no se puede medir, solo se percibe cuando aparece en un escenario y de repente dejas de ver al resto de los actores. Hay quien nace con ese don, un foco de luz que no solo les ilumina a ellos, sino también a los que tenemos la suerte infinita de acercarnos alguna vez. 
   










jueves, 14 de junio de 2012

TKTS





The Tony Award 2012

Un tipo de treintaitantos tocando la guitarra en una esquina cualquiera de Dublin, una chica que se acerca, un romance, una canción que les une y que se convierte en un éxito. Eso es Once, la película de John Carney que sorprendió en 2007 y que acaban de convertir en una obra musical. No eran muchos los que habrían apostado por esta historia intimista, sin grandes números, sin montaje espectacular, solo música y sentimiento. Y sin embargo ahí lo tenemos, con una cosecha de ocho premios Tony. Sin embargo otras producciones muchos más ambiciosas (Ghost, Spider Man, Leap of Faith...) se volvieron a sus teatros con las manos vacías. That´s Broadway!
De los premios acaparados por Once -mejor dirección, libreto, diseño escénico, orquestación, dirección musical etc.- el más celebrado fue el de su actor protagonista, Steve Kazee. Y por lo poco que he podido ver de su actuación parece merecérselo sin lugar a dudas. Donde sí tuve la suerte de disfrutar de su talento fue en 110 in the Shade, junto a la también premiada Audra McDonald -caprichos del destino- haciendo un  Starbuck de leyenda. Su forma de actuar, de cantar, de moverse en el escenario -dejando aparte su fachón de galanazo clásico- y su enorme versatilidad (igual te borda un vaquero granuja que un romántico cantautor callejero) le auguran a este treintañero de Kentucky una larga y jugosa carrera.
Atrás quedaron los otros shows nominados, en un año no demasiado prolífico en grandes montajes nuevos y sí pleno en buenos revivals (como casi siempre). Leap of faith -con el magnánimo Raul Esparza a la cabeza- se fue como llegó. Esta interesante obra basada en una película de los noventa (que aquí se llamó El Charlatán, con Steve Martin y Debra Winger), desbordante de ritmo y energía, ha sufrido la misma indiferencia de su original. Lo siento por su protagonista, porque ya le iba haciendo falta un éxito contundente, el que se merece uno de los mejores actores que ha dado Broadway.
Nice work if you can get it, por el contrario, se ha llevado dos premios gordos, los secundarios Michael McGrath y la legendaria Judy Kaye. Esta revisión "gershwiniana" está remontando su tibio estreno gracias al trabajo de sus actores y sus espléndidos números musicales. La deliciosa Kelli O´Hara no ganó el de mejor actriz pero que eso se remedie es una simple cuestión de tiempo. Y por esta vez su coreógrafa, Kathleen Marshall no se llevó la estatuilla, siendo para Christopher Gatelli por Newsies.
Newsies era el cuarto en competir al mejor musical de 2012. Esta energética versión de la película de Disney -sobre un grupo de chavales repartidores de prensa en el Nueva York de principios de siglo- está pegando mucho más fuerte de lo que sus productores parecían esperar. De hecho se ha prorrogado sin límite aunque fue estrenada para un "limited engagement". Quien la ha visto cuenta maravillas de esta producción con libreto de Harvey Fierstein y canciones de Alan Menken, premiado con el Tony a la mejor partitura.
Entre los revivals de este año había bastante competencia. Varias producciones de lujo en tiempos de estrecheces. Tal vez por eso el dinero va destinado a las obras conocidas, que implican un menor riesgo. Follies, Evita, Jesus Christ Superstar y la ganadora, The Gershwins´ Porgy and Bess son cuatro funciones potentes y sólidas, con excelentes críticas y todas manteniéndose en cartel. Que no se lo hayan dado a Follies me parece una injusticia de proporciones neoyorkinas, a pesar de que Porgy and Bess ha logrado dar una nueva y refrescante visión del clásico de su autor. Pero la grandiosa revisión del musical de Sondheim iba a enorme distancia de sus contrincantes, al menos así lo ve el que escribe.
Sobre los galardonados en la categoría de actores principales no tengo queja alguna, al menos a lo que a actriz se refiere. Audra McDonald ha conseguido su quinto premio (y el primero como protagonista, que ya era hora) por una Bess diferente, de carne y hueso, con menos "bellcantismo" y mucha más sangre. Que se te pongan los vellos de punta en cuanto la ves aparecer y no le puedas quitar ojo en las dos horas y media del show... justifica su estatuilla. Entre sus oponentes estaba Jan Maxwell, otra de mis favoritas, por la
impresionante Phillys de Follies. Tal vez el tratarse de una obra coral no la ha beneficiado mucho.
Y entre los chicos, este año ha habido sorpresa. Steve Kazee ha revolcado a los consagrados Danny Burnstein y Ron Raines (Follies) y a un Norm -Porgy- Lewis que se presentaba como favorito de la temporada. Yo mismo le vaticiné el premio en la puerta del Stage Door a este genial y simpático actor. Y él se me quedó mirando sorprendido, como si ni siquiera se lo hubiera planteado. En fin, si no ha sido esta vez será la próxima, sin duda.
Ausencias notables: Godspell como mejor revival, Bernadette Peters y Elaine Paige por Follies, Harry Connick por On a clear day (sí estaba su compañera, la maravillosa Jessie Mueller), Elena Roger y Ricky Martin como Evita y Che (solo Michael Cerveris como secundario por Juan Perón), Paul Nolan como el mismísimo Jesucristo y Matthew Broderick por Nice work if you can get it. La American Theatre Guild tendrá sus razones, digo yo.
Pero para los que tuvieron el privilegio de asistir a la gala -o la suerte de poderla ver por la tele en directo- el verdadero ganador fue, una vez más, su anfitrión, Neil Patrick Harris. Las tablas que derrocha este actor con eterna pinta de niño travieso solo lo pueden comparar con el encanto y la maestría de su antecesor, el inconmensurable Hugh Jackman. ¿Cuándo volverá a presentar el show?  De momento este año nos conformamos con haberlo visto recoger un premio honorífico de manos de su adorada esposa. Ya solo por instantes como ese merece la pena tragarse enterita la ceremonia de premios con más arte y glamour de todas cuantas existan (sí, una vez más, tía Antoinette gana a tío Oscar por goleada).
Y es todo por el momento, que disfrutéis de las interpretaciones de lujo de este show sin parangón, que nos recuerdan una vez más eso de que "there´s no business like show business!"