Marvin Hamlisch (What he did for love)
Un grupo de jóvenes de la Universidad de Cornell reman en un lago. Otros corren o saltan obstáculos. Atléticos, sanos, ricos, despreocupados. Una chica judía reparte octavillas por el campus. Es invisible a los que pasan por su lado a pesar de sus voces de protesta. Aún tan ajenos a las tribulaciones del futuro, todo parece tan fácil, tan prometedor... Ríen por nada, se burlan de todo y brindan por la cándida adolescencia.
Memries... like the corners of my mind
Misty water-colored memories
Of the way we were
Scattered pictures,
Of the smiles we left behind
Smiles we gave to one another
For the way we were...
¿Cuántas veces se habrá escrito eso de que "la música se ha quedado huérfana"? No os preocupéis, yo no voy a hacerlo. No otra vez. Huérfanos ya hay bastantes en el musical, ¿verdad Annie? ¿Oliver? Y son tantos los que nos han dejado... Gershwin, Porter, Berlin, Rogers... Pobre música, tan bonita y siempre de luto.
La melodía que acompaña esos versos no necesita palabras para transmitir la nostalgia de un tiempo que no volverá. La evocación de los mejores años de la vida, el recuerdo nebuloso del divino tesoro de la juventud. ¿Se te ocurre una mejor banda sonora para este sentimiento?
Marvin Frederick Hamlisch se fue el pasado 6 de agosto siendo aún joven, aún componiendo canciones, dirigiendo orquestas, arreglando partituras. Murió con el mismo estilo con el que vivió una vida que comenzó hace sesenta y ocho años en la ciudad de Nueva York.
Este niño prodigio de ascendencia austríaca creció oyendo el acordeón de su padre. Tal vez esas fueron las primeras notas que llegaron a sus privilegiados oídos hasta que fue admitido en la Juilliard School con solo siete años. Piano, dirección, composición... años de estudio y de preparación de una de las carreras más prometedoras del panorama musical del momento.
Cosas del destino. A principios de 1964 el pianista acompañante de los ensayos de un nuevo show enfermó repentinamente y hubo que buscar a otro con urgencia. Así llegó Hamlisch a Broadway, así comenzó su carrera en el teatro musical y así conoció a la que sería su amiga del alma y su mayor inspiración artística. El show era Funny Girl, y la protagonista una novata de Brooklyn de nombre Barbra Joan Streisand. Ya nada les pudo separar.
Aparte de su indiscutible valía artística, está claro que el autor desarrolló la habilidad de estar en el sitio indicado en el momento oportuno, y roderarse de quienes le podrían dar el empujón necesario para adelantarse a la meta. Amenizando al piano una de las famosas fiestas del célebre productor San Spiegel, fue contratado para componer su primera banda sonora, El nadador (The Swimmer, 1968), con Burt Lancaster ¿la recuerdas?. El siguiente peldaño: otro judío neoyorkino, en este caso con gafas de pasta y un arsenal de ideas en su cabeza. Woody Allen contó con él para sus primeras películas (Toma el dinero y corre, Bananas...) y así le llegó la fama. Salvad el tigre, Tal como éramos, El golpe -una de las partituras más celebradas y premiadas de la historia del cine-, La espía que me amó, Gente corriente, La decisión de Sophie... Los grammys, oscars, emmys, golden globes y tonys se le fueron acumulando es su estantería. De hecho el compositor forma parte del selecto grupo de unas once personas que han logrado todos estos galardones (su amiga de Brooklyn es otra de ellas, claro). Parece que no había nada más alto que alcanzar.
Bueno, en realidad sí. La primera vez que Marvin Hamlisch coqueteo con la composición teatral consiguió crear el show más longevo en la historia de Broadway hasta entonces. A Chorus Line, en colaboración con el letrista Edward Kleban, le supuso su consagración en un registro totalmente diferente al cinematográfico. One, Nothing, What I did for love... son algunas de las canciones más interpretadas sobre un escenario. El Pulitzer, pocas veces otorgado a un autor de música ligera, también le llegó con esta obra.
They´re playing our song no tuvo tanto éxito como el anterior, pero se convirtió en un show de culto que relataba las aventuras y desventuras de su relación sentimental con la letrista Carole Bayer Sager, con quien el autor colaboró en múltiples ocasiones y que finalmente se casó con otro de los grandes, Burt Bacharach. Parece que le gustaba la música a la señora...
Después vinieron otras funciones de relativa calidad y éxito. Jean Seberg (un musical sobre la vida de la actriz que casi nadie vio) o Smile (sobre la película del mismo título, con una brevísima carrera), hasta que en 1993 estrenó The Goodbye Girl, basada en la obra de Neil Simon (de la que también se hizo una película con Richard Dreyfuss y Marsha Mason) y que le ayudó a remontar su currículum teatral. Los excelentes trabajos de Martin Short y Bernadette Peters fueron claves para lanzar esta pieza que le valió una nominación al Drama Desk Award.
En 2002 volvió al musical con otra espléndida creación, The Sweet Smell of Success, basado en una película de Tony Curtis y Burt Lancaster de 1957 sobre el oscuro mundo de la prensa sensacionalista. Esta fue la última vez que se puso al frente de un proyecto teatral, aunque poco antes de su muerte se encontraba en proceso de creación de un nuevo musical sobre la película de Jerry Lewis El profesor chiflado. ¿Lo veremos algún día? The informant (Steven Soderbergh, 2009) fue su última banda sonora para el cine.
Estatuillas y galardones aparte, pocos pueden presumir de haber tenido un funeral como el suyo. Más celebridades por metro cuadrado que en la mismísima alfombra roja, casi tantas viejas glorias presentando sus respetos como cuando murió Valentino, el actor se entiende. Y unos días después en un "sencillo" homenaje póstumo, dos de sus más fieles amigas, Liza Minnelli y Barbra Streisand, le cantaron, le lloraron e hicieron llorar mucho a los presentes. Y se repitió mucho el título de uno de sus temas más conocidos, Nobody does it better (007) para referirse a su don natural, a su arte. Yo hoy prefiero usar otra de sus baladas, What I did for love, porque sin amor por la música, el espectáculo, la poesía y la vida, seguramente el legado de este genio -y de otros muchos- no habría existido.
Algunos le consideran un autor de "música de ascensor". Puede ser, pero de un ascensor que te eleva, que se sale por la azotea y te lleva directamente hasta el cielo. Hasta ese cielo donde seguro le estaban esperando Gershwin, Porter, Berlin, Rogers...