Un cuento de navidad
La navidad es un cuento, no lo dudes. Pero uno precioso, con sus protagonistas, sus secundarios y una trama de suspense, drama, comedia sentimental y claro, con final feliz. Bueno, de momento...
Así se ha entendido siempre. Como una apasionante historia diseñada para dar esperanza a los que la están perdiendo, para enternecer los corazones más duros y escépticos, para consolar a los que vagamos por este mundo oscuro y frío. ¿Por qué si no la iban a ambientar en pleno invierno? El calor y la nieve, el eros y el tánatos, la alegría y la pena en perfecta sintonía.
Cerca de la estación de Charing Cross había una vieja fábrica en la que un chaval de doce años trabajaba pegando etiquetas a tubos de betún para zapatos. Mañana, tarde y noche, diez horas al día. Su padre estaba en la cárcel y la familia necesitaba los pocos chelines que le darían por ese empleo. ¿Parece un personaje de Dickens verdad? Pues no, es el mismo Dickens de niño. Un niño solo, un niño adulto a la fuerza con zapatos rotos, hambre y frío. Y respirando el humo ennegrecido de una ciudad monstruosa que en los cuentos siempre aparece vestida de desolación y aventura. En lo más crudo del crudo invierno el chaval se pregunta donde está el amor, ¿te suena? Pero en Londres, en plena Revolución Industrial, no quedaba mucho tiempo libre para buscarlo, había que conseguir comida y fuego, por ese orden.
La fantasía y la imaginación dieron más de sí que los escasos seis chelines semanales que el chico ganaba en la fábrica, y pronto empezó a inventar historias que le ayudaban a escapar de sí mismo y a escribirlas en un trozo de papel manchado de carbón. Así me lo imagino yo, muy "dickensiano" todo. Como en muchos cuentos hay una tía rica en la familia, y la tía se muere, y la familia hereda a la tía -que siempre es fea y rácana a más no poder- y así empiezan a prosperar, a levantar cabeza.
De oficinista a pasante de un bufete, de pasante a reportero de un pequeño periódico, de reportero a cronista político, lo que le hizo emplearse a fondo en mirar, escuchar y contar... ¿No es eso lo que hacen los grandes escritores?
Y Dickens miraba lo que había a su alrededor, que no era poca cosa. Miseria, avaricia, penurias, injusticia social... pero también bondad, también humanidad. Y aderezándolo con sus propios recuerdos lo fue plasmando todo en un papel, algo más limpio ya, y entre crónica parlamentaria y artículos de debates electorales comenzó a inventar historias. Los papeles del Club Pickwick primero, luego vinieron Oliver Twist, Nicholas Nickleby, La tienda de antigüedades, David Copperfield (la que se considera más fiel a la memoria de su desolada infancia), Casa desolada, La pequeña Dorrit, Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas... Entre ellas se coló una obrita menor -aunque una de las que más gloria le dio- que se iba a convertir en la imagen universal de la fiesta más universal. A Christmas Carol (Una canción navideña, aunque aquí se tradujo como Un cuento de navidad).
No hace falta contar lo que cuenta este cuento. Todos lo sabemos. Y lo sabemos porque lo hemos leído y visto en películas viejas y nuevas, en blanco y negro y a todo color, con personajes humanos y en dibujos animados. Con y sin canciones, aunque este relato sea una canción en sí.
La historia del pobre rico Ebenezer Scrooge me ha parecido siempre de una crueldad sin límites, cosa habitual en los cuentos infantiles por otra parte. Despertar a un hombre de su sueño paseándole sus errores por delante de sus narices. Mostrarle una a una todas sus meteduras de pata, su estupidez, su ignorancia, las puertas que pudo haber cruzado y no cruzó, los abrazos que pudo haber dado y no dio... Hacerle ver a la fuerza la imagen misma de su presente soledad a golpe de diapositivas de su vida, su familia, sus amigos, su amor... ¡Hay que ser retorcido! Bueno, parece que una vez más el fin justifica los medios, y ya sabemos que no hay como perder lo que tenemos para valorarlo y descubrir todo lo que hemos perdido. Pero el final feliz viene vestido de segunda oportunidad, una última tal vez, pero mucho más de lo que la cruda realidad nos suele ofrecer.
Desde Seymour Hicks hasta Jim Carrey, desde Bill Murray a George C. Scott, desde Albert Finney a Kelsey Grammer, desde los Muppets a Mickey Mousse... todos han sido el avaro desvelado expuesto a su pasado, presente y futuro. Todos han sido el malo que se convierte en bueno gracias al tirón de orejas más sonado de la literatura universal. Pero nosotros hoy lo traemos con música, como no podía ser de otra manera.
En 2004 Alan Menken y Lynn Ahrens pusieron música y letra a las aventuras y desventuras del famoso usurero para la producción televisiva de Hallmark Entertainment (curioso, los mismos que fabrican las tarjetas navideñas). El mismísimo Doctor Frasier -Kelsey Grammer- fue su protagonista, acompañado por Jason Alexander, Jane Krakowski, Geraldine Chaplin y Jennifer Love Hewitt en una de las mejores versiones del célebre relato. Décadas antes se realizó otra película -en este caso para el cine- llamada Scrooge (Ronald Neame, 1970) con un Albert Finney superlativo y una partitura de Leslie Bricusse (Victor/Victoria) más que memorable. A raíz de estas dos películas nacieron sendos musicales que han sido representados con éxito muchas navidades tanto en Broadway como en Londres o en otras partes del mundo.
Y eso es lo que traemos hoy, un bonito un cuento agrio y dulce para niños adultos, una "historia para no dormir" si de verdad eres consciente de lo que quiere decirnos.
Igual que el pequeño Charlie Dickens, todos necesitamos de vez en cuando inventar algún relato que nos saque por un momento de nuestro propio pellejo, aunque esté habitado por fantasmas, ogros o brujas malvadas, aunque como en este caso nos esté queriendo llamar la atención sobre lo que somos, lo que fuimos y lo que pudimos haber sido, algo no siempre fácil de tragar, pero si es con un poco de música...
¡Feliz cuento de navidad!




