Perdón, ante todo, por el momento "ego-blogger" (como diría mi amiga Anabel), pero no se me ocurre una forma mejor de arrancar la temporada que plantado en la puerta por la que deambulan los sueños. Stage door, se me hace la boca agua...
No he podido evitar empezar con la foto de un servidor -entre otras cosas porque es preciosa, mérito único del fotógrafo- merodeando por las traseras del West End, husmeando por marquesinas y postigos, atraído como una polilla hacia las luces de neón, buscando el olor de las tablas, el aroma de los focos, el suave tacto de las melodías, el sonido del terciopelo rojo, el sabor de los aplausos...
Se va el largo y cálido verano -corto más bien-, tan pronto como aparece se marcha. Igual que Zaratustra me caigo muerto al pensar en la fugacidad de las cosas, al sufrir en mis carnes como todo comienza y acaba sin parar -y que no pare, pensarán muchos- mientras miro una maleta que ayer mismo engordaba ignorando las restricciones de Mr. Ryan (Air) y hoy me mira famélica pidiéndome que la quite de en medio de una vez.
Adiós a la playa, a las largas siestas, a las noches sin horas, a las "lazy afternoons", a los "departures"... hola a los "arrivals". La "overture" se me hace cada vez más cerca del "finale", debo estar cumpliendo años...
Pero septiembre tiene un encanto innegable. Volver a la vida cotidiana, comer a tus horas, dormir a tus horas y hacer todos los propósitos de enmienda posibles, bla bla bla. El mito del eterno retorno al cole. Uff, de verdad te lo digo, si no fuera por algunas cosas... Como reencontrarme una vez más con vosotros, que diría nuestra adorada Norma, wonderful people out there in the dark...
En realidad prefiero reaparecer como otra de las grandes, bajar una escalera mucho más alegre que la de aquella oscura mansión californiana, al pie de la que me reciba un puñado de camareros con delantal impoluto coreando entusiasmados mi regreso (que levante la mano quien no haya soñado alguna vez con protagonizar esa escena, o mejor no la levantéis por favor!!). Todos deberíamos tener, al menos por una vez en la vida, una entrada como la de aquella vieja casamentera, ¿te imaginas volver al trabajo al son de la melodía de Jerry Herman?
Stage door vuelve al ataque. Y lo hace renovando su aspecto, gracias a la impagable ayuda y destreza de mi compañero de viaje. De vez en cuando hay que repintar, revisar el maquillaje, redecorar, reciclarse, renovarse o morir de una vez and all that jazz! Y así lo hemos hecho.
Todavía oliendo a pintura fresca (decidme que os gusta el cambio please!), abrimos una nueva temporada -y ya van cuatro!- con muchas ganas de seguir disfrutando juntos, de encontrarnos cada dos semanas y compartir la fascinación que nos une por el mundo del espectáculo. Porque todo no va a ser trabajo, dietas, "vida normal", prisas, recortes varios, rescates, estreses y demás, de vez en cuando hay que dejarse caer en los brazos de la fantasía, la que de verdad nos rescata de un mundo cada vez más loco.
Por eso hoy mismo abrimos el telón que nos sacará un ratito de la realidad cada dos semanas (aunque la primera entrada formal será la semana próxima ¿eh?), así que tomen asiento, cojan sus programas de mano porque la función vuelve a empezar después del largo - o corto- y cálido entr´acte de las vacaciones.
Gracias de todo corazón por seguir ahí, os prometo que... I will never go away agaaaaain... al menos hasta el verano que viene.
Meredith Willson solo escribió un musical. Pero tuvo suficiente. Bueno, en realidad hizo algunos más pero todos parecían haber salido del mismo. The music man, El hombre orquesta, una de las piezas más queridas de la cultura americana, un hito sin igual en el mundo del espectáculo.
Dentro de esta función, cerca del final, una joven le confiesa a su chico que nada de lo que había a su alrededor tenía sentido hasta que él llegó. Sonaban campanas en la colina, pero yo no las oía. No, no las oí hasta que llegaste tú...
Bueno, podéis tacharme de cursi, lo acepto, pero ¿no se sienten mucho más a flor de piel todas las cosas cuando se está enamorado? ¿No habéis reparado por primera vez en algunos detalles que antes os pasaban desapercibidos? ¿No ha cobrado sentido, belleza y encanto todo lo que antes resultaba insulso? A ver si voy a ser yo...
Till there was you es un hermoso tema de amor en un musical lleno de canciones inolvidables. Seventy-six trombones, The Wells Fargo Wagon, My white knight... desde luego Willson se encontraba en estado de gracia cuando decidió componer esta pieza homenaje a su tierra natal, Iowa. Dicen que este muchacho se moría por entrar en la legendaria banda de John Phillip Sousa, una de estas formaciones militares que desfilaban en las celebraciones nacionales, bueno, una de ellas no, la más gloriosa. A bombo y platillo, en rigurosa y perfecta organización, vistiendo coloristas y hasta extravagantes uniformes, derramando optimismo y energía hasta la extenuación. A su querida brass band también rinde homenaje este musical en el que un farsante, un impostor corto de escrúpulos y largo de encanto embauca a un pueblo entero, bibliotecaria incluida.
Una historia inocente sobre gente inocente, un cuento ambientado a principios del siglo XX en una América pateada de punta a cabo por vendedores ambulantes, arañada en la inmensidad de su mapa por trenes abarrotados de buscavidas. Harold Hill cree que puede meterse en el bolsillo a un montón de paletos creando una banda de música que saque a los chavales de la calle y así largarse con el dinero de los instrumentos. Pero el amor arruina sus planes, y una buena chica a punto de convertirse en la solterona oficial de River City -Marian "the librarian"- acaba redimiendo a este pobre diablo cuando le declara su amor sobre un pequeño puente. Y ahí entra el tema que nos ocupa.
El arrollador éxito de esta función de 1957 la convirtió en película poco después. Robert Preston repitió personaje en una cinta de 1962 dirigida por Morton DaCosta en la que Shirley Jones -la rubia inocente y virginal de todas las películas musicales de su tiempo- sustituía a Barbara Cook como la bibliotecaria enamorada. Una curiosidad: el papel de su hermano pequeño, el chico acomplejado al que ayuda el falso profesor, es interpretado por Ron Howard (apareciendo aquí como Ronnie), el director de películas tan conocidas como Apolo 13, A beautiful mind o El código Da Vinci. Aquí se llamó Vivir de ilusión, y no fue precisamente un éxito, tal vez por lo local de su historia y su ambientación, o quizás porque los españoles ya estarían cansados de escuchar los gorgoritos de la Jones (Oklahoma!, Carousel etc).
En una época en la que las baladas de los musicales volaban hacia las listas de éxitos y sonaban en la radio día y noche, Till there was you fue inmediatamente versionada por cantantes y músicos de jazz entre los que se encuentran el saxofonista Sonny Rollins, el tompetista Al Hirt, Anita Bryant, Peggy Lee (quien de verdad popularizó el tema) o la mismísima Nana Mouskouri, muy jovencita por aquellos entonces. Pero "Hasta que llegaste tú" no se convirtió en el clásico contemporáneo que es hasta que llegaron ellos, ¿quiénes? los cuatro melenudos de Liverpool. The Beatles. Cuentan que un primo de Paul McCartney le explicó quien era Peggy Lee y le puso esta canción de la que se enamoró al instante. Según él mismo confesó, hasta mucho tiempo después, incluso tras haberla grabado, no supo que procedía de un musical de Broadway. Pasa tantas veces...
La sexta canción de la cara A del segundo álbum del grupo más famoso de todos los tiempos, With the Beatles, se titula Till there was you. Y fue un pelotazo al instante, como casi todo lo que entonces hacían. All my loving o Plesase Mr. Postman entre otras acompañan la balada que compuso Meredith Willson algunos años antes, cuando no podría ni imaginar que alguna vez su canción sería interpretada por los músicos más célebres habidos y por haber, cuando aún ni siquiera sabría quiénes demonios eran Los Beatles.
Desde entonces ha pasado por los repertorios de muchos de los grandes, yendo del jazz o el soul a la bossa nova sin perder ni un ápice de su encanto. Y en los escenarios ha sido cantada por Patricia Lambert y Van Johnson, Meg Bussert y Dick Van Dyke o Rebecca Luker y Craig Bierko en el último revival de Broadway del año 2000. Kristin Chenoweeth se la cantó a Matthew Broderick en la estupenda versión para televisión de 2003. Ya la estás buscando por donde sea!
Stage door se despide por esta su segunda temporada -y hasta nuevo aviso- con una canción tierna a no poder más, sencilla en su melodía y sus palabras -como deben ser las buenas canciones de amor- deseando que nos volvamos a encontrar pronto, porque, lo digo en serio, mi vida no ha sido la misma hasta que llegaste tú. Felices vacaciones!
Sí, ese era el título de aquella película en la que Julio II apremiaba a Miguel Ángel a acabar de una puñetera vez los frescos de su capilla. ¿Cuándo vais a acabar? Cuando termine. Pregunta más simple y respuesta más contundente jamás fueron conocidas.
Para quien haya compuesto alguna vez una sinfonía, o pintado un cuadro o escrito un poema, para aquel que se las haya tenido que ver cara a cara con el arte, con la creación, estos conceptos le serán muy familiares. Dolor y placer, obsesión y excitación, pasión y calma.
Lejos de ser ningún creador artístico, a mí también me inspira ilusión y vértigo ponerme a escribir sobre un genio del calibre del que tengo entre manos. Qué osadía la mía, pero la verdad es que ya le iba tocando. Ya era hora de dedicarle un par de párrafos al que inventó "the most beautiful sound I´ve ever heard".
Ni tengo tiempo ni preparación para abordar la carrera sinfónica del maestro. Además, ¿qué voy a descubrir yo del compositor y director de orquesta más famoso de los Estados Unidos? ¿qué puedo aportar sobre el alma de la Filarmónica de Nueva York? ¿qué añadir acerca de uno de los valores indiscutibles de la música clásica contemporánea? ¿qué decir del conductor más temperamental, del reinventor de tantas piezas clásicas? ¿qué apuntar sobre el autor de dos óperas, tres sinfonías, varias misas, ballets y bandas sonoras aparte de cinco musicales que se consideran joyas indiscutibles de la cultura popular americana?
No voy a hablar de sus orígenes, del niño judío Louis Bernstein, hijo de un librero y una peluquera de Massachusetts con raíces rusas, ni de cómo su padre se oponía a que se dedicara al bohemio negocio de la música, aunque fuera él quien lo llevó de la mano a sus primeros conciertos. No voy a mencionar el talento musical que empezó a desarrollar con el piano, ni la locura obsesiva en la que se convirtió su afición. La Garrison, la Boston Latin School... no voy a entrar en cómo llegó a Harvard, ni en los honores que obtuvo como estudiante de composición, ni de cómo con menos de veinte años escribió sus primeras sinfonías. Y desde luego no entraré en detalles de su azarosa vida sentimental. De cómo rompíó bruscamente su primer compromiso formal poco antes del matrimonio, de cómo se casó con la actriz chilena Felicia Montealegre con la que tuvo tres hijos. Y no, queridos lectores, por mucho que insistáis no meteré mis narices en el episodio en el que dejó a su esposa para fugarse con el director musical de una emisora de radio local, quien según sus palabras "le devolvió la alegría de vivir". Ni de cómo sacrificó su relación con Tom Cothran por acompañar a su mujer en sus últimos meses de vida. Tampoco es necesario añadir hasta qué punto su vida y su música se ensombrecieron tras la muerte de ésta -y el abandono de aquel- aportando el último ingrediente de la receta de su genialidad, la amargura que requería una música exultante hasta la pervesión.
Lejos de abundar en sus logros como director o compositor clásico, más allá de profundizar en la revolución que supone su legado para la gran música, me conformaré con hablar de la manera en que afectó su ingenio al teatro musical americano tal como se entendía hasta la fecha, hasta aquel buen día en que decidió escribir su primera "obra ligera".
Aunque viviera rendido a Mahler, Copland o Shostakóvich -a los que dirigió como nadie en su tiempo- jamás perdió el contacto con la música popular de entonces. Su interés por el jazz, el blues o el swing lo mantenían cerca de los clubes nocturnos y las jam sessions. También estaba íntimamente relacionado con el mundo del teatro. Actores, letristas y compositores se contaban entre sus amigos más próximos. Jerome Robbins, Adolph Green, Betty Comden, Oliver Smith o George Abbott no eran precisamente miembros de una orquesta sinfónica, sino un grupo de jóvenes ambiciosos que estaban comenzando a probar suerte en Broadway.
La referencia principal en su "desvío" al musical pudo ser la obra de Gershwin, que también dirigió en numerosas ocasiones. Pero él no solo adoraba las piezas clásicas del maestro, interesándole muy particularmente su habilidad como escritor de canciones, pequeñas y gigantes al mismo tiempo. Bernstein quería ser como Gershwin, y no lo logró porque llegó a superarlo en muchos aspectos, y sobre todo porque su tremenda personalidad no le permitió asimilarse a ningún otro.
Mientras estrenaba sus primeras sinfonías comenzaba a coquetear con el ballet (Fancy free fue el primero, en 1944) y frecuentar otros campos más informales. Así surgió On the Town, una divertida comedia musical que pronto se convirtió en un clásicio del teatro y del cine. Un día en Nueva York -como aquí se llamó- se considera el primer "musical integrado" en el que las canciones y los bailes no salpican la trama ni la interrumpen, sino que la hacen progresar acentuando los aspectos cómicos y dramáticos o realzando el romance, pero nunca deteniendo el ritmo narrativo. Y aparte del libreto y las letras, su partitura es esencial en ello. Desde los temas más rítmicos y sincopados (Ya got me) hasta las melodías más sentidas (Some other time), serían capaces de transmitirnos prácticamente lo mismo si no oyéramos las palabras, con permiso de los genios que las escribieron.
El 1953 volvió al teatro, esta vez con Wonderful Town, una versión de la obra My Sister Eileen de Fields y Chodorov. Su segundo musical volvía a ser una declaración de amor a su ciudad, ahora desde un barrio -Greenwich Village- y una calle en particular, Christopher St. A little bit in love, Ohio o Wrong note rag se igualaron a las grandes creaciones de los Berlin, Porter, Kern o el propio Gershwin. Pero hasta finales de la década no llegó a alcanzar lo que se considera su cenit, su obra maestra indiscutible y la que le dio toda la fama y la gloria que ni siquiera había conseguido en su trayectoria clásica. Un año después de estrenar una deliciosa opereta sobre el Cándido de Voltaire (Candide, 1956), se embarcó en la peligrosa tarea de llevar el drama más universal de Shakespare al terreno del musical. Convertir la balaustrada de un palacete veronés en las escaleras de indendios de un bloque neoyorkino, debió ser tan complicado como transformar a los Montescos y los Capuletos en dos bandas rivales de niñatos, los Jets y los Sharks. La trama de Arthur Laurents, las letras de Stephen Sondheim y las coreografías de Robbins ayudarían mucho, no hay duda, pero la excelencia de la música de Bernstein hizo de West Side Story una obra magna, tal vez el musical más importante jamás escrito. La mayoría de los crítcos coinciden en catalogarla como la obra perfecta, la culminación de medio siglo en la construcción de un género. Profunda, emocionante, crítica, violenta, atrevida, sexy, fascinante...
Como a estas alturas no vamos a descubrir nada nuevo de esta maravilla -ni de Something´s coming, Maria, America, Somewhere, Tonight...- y como no quiero alargarme más de lo necesario, terminaré añadiendo algo que considero crucial en su carrera. Bernstein fue un brillante director y un soberbio compositor, pero sobre todo fue un maestro en el sentido etimológico de la palabra. Su pasión por enseñar, por compartir su talento y su sabiduría le hicieron emplear una buena parte de su tiempo en la docencia. Aparte de sus múltiples clases magistrales por colegios y universidades, puso en marcha un programa de televisión para la CBS llamado "Conciertos para jóvenes" en el que explicaba las obras antes de ejecutarlas. Más de cincuenta episodios avalan el mayor proyecto musical divulgativo de la televisión. Y ver alguno de ellos es un placer que recomiendo a todos.
A pesar de su carácter altivo, a pesar de su genialidad y su fama, nunca se alejó de la gente, nunca se encerró en una torre de marfil. Su extraordinaria generosidad le hizo volcar en los demás mucho, todo lo que sabía. Hasta el día de su muerte, en 1990, no dejó de enseñar ni tampoco de aprender, lo que lo hace más grande si cabe.
Ambiguo y dual -atormentado y extático- Louis, Leonard o Lenny vivió en la contradicción, o mejor dicho en los contrastes. Entre el jazz y el adagio, entre el swing y la sinfonía, en los antros y los salones de conciertos, en la comedia más ligera y en los más oscuros dramas, entre los amantes y las esposas, en las avenidas y los callejones... volando desde lo sublime a lo canalla y vuelta otra vez sacando siempre el máximo jugo a una existencia única, irrepetible.
Cada año llega la vuelta al cole, la caída de la hoja, la navidad, los fríos de invierno, el brote del azahar, la pascua, los calores del verano, los caracoles en las terrazas... y los Tony´s. Cada año, no falla, y van 67, que se dice pronto. 67 años de premiados y nominados, de triunfos y fracasos, de comedias y dramas, de musica y baile, de mucho lujo y mucho glamour, de tantas emociones... de espectáculo puro y duro.
Cada año se celebra la fiesta del teatro del mundo mundial -con permiso de los british Olivier- a la vez que se valora la cosecha de la temporada, que no se puede decir que no haya sido más que buena. A pesar de los pesares, que son muchos -sobre todo monetarios-, no se puede decir que la producción teatral norteamericana no continúe liderando la escena internacional, principalmente desde sus templos sagrados de Broadway. Pero una vez más tenemos que reconocer que la nostalgia sigue pesando más que la savia nueva, siendo este un año especialmente pobre en lo que a proyectos musicales nuevos se refiere. Ni Bring it on, ni Kinky Boots, ni A Christmas Story ni Matilda (producto importado del West End) están ni estarán nunca a la altura de The Mistery of Edwin Drood, Rodgers and Hammerstein´s Cinderella, Annie o Pippin. Ojalá me equivoque, pero no lo creo.
Aunque para no ponernos demasiado pesimistas también podemos echar un vistazo a la larga lista de los musicales nominados y premiados desde el principio de los tiempos y comprobar la considerable tanda de obras más que olvidadas (justa o injustamente), malas (pocas) y mediocres (algunas), aparte, claro, del puñado de obras maestras que honran el nombre de tan preciado galardón. Pero no puedo dejar de pensar en que en la primera gala en la que se premió una obra musical -antes el reconocimiento era solo para actores y actrices- allá por el año 1949, la pieza que se llevó el gato al agua se llamaba Kiss me Kate, y el Tony a la partitura original fue para un compositor conocido como Cole Porter. Este año Kinky Boots y Cindy Lauper se llevaron sendos laureles. Sin comentarios.
También se habla de la de 2013 como la gala más negra de la historia de estos premios. Cicely Tyson por The Trip to Bountiful, Billy Porter por Kinky Boots, Patina Miller por Pippin, Courtney B. Vance por Lucky Guy (aparte de una bomba medio ignorada llamada Motown The Musical)... pusieron y dieron la nota de color en una fiesta en la que más allá de la corrección política se ha reconocido la excelencia de unas voces y unas interpretaciones únicas. Se suele decir que si eres negro, gay o judío ya tienes mucho ganado en la carrera hacia la estatuilla de plata, pero artistazos como estos nos demuestran que no todo depende de una cuestión de pigmentación, orientación sexual o religión, si fuera tan fácil...
Este año no ha habido ningún triunfador que se imponga sobre los demás -desde The Book of Mormon no sucede algo así- aunque se considera el show de Lauper el ganador de la fiesta. Esta comedia sobre un tipo que reflota una zapatería convirtiéndola en una fábrica de plataformas para drag queens rebosante de colorines y brilloteo -muy en la linea de Priscilla- se ha hecho un hueco importante en la taquilla desde su reciente estreno. Y eso en Broadway se premia y mucho. Las colas de quinceañeras en el TKTS amenizadas por travestones de impresión -mira que gusta un transformismo en esta ciudad por dios- han ido creciendo ayudadas por el boca a boca (o a oreja, como sea) más que por la popularidad de su autora -¿Cindy who?- a pesar de que hace unos años protagonizara junto a Alan Cumming una excelente versión de The Threepenny Opera en Studio 54, pero de eso ya no se acuerda nadie. Aunque a decir verdad tampoco es que tuviera grandes competidoras. Bring it on, otro producto para teenagers desenfrenados, A Christmas Story, una pequeña y simpática fábula navideña y Matilda, la sorpresa del año, no son precisamente gigantes imbatibles.
Cuatro obras peleando por el Tony al mejor musical de estreno y en ninguna el protagonista tiene más de veintipocos años, es más, dos de ellas tratan de niños de ocho o nueve, y eso sin mencionar a los revivals Annie y Cinderella. ¿Soy yo o es que Broadway se está infantilizando cada vez más? ¿No se está pareciendo peligrosamente a Disneyworld? Hasta una función tan oscura como Pippin se trasforma en un colorista circo para todos los públicos... ¿Cómo están ustedeees? Mal.
Los adultos se tendrán que conformar con obras no musicales este año. Ahí es donde el showbusiness neoyorkino se conserva más fiel a sus principios y menos abocado a los dividendos (también es cierto que sufren bastante menos presión). Que una inteligente sátira sobre Chéjov como Vanya, Sonya, Masha and Spike se haya llevado el Tony a mejor obra teatral, mientras el mejor revival es -una vez más- para Who´s afraid of Virginia Woolf, dice mucho del paladar de los espectadores de la gran ciudad. Que todavía se hagan colas para ver como esa borracha amargada machaca el ego de su pobre esposo dignifica sensiblemente el nivel medio del que se acerca a una taquilla a gastarse sus cuartos. Aunque ayuda mucho que esa historia nos la cuente alguien como Edward Albee, claro.
Estatuillas aparte, la ceremonia siempre es un placer en su contemplación. Hay tanto glamour (alfombras, modelazos, peinados, pajaritas...) como en otras galas, o más si me apuras -es New York!- pero mucho más talento, en serio. Y la dinámica del show siempre es impecable, así como su ritmo, no olvidemos que lo hace gente del teatro, y no hay nadie que conozca mejor la fórmula para agarrarr en un puño la atención del público durante dos horas y media, ¡es lo que hacen ocho veces a la semana!
Neil Patrick Harris vuelve a clavar el tono perfecto del programa conjugando comicidad, emoción, espectáculo y mucho cachondeo a partes iguales. Claro está que el equipo de guionistas que tiene detrás no es moco de pavo, pero su grandeza reside en que todo, absolutamente todo lo que dice o hace parece habérsele ocurrido a él mismo sobre la marcha. El "opening number" en plan Once y su apoteósica evolución, el divertido -y pretendidamente improvisado- número sobre la suerte de meterse en una serie de éxito (junto a Laura Benanti, Megan Hilty y Andrew -Mormon- Rannells) o el electrizante rap del final con una diosa llamada Audra McDonald (aparte del morreo que se pega con Sandy, el perro de Annie), son algunos de los mejores momentos de una fiesta que recupera su grandiosidad regresando al escenario del Radio City Music Hall, de donde nunca debió haber salido.
Pero para comprobarlo nada como dejar de leer y ponerse a verlo de principio a fin. Así te darás cuenta de que no miento cuando digo que a pesar de los tiempos que acechan al showbusiness, a pesar de que el miedo reinante empequeñece los escenarios del mundo, a pesar de que muchos se empeñan en afirmar que Broadway ya no es lo que era... aún podemos disfrutar, emocionarnos y sorprendernos con el que -al menos para mí- sigue siendo el mayor espectáculo del mundo.
No te sé decir porqué, pero siempre me ha resultado mucho más interesante la decadencia de los artistas que su auge. La belleza que hay en la humillación del abandono, la poesía latente en la amargura de la soledad y el olvido. El patetismo de quienes se niegan a aceptar la derrota del inefable paso del tiempo...
Hollywood, la fábrica de sueños que es en realidad un gigantesco almacén de juguetes rotos, de ídolos caídos, de dioses caducos, de monstruos descatalogados, se ha retratado innumerables veces en sus esplendores, y solo algunas -las mejores tal vez- en el oscuro pozo de sus miserias.
Desde que era un estudiante, a Samuel Wilder ya le atraía el cine americano. Pero no solo lo que mostraban las sesiones continuas en los cines de su Viena natal, sino todo lo que había detrás, las vidas de los actores, directores, los entresijos de las producciones... Al igual que su Joe Gillis él también tuvo que salir huyendo, pero no de un par de matones a sueldo, sino de los nazis que habían confinado a parte de su familia en Auschwitc. Al igual que el guionista fracasado de su película, Billy Wilder buscó refugio en una suntuosa mansión llamada América.
Una vez en Los Angeles, ya trabajando para la industria del cine comenzó a rondarle la idea de escribir sobre una avenida, tomar la parte por el todo y narrar la debacle del cine mudo a través de los actores y directores expulsados del paraíso con la llegada del sonoro. A la derecha pueden ver la casa de John Gilbert, a la izquierda el palazzo de Rodolfo Valentino... El director se apuntaba a cada tour que podía por las mansiones de las estrellas. Enormes y pretenciosas construcciones de estilo ecléctico-californiano, infinitos palmerales salpicados de piscinas vacías, espléndidos y patéticos cementerios de elefantes. Enfrente tienen la villa que perteneció a los Fairbanks...
Así surgió la idea, tras cotejar sus anotaciones con su colaborador, Charles Brackett, se pusieron a componer un guión que tuvo que esperar un tiempo mientras despachaban otros encargos (a mediados de los años cuarenta ya había triunfado como director con Perdición o Días sin huella). El primer borrador trataba de un famoso actor en decadencia, pero luego decidieron cambiarlo por una actriz, tal vez porque los estragos del declive humano pueden ser aún más dramaticos en un rostro femenino.
Cuando en 1948 se les unió un tercero -el periodista del la revista Life, D.M. Marshman- el proyecto tomó la forma definitiva. Parece que fue a éste a quien se le ocurrió la idea de relacionar a la estrella con un guionista en paro, volverla loca de amor (Mad about the boy! reza en la pitillera de oro que la diosa le regaló a su chulo) por un joven escritor en crisis. Este detalle permitiría a los autores tratar sobre la fauna desesperada que se movía por los pasillos de la Paramount, algo que les resultaba más que familiar.
El episodo de una vieja gloria que se cree requerida de nuevo por los grandes estudios, cuando en realidad lo requerido era su viejo y destartalado Isotta Fraschini -presumiblemente algo que había sucedido en la vida real- también surgió en estos momentos. Al igual que el personaje del mayordomo de la diva, el que antes fuera su director y primer marido, el que ahora le mandaba cartas y cartas de falsos fans que suplicaban su regreso a las pantallas.
Y así fue como se construyó uno de los mejores guiones y una de las mejores películas de la historia del cine. Gloria Swanson, William Holden (aunque antes se había pensado en Montgomery Clift para el papel protagonista), Erich Von Stroheim, Nancy Olson y los impagables cameos de Buster Keaton, Hedda Hooper o Cecil B. DeMille ayudaron a convertir esta arriesgada aventura en uno de los mayores éxitos de su estudio. Once nominaciones y tres oscars al mejor guión, banda sonora (Franz Waxman) y dirección artística. Y dos monumentales injusticias: Billy Wilder y la Swanson se quedaron sin estatua. Cosas de los premios, era el año de Eva al desnudo, 1950. Qué películas por dios...
Contar cómo se convirtió en musical en no menos de veinte páginas me resulta más dificil que resumir el antiguo testamento. Pero lo intentaré.
La primera persona que se empecinó en poner música y letra a las desgracias de esta loca de atar fue su protagonista. Gloria Swanson estaba medio retirada cuando se le apareció la virgen en forma de guión y la rescató del olvido para el gran público oyente. Esto le dio nuevas fuerzas para reconducir su carrera y quiso seguir explotando la historia, ahora sobre los escenarios. Richard Stapley y Dickson Hughes escribieron la partitura que fue aprobada de inmediato por la legendaria actriz. Boulevard! iba a llamarse, pero un problema con la cesión de los derechos de la película acabaron por postergar el proyecto hasta que fue finalmente abandonado.
A principios de los ochenta Stephen Sondheim y Harold Prince pensaron en usar este material para su nueva producción juntos (Angela Lansbury iba a ser su Norma, ¿te imaginas?), John Kander y Fred Ebb también acariciaron el proyecto... pero ninguno de ellos logró encontrar el punto dramático, casi operístico, que requería el relato de una delirante diosa destronada.
Finalmente fue Andrew Lloyd Webber quien consiguió llevarse el gato al agua cuando se hizo con los derechos de la película en 1990. El autor llevaba décadas contemplando la idea de hacer un grandioso musical sobre esta famosa cinta (desde que se enamoró de la historia cuando la vió en un cine a principos de los setenta) pero se le interpusieron en el camino Jesucristo Superstar, Evita, Cats y The Phantom of the Opera, ahí es nada.
Una de las premisas de esta empresa fue la de ser lo más fiel posible a la obra maestra de Wilder, para lo que Christopher Hampton tejió un libreto que respetaba la estructura del argumento original casi al cien por cien. La grandilocuencia habitual de las partituras de Webber encajaba a la perfección con esta oscura fábula, y el compositor se apresuró a lanzar un par de temas para ir suscitando el interés del gran público. Mucho antes del estreno, Barbra Streisand los incluía en su álbum Back to Broadway, lo que enfureció a la Norma elegida, Patti LuPone, que se tendría que enfrentar sobre el escenario a las versiones que la diva ya había popularizado. Con esa presión tuvo que aguantar la primera subida del telón, que fue en 1993 en el Adelphi de Londres.
Posteriormente -y ante la decepción de la pobre LuPone- Glenn Close la estrenó en Los Angeles y luego en Broadway junto a Alan Campbell como Joe, George Hearn como Max y Alice Ripley en el papel de Betty. Pero la llegada de la Close al escenario tampoco estuvo exenta de polémica. Días antes de ser contratada por los productores, Faye Dunaway peleaba sobre las tablas del Shubert de LA por alcanzar la nota final de With one look, el tema de presentación de la actriz. Ante las escasas posibilidades de la que era, por otra parte, la perfecta encarnación física del personaje, Webber decidió reemplazarla por una intérprete tan reputada como Glenn Close, que además ya había demostrado solvencia en el canto en directo en obras como Barnum. Y parece que la precipitada decisión convenció al público y a la crítica. Sunset Boulevard se llevó un buen puñado de Tonys entre los que se encontraban el de la protagonista así como el del mejor musical y partitura, naturalmente.
Desde Londres a Nueva York, pasando por Toronto o Melbourne (donde por cierto debutaba un joven Hugh Jackman como Joe), se han sucedido las Normas en los rostros de Elaine Paige -la mejor desde mi humilde opinión- Betty Buckley, Diahann Carroll, Rita Moreno o Petula Clark. Y todas han mandado a Gillis al fondo de la piscina con la mayor dignidad posible. Pero el duelo de diosas no acaba ahí. Desde su estreno se viene barruntando el regreso al cine, esta vez en formato musical. Barbra Streisand, Liza Minnelli, Meryl Streep o la mismísima Madonna han sido consideradas para una superproducción a la que nadie parece querer hincar el diente, y menos ahora, con el terror al fracaso que reina en el showbusiness. Y es que aunque no se puede decir que este haya sido un proyecto fallido -millones de espectadores en todo el mundo avalan su éxito- sí es cierto que los costes de tan ambiciosa producción jamás han llegado a dar los beneficios esperados. Montar los estudios y la fachada de la Paramount, el apartamento de los actores, la Schwab´s farmacy, el garaje, la piscina y el salón principal de la delirante mansión de la Desmond (que subía y bajaba a placer durante la representación) disparó el presupuesto de una producción que ha supuesto la mayor inversión hecha jamás sobre un escenario. Pero las diosas de verdad no merecen menos, aunque anden en horas bajas.
Podremos decir lo que queramos sobre Sir Andrew y su megalomanía, pero nadie como él podría haber sacado adelante un proyecto tan osado como este, algo tan dificil como conseguir estar a la altura de una de las mejores películas de siempre. Y plasmar con toda pompa y circunstancia el ocaso de un tiempo que no volverá jamás, el de una industria que fabricaba mitos para devorarlos después, la consabida historia del éxito y el fracaso, de las luces fugaces y las penumbras eternas, de los ídolos de oro macizo y barro mojado. De todas las Normas enloquecidas y enajenadas descendiendo por las interminables escaleras del olvido.
¿Qué es lo que hace grande a Shakespeare? ¿Y a Homero? ¿Qué tienen Sófocles o Arthur Miller que no tengan otros? ¿Y Lorca? ¿Y Cervantes? ¿Y Faulkner? Que sus relatos resultan atemporales, no solo no envejecen con el paso del tiempo sino que crecen con los años, con los siglos, burlando impunemente la fecha de caducidad que acaba borrando a todos los demás.
El tiempo, ese ente sin peso que tanto puede pesar. Sobre el paso del tiempo, pero en la dirección contraria trata esta historieta inocente y a la vez compleja de un amor imposible entre dos seres que navegan en barcos con rumbos diferentes, uno al ayer, otro al mañana.
La novela póstuma de Henry James -The Sense of the Past- publicada en 1917, inspiró vagamente una obra de teatro del dramaturgo y guionista John L.Balderston (Dracula, Frankstein, Gaslight...) titulada Berkeley Square. En ella se contaba la historia de una chica que hace un viaje al pasado por vía hipnótica. De la América del siglo XX a la Inglaterra del XVIII con solo un chasquido de los dedos de su terapéuta, rítete tú de las compañías low coast. Con esta premisa y unos cuantos buenos actores, esta obrita llegó a ser más popular de lo que su autor hubiera imaginado jamás. Hasta sirvió de plataforma de lanzamiento para un joven Leslie Howard que empezaba a hacer sus pinitos como actor, años antes de volver loca de amor a la mismísima Scarlett O´Hara. Corría el año 1929, y en Broadway estaban deseosos de comedias ligeras e insustanciales que no plantearan más problemas de los necesarios.
A principios de los sesenta, el famoso letrista Alan Jay Lerner (My fair lady, Camelot, Gigi...) se empeñó en hacer de esta fábula romántica un musical. Atraído por los fenómenos paranormales y la percepción extrasensorial, el autor propuso a Richard Rodgers escribir una obra que se llamaría "I picked a daisy" (Arranqué una margarita), pero una serie de diferencias creativas hicieron que el binomio Lerner/Rodgers nunca llegara a cuajar. Empeñado en escribir una pieza sobre la reencarnación -tema que le atraía poderosamente- Lerner no descansó hasta tropezarse con el compositor de la exitosa obra Finian´s Rainbow, Burton Lane. Unos tres días de encierro en un apartamento del midtown hicieron que letrista y músico pillaran el pulso que requería esta simpática -y metafísica- obra. Tras escribir el primer tema decidieron que había que cambiar el título. Buscaban uno contundente (¿quién demonios iría a ver un show sobre una chica que arranca margaritas?), que fuera original y capaz de atraer la curiosidad del público. Y así nació uno de los mayores standards de la música moderna norteamericana junto con el título de un nuevo musical.
"En un día claro se ve hasta siempre", uff, en español suena regular. Sin embargo en su idioma original es pura musica ¿verdad? Suele suceder. Lo siguiente fue buscar a la protagonista, y ambos tuvieron claro que la Daisy Gamble perfecta no podría ser otra que Barbara Harris. De hecho se dice que el material fue escrito para ella, y si escuchas el disco o ves alguna de las poquísimas -y malísimas- imágenes que existen creerás que es cierto.
Por el contrario, dar con el protagonista masculino fue bastante más duro. Tras considerar un largo abanico de posibilidades, finalmente optaron por una estrella del cine, Louis Jourdan, en el umbral de la decadencia de su carrera. Ni su actuación ni su voz llegaron a convencer, y en las previas de Boston finalmente decidieron reemplazarlo por un animal teatral llamado John Cullum. Este se convirtió en el definitvo Dr. Mark Bruckner, el psicoanalista que se enamora de dos mujeres dentro del mismo cuerpo, la caótica fumadora compulsiva y la misteriosa cortesana devorahombres con más de tres siglos de edad.
El show se estrenó el 17 de octubre de 1965 en el Mark Hellinger Theatre con un importante éxito y cerca de trescientas funciones, que no está nada mal. Y cinco años después Vincente Minnelli puso sus ojos en él y lo convirtió en película. Yves Montand y Barbra Streisand (y un jovencito Jack Nicholson)protagonizaron esta divertida y colorista cinta, que si bien no fue la más popular de su director, funcionó muy bien gracias, sobre todo, a la tremenda popularidad de la estrella. "Vuelve a mi lado" se tituló aquí.
Y después de más de cuarenta años regresó a Broadway. ¿Tal vez demasiado tarde? Es posible, ya que el asunto de la reencarnación parece no estar tan de moda hoy como en los años sesenta.
Michael Mayer dirigió este revival en 2011 que fue reescrito -y desestructurado- por el guionista Peter Parnell (West Wing). Y en esa revisión pudo estar el motivo de su fracaso a pesar de contar con una estrella del calibre de Harry Connick Jr. liderando cartel. Se nota que los productores tuvieron miedo de que al público actual no le interesara mucho el tema y decidieron alterar el argumento cambiando personajes y situaciones. De entrada, el papel de Mrs. Gamble, decisivo en el original, desaparece aquí reemplazándolo un florista gay de un tiempo algo impreciso (los años 70, por la ropa) que se somete a unas sesiones de hipnosis en las que sale a flote su existencia pasada como una cabaretera de los años cuarenta. Esto da pie a una serie de equívocos especialmente cuando el doctor se enamora de su esencia anterior. Pero ¿sabes cuál creo que fue el problema? Que ni al público joven le enganchó una historia aún algo caduca ni tampoco convenció a los que buscaban reencontrarse con un clásico tan venerado, los que sufrieron la terrible decepción de no reconocer el original. Y es que el templo sagrado de Broadway no permite profanaciones así como así...
Poco menos de dos meses aguantó la función. Lo que se dice un fracaso en toda regla. Críticas mediocres y una entrada flojita en tiempos en los que Mr. producer no se permite perder ni medio dólar. ¿Lo mejor? Aparte de hacernos disfrutar de una de las partituras más deliciosas jamás escritas (si obviamos ciertos arreglos poco afortunados que pretendían modernizar algunos temas), un descubrimiento llamado Jessie Muller, la actriz semidesconocida que daba vida a la cantante de la vida anterior. Una chica nueva en la ciudad con una voz tan dulce como potente, un porte elegante y divertido y las tremendas agallas de tragarse de un bocado al crooner de los crooners, el que muchos calificaron como sucesor del mismísimo Sinatra. Y es que a Connick, a pesar de esa voz de terciopelo azul que emborracha como el mejor whisky escocés, no se le veia cómodo con el personaje, el único que el huracán revisionista había dejado casi intacto. Se le notaba algo fuera de sitio, como si se hubiera escapado de la producción del 65, un galán de otros tiempos perdido entre una pandilla de hippies saltarines.
Parece que en un día claro puedes verlo todo tan claro... menos el fracaso que puede suponer una reposición que llega con unos veinte años de retraso. Demasiado tarde, cuando por desgracia no nos hacen reir los mismos chistes ni nos fascinan las mismas historias ¿O tal vez sí? Así de caprichoso es el mundo del espectáculo.
Estaba claro que el primer heredero de Carlomagno jamás llegaría a ser rey. Por más que lo hubieran adiestrado para el poder y la guerra, eso no era lo suyo. Su condena fue pasarse la vida buscando su lugar en el mundo, en un mundo cruel y salvaje, un mundo de odios y venganzas, de ambición y muerte. De litros y litros de sangre derramada a su alrededor. Y aunque no pudo encontrar ese lugar en la tierra, tal vez si halló su rincón en el cielo...
Pipino el Jorobado -como lo rebautizó la historia- no nació con joroba, la fue adquiriendo conforme pasó su vida y las tribulaciones se le fueron acumulando. Posiblemente una pesada mochila de dudas y tormentos fue deformando su espalda con el tiempo. Pero nació sano y creció hermoso, todo un príncipe, según dicen las crónicas de la época. Un príncipe maldito.
Reino Franco. Siglo VIII. El emperador de occidente engendra su primogénito con una concubina llamada Himiltruda. ¿Un hijo ilegítimo? Nunca quedó claro si sus padres se llegaron a casar alguna vez. Pero su dudoso origen marcó un camino lleno de curvas y baches.
Pipino, llamado así por su abuelo, destacó por su amabilidad y buen humor, por ser vitalista y jovial, virtudes estas no muy comunes en los límites del Imperio carolingio. Como sucedió a otros príncipes -a nuestro Alfonso X por ejemplo- la corona le quedaba grande, tal vez por estar fundida con metales de espadas manchadas de sangre. Pipino prefería la pluma manchada de tinta, la cítara y el laúd, la música y la poesía. Pipino quería enamorarse y ser feliz. Pobre.
Un hermanastro sediento de poder le arrebató el cetro y la corona. Le robó hasta el nombre ya que por intercesión de su madre, la ambiciosa Hildegarda, el pequeño Carlomán se convirtió en Pipino. Y Pipino fue desheredado, arrojado del paraíso. Aprovechando su penosa situación, una camarilla de nobles de la corte convenció al muchacho de que formara parte de una conspiración contra el rey. Hambrientos de poder lo enredaron en un peligroso complot que le devolvería su sitio en el trono, sabiendo que así podrían manipularlo a su antojo, como una marioneta pendiente de manos poco escrupulosas.
Pero los hilos que movía el emperador eran de acero y facilmente pudo averiguar lo que estaban tramando a sus espaldas. Pena de muerte para los conspiradores y destierro para su hijo que mucho antes ya había sido desterrado. Segun las crónicas murió solo y olvidado en un monasterio alemán, condenado al ostracismo, como un triste monje cargando con la pesada chepa de su propia desgracia.
Pipino quiso entender el mundo, luchar por la justicia, combatir la tiranía e irse a dormir con la conciencia tranquila en medio de las intrigas de una corte corrupta y despiadada. Vamos, que reunía todos los requisitos para protagonizar algún día un musical, pero uno muy especial, muy oscuro, como la oscura edad media.
Un año después de estrenarse Godspell, Stephen Schwartz andaba buscando productor para una obra que venía perfilando desde hacía tiempo. The adventures of Pippin era el título provisional de un show que contaría la vida y amores de un antihéroe con muy buenos sentimientos y muy mala suerte en la vida. Algo en la línea del Candide de Bernstein, pero con menos comedia y más drama. El compositor, junto con el productor Stuart Ostrow, buscaba al mejor para dirigir el nuevo musical, y el mejor no era otro que Bob Fosse. Pero a Fosse no le interesó demasiado el material, considerándolo blandengue y sentimentaloide. Solo accedió a tomar las riendas del proyecto si le dejaban meter mano, reestructurarlo hasta lograr un nuevo concepto. Desde luego mucho más oscuro y cínico, fiel a la marca de la casa.
Lo primero que hizo fue crear un personaje, The Leading Player, el trovador que va narrando las desventuras del príncipe. Ahora la linealidad del original se había perdido y todo el peso de la historia lo llevaría el grupo de titiriteros y cómicos ambulantes que ilustrarían cada episodio con sus bailes y actuaciones.
Y ahí entrarían las coreografías, el campo en el que el director se encontraba en su salsa, tal vez con más fuerza expresiva que nunca antes. Números como Magic to do o War is a science -dejando aparte el pequeño gran "soft shoe" Manson trío, quintaesencia del sello Fosse- se convirtieron en clásicos ya el mismo día de su estreno. O el Spread a little sunshine, un sarcástico cántico a los placeres y al amor que define a la perfección el personaje de la pérfida Fastrada, esposa del rey y madrastra del protagonista. Leland Palmer (la magnífica Verdon de All that jazz) bordó esta escena machacándose la pelvis, como hizo Chita Rivera cuando la sustituyó en la gira, y es que con el maestro había que darlo todo o salir huyendo. Pero el que se llevó la obra al huerto fue Ben Vereen, precisamente en un personaje que no estaba en el manuscrito original, un narrador sacado de la Comedia del Arte pero pasado por el tamiz del cabaret más mugriento a este lado del Hudson. El alter ego de Fosse se llevó uno de los Tonys que ganó esta pieza que llegó a ser uno de los éxitos más importantes de su autor y uno de los músicales más especiales y genuinos de la historia. Surrealista, inquietante, sexy hasta más no poder -el tema romántico With you fue transformado por el director en una orgía perfectamente coreografiada- y hippy, terriblemente hippy. Estamos hablando del 72, imagínate.
Y ahora, cuarenta años después, esta joya cientos de veces montada por compañías amateurs de todo el país, regresa a Broadway. Y lo hace por la puerta grande. Diane Paulus -responable de la última versión de Porgy and Bess- dirige un concepto nuevo en el que el circo tiene más protagonismo pero que no deja atrás las coreografías del mítico original. Chet Walker, bailarín de Fosse en la producción inicial, recrea los movimientos dándoles una dimensión mucho más arriesgada y acrobática, pero conservando el mismo espíritu, que no es decir poco. Y el Leading player esta vez será una chica, la Sister Act Patina Miller, llamada a llevarse todos los premios de la temporada. Terrence Mann hace del Rey Carlos, Charlotte D´Amboise es Fastrada y la genial Andrea Martin se mete en la piel de Berthe, la abuela del chico, que encarna Matthew James Thomas, el Spiderman original. Y nos esperan todos en el Music Box, un viejo teatro del corazón de Times Square convertido en un increíble circo de tres pistas.
Se han escrito musicales sobre el Rey Arturo, Carlos el Delfín de Francia, Juana de Arco, el Rey de Siam, Sissi de Austria, Hitler, Perón y varios presidentes americanos, entre otros muchos. Historias de la historia, grandezas y miserias, finales nada felices la mayoría, pero salpicados de canciones que nos ayudan a tragarnos algo que se hace más arduo en la letra menuda de los libros.
Hoy traemos un trocito de la edad media a este nuestro pequeño rincón, los siglos oscuros, que no lo fueron tanto hasta que un tipo con bombín y cigarrillo empezó a husmear por los recovecos de las viejas batallas, los torneos y las justas echándoles un montón de magia encima. Un cuento cruel, como la mayoría de los cuentos, manchado de sangre. Pero marcando el paso al milímetro, acariciando el suelo con la punta del zapato y contorsionando las caderas y los brazos como serpientes descoyuntadas. Y realizando triples saltos mortales en un circo mortal, el de la vida misma.
Pasen y vean el asombroso, el único, el insólito, el genuino y mil veces repetido circo de los vivos y los muertos, los buenos y los malos, los vencedores y vencidos, el maravilloso y terrible circo de la Historia.
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