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martes, 15 de octubre de 2013

Another opening, another show! (Una historia de Broadway 8)




There's no business like show business

Ya lo dice la famosa canción, "no hay negocio como el del espectáculo". Y de eso se dieron buena cuenta los productores e inversores del Broadway de finales de los años 40. Desde piezas tan célebres como Oklahoma! o Carousel hasta otras menos conocidas como One touch of Venus o Bloomer girl, los éxitos de taquilla se sucedían estimulando cada vez más la puesta en marcha de nuevos proyectos así como el deseo del público de gastar su paga en los puestos de alrededor de Times Square.
La maquinaria pesada ya estaba en marcha, y en gran parte gracias a una serie de autores que garantizaban calidad y espectáculo de primera. A finales de los años 40 la ciudad de Nueva York era consciente de haber creado una marca única que se situaba justo entre el divertimento y la excelencia a prueba de fanáticos y críticos. The "Golden age", la edad de oro, la cúspide, la cima de la montaña a la que nunca más se llegará a escalar del todo.
Rodgers y Hammerstein seguían siendo los reyes del mambo. No solo componiendo, sino en la producción de shows de otras firmas, este tándem seguía dando dividendos inusitados hasta el momento. Cuando Dorothy Fields (autora de los libretos de Redhead o Sweet Charity) les propuso montar un musical sobre la vida de la célebre pistolera Annie Oakley, no se echaron las manos a la cabeza  como habrían hecho otros, al contrario, le dieron su apoyo y corrieron a buscar a uno de los padres del teatro musical americano, a un veterano Irving Berlin, el único que según ellos podría salir airoso de tan complicada empresa. Y así nació "Annie get your gun", el musical de mayor éxito del autor, dentro del cual se encuentra el verdadero himno del mundo del espectáculo que hoy da título a esta humilde entrada.
Eran tiempos en que los grandes estudios de Hollywood aguardaban ansiosos la reacción del público teatral para pujar por los derechos y llevar estas piezas al cine. On the town, Call me madam, Guys and Dolls, Carousel, Oklahoma! o la propia Annie get your gun! se convertían en filmes de éxito mientras la MGM luchaba con la 20th Century por ver quién se llevaba el gato al agua (en estos años solía ganar la primera, por cierto). Aunque en la mayoría de los casos nunca conseguían igualar la aceptación que habían tenido entre bambalinas.
Otra pieza que dio el salto del terciopelo al celuloide fue Kiss me Kate, un musical que escribió Cole Porter cuando todos pensaban que ya estaba pasado de moda. ¿Porter pasado de moda? ¿Pero alguna vez ha sucedido tal cosa? El último gran éxito del autor de Anything goes venía de una descabellada idea de la pareja de letristas Bella y Samuel Spewack, convertir La fierecilla domada de Shakespeare (The Taming of the Shrew) en una alocada comedia musical. Ni los Spewack ni el mismísimo Porter habían estado nunca tan inspirados, los primeros ideando la historia de amor y odio en paralelo a la comedia shakesperiana, y el segundo componiendo una serie de temas geométricamente perfectos en música y letras. Another op´nin, another show, So in love, Why can´t you behave, Too darn hot, From this moment on... Tras varios fracasos seguidos -así como sendos episodios dramáticos en su vida personal- Kiss me Kate fue el regalo que merecía su autor y uno de los taquillazos que contribuyeron a que la edad de oro de Broadway lo fuera de verdad, en el sentido más material de la expresión. Corría 1948.
Al año siguiente, el telón del Majestic Theatre descubrió otro éxito sin precedentes, un hito absoluto en la historia de Broadway y en la de sus creadores, South Pacific.
Richard Rodgers y su socio, el letrista Oscar Hammerstein, acababan de sufrir la primera gran decepción de su carrera juntos con un fiasco llamado Allegro, el cual, a pesar de tratarse de una obra valorada por la crítica, no ganó la simpatía de los espectadores. Una obra difícil, minimalista, agridulce y nada autocomplaciente llegó tal vez mucho antes de que el gran público estuviera preparado para bocados tan especiales. Así que con su siguiente pieza tenían que romper la racha, hacer salir otra vez al conejo de la chistera del triunfo. Y así fue.
James A. Michener había publicado una colección de cuentos llamada Tales of the South Pacific en los que narraba las aventuras de un grupo de marines norteamericanos en la Polinesia durante la Segunda Guerra Mundial. El planteamiento narrativo prometía exotismo, romance, comedia y drama a un tiempo, un plato suculento para los cazadores de ideas de aquel Broadway. Dos historias de amor entrelazadas, la de una enfermera del ejército y un maduro colono francés junto con la de un teniente y una joven y bella nativa. También ponía un tema incómodo sobre la mesa, el de las relaciones raciales entre los soldados y la población ocupada. El espinoso asunto del racismo.
En Finian´s rainbow (1947) ya se rozaba la temida cuestión pero en clave de comedia, de una forma ligera, casi frívola, pero aquí sería diferente. Los personajes sufren y reconocen sus prejuicios, hasta hay una canción en la que se habla abiertamente de la educación racista, You´ve got to be carefully taught (Tienes que ser cuidadosamente enseñado), que por cierto estuvieron a punto de tener que retirarla del repertorio, a lo que los autores y el novelista se negaron en redondo. "Si quitáis ese tema haréis que pierda su sentido la obra entera", dijo Michener. Y a pesar de la oposición de los temerosos productores, la función se estrenó al completo, y fue un éxito atronador, y ganó el premio Pulitzer, y se mantuvo en cartel durante 1.925 representaciones, y devolvió a sus padres al pódium del que en realidad nunca habían bajado.
Y volvió a demostrar, por su calidad, su arte y sobre todo, por su rotunda valentía, que por mucho que busques por ahí... es verdad aquello que dicen de que no hay negocio como el negocio del espectáculo.
Continuará.
                          


 
 
 
 
 
 
 
  

jueves, 3 de octubre de 2013

Hey Mr. Producer!


The Prince of Broadway

En esta foto aparecen dos hombres de mediana edad. Dos amigos, dos colegas en una rueda de prensa. Uno ríe mientras el otro cuenta alguna de las miles de anécdotas que seguro han compartido.
En esta foto se concentra la historia del teatro musical americano. O casi toda.
Harold Prince (New York 1928) es el productor de West Side Story, Cabaret, Fiddler on the roof, A Little night music y el director de Evita, Sweeney Todd y The Phantom of the Opera. Probablemente no habría que decir nada más para señalar la importancia de un gigante del negocio del espectáculo, pero ya sabéis que lo haré.
El que acabó siendo el verdadero príncipe de Broadway comenzó su vida abandonado en un orfanato, como el arranque de un típico musical, una vez más un ejemplar del más puro y genuino "american dream", nacer de la nada y morir en el todo.
Cuando el broker de la bolsa Milton A. Prince lo adoptó (como hizo Oliver Warbucks con Annie) no solo le regaló un precioso apellido, sino toda una vida de oportunidades. Su talento natural para la música y al arte combinado con el heredado para los negocios lo encaminaron al mundo de la producción escénica desde que dejó la universidad de Pensilvania y regresó a NY con ganas de comerse la manzana entera.
Ayudar al director de escena en Call me Madam (1950) fue su primer trabajo y el comienzo de un camino de baldosas amarillo oro. Estar entre los bastidores de Ethel Merman durante casi dos años tiene que atarte al mundo del espectáculo definitivamente, o alejarte de él para siempre. De ahí a Wonderfull Town. Los jefes: Leonard Bernstein y George Abbot, uno de los directores más prolíficos de la historia de Broadway. ¿Te imaginas lo que tuvo que ser lidiar con dos monstruos -que ya lo eran entonces- como estos? Pero ahora era director de escena, un peldaño más que antes, un poco más de voz y voto y mucha más responsabilidad.
Algo debió hacer bien porque Abbot lo llamó para coproducir su siguiente show, The pajama game (1954), con el que empezó a recaudar Tonys hasta llegar a juntar nada más que veintiuno. ¿Dónde los guardará?
Damn Yankees, New girl in town, West Side Story vinieron detrás, y en todas fue coproductor. En esta última conoció al que sería su mitad durante mucho tiempo, Stephen Sondheim, letrista de la obra maestra de Bernstein.  A funny thing happened on the way to the forum fue producida íntegramente por él en los días en que se lanzó a la dirección teatral en solitario.
Como es lógico no todo fueron rosas en el camino de Hal, no todo fueron alabanzas, también sufrió un buen puñado de reveses. Para cosechar tantos éxitos también hay que llevarse muchas decepciones y digerirlas como se pueda. Todo un valiente se atrevió con Sherlok Holmes, Zorba el griego y hasta con el mismísimo Supermán, poniéndolos a cantar y bailar en sendos musicales que ni de lejos tuvieron el éxito esperado, llegando incluso a plantearse abandonar el mundo del espectáculo. Pero fue entonces cuando cayó en sus manos el borrador de un libreto sobre una novela de Christopher Isherwood titulada Goodbye to Berlin, rescatándole para siempre del desaliento, bueno, para casi siempre.
Cabaret (1966) fue tal vez el hito más grande alcanzado por su director y productor y una obra que cambió el concepto del teatro musical definitivamente. Todavía con el subidón de energía de este éxito sin precedentes, se involucró en el primero de una jugosa serie de proyectos con Sondheim. Aunque ya habían estado bromeando juntos sobre Plauto unos años antes (A funny thing...), será en 1970 cuando comiencen a trabajar codo con codo en exclusiva en las mejores obras de sus carreras. Company, Follies, A little night music, Pacific Overtures, Sweeney Todd... las joyas de la corona del teatro musical contemporáneo. Piezas tan valientes como originales, audaces, rompedoras y al mismo tiempo gozando de la unánime fascinación de críticos y público. Nadie más ha sabido unir calidad y comercialidad a tan equilibradas proporciones.
Pero todas las parejas tienen sus crisis y la de los dos amigos de la foto de arriba les llegó cuando estrenaron su única pieza fallida, Merrily we roll along, en 1981. El argumento de esta obra no podía ser más premonitorio, al presentarnos un letrista y un músico -old friends- luchando por sobrevivir en la batalla entre el negocio y el arte, la amistad y el interés.
Cada uno por su lado siguieron cosechando éxito tras éxito. Mientras Steve triunfaba con Sunday in the park with George o Into the Woods, Hal lo hacía con The Phantom of the Opera o Kiss of the Spider Woman, hasta que se volvieron a reencontrar para producir una pequeña y mal tratada genialidad llamada Bounce (2003).
Hace unos años se anunció un musical sobre su carrera, titulado Prince of Broadway, pero se posterga una y otra vez sin que podamos entender por qué. Bueno, la verdad es que sí lo entendemos, meter en una "revue" lo mejor de la trayectoria del productor no debe ser fácil, ni desde luego barato, y menos en unos tiempos en los que faltan valientes como Prince, temerarios diría yo.
Porque hay que tener valor para montar un show con un puñado de viejas glorias en un teatro apuntalado. O para sacar bailando a un chimpancé judío sobre el escenario de un cutre cabaret, y para poner música y canciones a una película de Bergman y a una obra de Ibsen, o para convertir a la primera dama de Argentina en la reina de Broadway. Pero sobre todo hace falta mucho, mucho valor para caerse y levantarse cada vez con más fuerza en la despiadada jungla que es el mundo del espectáculo.














jueves, 19 de septiembre de 2013

Standing ovation



Barnum (Come follow the band!)






"El mayor espectáculo del mundo" (The greatest show on earth, Cecil B. DeMille, 1952) es una de las primeras películas que recuerdo haber visto en mi vida. No puedo acordarme de mucho -tendría 6 o 7 años- pero creo que la vi en un viejo cine de mi pueblo, en pantalla gigante, en "technicolor". Los colores, eso es lo que me viene a la memoria. Y la mano de mi padre agarrándome con fuerza al salir de aquel cine. Con tales precedentes no debe ser muy fácil mantener el nivel de felicidad el resto de tu vida... Pero ahí andamos.
Aún era demasiado joven para saber nada sobre el empresario que montó ese enorme circo en la vida real, el loco que entregó su vida entera a hacer soñar al mundo.
Phineas Taylor Barnum (1810-1891) tenía fama de embaucador y mujeriego, y seguro que se la ganó a pulso, pero también llegó a ser un afamado hombre de negocios, escritor, filántropo, editor, político ocasional y claro, showman. Además de todo esto, Barnum fue el inventor del circo como hoy lo entendemos.
There is a sucker born ev´ry minute... dice la canción con la que empieza el musical al que hoy rindo mi ovación. A cada momento nace un tonto -pocas veces se ha dicho una verdad tan grande encima de un escenario-, y con tal premisa no sería tan difícil montar un espectáculo a base de "humbugs" (tonterías, patrañas, disparates) que atrajeran a las legiones se suckers de la América de entonces.
Barnum hizo todo un arte del razzle-dazzle, de cómo deslumbrar al espectador y metérselo en el bolsillo sin mucho esfuerzo. La mujer más vieja del mundo (niñera de Abraham Lincoln, por cierto), el elefante gigante Yumbo, el hombre más pequeño del planeta... el arte de vender humo, pero eso sí, a todo color.
Su esposa lo quería trabajando como oficinista, pero él se negó a pasar por la vida vestido de gris, sin pena, sin gloria y sin aplausos. El mundo es de los valientes, y de los estafadores, que es lo que muchos le consideraban. "El mayor estafador del mundo".
Varios productores flirtearon con la idea de llevar la vida de este pionero al teatro. Pero finalmente fueron el libretista Mark Brumble, el letrista Michael Stewart, el director Joe Layton, y el más importante -al menos para el que escribe-, el compositor Cy Coleman los que lograron levantar el telón del St. James Theatre de Broadway en abril de 1980.
Desde sus problemas económicos hasta sus peleas con su adorada -y abnegada- esposa Chairy, desde la construcción del Museo del Circo hasta el invento del circo ambulante en ferrocarril, desde su ocasional entrada en política batallando por los derechos de los negros hasta su affaire con la soprano Jenny Lind, desde la repentina muerte de Chairy hasta su fusión con el circo de Bailey... todo está en el show. Pero contado y cantado a través de números musicales encadenados a ritmo de espectáculo circense. Acróbatas, payasos y funambulistas son a la vez actores, cantantes y bailarines que narran con agilidad y energía las aventuras y desventuras de este loco maravilloso. Y encabezando el cartel un prodigioso Jim Dale junto a Glenn Close en uno de sus primeros papeles en Broadway, como P.T. Barnum y señora. ¿Alguien da más?
Al año siguiente Michael Crawford y Deborah Grant lo estrenaron en Londres superando el éxito de Nueva York, y extrañamente no habían vuelto a reponerlo hasta que este verano ha sido la máxima atracción del Festival de Chichester, un pueblecito adorable al sur de Inglaterra. Christopher Fitzgerald (Young Frankenstein, Finian´s Rainbow) y Tamsin Carrol (Ragtime) han protagonizado esta espléndida producción del Mr. Producer por excelencia Sir Cameron Mackintosh para deleite de todos los que hemos tenido la dicha de estar bajo la carpa del magnífico Theatre in the park que han montado en la ciudad. Un auténtico lujo, independientemente de lo que las críticas hayan dicho de este show impresionante y colorista. A las pruebas me remito.
Barnum es un musical con corazón, con nervio. Una historia de amor y desamor, de arrepentimiento y perdón, de sueños y decepciones, mágico y real como la vida misma, dulce y amargo a partes iguales. Las canciones del maestro Coleman (Sweet Charity, City of Angels, The Will Rogers Follies, The Life) te llevan desde la euforia del salto mortal hasta la melancolía del payaso acabado en una espiral de melodías inolvidables y exultantes. Y qué bien han envejecido, y qué bien cuentan lo que tienen que contar.
En la carpa de ese pueblecito de Inglaterra aplaudimos y gritamos, lo confieso, y nos levantamos del asiento para agradecer a la compañía las dos horas y media que nos habían regalado. Y salimos con una sonrisa de oreja a oreja, la misma que llevarían en sus caras todos los suckers embaucados por los humbugs del gran maestro del engaño. ¿Acaso no es eso el mundo del espectáculo?    
 

             



  





jueves, 12 de septiembre de 2013

Wellcome back!


It´s so nice to be back home where I belong!

Perdón, ante todo, por el momento "ego-blogger" (como diría mi amiga Anabel), pero no se me ocurre una forma mejor de arrancar la temporada que plantado en la puerta por la que deambulan los sueños. Stage door, se me hace la boca agua...
No he podido evitar empezar con la foto de un servidor -entre otras cosas porque es preciosa, mérito único del fotógrafo- merodeando por las traseras del West End, husmeando por marquesinas y postigos, atraído como una polilla hacia las luces de neón, buscando el olor de las tablas, el aroma de los focos, el suave tacto de las melodías, el sonido del terciopelo rojo, el sabor de los aplausos...
Se va el largo y cálido verano -corto más bien-, tan pronto como aparece se marcha. Igual que Zaratustra me caigo muerto al pensar en la fugacidad de las cosas, al sufrir en mis carnes como todo comienza y acaba sin parar -y que no pare, pensarán muchos- mientras miro una maleta que ayer mismo engordaba ignorando las restricciones de Mr. Ryan (Air) y hoy me mira famélica pidiéndome que la quite de en medio de una vez.
Adiós a la playa, a las largas siestas, a las noches sin horas, a las "lazy afternoons", a los "departures"...  hola a los "arrivals".  La "overture" se me hace cada vez más cerca del "finale", debo estar cumpliendo años...
Pero septiembre tiene un encanto innegable. Volver a la vida cotidiana, comer a tus horas, dormir a tus horas y hacer todos los propósitos de enmienda posibles, bla bla bla. El mito del eterno retorno al cole. Uff, de verdad te lo digo, si no fuera por algunas cosas... Como reencontrarme una vez más con vosotros, que diría nuestra adorada Norma, wonderful people out there in the dark... 
En realidad prefiero reaparecer como otra de las grandes, bajar una escalera mucho más alegre que la de aquella oscura mansión californiana, al pie de la que me reciba un puñado de camareros con delantal impoluto coreando entusiasmados mi regreso (que levante la mano quien no haya soñado alguna vez con protagonizar esa escena, o mejor no la levantéis por favor!!). Todos deberíamos tener, al menos por una vez en la vida, una entrada como la de aquella vieja casamentera, ¿te imaginas volver al trabajo al son de la melodía de Jerry Herman?
Stage door vuelve al ataque. Y lo hace renovando su aspecto, gracias a la impagable ayuda y destreza de mi compañero de viaje. De vez en cuando hay que repintar, revisar el maquillaje, redecorar, reciclarse, renovarse o morir de una vez and all that jazz! Y así lo hemos hecho.
Todavía oliendo a pintura fresca (decidme que os gusta el cambio please!), abrimos una nueva temporada -y ya van cuatro!- con muchas ganas de seguir disfrutando juntos, de encontrarnos cada dos semanas y compartir la fascinación que nos une por el mundo del espectáculo. Porque todo no va a ser trabajo, dietas, "vida normal", prisas, recortes varios, rescates, estreses y demás, de vez en cuando hay que dejarse caer en los brazos de la fantasía, la que de verdad nos rescata de un mundo cada vez más loco.
Por eso hoy mismo abrimos el telón que nos sacará un ratito de la realidad cada dos semanas (aunque la primera entrada formal será la semana próxima ¿eh?), así que tomen asiento, cojan sus programas de mano porque la función vuelve a empezar después del largo - o corto- y cálido entr´acte de las vacaciones.
Gracias de todo corazón por seguir ahí, os prometo que... I will never go away agaaaaain... al menos hasta el verano que viene.              




jueves, 11 de julio de 2013

Play it again






Till there was you

Meredith Willson solo escribió un musical. Pero tuvo suficiente. Bueno, en realidad hizo algunos más pero todos parecían haber salido del mismo. The music man, El hombre orquesta, una de las piezas más queridas de la cultura americana, un hito sin igual en el mundo del espectáculo.
Dentro de esta función, cerca del final, una joven le confiesa a su chico que nada de lo que había a su alrededor tenía sentido hasta que él llegó.  Sonaban campanas en la colina, pero yo no las oía.  No, no las oí hasta que llegaste tú...
Bueno, podéis tacharme de cursi, lo acepto, pero ¿no se sienten mucho más a flor de piel todas las cosas cuando se está enamorado? ¿No habéis reparado por primera vez en algunos detalles que antes os pasaban desapercibidos? ¿No ha cobrado sentido, belleza y encanto todo lo que antes resultaba insulso? A ver si voy a ser yo...
Till there was you es un hermoso tema de amor en un musical lleno de canciones inolvidables. Seventy-six trombones, The Wells Fargo Wagon, My white knight... desde luego Willson se encontraba en estado de gracia cuando decidió componer esta pieza homenaje a su tierra natal, Iowa. Dicen que este muchacho se moría por entrar en la legendaria banda de John Phillip Sousa, una de estas formaciones militares que desfilaban en las celebraciones nacionales, bueno, una de ellas no, la más gloriosa. A bombo y platillo, en rigurosa y perfecta organización, vistiendo coloristas y hasta extravagantes uniformes, derramando optimismo y energía hasta la extenuación. A su querida brass band también rinde homenaje este musical en el que un farsante, un impostor corto de escrúpulos y largo de encanto embauca a un pueblo entero, bibliotecaria incluida.
Una historia inocente sobre gente inocente, un cuento ambientado a principios del siglo XX en una América pateada de punta a cabo por vendedores ambulantes, arañada en la inmensidad de su mapa por trenes abarrotados de buscavidas. Harold Hill cree que puede meterse en el bolsillo a un montón de paletos creando una banda de música que saque a los chavales de la calle y así largarse con el dinero de los instrumentos. Pero el amor arruina sus planes, y una buena chica a punto de convertirse en la solterona oficial de River City -Marian "the librarian"- acaba redimiendo a este pobre diablo cuando le declara su amor sobre un pequeño puente. Y ahí entra el tema que nos ocupa.
El arrollador éxito de esta función de 1957 la convirtió en película poco después. Robert Preston repitió personaje en una cinta de 1962 dirigida por Morton DaCosta en la que Shirley Jones -la rubia inocente y virginal de todas las películas musicales de su tiempo- sustituía a Barbara Cook como la bibliotecaria enamorada. Una curiosidad: el papel de su hermano pequeño, el chico acomplejado al que ayuda el falso profesor, es interpretado por Ron Howard (apareciendo aquí como Ronnie), el director de películas tan conocidas como Apolo 13, A beautiful mind o El código Da Vinci. Aquí se llamó Vivir de ilusión, y no fue precisamente un éxito, tal vez por lo local de su historia y su ambientación, o quizás porque los españoles ya estarían cansados de escuchar los gorgoritos de la Jones (Oklahoma!, Carousel etc).
En una época en la que las baladas de los musicales volaban hacia las listas de éxitos y sonaban en la radio día y noche, Till there was you fue inmediatamente versionada por cantantes y músicos de jazz entre los que se encuentran el saxofonista Sonny Rollins, el tompetista Al Hirt, Anita Bryant, Peggy Lee (quien de verdad popularizó el tema) o la mismísima Nana Mouskouri, muy jovencita por aquellos entonces. Pero "Hasta que llegaste tú" no se convirtió en el clásico contemporáneo que es hasta que llegaron ellos, ¿quiénes? los cuatro melenudos de Liverpool. The Beatles. Cuentan que un primo de Paul McCartney le explicó quien era Peggy Lee y le puso esta canción de la que se enamoró al instante. Según él mismo confesó, hasta mucho tiempo después, incluso tras haberla grabado, no supo que procedía de un musical de Broadway. Pasa tantas veces...
La sexta canción de la cara A del segundo álbum del grupo más famoso de todos los tiempos, With the Beatles, se titula Till there was you. Y fue un pelotazo al instante, como casi todo lo que entonces hacían. All my loving o Plesase Mr. Postman entre otras acompañan la balada que compuso Meredith Willson algunos años antes, cuando no podría ni imaginar que alguna vez su canción sería interpretada por los músicos más célebres habidos y por haber, cuando aún ni siquiera sabría quiénes demonios eran Los Beatles.
Desde entonces ha pasado por los repertorios de muchos de los grandes, yendo del jazz o el soul a la bossa nova sin perder ni un ápice de su encanto. Y en los escenarios ha sido cantada por Patricia Lambert y Van Johnson, Meg Bussert y Dick Van Dyke o Rebecca Luker y Craig Bierko en el último revival de Broadway del año 2000.  Kristin Chenoweeth se la cantó a Matthew Broderick en la estupenda versión para televisión de 2003. Ya la estás buscando por donde sea!
Stage door se despide por esta su segunda temporada -y hasta nuevo aviso- con una canción tierna a no poder más, sencilla en su melodía y sus palabras -como deben ser las buenas canciones de amor- deseando que nos volvamos a encontrar pronto, porque, lo digo en serio, mi vida no ha sido la misma hasta que llegaste tú. Felices vacaciones!
     

















jueves, 27 de junio de 2013

Music & lyrics





Leonard Bernstein (El tormento y el éxtasis)

Sí, ese era el título de aquella película en la que Julio II apremiaba a Miguel Ángel a acabar de una puñetera vez los frescos de su capilla. ¿Cuándo vais a acabar? Cuando termine. Pregunta más simple y respuesta más contundente jamás fueron conocidas.
Para quien haya compuesto alguna vez una sinfonía, o pintado un cuadro o escrito un poema, para aquel que se las haya tenido que ver cara a cara con el arte, con la creación, estos conceptos le serán muy familiares. Dolor y placer, obsesión y excitación, pasión y calma.
Lejos de ser ningún creador artístico, a mí también me inspira ilusión y vértigo ponerme a escribir sobre un genio del calibre del que tengo entre manos. Qué osadía la mía, pero la verdad es que ya le iba tocando. Ya era hora de dedicarle un par de párrafos al que inventó "the most beautiful sound I´ve ever heard".
Ni tengo tiempo ni preparación para abordar la carrera sinfónica del maestro. Además, ¿qué voy a descubrir yo del compositor y director de orquesta más famoso de los Estados Unidos? ¿qué puedo aportar sobre el alma de la Filarmónica de Nueva York? ¿qué añadir acerca de uno de los valores indiscutibles de la música clásica contemporánea? ¿qué decir del conductor más temperamental, del reinventor de tantas piezas clásicas? ¿qué apuntar sobre el autor de dos óperas, tres sinfonías, varias misas, ballets y bandas sonoras aparte de cinco musicales que se consideran joyas indiscutibles de la cultura popular americana?
No voy a hablar de sus orígenes, del niño judío Louis Bernstein, hijo de un librero y una peluquera de Massachusetts con raíces rusas, ni de cómo su padre se oponía a que se dedicara al bohemio negocio de la música, aunque fuera él quien lo llevó de la mano a sus primeros conciertos. No voy a mencionar el talento musical que empezó a desarrollar con el piano, ni la locura obsesiva en la que se convirtió su afición. La Garrison, la Boston Latin School... no voy a entrar en cómo llegó a Harvard, ni en los honores que obtuvo como estudiante de composición, ni de cómo con menos de veinte años escribió sus primeras sinfonías. Y desde luego no entraré en detalles de su azarosa vida sentimental. De cómo rompíó bruscamente su primer compromiso formal poco antes del matrimonio, de cómo se casó con la actriz chilena Felicia Montealegre con la que tuvo tres hijos. Y no, queridos lectores, por mucho que insistáis no meteré mis narices en el episodio en el que dejó a su esposa para fugarse con el director musical de una emisora de radio local, quien según sus palabras "le devolvió la alegría de vivir". Ni de cómo sacrificó su relación con Tom Cothran por acompañar a su mujer en sus últimos meses de vida. Tampoco es necesario añadir hasta qué punto su vida y su música se ensombrecieron tras la muerte de ésta -y el abandono de aquel- aportando el último ingrediente de la receta de su genialidad, la amargura que requería una música exultante hasta la pervesión.
Lejos de abundar en sus logros como director o compositor clásico, más allá de profundizar en la revolución que supone su legado para la gran música, me conformaré con hablar de la manera en que afectó su ingenio al teatro musical americano tal como se entendía hasta la fecha, hasta aquel buen día en que decidió escribir su primera "obra ligera".
Aunque viviera rendido a Mahler, Copland o Shostakóvich -a los que dirigió como nadie en su tiempo- jamás perdió el contacto con la música popular de entonces. Su interés por el jazz, el blues o el swing lo mantenían cerca de los clubes nocturnos y las jam sessions. También estaba íntimamente relacionado con el mundo del teatro. Actores, letristas y compositores se contaban entre sus amigos más próximos. Jerome Robbins, Adolph Green, Betty Comden, Oliver Smith o George Abbott no eran precisamente miembros de una orquesta sinfónica, sino un grupo de jóvenes ambiciosos que estaban comenzando a probar suerte en Broadway.
La referencia principal en su "desvío" al musical pudo ser la obra de Gershwin, que también dirigió en numerosas ocasiones. Pero él no solo adoraba las piezas clásicas del maestro, interesándole muy particularmente su habilidad como escritor de canciones, pequeñas y gigantes al mismo tiempo. Bernstein quería ser como Gershwin, y no lo logró porque llegó a superarlo en muchos aspectos, y sobre todo porque su tremenda personalidad no le permitió asimilarse a ningún otro.
Mientras estrenaba sus primeras sinfonías comenzaba a coquetear con el ballet (Fancy free fue el primero, en 1944) y frecuentar otros campos más informales. Así surgió On the Town, una divertida comedia musical que pronto se convirtió en un clásicio del teatro y del cine. Un día en Nueva York -como aquí se llamó- se considera el primer "musical integrado" en el que las canciones y los bailes no salpican la trama ni la interrumpen, sino que la hacen progresar acentuando los aspectos cómicos y dramáticos o realzando el romance, pero nunca deteniendo el ritmo narrativo. Y aparte del libreto y las letras, su partitura es esencial en ello. Desde los temas más rítmicos y sincopados (Ya got me) hasta las melodías más sentidas (Some other time), serían capaces de transmitirnos prácticamente lo mismo si no oyéramos las palabras, con permiso de los genios que las escribieron.
El 1953 volvió al teatro, esta vez con Wonderful Town, una versión de la obra My Sister Eileen de Fields y Chodorov. Su segundo musical volvía a ser una declaración de amor a su ciudad, ahora desde un barrio -Greenwich Village- y una calle en particular, Christopher St. A little bit in love, Ohio o Wrong note rag se igualaron a las grandes creaciones de los Berlin, Porter, Kern o el propio Gershwin. Pero hasta finales de la década no llegó a alcanzar lo que se considera su cenit, su obra maestra indiscutible y la que le dio toda la fama y la gloria que ni siquiera había conseguido en su trayectoria clásica.  Un año después de estrenar una deliciosa opereta sobre el Cándido de Voltaire (Candide, 1956), se embarcó en la peligrosa tarea de llevar el drama más universal de Shakespare al terreno del musical. Convertir la balaustrada de un palacete veronés en las escaleras de indendios de un bloque neoyorkino, debió ser tan complicado como transformar a los Montescos y los Capuletos en dos bandas rivales de niñatos, los Jets y los Sharks. La trama de Arthur Laurents, las letras de Stephen Sondheim y las coreografías de Robbins ayudarían mucho, no hay duda, pero la excelencia de la música de Bernstein hizo de West Side Story una obra magna, tal vez el musical más importante jamás escrito. La mayoría de los crítcos coinciden en catalogarla como la obra perfecta, la culminación de medio siglo en la construcción de un género. Profunda, emocionante, crítica, violenta, atrevida, sexy, fascinante...
Como a estas alturas no vamos a descubrir nada nuevo de esta maravilla -ni de Something´s coming, Maria, America, Somewhere, Tonight...- y como no quiero alargarme más de lo necesario, terminaré añadiendo algo que considero crucial en su carrera. Bernstein fue un brillante director y un soberbio compositor, pero sobre todo fue un maestro en el sentido etimológico de la palabra. Su pasión por enseñar, por compartir su talento y su sabiduría le hicieron emplear una buena parte de su tiempo en la docencia. Aparte de sus múltiples clases magistrales por colegios y universidades, puso en marcha un programa de televisión para la CBS llamado "Conciertos para jóvenes" en el que explicaba las obras antes de ejecutarlas. Más de cincuenta episodios avalan el mayor proyecto musical divulgativo de la televisión. Y ver alguno de ellos es un placer que recomiendo a todos.    
A pesar de su carácter altivo, a pesar de su genialidad y su fama, nunca se alejó de la gente, nunca se encerró en una torre de marfil. Su extraordinaria generosidad le hizo volcar en los demás mucho, todo lo que sabía.  Hasta el día de su muerte, en 1990, no dejó de enseñar ni tampoco de aprender, lo que lo hace más grande si cabe.
Ambiguo y dual -atormentado y extático- Louis, Leonard o Lenny vivió en la contradicción, o mejor dicho en los contrastes. Entre el jazz y el adagio, entre el swing y la sinfonía, en los antros y los salones de conciertos, en la comedia más ligera y en los más oscuros dramas, entre los amantes y las esposas, en las avenidas y los callejones... volando desde lo sublime a lo canalla y vuelta otra vez sacando siempre el máximo jugo a una existencia única, irrepetible.












jueves, 13 de junio de 2013

TKTS





Tony´s 2013 (El mayor espectáculo del mundo)

Cada año llega la vuelta al cole, la caída de la hoja, la navidad, los fríos de invierno, el brote del azahar, la pascua, los calores del verano, los caracoles en las terrazas... y los Tony´s. Cada año, no falla, y van 67, que se dice pronto. 67 años de premiados y nominados, de triunfos y fracasos, de comedias y dramas, de musica y baile, de mucho lujo y mucho glamour, de tantas emociones... de espectáculo puro y duro.
Cada año se celebra la fiesta del teatro del mundo mundial -con permiso de los british Olivier- a la vez que se valora la cosecha de la temporada, que no se puede decir que no haya sido más que buena. A pesar de los pesares, que son muchos -sobre todo monetarios-, no se puede decir que la producción teatral norteamericana no continúe liderando la escena internacional, principalmente desde sus templos sagrados de Broadway. Pero una vez más tenemos que reconocer que la nostalgia sigue pesando más que la savia nueva, siendo este un año especialmente pobre en lo que a proyectos musicales nuevos se refiere. Ni Bring it on, ni Kinky Boots, ni A Christmas Story ni Matilda (producto importado del West End) están ni estarán nunca a la altura de The Mistery of Edwin Drood, Rodgers and Hammerstein´s Cinderella, Annie o Pippin. Ojalá me equivoque, pero no lo creo.
Aunque para no ponernos demasiado pesimistas también podemos echar un vistazo a la larga lista de los musicales nominados y premiados desde el principio de los tiempos y comprobar la considerable tanda de obras más que olvidadas (justa o injustamente), malas (pocas) y mediocres (algunas), aparte, claro, del puñado de obras maestras que honran el nombre de tan preciado galardón. Pero no puedo dejar de pensar en que en la primera gala en la que se premió una obra musical -antes el reconocimiento era solo para actores y actrices- allá por el año 1949, la pieza que se llevó el gato al agua se llamaba Kiss me Kate, y el Tony a la partitura original fue para un compositor conocido como Cole Porter. Este año Kinky Boots y Cindy Lauper se llevaron sendos laureles. Sin comentarios.
También se habla de la de 2013 como la gala más negra de la historia de estos premios. Cicely Tyson por The Trip to Bountiful, Billy Porter por Kinky Boots, Patina Miller por Pippin, Courtney B. Vance por Lucky Guy (aparte de una bomba medio ignorada llamada Motown The Musical)... pusieron y dieron la nota de color en una fiesta en la que más allá de la corrección política se ha reconocido la excelencia de unas voces y unas interpretaciones únicas. Se suele decir que si eres negro, gay o judío ya tienes mucho ganado en la carrera hacia la estatuilla de plata, pero artistazos como estos nos demuestran que no todo depende de una cuestión de pigmentación, orientación sexual o religión, si fuera tan fácil...
Este año no ha habido ningún triunfador que se imponga sobre los demás -desde The Book of Mormon no sucede algo así- aunque se considera el show de Lauper el ganador de la fiesta. Esta comedia sobre un tipo que reflota una zapatería convirtiéndola en una fábrica de plataformas para drag queens rebosante de colorines y brilloteo -muy en la linea de Priscilla- se ha hecho un hueco importante en la taquilla desde su reciente estreno. Y eso en Broadway se premia y mucho. Las colas de quinceañeras en el TKTS amenizadas por travestones de impresión -mira que gusta un transformismo en esta ciudad por dios- han ido creciendo ayudadas por el boca a boca (o a oreja, como sea) más que por la popularidad de su autora -¿Cindy who?- a pesar de que hace unos años protagonizara junto a Alan Cumming una excelente versión de The Threepenny Opera en Studio 54, pero de eso ya no se acuerda nadie. Aunque a decir verdad tampoco es que tuviera grandes competidoras. Bring it on, otro producto para teenagers desenfrenados, A Christmas Story, una pequeña y simpática fábula navideña y Matilda, la sorpresa del año, no son precisamente gigantes imbatibles.
Cuatro obras peleando por el Tony al mejor musical de estreno y en ninguna el protagonista tiene más de veintipocos años, es más, dos de ellas tratan de niños de ocho o nueve, y eso sin mencionar a los revivals Annie y Cinderella. ¿Soy yo o es que Broadway se está infantilizando cada vez más? ¿No se está pareciendo peligrosamente a Disneyworld? Hasta una función tan oscura como Pippin se trasforma en un colorista circo para todos los públicos... ¿Cómo están ustedeees? Mal.
Los adultos se tendrán que conformar con obras no musicales este año. Ahí es donde el showbusiness neoyorkino se conserva más fiel a sus principios y menos abocado a los dividendos (también es cierto que sufren bastante menos presión). Que una inteligente sátira sobre Chéjov como Vanya, Sonya, Masha and Spike se haya llevado el Tony a mejor obra teatral, mientras el mejor revival es -una vez más- para Who´s afraid of Virginia Woolf, dice mucho del paladar de los espectadores de la gran ciudad. Que todavía se hagan colas para ver como esa borracha amargada machaca el ego de su pobre esposo dignifica sensiblemente el nivel medio del que se acerca a una taquilla a gastarse sus cuartos. Aunque ayuda mucho que esa historia nos la cuente alguien como Edward Albee, claro.
Estatuillas aparte, la ceremonia siempre es un placer en su contemplación. Hay tanto glamour (alfombras, modelazos, peinados, pajaritas...) como en otras galas, o más si me apuras -es New York!- pero mucho más talento, en serio. Y la dinámica del show siempre es impecable, así como su ritmo, no olvidemos que lo hace gente del teatro, y no hay nadie que conozca mejor la fórmula para agarrarr en un puño la atención del público durante dos horas y media, ¡es lo que hacen ocho veces a la semana!
Neil Patrick Harris vuelve a clavar el tono perfecto del programa conjugando comicidad, emoción, espectáculo y mucho cachondeo a partes iguales. Claro está que el equipo de guionistas que tiene detrás no es moco de pavo, pero su grandeza reside en que todo, absolutamente todo lo que dice o hace parece habérsele ocurrido a él mismo sobre la marcha. El "opening number" en plan Once y su apoteósica evolución, el divertido -y pretendidamente improvisado- número sobre la suerte de meterse en una serie de éxito (junto a Laura Benanti, Megan Hilty y Andrew -Mormon- Rannells) o el electrizante rap del final con una diosa llamada Audra McDonald (aparte del morreo que se pega con Sandy, el perro de Annie), son algunos de los mejores momentos de una fiesta que recupera su grandiosidad regresando al escenario del Radio City Music Hall, de donde nunca debió haber salido.  
Pero para comprobarlo nada como dejar de leer y ponerse a verlo de principio a fin. Así te darás cuenta de que no miento cuando digo que a pesar de los tiempos que acechan al showbusiness, a pesar de que el miedo reinante empequeñece los escenarios del mundo, a pesar de que muchos se empeñan en afirmar que Broadway ya no es lo que era... aún podemos disfrutar, emocionarnos y sorprendernos con el que -al menos para mí- sigue siendo el mayor espectáculo del mundo.