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jueves, 30 de mayo de 2013

Qué fue primero?








El crepúsculo de las diosas

I am big! It´s the pictures that got small...

No te sé decir porqué, pero siempre me ha resultado mucho más interesante la decadencia de los artistas que su auge. La belleza que hay en la humillación del abandono, la poesía latente en la amargura de la soledad y el olvido. El patetismo de quienes se niegan a aceptar la derrota del inefable paso del tiempo...
Hollywood, la fábrica de sueños que es en realidad un gigantesco almacén de juguetes rotos, de ídolos caídos, de dioses caducos, de monstruos descatalogados, se ha retratado innumerables veces en sus esplendores, y solo algunas -las mejores tal vez- en el oscuro pozo de sus miserias.
Desde que era un estudiante, a Samuel Wilder ya le atraía el cine americano. Pero no solo lo que mostraban las sesiones continuas en los cines de su Viena natal, sino todo lo que había detrás, las vidas de los actores, directores, los entresijos de las producciones... Al igual que su Joe Gillis él también tuvo que salir huyendo, pero no de un par de matones a sueldo, sino de los nazis que habían confinado a parte de su familia en Auschwitc. Al igual que el guionista fracasado de su película, Billy Wilder buscó refugio en una suntuosa mansión llamada América.
Una vez en Los Angeles, ya trabajando para la industria del cine comenzó a rondarle la idea de escribir sobre una avenida, tomar la parte por el todo y narrar la debacle del cine mudo a través de los actores y directores expulsados del paraíso con la llegada del sonoro. A la derecha pueden ver la casa de John Gilbert, a la izquierda el palazzo de Rodolfo Valentino... El director se apuntaba a cada tour que podía por las mansiones de las estrellas. Enormes y pretenciosas construcciones de estilo ecléctico-californiano, infinitos palmerales salpicados de piscinas vacías, espléndidos y patéticos cementerios de elefantes. Enfrente tienen la villa que perteneció a los Fairbanks...
Así surgió la idea, tras cotejar sus anotaciones con su colaborador, Charles Brackett, se pusieron a componer un guión que tuvo que esperar un tiempo mientras despachaban otros encargos (a mediados de los años cuarenta ya había triunfado como director con Perdición o Días sin huella). El primer borrador trataba de un famoso actor en decadencia, pero luego decidieron cambiarlo por una actriz, tal vez porque los estragos del declive humano pueden ser aún más dramaticos en un rostro femenino.
Cuando en 1948 se les unió un tercero -el periodista del la revista Life, D.M. Marshman- el proyecto tomó la forma definitiva. Parece que fue a éste a quien se le ocurrió la idea de relacionar a la estrella con un guionista en paro, volverla loca de amor (Mad about the boy! reza en la pitillera de oro que la diosa le regaló a su chulo) por un joven escritor en crisis. Este detalle permitiría a los autores tratar sobre la fauna desesperada que se movía por los pasillos de la Paramount, algo que les resultaba más que familiar.
El episodo de una vieja gloria que se cree requerida de nuevo por los grandes estudios, cuando en realidad lo requerido era su viejo y destartalado Isotta Fraschini -presumiblemente algo que había sucedido en la vida real- también surgió en estos momentos. Al igual que el personaje del mayordomo de la diva, el que antes fuera su director y primer marido, el que ahora le mandaba cartas y cartas de falsos fans que suplicaban su regreso a las pantallas.
Y así fue como se construyó uno de los mejores guiones y una de las mejores películas de la historia del cine. Gloria Swanson, William Holden (aunque antes se había pensado en Montgomery Clift para el papel protagonista), Erich Von Stroheim, Nancy Olson y los impagables cameos de Buster Keaton, Hedda Hooper o Cecil B. DeMille ayudaron a convertir esta arriesgada aventura en uno de los mayores éxitos de su estudio. Once nominaciones y tres oscars al mejor guión, banda sonora (Franz Waxman) y dirección artística. Y dos monumentales injusticias: Billy Wilder y la Swanson se quedaron sin estatua. Cosas de los premios, era el año de Eva al desnudo, 1950. Qué películas por dios...
Contar cómo se convirtió en musical en no menos de veinte páginas me resulta más dificil que resumir el antiguo testamento. Pero lo intentaré.
La primera persona que se empecinó en poner música y letra a las desgracias de esta loca de atar fue su protagonista. Gloria Swanson estaba medio retirada cuando se le apareció la virgen en forma de guión y la rescató del olvido para el gran público oyente. Esto le dio nuevas fuerzas para reconducir su carrera y quiso seguir explotando la historia, ahora sobre los escenarios. Richard Stapley y Dickson Hughes escribieron la partitura que fue aprobada de inmediato por la legendaria actriz. Boulevard! iba a llamarse, pero un problema con la cesión de los derechos de la película acabaron por postergar el proyecto hasta que fue finalmente abandonado.  
A principios de los ochenta Stephen Sondheim y Harold Prince pensaron en usar este material para su nueva producción juntos (Angela Lansbury iba a ser su Norma, ¿te imaginas?), John Kander y Fred Ebb también acariciaron el proyecto... pero ninguno de ellos logró encontrar el punto dramático, casi operístico, que requería el relato de una delirante diosa destronada.
Finalmente fue Andrew Lloyd Webber quien consiguió llevarse el gato al agua cuando se hizo con los derechos de la película en 1990. El autor llevaba décadas contemplando la idea de hacer un grandioso musical sobre esta famosa cinta (desde que se enamoró de la historia cuando la vió en un cine a principos de los setenta) pero se le interpusieron en el camino Jesucristo Superstar, Evita, Cats y The Phantom of the Opera, ahí es nada.
Una de las premisas de esta empresa fue la de ser lo más fiel posible a la obra maestra de Wilder, para lo que Christopher Hampton tejió un libreto que respetaba la estructura del argumento original casi al cien por cien. La grandilocuencia habitual de las partituras de Webber encajaba a la perfección con esta oscura fábula, y el compositor se apresuró a lanzar un par de temas para ir suscitando el interés del gran público. Mucho antes del estreno, Barbra Streisand los incluía en su álbum Back to Broadway, lo que enfureció a la Norma elegida, Patti LuPone, que se tendría que enfrentar sobre el escenario a las versiones que la diva ya había popularizado. Con esa presión tuvo que aguantar la primera subida del telón, que fue en 1993 en el Adelphi de Londres.
Posteriormente -y ante la decepción de la pobre LuPone- Glenn Close la estrenó en Los Angeles y luego en Broadway junto a Alan Campbell como Joe, George Hearn como Max y Alice Ripley en el papel de Betty. Pero la llegada de la Close al escenario tampoco estuvo exenta de polémica. Días antes de ser contratada por los productores, Faye Dunaway peleaba sobre las tablas del Shubert de LA por alcanzar la nota final de With one look, el tema de presentación de la actriz. Ante las escasas posibilidades de la que era, por otra parte, la perfecta encarnación física del personaje, Webber decidió reemplazarla por una intérprete tan reputada como Glenn Close, que además ya había demostrado solvencia en el canto en directo en obras como Barnum. Y parece que la precipitada decisión convenció al público y a la crítica. Sunset Boulevard se llevó un buen puñado de Tonys entre los que se encontraban el de la protagonista así como el del mejor musical y partitura, naturalmente.
Desde Londres a Nueva York, pasando por Toronto o Melbourne (donde por cierto debutaba un joven Hugh Jackman como Joe), se han sucedido las Normas en los rostros de Elaine Paige -la mejor desde mi humilde opinión- Betty Buckley, Diahann Carroll, Rita Moreno o Petula Clark. Y todas han mandado a Gillis al fondo de la piscina con la mayor dignidad posible. Pero el duelo de diosas no acaba ahí. Desde su estreno se viene barruntando el regreso al cine, esta vez en formato musical. Barbra Streisand, Liza Minnelli, Meryl Streep o la mismísima Madonna han sido consideradas para una superproducción a la que nadie parece querer hincar el diente, y menos ahora, con el terror al fracaso que reina en el showbusiness. Y es que aunque no se puede decir que este haya sido un proyecto fallido -millones de espectadores en todo el mundo avalan su éxito- sí es cierto que los costes de tan ambiciosa producción jamás han llegado a dar los beneficios esperados. Montar los estudios y la fachada de la Paramount, el apartamento de los actores, la Schwab´s farmacy, el garaje, la piscina y el salón principal de la delirante mansión de la Desmond (que subía y bajaba a placer durante la representación) disparó el presupuesto de una producción que ha supuesto la mayor inversión hecha jamás sobre un escenario. Pero las diosas de verdad no merecen menos, aunque anden en horas bajas.
Podremos decir lo que queramos sobre Sir Andrew y su megalomanía, pero nadie como él podría haber sacado adelante un proyecto tan osado como este, algo tan dificil como conseguir estar a la altura de una de las mejores películas de siempre. Y plasmar con toda pompa y circunstancia el ocaso de un tiempo que no volverá jamás, el de una industria que fabricaba mitos para devorarlos después, la consabida historia del éxito y el fracaso, de las luces fugaces y las penumbras eternas, de los ídolos de oro macizo y barro mojado. De todas las Normas enloquecidas y enajenadas descendiendo por las interminables escaleras del olvido. 

Alright Mr. DeMille, I´m ready for my close-up!        








jueves, 16 de mayo de 2013

Hits/Flops





Too late now?

¿Qué es lo que hace grande a Shakespeare? ¿Y a Homero? ¿Qué tienen Sófocles o Arthur Miller que no tengan otros? ¿Y Lorca? ¿Y Cervantes? ¿Y Faulkner? Que sus relatos resultan atemporales, no solo no envejecen con el paso del tiempo sino que crecen con los años, con los siglos, burlando impunemente la fecha de caducidad que acaba borrando a todos los demás.
El tiempo, ese ente sin peso que tanto puede pesar. Sobre el paso del tiempo, pero en la dirección contraria trata esta historieta inocente y a la vez compleja de un amor imposible entre dos seres que navegan en barcos con rumbos diferentes, uno al ayer, otro al mañana.
La novela póstuma de Henry James -The Sense of the Past- publicada en 1917, inspiró vagamente una obra de teatro del dramaturgo y guionista John L.Balderston (Dracula, Frankstein, Gaslight...) titulada Berkeley Square. En ella se contaba la historia de una chica que hace un viaje al pasado por vía hipnótica. De la América del siglo XX a la Inglaterra del XVIII con solo un chasquido de los dedos de su terapéuta, rítete tú de las compañías low coast. Con esta premisa y unos cuantos buenos actores, esta obrita llegó a ser más popular de lo que su autor hubiera imaginado jamás. Hasta sirvió de plataforma de lanzamiento para un joven Leslie Howard que empezaba a hacer sus pinitos como actor, años antes de volver loca de amor a la mismísima Scarlett O´Hara. Corría el año 1929, y en Broadway estaban deseosos de comedias ligeras e insustanciales que no plantearan más problemas de los necesarios.
A principios de los sesenta, el famoso letrista Alan Jay Lerner (My fair lady, Camelot, Gigi...) se empeñó en hacer de esta fábula romántica un musical. Atraído por los fenómenos paranormales y la percepción extrasensorial, el autor propuso a Richard Rodgers escribir una obra que se llamaría "I picked a daisy" (Arranqué una margarita), pero una serie de diferencias creativas hicieron que el binomio Lerner/Rodgers nunca  llegara a cuajar. Empeñado en escribir una pieza sobre la reencarnación -tema que le atraía poderosamente- Lerner no descansó hasta tropezarse con el compositor de la exitosa obra Finian´s Rainbow, Burton Lane. Unos tres días de encierro en un apartamento del midtown hicieron que letrista y músico pillaran el pulso que requería esta simpática -y metafísica- obra. Tras escribir el primer tema decidieron que había que cambiar el título. Buscaban uno contundente (¿quién demonios iría a ver un show sobre una chica que arranca margaritas?), que fuera original y capaz de atraer la curiosidad del público. Y así nació uno de los mayores standards de la música moderna norteamericana junto con el título de un nuevo musical.
"En un día claro se ve hasta siempre", uff, en español suena regular. Sin embargo en su idioma original es pura musica ¿verdad? Suele suceder. Lo siguiente fue buscar a la protagonista, y ambos tuvieron claro que la Daisy Gamble perfecta no podría ser otra que Barbara Harris. De hecho se dice que el material fue escrito para ella, y si escuchas el disco o ves alguna de las poquísimas -y malísimas- imágenes que existen creerás que es cierto.
Por el contrario, dar con el protagonista masculino fue bastante más duro. Tras considerar un largo abanico de posibilidades, finalmente optaron por una estrella del cine, Louis Jourdan, en el umbral de la decadencia de su carrera. Ni su actuación ni su voz llegaron a convencer, y en las previas de Boston finalmente decidieron reemplazarlo por un animal teatral llamado John Cullum. Este se convirtió en el definitvo Dr. Mark Bruckner, el psicoanalista que se enamora de dos mujeres dentro del mismo cuerpo, la caótica fumadora compulsiva y la misteriosa cortesana devorahombres con más de tres siglos de edad.
El show se estrenó el 17 de octubre de 1965 en el Mark Hellinger Theatre con un importante éxito y cerca de trescientas funciones, que no está nada mal. Y cinco años después Vincente Minnelli puso sus ojos en él y lo convirtió en película. Yves Montand y Barbra Streisand (y un jovencito Jack Nicholson)protagonizaron esta divertida y colorista cinta, que si bien no fue la más popular de su director, funcionó muy bien gracias, sobre todo, a la tremenda popularidad de la estrella. "Vuelve a mi lado" se tituló aquí.
Y después de más de cuarenta años regresó a Broadway. ¿Tal vez demasiado tarde? Es posible, ya que el asunto de la reencarnación parece no estar tan de moda hoy como en los años sesenta.
Michael Mayer dirigió este revival en 2011 que fue reescrito -y desestructurado- por el guionista Peter Parnell (West Wing). Y en esa revisión pudo estar el motivo de su fracaso a pesar de contar con una estrella del calibre de Harry Connick Jr. liderando cartel. Se nota que los productores tuvieron miedo de que al público actual no le interesara mucho el tema y decidieron alterar el argumento cambiando personajes y situaciones. De entrada, el papel de Mrs. Gamble, decisivo en el original, desaparece aquí reemplazándolo un florista gay de un tiempo algo impreciso (los años 70, por la ropa) que se somete a unas sesiones de hipnosis en las que sale a flote su existencia pasada como una cabaretera de los años cuarenta. Esto da pie a una serie de equívocos especialmente cuando el doctor se enamora de su esencia anterior. Pero ¿sabes cuál creo que fue el problema? Que ni al público joven le enganchó una historia aún algo caduca ni tampoco convenció a los que buscaban reencontrarse con un clásico tan venerado, los que sufrieron la terrible decepción de no reconocer el original. Y es que el templo sagrado de Broadway no permite profanaciones así como así...
Poco menos de dos meses aguantó la función. Lo que se dice un fracaso en toda regla. Críticas mediocres y una entrada flojita en  tiempos en los que Mr. producer no se permite perder ni medio dólar. ¿Lo mejor?  Aparte de hacernos disfrutar de una de las partituras más deliciosas jamás escritas (si obviamos ciertos arreglos poco afortunados que pretendían modernizar algunos temas), un descubrimiento llamado Jessie Muller, la actriz semidesconocida que daba vida a la cantante de la vida anterior. Una chica nueva en la ciudad con una voz tan dulce como potente, un porte elegante y divertido y las tremendas agallas de tragarse de un bocado al crooner de los crooners, el que muchos calificaron como sucesor del mismísimo Sinatra. Y es que a Connick, a pesar de esa voz de terciopelo azul que emborracha como el mejor whisky escocés, no se le veia cómodo con el personaje, el único que el huracán revisionista había dejado casi intacto. Se le notaba algo fuera de sitio, como si se hubiera escapado de la producción del 65, un galán de otros tiempos perdido entre una pandilla de hippies saltarines.    
Parece que en un día claro puedes verlo todo tan claro... menos el fracaso que puede suponer una reposición que llega con unos veinte años de retraso. Demasiado tarde, cuando por desgracia no nos hacen reir los mismos chistes ni nos fascinan las mismas historias ¿O tal vez sí? Así de caprichoso es el mundo del espectáculo.












jueves, 2 de mayo de 2013

What´s about?





El circo de la Historia 

Estaba claro que el primer heredero de Carlomagno jamás llegaría a ser rey. Por más que lo hubieran adiestrado para el poder y la guerra, eso no era lo suyo. Su condena fue pasarse la vida buscando su lugar en el mundo, en un mundo cruel y salvaje, un mundo de odios y venganzas, de ambición y muerte. De litros y litros de sangre derramada a su alrededor. Y aunque no pudo encontrar ese lugar en la tierra, tal vez si halló su rincón en el cielo...
Pipino el Jorobado -como lo rebautizó la historia- no nació con joroba, la fue adquiriendo conforme pasó su vida y las tribulaciones se le fueron acumulando. Posiblemente una pesada mochila de dudas y tormentos fue deformando su espalda con el tiempo. Pero nació sano y creció hermoso, todo un príncipe, según dicen las crónicas de la época. Un príncipe maldito.
Reino Franco. Siglo VIII. El emperador de occidente engendra su primogénito con una concubina llamada Himiltruda. ¿Un hijo ilegítimo? Nunca quedó claro si sus padres se llegaron a casar alguna vez. Pero su dudoso origen marcó un camino lleno de curvas y baches.
Pipino, llamado así por su abuelo, destacó por su amabilidad y buen humor, por ser vitalista y jovial, virtudes estas no muy comunes en los límites del Imperio carolingio. Como sucedió a otros príncipes -a nuestro Alfonso X por ejemplo- la corona le quedaba grande, tal vez por estar fundida con metales de espadas manchadas de sangre. Pipino prefería la pluma manchada de tinta, la cítara y el laúd, la música y la poesía. Pipino quería enamorarse y ser feliz. Pobre.
Un hermanastro sediento de poder le arrebató el cetro y la corona. Le robó hasta el nombre ya que por intercesión de su madre, la ambiciosa Hildegarda, el pequeño Carlomán se convirtió en Pipino. Y Pipino fue desheredado, arrojado del paraíso. Aprovechando su penosa situación, una camarilla de nobles de la corte convenció al muchacho de que formara parte de una conspiración contra el rey. Hambrientos de poder lo enredaron en un peligroso complot que le devolvería su sitio en el trono, sabiendo que así podrían manipularlo a su antojo, como una marioneta pendiente de manos poco escrupulosas.
Pero los hilos que movía el emperador eran de acero y facilmente pudo averiguar lo que estaban tramando a sus espaldas. Pena de muerte para los conspiradores y destierro para su hijo que mucho antes ya había sido desterrado. Segun las crónicas murió solo y olvidado en un monasterio alemán, condenado al ostracismo, como un triste monje cargando con la pesada chepa de su propia desgracia.
Pipino quiso entender el mundo, luchar por la justicia, combatir la tiranía e irse a dormir con la conciencia tranquila en medio de las intrigas de una corte corrupta y despiadada. Vamos, que reunía todos los requisitos para protagonizar algún día un musical, pero uno muy especial, muy oscuro, como la oscura edad media.
Un año después de estrenarse Godspell, Stephen Schwartz andaba buscando productor para una obra que venía perfilando desde hacía tiempo. The adventures of Pippin era el título provisional de un show que contaría la vida y amores de un antihéroe con muy buenos sentimientos y muy mala suerte en la vida. Algo en la línea del Candide de Bernstein, pero con menos comedia y más drama. El compositor, junto con el productor Stuart Ostrow, buscaba al mejor para dirigir el nuevo musical, y el mejor no era otro que Bob Fosse. Pero a Fosse no le interesó demasiado el material, considerándolo blandengue y sentimentaloide. Solo accedió a tomar las riendas del proyecto si le dejaban meter mano, reestructurarlo hasta lograr un nuevo concepto. Desde luego mucho más oscuro y cínico, fiel a la marca de la casa.
Lo primero que hizo fue crear un personaje, The Leading Player, el trovador que va narrando las desventuras del príncipe. Ahora la linealidad del original se había perdido y todo el peso de la historia lo llevaría el grupo de titiriteros y cómicos ambulantes que ilustrarían cada episodio con sus bailes y actuaciones.
Y ahí entrarían las coreografías, el campo en el que el director se encontraba en su salsa, tal vez con más fuerza expresiva que nunca antes. Números como Magic to do o War is a science -dejando aparte el pequeño gran "soft shoe" Manson trío, quintaesencia del sello Fosse- se convirtieron en clásicos ya el mismo día de su estreno. O el Spread a little sunshine, un sarcástico cántico a los placeres y al amor que define a la perfección el personaje de la pérfida Fastrada, esposa del rey y madrastra del protagonista. Leland Palmer (la magnífica Verdon de All that jazz) bordó esta escena machacándose la pelvis, como hizo Chita Rivera cuando la sustituyó en la gira, y es que con el maestro había que darlo todo o salir huyendo. Pero el que se llevó la obra al huerto fue Ben Vereen, precisamente en un personaje que no estaba en el manuscrito original, un narrador sacado de la Comedia del Arte pero pasado por el tamiz del cabaret más mugriento a este lado del Hudson. El alter ego de Fosse se llevó uno de los Tonys que ganó esta pieza que llegó a ser uno de los éxitos más importantes de su autor y uno de los músicales más especiales y genuinos de la historia. Surrealista, inquietante, sexy hasta más no poder -el tema romántico With you fue transformado por el director en una orgía perfectamente coreografiada- y hippy, terriblemente hippy. Estamos hablando del 72, imagínate.
Y ahora, cuarenta años después, esta joya cientos de veces montada por compañías amateurs de todo el país, regresa a Broadway. Y lo hace por la puerta grande. Diane Paulus -responable de la última versión de Porgy and Bess- dirige un concepto nuevo en el que el circo tiene más protagonismo pero que no deja atrás las coreografías del mítico original. Chet Walker, bailarín de Fosse en la producción inicial, recrea los movimientos dándoles una dimensión mucho más arriesgada y acrobática, pero conservando el mismo espíritu, que no es decir poco. Y el Leading player esta vez será una chica, la Sister Act Patina Miller, llamada a llevarse todos los premios de la temporada. Terrence Mann hace del Rey Carlos, Charlotte D´Amboise es Fastrada y la genial Andrea Martin se mete en la piel de Berthe, la abuela del chico, que encarna Matthew James Thomas, el Spiderman original. Y nos esperan todos en el Music Box, un viejo teatro del corazón de Times Square convertido en un increíble circo de tres pistas.               
Se han escrito musicales sobre el Rey Arturo, Carlos el Delfín de Francia, Juana de Arco, el Rey de Siam, Sissi de Austria, Hitler, Perón y varios presidentes americanos, entre otros muchos. Historias de la historia, grandezas y miserias, finales nada felices la mayoría, pero salpicados de canciones que nos ayudan a tragarnos algo que se hace más arduo en la letra menuda de los libros.
Hoy traemos un trocito de la edad media a este nuestro pequeño rincón, los siglos oscuros, que no lo fueron tanto hasta que un tipo con bombín y cigarrillo empezó a husmear por los recovecos de las viejas batallas, los torneos y las justas echándoles un montón de magia encima. Un cuento cruel, como la mayoría de los cuentos, manchado de sangre. Pero marcando el paso al milímetro, acariciando el suelo con la punta del zapato y contorsionando las caderas y los brazos como serpientes descoyuntadas. Y realizando triples saltos mortales en un circo mortal, el de la vida misma.
Pasen y vean el asombroso, el único, el insólito, el genuino y mil veces repetido circo de los vivos y los muertos, los buenos y los malos, los vencedores y vencidos, el maravilloso y terrible circo de la Historia.
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jueves, 18 de abril de 2013

Backstage





Silencio, se graba!

Qué simple parece cuando tenemos el plato sobre la mesa. Cuando la sopa humeante, o el guiso sabroso aguardan a que metamos la cuchara, o ese pedazo de pan blanco al que damos un pellizco mientras esperamos. Qué sencillo cuando abrimos un libro y empezamos a leer, o cuando elegimos esa camisa o ese vestido que nos gusta. Simple. O esos zapatos. Qué fácil al abrir el grifo y ver cómo fluye el agua... Pero qué pocas veces nos detenemos a pensar qué hay detrás de todo eso. En los desvelos y las preocupaciones de quienes cada día ponen en marcha los engranajes de las cosas más simples y a la vez más complejas de la vida.
¿Y cuando se levanta un telón? ¿No nos parece que todo comienza en ese momento? ¿Que ese instante se inaugura para nosotros en el aquí y ahora que supone una representación? Nada más lejos de la realidad, cuando por fin el telón sube es de hecho cuando todo acaba. Los días en que a un autor se le ocurrió una idea, la escribió, perfiló, presentó, modificó -volvió a modificar- la corrigió y la puso en boca de un grupo de actores. Los días en que a un productor le llegó una idea, un borrador. Las noches en vela buscando financiación, patrocinadores o mecenas. Valorando los riesgos, pensando en el casting... La elección del director, los intérpretes, las primeras lecturas en torno a una mesa, las primeras reacciones al decir el texto en voz alta. La búsqueda de un teatro para estrenar. La escenografía, el diseño del vestuario, de las luces, del maquillaje... Bueno, y si encima se trata de una obra musical, entonces para qué hablar...
En esta nueva sección de Stage Door nos vamos a ocupar de poner un poco de luz sobre el único lugar del teatro en el que no brillan los focos. El backstage, tras la escena, entre bastidores o entre cajas, en los camerinos, en las salas de ensayo o en el estudio de grabación. Preproducción, producción y post producción, todo se reduce a eso.
Hoy empezamos por el final, por lo que se hace cuando todo está hecho. Cuando el show ya se estrenó, las críticas aparecieron en prensa y se encargaron los carteles con las frases más alagadoras para decorar el exterior del teatro ("the best show in town", "stunning producction", "exhilarating", "two thumbs up"...), se seguirá gastando dinero -a veces aún más que en el montaje- en las campañas publicitarias. Apariciones en televisión del cast, anuncios, flyers, vallas gigantes (a ser posible entre Times Square y la 46, que se vea bien desde el TKTS)... todo un derroche, gastar más para ganar más (o para perder menos), the real american way!
¿Qué sería de nosotros, los fans, de no existir las grabaciones de los shows? ¿Cómo  haríamos volar nuestra imaginación todos aquellos que no podemos sentarnos en la butaca de un teatro? Pues durante mucho tiempo no las hubo. Incluso mucho antes de la época del vinilo, cuando los discos de pizarra rugían en los viejos gramófonos o "victrolas" de la época, se producían óperas, música clásica, jazz o cantos folclóricos, pero aún no se grababan los shows de Broadway, o solo se había hecho en raras ocasiones. La obra que abrió la veda al negocio de las grabaciones fue Oklahoma! Claro, en esto también fueron pioneros nuestros queridos colegas Rodgers y Hammerstein.
En 1943 salía al mercado un disco con una serie de canciones del show interpretadas por sus protagonistas, lo que podemos considerar el primer Original Broadway Cast de la historia. Y supuso un récord con pocos precedentes en el negocio de las discográficas hasta la fecha con más de un millón de copias vendidas. La senda que abrió Oklahoma! fue seguida por muchos otros shows que vieron como estas grabaciones ayudaban a prolongar y extender el éxito de la obras, así como a dotarlas de una popularidad hasta entonces desconocida. Los siguientes musicales del mencionado tándem -Carousel, South Pacific, The King and I...- también se convirtieron en éxitos de ventas. Al igual que las obras de Berlin, Porter, Lerner y Loewe o Loesser (Annie get your gun, Kiss me Kate, Brigadoon, Guys and Dolls...)  ocuparon los primeros puestos del hit parade, los discos más escuchados -y comprados- del momento. Es sorprendente el conocimiento que aquellas generaciones tienen sobre el teatro musical de su país, considerando que la mayoría del público no tenía fácil acceso a los teatros, bien por razones económicas o de distancia. Así, aquellos discos de 33 revoluciones, con sus caras A y sus caras B, con sus atractivas y coloristas portadas diseñadas por el mismo que diseñó el póster de la función y con los títulos de las canciones impresas en las contraportadas, fueron la ventana por la que el gran público americano -y del resto del mundo- se asomaban a un muchas veces lejano Broadway.
Desde entonces se han realizado recordings con las canciones del show y a veces también con parte de los diálogos, con los repartos originales y muchas veces con los segundos o terceros repartos, dependiendo de la popularidad de la pieza, de las versiones de Broadway o de London. Algunos discos han ayudado a rescatar a un musical del fracaso (el de Godspell, por ejemplo) y otros se han lanzado previamente para dar a conocer la música antes del estreno del show en cuestión, o han hecho grabar alguna canción a una estrella para atraer la atención, táctica de marketing practicada con frecuencia por el equipo de Lloyd Webber (con Sunset Boulevard por ejemplo). Claro, que a veces al igual que la obra, el disco también ha fracasado, o incluso muchas veces ni siquiera se llegó a producir. Hay tantas piezas olvidadas de las que, precisamente por esto, no quedan apenas rastros... Y seguro que entre ellas encontraríamos piezas dignas del rescate. Para ello tenemos los Encores! que de vez en cuando reivindican alguna joya abandonada en el gigante desván del showbusiness.  
Las muestras que traemos hoy no han estado jamás en un desván, al contrario, las tres han supuesto récords de venta -además de entradas- cada una en su época.
La grabación de Company, de Stephen Sondheim, es mítica y no solo por su excelente reparto sino porque decidieron inmortalizarla en una interesantísima filmación. Ver a Elaine Stricht o a Dean Jones en ese destartalado estudio tan de los setenta... La concentración en sus caras, la interpretación lejos del escenario pero como si estuvieran sobre él en la noche del estreno, no tiene precio. Godspell fue un superventas durante la misma década (cuando aún se vendían discos como rosquillas...), y el tema Day by day ha sido grabado por multitud de estrellas del pop. Aquí os presento el recording de la última producción de 2011, con una exquisita Ana Maria Perez de Tagle (Hanah Montana). Y finalmente uno de los discos más vendidos de un musical en toda la historia, Anything goes. Ethel Merman, Patti LuPone, Elaine Paige y recientemente Sutton Foster han puesto su voz a Reno Sweeney, la protagonista de una de las obras más representadas, y también más grabadas.
Mírenlos con sus caras lavadas, con una camiseta usada y el pelo sin arreglar. Miren sus caras, sus expresiones que mezclan gestos del personaje con los suyos propios. Pasen y vean algo que no se puede ver, para lo que no se puede comprar una entrada ni de reventa. La cocina del musical, el taller de fabricación de los sueños, la cámara sellada donde se trabaja en mangas de camisa y vaqueros antes o después de ponerse el maquillaje y las lentejuelas, en el misterioso y fabuloso mundo del backstage.
Pero por favor, entren en silencio, que se está grabando!
     










jueves, 4 de abril de 2013

That´s dancing!





La pasión según Ben Vereen

La vida es como un plato de cerezas. Algunas dulces, otras amargas... Desde luego en la vida de Ben Vereen las ha habido de todos los sabores. Pero al igual que el viejo Mr. Bojangles, por muy duro que le golpee el destino, por fuerte que le sacuda la fortuna, siempre acaba riendo y bailando. Y así se espantan las penas.
Tiene Ben Vereen ese algo que no se puede describir con palabras -aunque suene a tópico- algo que no sé si es bueno o malo, un punto narcotizante que nos va enganchando en cada movimiento, en cada expresión de su cara y de su cuerpo entero. No es un bailarín o un cantante o un actor excelente, ni perfecto. Es raro, poco común, único. Su cuerpo entero rezuma pasión, con todo lo mejor y lo peor que contiene, hay placer y dolor en sus evoluciones, algo pecaminoso si quieres...
Benjamin Augustus Middleton fue un niño abandonado, o quizás vendido o regalado. Hasta que cumplió los veinticinco años no supo que había sido criado por una familia adoptiva. Precisamente cuando solicitó un pasaporte para salir de gira con la compañía del que fue su principal mentor, Sammy Davis Jr., descubrió que sus padres no eran sus padres.
El pequeño Ben, hijo adoptivo de James Vereen, ya se movía como una salamandra antes de comenzar a caminar. Cuentan que no podía dejar de moverse al ritmo de cualquier cosa que sonara, ya fuera el ruido de una cafetera, los coches en el asfalto de su calle, los zapatazos de los trabajadores del Brooklyn de finales de los 40 o una canción en el viejo tocadiscos. Parece que el ritmo le acompañó desde el mismo día en que llegó a esta vida. Seguro que ya taconearía dentro del vientre de su desconocida madre, al tempo sincopado de su corazón.
Martha Graham, George Balanchine y Jerome Robbins estuvieron presentes en su educación como cantante y sobre todo como bailarín, en la High School of Performing Arts de Nueva York. Tenía 14 años, y no quería ser otra cosa, ni sabía. Aunque los años que nos saltamos no fueron nada fáciles -encadenando trabajos penosos para poder subsistir- a los dieciocho años ya se había enrolado en una producción off off Broadway llamada The prodigal son. Pero alguien que conoce a alguien que es amigo de alguien importante fue a ver esta función y parece que dio la voz de alarma. Bob Fosse estaba emprendiendo el tour por Canadá de su nuevo musical, Sweet Charity, y parece que no le costó mucho decidirse por este chico casi sin experiencia. Los genios, como los asesinos, se reconocen enseguida. Esos dos años formando parte del cuerpo de baile de Fosse le marcaron para siempre, su estilo quedaría fundido al del maestro durante el resto de su carrera, no importa para quien trabajara o el papel que hiciera. Ben sería Fosse, y Fosse sería Ben.
A Sweet Charity le siguió Hair, otro de los musicales que definieron el nuevo Broadway de finales de los sesenta. Y a Hair le siguió Golden Boy, donde por vez primera consiguió ser protagonista, eso sí, como suplente de Sammy Davis Jr. otro de los pilares decisivos en su trayectoria. En aquella época había que tener valor para salir a un escenario y enfrentarse a un público que esperaba ver a Davis, pero seguro que muchos acabarían alegrándose de la repentina indisposición del célebre actor. Aún así, la amistad entre Ben y Sammy fue lo mejor que le reportó este trabajo.
Pero su verdadera popularidad le llegó con el primer papel que estrenó él mismo, sin reemplazar a nadie. Judas en Jesus Christ Superstar. Su primera nominación al Tony (como actor secundario), a la que siguió el que sí logró como protagonista de Pippin, obra que supuso el reencuentro entre Fosse y Vereen. Y eso sin ser en realidad el protagonista, ya que en esta función su papel se limita al del narrador, o el "Leading Player" de un grupo de trovadores medio hippies. Pero cuando aparece en escena es fácil olvidarse de las tribulaciones del hijo de Carlomagno, a pesar de que su personaje parece interrumpir la acción, cuando aparece en escena no quieres que se vaya. Da igual lo que le suceda al chico de los rizos de oro.
Por aquellos entonces empezó a aparecer en programas de televisión de tremenda popularidad -el Show de Carol Burnett o de los Muppets...- así como en series del tirón de Roots (Raíces, 1977). ¿Quién no recuerda a su "Gallito George"?
Esa fue la cima de la montaña de su carrera. Ahora comienza el lento pero inexorable descenso. Bueno, dejando aparte a ese inolvidable showman de All that Jazz y la electrizante apoteosis llamada Bye bye life.
El declive fue aderezado con la tregedia. En 1987 su hija de dieciséis años murió en un terrible accidente de tráfico. Él mismo sufríó un aparatoso accidente en 1992, uno doble de hecho, digno de una película de Tarantino. El productor musical David Foster -hasta en su tragedia había espectáculo- chocó contra su coche en la autopista de Malibú que a la vez se estrelló contra un árbol. Completamente aturdido salió del auto y al cruzar sin sentido la carretera fue atropellado por un camión que le destrozó las piernas, su principal instrumento. ¿Alguien da más? ¿Se pueden soportar tantas cerezas amargas? Bueno, tal vez mejores que las dulces, porque años después enfermó de diabetes cuando por fin había regresado a los escenarios de Broadway por la puerta grande. Chicago, Fosse o Wicked (en todas reemplazando a los actores titulares) supusieron su renacimiento, bueno, uno de tantos. También ha sabido renacer de las cenizas del alcoholismo y la drogadicción y ahora ayuda a otros muchos con su testimonio. 
Hace poco se volvió a subir al pequeño escenario de un cabaret al que me gustaría mudarme definitivamente. Se llama 54 Below, y es un local en el Midtown, muy cerquita de Broadway, por el que están desfilando todas las viejas glorias -y también las nuevas- del musical. La actuación de Ben Vereen ha sido grabada y editada, y el disco nos muestra a un actor en pleno estado de gracia, a un cantante soberbio, a un bailarín endiablado que ya no puede bailar pero que lo hace con su voz y con sus ojos, y claro, con sus manos, que para eso es de la escuela de Fosse.    
Los que han estado allí cuentan que a pesar de los años no ha perdido nada de su fuerza, su energía exuberante, su don mágico y único. Este enterteiner de probada versatilidad, fiel heredero de los negros del minstrel, de Bill "Bojangles" Robinson y Al Jolson, supo hipnotizar a los allí presentes con el don más preciado que un artista puede tener sobre unas tablas, la pasión. Y de verdad no hay muchos que puedan llegar a expresarla como él.      
So, clap hands, here comes Ben!!












  

jueves, 21 de marzo de 2013

Broadway baby




Rogers and Hammerstein´s Cinderella

¿Una calabaza convertida en carruaje? ¿Unos ratones vestidos de pajes? ¿Unos harapos transformados en un modelazo de fiesta? ¿Una fregona hecha princesa? Imposible.
Eso mismo habría pensado Charles Perrault si alguien le hubiera dicho que aquel cuentecillo popular sería algún día el más popular de todos los cuentos. La fantasía definitiva de todas las niñas -no importa raza o nacionalidad- y una de las narraciones más versionadas y adaptadas de todos los tiempos. Teatro, ballet, novela, cine, televisión... Dejando aparte la peligrosa inclinación del ser humano por el transformismo, parece que desde siempre nos gustó soñar con imposibles.
Perrault también quiso soñar. Harto de la vida de un funcionario de Luis XIV de Francia, de la rutina cotidiana de un burócrata de Colbert, este bibliotecario de la Real Academia tenía una doble vida. O una imaginaria, mejor dicho, a la que escapaba a la mínima ocasión que sus obligaciones de burgués prerrevolucionario y devoto padre de familia de dejaban. Harto de tratar sobre pleitos, donaciones y prebendas, un buen día empezó a escribir sobre hadas y princesas encantadas. A recoger historietas de tradición oral -como poco antes había hecho Gianbattista Basile en Italia- y a darles nueva forma entre las páginas de los libros. Cuando aún no había muchos...
Con el título de Les Contes de ma mère l´Oye (Cuentos de Mamá Ganso) apareció por primera vez en 1697 esta recopilación de ocho relatos de fantasía que incluían clásicos como Pulgarcito, La Bella Durmiente, Barba Azul o Caperucita Roja, muchos de los cuales fueron readaptados por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm poco más de cien años después, dándoles la difusión definitiva y convirtiéndolos en pieza esencial del imaginario colectivo hasta nuestros días. Bueno, también habría que hacer responsable de ello a un norteamericano de Chicago llamado Walter Ellias, Walt Disney para los amigos.
Cuando en 1950 se estrenó la película de la factoría Disney, el viejo relato -tan viejo como la propia literatura, como el cuento egipcio de la princesa Ródope, como las historias de Heródoto o como Ye-Xian, la china de pies diminutos- por fin recobró juventud, color y fama, mucha fama. Avalada por éxitos incontestables como Blancanieves, Fantasía, Pinocho, Dumbo o Bambi, La Cenicienta era el siguiente gran paso del famoso productor, tal vez la obra definitiva que lo consagró como el Rey Midas de la animación. Dulcificando aquí y suavizando allá, esta Cinderella de colorines con su corte de simpáticos ratones y pajaritos cantores, nos guste o no, se convitrtió en la heroína definitiva. Ninguna de cuantas la han personificado en la pantalla grande o pequeña (ni Drew Barrymore, ni Amy Adams, ni Julia Roberts, ni Hillary Duff etc.) han conseguido jamás borrar de nuestra mente esa muchacha de cabellos amarillo oro vestida de azul cielo -azul princesa desde entonces- dando vueltas a golpe de vals en el salón imposible de un palacio imposible.
Y entonces llegaron Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II. Desde que Rossini y Prokofiev pusieran  música al cuento de hadas un siglo atrás -en ópera y balet respectivamente- nadie se había atrevido a hacer cantar y bailar a esta ilustre fregona. Pero ¿quién mejor que este tándem de genios que ya habían triunfado con Oklahoma, Carousel, South Pacific o The king and I? De hecho cuando los autores emprendieron la aparentemente fácil tarea aún se estaban levantando de sus dos fracasos más sonados, Me and Juliet y Pipe Dream, dos joyas casi desconocidas, por cierto. El proyecto para la televisión partió de la CBS, que se llevó a los autores al huerto al asegurarles que los zapatos de cristal tendrían el número de una recién llegada a Broadway, una chica de Surrey que acababa de triunfar en el musical de los musicales, My fair lady. Julie Andrews aún seguía representando cada noche a Eliza Doolittle en el Mark Hellinger de Nueva York. Así que no debió resultarle tan complicado pasar de una harapienta a otra, de una princesa fingida a una princesa de cuento. Y esa fue la clave del tremendo éxito de esta producción. Más de cien millones de espectadores -un auténtico hito en la historia de la televisión- disfrutaron de la maravillosa partitura cantada por la perfecta Cenicienta acompañada de un buen grupo de actores principalmente del teatro musical.
En 1965 la misma cadena decidió hacer otra versión de la obra esta vez con Lesley Ann Warren (casualidades del destino, la que mucho después fuera rival de Andrews en Victor o Victoria), Celeste Holm, Walter Pidgeon y Ginger Rogers, estos últimos haciendo de sus futuros suegros, los papás del príncipe azul, que hacía Stuart Damon. Y una vez más, en 1997 y realizada por Disney, la pobre huérfana volvió a fregar los suelos, esta vez de una madrastra llamada Bernadette Peters. Esta versión contaba con varios actores afroamericanos entre los que se encontraban Woopi Goldberg, Whitney Houston (que también la producía) y la cantante pop Brandy, una insólita Cenicienta color ceniza. También estaban dos imprescindibles en este tipo de adaptaciones, Victor Garber y Jason Alexander. ¿Que no la has visto? ¿Y a qué esperas?
El pasado 3 de marzo levantó el telón el Broadway Theatre para estrenar un nuevo musical. ¿Nuevo? Bueno, sí en cuanto al formato, porque nunca antes se había montado en un escenario, y desde luego nunca antes en Broadway. Además el director Mark Brokaw y el libretista Douglas Carter Beane han refrescado el clásico cuento y le han añadido otras canciones del desván de R y H. Laura Osnes y Santino Fontana, los protagonistas, y una espléndida Victoria Clark es la responsable de transformar la miseria que rodea a la chica en lujo del caro carísimo. El sueño de toda adolescente que se precie, vamos.
Igual que a Jane Eyre, igual que a María Von Trapp, igual que a Rebecca o a Eliza Doolittle, a Ella -que es como se llama aquí la muchacha del incómodo zapatito- el amor le llega finalmente, y además con muchos muchos panes debajo del brazo, que quieras que no algo ayuda. Pero no nos pongamos materialistas. Mejor pongámonos cómodos, busquemos ese pequeño rincón privado en el que nos escondemos a soñar nuestros sueños inconfesables, el lugar en el que los finales son siempre felices y en el que nada, absolutamente nada resulta imposible.  
    
        
 







jueves, 7 de marzo de 2013

TKTS



Spring can really hang you up the most!

Cuando un montaje tan costoso como Spiderman -y en contra de todo pronóstico- se sigue manteniendo en cartel, mientras aún resulta más fácil que te mate un terrorista que conseguir entradas para The Book of Mormon... Cuando en la misma cartelera conviven obras tan populares como Jersey Boys y tan exquisitas como Passion... Cuando una niñera prácticamente perfecta sigue volando sobre la ciudad mientras varias calles más arriba una chica con prisas acaba de extraviar un zapato de cristal... Cuando una obra que tenía los días contados como Newsies se sigue prorrogando porque un público entusiasta impide su cierre... Cuando Gershwin sigue entrando en Broadway por la puerta grande y Nice work ya cumple su primer año en cartelera (también contra todo pronóstico)... Cuando los reyes leones, los fantasmas, las mammas mías, los rockeros of ages y las presidiarias de Chicago aún resisten como el primer día... Cuando se anuncian nuevos proyectos como Kinki Boots, Big Fish o un remozado y circense Pippin... Cuando en el mismo cabaret puedes oír una noche a Brent Barrett y la siguiente a Bebe Neuwirth y la otra a Tom Wopat y la otra a Linda Eder... Cuando en Nueva York se repone una joya rara como The Mystery of Edwin Drood y en Londres un Herman maldito y olvidado como Dear World... Cuando en una orilla del Atlántico puedes ver actuar a Chita Rivera y en la otra debuta Betty Buckley...  es que algo no debe ir tan mal en el mundo del espectáculo.
Crisis? What crisis?
La temporada de primavera se anuncia movidita, como casi siempre, aunque igual que cada año se anuncie el apocalipsis de Broadway como algo inminente. Pero si lo miras con cierta perspectiva, no hay que hacer caso de los agoreros que no ven nunca el sol detrás de los nubarrones. Y el sol brilla y mucho, por ejemplo, en el Studio 54 con una impecable reposición del musical basado en la última novela de Dickens. El misterio de Edwin Drood recrea el texto póstumo e inacabado del autor (del que nunca se pudo desvelar el intrigante desenlace) con finales opcionales que el público tiene que votar. Rupert Holmes se llevó los Tonys al mejor libreto y la mejor música en 1985. Betty Buckley era el travestido Edwin que hoy, en la producción del Rondabout Theatre Company (sello de indiscutible garantía), interpreta la genial Stephanie J. Block. Will Chase (Smash) y Chita Rivera completan un reparto de lujo. Pero claro, "in a limited engagement", jó!
Cindy Lauper y Harvey Fierstein escriben respectivamente la música y el libreto de Kinky Boots, un nuevo musical basado en la película de 2005 del mismo título con pinta de canalla que promete colorines, pestañas, taconazos y diversión sin más.  En abril empezarán a ver a la gente salir bailando del Al Hirshfeld.
Y en marzo todas las chicas de la ciudad querrán probarse la zapatilla de cristal de Cinderella. El musical que Rodgers y Hammerstein escribieron para una producción de televisión llega a Broadway por primera vez en la historia. Actualizado y ampliado -había que darle un aire fresco al cuento de toda la vida- nos trae a dos de las mejores actrices del musical, Laura Osnes en el papel protagonista y Victoria Clark como el hada madrina que cree que nada es Impossible! ¿Coger un vuelo y darse ese capricho lo será? Mejor no preguntar.
Sobre todo porque también este mes llega uno de los revivals más esperados del mundo mundial. Pippin. Desde que Bob Fosse lo estrenara allá por 1972, nadie se ha atrevido a retomarlo. Pero Diane Paulus, la directora, no se detiene ante nada. No contenta con sacudir el polvo de Porgy and Bess en una versión tan aclamada como discutida, ahora se atreve con esta pieza de culto en un montaje que promete espectacularidad a lo bestia. ¿Un Pippin sin Ben Vereen y sin Fosse? Por mucho circo del sol que le quiera meter... no sé, no sé... pero cómo me encantaría saberlo!!
Pero también podemos soñar un poco más cerca. Y es que ¡cómo está Londres por dios! Desde cuándo no se veía un cartel tan completo como en el último año. Singin´ in the Rain, Top Hat, Kiss me, Kate (que acaba de echar el cierre, por cierto), Cabaret, Wicked, The Book of Mormon... más las que vienen: A Chorus Line, West Side Story, Merrily we roll along, Charlie and the Chocolate factory, The Bodyguard... Definitivamente la libra va sacando ventaja al dólar y al euro.
Este mes Londres no es apta para mitómanos cardíacos. Poder ver un martes a Dame Hellen Mirren haciendo de la reina -otra vez- en The Audience, un miércoles a Dame Judy Dench en Peter and Alice, un jueves a Kristin Scott Thomas en la revisión de Old Times de Pinter... O cualquier día (o todos, pero eso sí, solo hasta final de mes) a Betty Buckley en su regreso a los escenarios como la vieja Condesa Aurelia de Dear World... En fin, si estamos debidamente medicados no tiene por qué haber ningún problema.
Dear World, con los precedentes de esta pieza musical deliciosa pero gafada de Jerry Herman (basada en La loca de Chaillot, de Jean Giradoux) hay que tener valor de montarla en estos días con la que está cayendo. Y sin embargo la gente se mata por verla, al saber que solo estará un mes en cartel. ¿Buscarán un nuevo teatro opara prolongarla? Ojalá. Angela Lansbury la estrenó en 1969 -y le trajo uno de sus varios Tonys- y ahora la pone en escena la única que podría hacerlo. La presencia y la voz de la Buckley son ideales para esta vieja loca que vive en un mundo anacrónico y enfermo de nostalgia. Además de disfrutar de esta hermosa obra, quien se siente en la butaca del Charing Cross Theatre estará presenciando una de las últimas actuaciones -por la edad y lo poco que se prodiga lo decimos- de una de las más grandes actrices que ha hado el teatro musical. Los hay con suerte...
Pero miremos hacia adelante. Cameron Mackintosh planea llevar Oliver! a Broadway nada más y nada menos que con Samantha -Eponine- Barks!! Aún no se ha descartado montar el Dancin´de Bob Fosse, y reponer el Merrily de Sondheim (que la Mernier Chocolate Factory estrena en Londres, by the way)... en fin, que no perdamos la esperanza. Y en el peor de los casos siempre nos quedará The Fantastiks! Puedes contar con ello. Cuando se acabe el mundo, tras la hecatombe final, y allá a lo lejos, en esa playa solo veamos los cuernos enterrados de la corona de Miss Liberty, aún quedarán entradas para ver la preciosa obrita de Schmidt y Jones que después de treinta años nos sigue diciendo que está a punto de llover... Sí, aunque sea primavera, o precisamente por ello.
Hablando de primavera... qué temporada se avecina ¿no? Como dice aquella vieja canción, "la primavera te puede dejar realmente colgado..." Cuidado con las alergias y los catarros, y sigan alterando su sangre con mucha música y muchos sueños.