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jueves, 16 de octubre de 2014

Who is who in the cast?




Quiet please, there´s a lady on stage!

Un piano, un cañón de luz, el público apiñado en un oscuro local sin saber muy bien qué va a pasar sobre ese pequeño escenario. Un retraso de unos doce minutos -sale o no sale?- la expectación llega a su culmen cuando por fin de adivina su desgarbada figura desde la penumbra. Una blusa blanca por toda indumentaria, unas medias negras cubren sus interminables piernas de avestruz, una mujer aterrada que no es consciente de su ilimitado poder hasta que suena la primera ovación, y eso aún le da más miedo. La gente enloquece solo con verla y aún no ha hecho nada.
Silencio! Hay una dama en escena!
Good times and bum times, I´ve seen them all and, my dear, I´m still here...  

El pasado 17 de julio aparecía la noticia en las páginas de cultura de los periódicos a los dos lados del Atlántico. Elaine Stritch, actriz y cantante muere a los 89 años en su hogar de Michigan. Falso. Su verdadero hogar fueron dos: cualquier escenario de entre las calles 14 y 57 de Nueva York y el Hotel Carlisle, donde ocupó una lujosa suite años antes de que decidiera despedirse de la gran ciudad para retirarse a morir entre los suyos.
Call me madam (donde sustituía a Ethel Merman), Anything goes, Pal Joey, On your toes, Bus Stop, Sail away, Who´s afraid of Virginia Wolf, The King and I , The grass harp, Wonderful town, Private lives, Mame, Company, Tell me on a sunday, Follies, Show Boat, A delicate balance, A little night music...  Los personajes que esta reina del teatro interpretó en su enorme carrera se agolparon en su cabeza los últimos años de su vida para robarle la poca memoria que le quedaba. Obras de texto, piezas musicales, shows, cabaret, televisión, películas (con Woody Alen hizo dos, September y Granujas de medio pelo), personajes cómicos, dramáticos, trágicos, grotescos o excéntricos -como ella misma- pero siempre sofisticados, como manda "la marca Stritch".
Dese 1944, cuando realizó su debut en los escenarios, hasta hace un par de años, con 87 cumplidos, aún se mantenía firme sobre las tablas, aún dando guerra. Aunque ya casi no podía acabar ningún tema sin olvidar parte de la letra, todavía merecía la pena verla actuar, porque ella jamás cantaba -y su voz de tonelero lo acredita- sino que interpretaba cada canción como si de una obra teatral se tratara. De principio a fin, con su introducción, su desarrollo y su momento de clímax. Con toda la comicidad o la furia que su personaje pidiera. ¿Qué más da como fuera su voz? Lo importante iba mucho más allá de eso.
Elaine Stritch perdió la memoria de tanta memoria acumulada como tenía. Aunque ella misma decía que lo difícil no era recordar las letras teniendo constantes subidas de azúcar -sufría diabetes desde hacía décadas- en realidad lo difícil era recordar las jodidas letras de Sondheim!
En 2001 y hasta finales de 2002 desarrolló su más célebre espectáculo de cabaret "Elaine Stritch at Liberty", por el que consiguió el único premio Tony de su carrera -había sido nominada cuatro veces antes pero nunca ganó- y el que le reportó algunas de las mejores críticas de su vida. En este one-woman-show la actriz se desnudaba frente al público -casi literalmente, a juzgar por su escueto vestuario- repasando su carrera, hablando sobre sus partenaires en la escena y en la vida real, un poco sobre su éxito, un mucho sobre sus fracasos, su soledad, sus problemas con el alcohol... Entre canción y canción, entre monólogo y monólogo, entre risa y risa dejaba caer algunas historias y episodios de su vida que te podían congelar la sangre. Pero siempre sin perder el humor, desde su cachonda, irreverente, políticamente incorrecta visión de las cosas. Riéndose hasta de su propia sombra.
Tuve la inmensa suerte de verla hace bastantes años en la última reposición de Show Boat, en el Gershwin theatre mucho antes de ser tomado por las brujas verdiblancas de Wicked. Hacía un personaje secundario, la vieja Parthy Ann, con importancia en la trama pero con solo una canción. Bueno, en realidad en la función original ese personaje no canta, pero Harold Prince reinventó el tema que antes hacía el dúo protagonista y lo adaptó a la voz de Stritch porque no podía permitir que la diva reapareciera en un musical de Broadway sin una mísera canción. Así que decidió colocarla en el centro del inmenso escenario vacío, casi al final de la función, susurrando aquel tema de amor ahora convertido en nana titulado "Why do I love you". Qué pregunta ¿no?
Yo entonces no sabía quién era. Ni idea, pero recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo que cuando comenzó a cantar con aquella voz temblorosa, con la mirada perdida por los rincones de su eterno pasado -como si en realidad no estuviera allí-, un silencio absoluto se hizo en ese teatro de casi dos mil butacas y el tiempo se detuvo durante algo menos de tres minutos. Tres minutos que me bastaron para entender que tenía delante a una auténtica dama de la escena.
El año pasado salió su última película, editada solo unos meses antes de su muerte, "Shoot me" (Dispárame). Se trata de un documental sobre su vida, bueno, en realidad su vida solo aparece como estrella invitada, en forma de recuerdos e imágenes que visitan casi por sorpresa la mente de una vieja y cansada actriz. Es más un estudio de sus miedos y tribulaciones durante la preparación de los últimos conciertos que dio, las últimas entrevistas y la grabación de los episodios de la serie en la que hacía de la excéntrica madre de Alec Baldwin, 30 Rock.
Deambulando por la calle envuelta en visón del caro rebajado con estrambóticas gafas de pasta y desenfadados sombreros, parece como si hiciera una constante parodia de las señoronas de Park Avenue (The ladies who lunch...). Aún metida en la cama de su suite en el Carlisle -hoy no me quiero levantar-, midiéndose el nivel de azúcar y maldiciendo su suerte, o riéndose de todas las gilipolleces del mundo del espectáculo (lo siento, aquí tengo que ser tan deslenguado como ella, aunque es difícil), y repitiendo una y otra vez los endiablados temas de Sondheim que desgranaba uno a uno en su último show. Así se deja ver, en todo su esplendor y toda su miseria. Repasando su pasado, mirando viejas fotos que casi no dejan espacio libre en la pared, y sin dejar de preguntarse por qué demonios no hace las maletas y se va por fin a descansar a la otra punta del mundo.
Sus miedos, sus debilidades, sus vicios superados y por superar, su zumo de naranja para controlar sus crisis diabéticas mientras no deja de echar de menos un buen vaso de bourbon y un cigarrillo, como en los buenos tiempos. Una añoranza sin límites, un esposo al que adoraba que la dejó demasiado pronto, fotos y más fotos desperdigadas por la habitación. Aquí con Kennedy, aquí con Ben Gazzara...
Pero Elaine no está sola, la acompaña su abnegado pianista, el hombre que de vez en cuando le sopla las letras que ella olvida para que no se venga abajo, para que siga el hilo de una canción que ya dura casi noventa años. Una canción compuesta por Jerome Kern, Gershwin, Porter, Noel Coward y sobre todo por quien escribió sus mejores temas para ella aún sin conocerla, Stephen Sondheim. Qué difícil recordar sus jodidas letras por dios!!

¿Cómo seguía? Ah sí, Everybody rise! Rise! Rise! Rise! Rise! Rise! 



                     






jueves, 2 de octubre de 2014

Backstage

 

Another op´nin... 

 Four weeks you rehearse and rehearse, three weeks and it couldn´t be worse. One week, will it ever be right? Then out o´the hat, it´s that big first night!

Los últimos ensayos, las pruebas de vestuario, el repaso al libreto, la puesta a punto técnica, los nervios, la inseguridad, los cambios de última hora, el aburrimiento de haber repetido hasta la extenuación frases, bailes y canciones que pierden el sentido y la gracia de tanto pasarlas.
Eso es el "backstage", lo que el público no ve (bueno, vosotros público afortunado de Stage Door sí), lo que se fragua semanas, meses antes del estreno, todo lo que esconde la gruesa cortina de terciopelo rojo. Los preestrenos en Boston, Filadelfia o Washington antes del esperado debut en Broadway, y luego una vez en la gran ciudad las "previews", quince o veinte funciones antes de la definitiva, del temido y ansiado "openin´night".
Pulir, perfeccionar, afianzar; que no hay que ser buenos, ni buenísimos, solo los mejores o nada. La de veces que el show en cuestión ha tenido una forma, unos diálogos y unas canciones determinadas que se han reestructurado, cambiado o eliminado sin piedad días, incluso horas antes del estreno definitivo. Una locura.  Pero that´s showbiz folks, nos guste o no. Un cuadro que nunca acaba de pintarse, al que nunca parece llegar la hora de la firma y el enmarcado.
Justamente en ese punto se encuentra estos días el último gran estreno de Broadway, On the town (Un día en Nueva York) que vuelve a la cartelera 70 años después de su estreno. Aunque se han producido un par de revivals (en 1971 y 1998), ninguno puede considerarse un éxito, lo cual añade aún más tensión y riesgo a la versión -y a la inversión- que ahora proponen su director, John Rando y su coreógrafo, Joshua Bergasse. Ambos parecen querer desempolvar el texto y los movimientos del original pero desde el absoluto respeto a una pieza clave en el teatro musical americano. Lo que Betty Comden y Adoph Green escribieron y lo que Leonard Bernstein compuso allá por 1944 debe ser restaurado con el mismo cuidado que un fresco de Miguel Ángel, y a la vez ser capaz de enganchar a un público totalmente distinto.
De aquella generación ya casi no queda nadie, y los pocos que hay acuden a las matinés con andadores y cuidador. Así que el reto consiste en llevar al Lyric Theatre a una audiencia de entre 14 y 90 años y que les fascine a todos por igual. ¡Cualquier cosa!
Berguesse lo ha tenido claro, adaptar y ampliar las coreografías originales pero conservando el espíritu de su creador, Jerome Robbins. No olvidemos que la inspiración de este musical surgió de un ballet ideado por éste, Fancy Free, en el que tres marineros de permiso recorren como locos la ciudad de sus sueños. De sus saltos y piruetas nació la idea de uno de los shows más célebres de la historia, especialmente cuando Gene Kelly y Stanley Donen lo convirtieron en película en 1949.
Frank Sinatra, Jules Munshin y el propio Kelly la protagonizaron junto a Vera Ellen, Ann Miller y Betty Garrett, en una más que exitosa adapatación que solo respetó tres canciones del original de Bernstein. Sí, lo creamos o no el autor de Candide o West Side Story también fue víctima de las presiones de los estudios, que consideraron su partitura demasiado teatral, demasiado compleja para una película de esa envergadura.
Estamos de enhorabuena porque hoy las podremos disfrutar todas (Carried away, Ya got me, Some other time...) y con magníficas orquestaciones puestas al día. Tony Jazbeck (Gypsy, A Chorus Line), Clyde Alves (Anything Goes, Bullets over Broadway) y Jay Armstrong Johnson (Catch me if you can, Hair) serán esta vez los tres marineros de pueblo perdidos en la gran ciudad deseosos de apurar hasta el último segundo del día, un día que, no lo olvidemos, podría ser el último de sus vidas. Porque aunque estemos haciendo comedia, el origen de esta alocada trama estriba precisamente en su última balada, que viene a ser una despedida antes de volver al frente, un "hasta siempre" o tal vez un simple "hasta la vista".
Aquí los vemos sin vestuario -no os asustéis, sin vestuario escénico se entiende- sin luces ni decorados. Solos en medio del local donde este verano ensayaban los números ya montados pero justo antes de mudarse al teatro donde vivirán los próximos meses, un par de semanas antes de las previas. Y ahí, sin maquillaje, sin caracterización ni efectos de ningún tipo es donde de verdad podemos apreciar la profesionalidad de esta generación de jóvenes actores que llevan toda la vida preparándose para este preciso momento.
Cruzamos los dedos, les deseamos suerte, o mejor no, que se rompan una pierna (que queda más fino que lo que decimos por aquí) y esperamos por su bien y por el nuestro que este show sea un éxito, como lo fue allá por el 44 y que dure mucho tiempo en cartel para que alguna vez podamos pasar todos ese Día en Nueva York.

The overture is about to start, you cross you fingers and hold your heart. It´s curtain time and away we go! Ahother op´nin´, just another op´nin´ of another show! 











jueves, 25 de septiembre de 2014

Hello suckers!





Con perdón! Pero así es como arranca el segundo acto de uno de mis noventa musicales favoritos (en realidad uno de mis "top five"). Hola mamones! La frase no es mía -dios me libre- ni siquiera de Velma Kelly, la cabaretera asesina de Chicago, sino de una legendaria pero casi desconocida actriz del cine mudo llamada Texas Guinan. Sus apariciones en los escenarios de los baretos ilegales durante la Ley Seca solía ir acompañada de este "informal" saludo a su devota audiencia. Y bueno, como después de cinco temporadas (5!) ya vamos teniendo confianza...
Tras un "corto y fresco" verano otra vez estamos aquí dispuestos a entreteneros de vez en cuando y ayudar en lo que podamos a escapar de esa rutina cotidiana de la vida real. La vida en la que la gente no se pone a cantar de repente en medio de la calle y en la que el policía, el obrero, la mujer de la limpieza o el hombre de negocios no empiezan a mover sus pies al ritmo sincopado de la taladradora, del zumbido del metro o del claxon del bus.
Con la ambiciosa intención de amortiguar ese torrente de "normalidad" que nos arrastra en estos días, arrancamos un año más con nuevos oropeles, focos, colorines y lentejuelas recién cosidas. Con nuevas cosas que contar, proyectos, recuerdos, homenajes, historia, referencias, actualidad... y con ganas e ilusión renovadas, que a veces hasta del placer se cansa uno.
Comenzamos un curso que anuncia platos tan apetitosos como el estreno inminente de la película Into the Woods -que se suma a la recién estrenada Jersey Boys-, la llegada a los teatros de Barcelona o de Madrid de Sister Act o Priscila Reina del Desierto respectivamente, el anuncio de un concierto de Lea Salonga en la capital del reino (eso sí, acompañada de Il Divo), de otro para enero de nuestra venerada Audra McDonald en el Teatro Real, los estrenos de On the Town  o An American in Paris en Broadway y de City of Angels y Sweeney Todd -con Emma Thompson- en Londres... Y digo yo que queramos reconocerlo o no, todo lo bueno que está por venir nos hace mucho más dulce el amargo trago de la vuelta al trabajo, a las obligaciones, los problemas, las noticias de actualidad de un mundo sin banda sonora que parece derrumbarse cada día al término de la melodía del telediario.
La guerra terrorista contra el terrorismo, los unionistas y separatistas, los corruptos de ayer, hoy y mañana, las dimisiones aplaudidas, las hojas de ruta, los asesinos, los pederastas subiendo al cadalso, los escoceses, catalanes, turcos, moros, judíos y cristianos. A todo y todos ellos los saludamos a golpe de batuta y con la fanfarria propia del show que va a continuar. Telón, luces, silencio! Velma Kelly está a punto de abrir el segundo acto con ese Hello suckers que para nada nos ofende, al contrario, estamos encantados de ser esos infelices que miran con la boca abierta como contra todo pronóstico el espectáculo vuelve a comenzar. Una y otra vez, año tras año... y ya van cinco!!
Gracias mam... perdón, amigos, por seguir ahí! Shhhhhh      
 





viernes, 11 de julio de 2014

Play it again




Summertime

And the livin´is easy. Fácil... ¡que se lo digan a algunos! Pero eso es lo que cantamos a los niños para que se duerman, para que no tengan pesadillas y sueñen con una vida sin problemas en la que los peces saltan, el algodón crece alto, sus padres son ricos y sus madres hermosas.
George Gershwin compuso esta nana inspirándose en los espirituales que cantaban los negros en las plantaciones, donde la vida era de todo menos fácil. Como ya lo hizo años antes Jerome Kern cuando escribió Ol´man river (Show Boat), pequeñas canciones que se han convertido en himnos de la supervivencia, de la resistencia ante las penurias de la pobreza y la esclavitud.
Porgy era un minusválido y Bess una fulana, según la novela de DuBose. Ambos vivían en una miserable aldea de pescadores en Charleston. Camaroneros, jugadores de poca monta, desempleados, borrachos, algún que otro traficante, madres de familia buscando algo de comida para sus retoños, prostitutas y cocainómanos. No había mucho más por allí. Y de vez en cuando algún huracán amenazando con borrar de una vez toda esa mugre del mapa.
Pero Gershwin decide arrancar la acción con una obertura grandiosa, como si de una historia de dioses o príncipes se tratara. Y es que para el autor los paisanos de Catfish Row eran como egipcios o filisteos, esclavos de la antigüedad guiados por caminos tortuosos hasta una mítica tierra prometida. Así comienza esta peculiar ópera contemporánea, cientos de violines desatados como el tornado que se cierne sobre las cabezas de esos pobres desgraciados.
Y entonces aparece una muchacha acunando a su bebé. Ignora todo cuanto va a ocurrir -nada bueno por cierto- y comienza a tararear una suave melodía, una sensual tonada que quiere poner una venda de seda ante el fango de la realidad. Es verano, la vida es bella, todo transcurre en armonía, nada malo va a pasar... Creo poder afirmar que en toda la historia de la ópera no ha habido una en la que aparezca un aria tan pronto, a pocos minutos de alzarse la batuta, e igualmente afirmo, como espectador, que el efecto que produce es inolvidable. La ternura como preludio de la tragedia, la calma antecediendo a la tormenta.
Summertime se convirtió en un éxito incluso antes que la obra a la que pertenece. Desde su estreno en 1935 han sido cientos de cantantes los que han versionado esta inocente canción de cuna que no mucho después se convirtió en uno de los standards más populares de nuestra era. Billie Holliday, Artie Shaw, Tommy Dorsey, Ella Fitzgerald, Bessie Smith, Chet Baker, Nina Simone, Stan Getz, Miles Davis, Frank Sinatra, John Coltrane, Paul McCartney, Charlie Parker, Janis Joplin, Amalia Rodrigues, Caetano Veloso, Lila Downs, Marilyn Manson, Peter Gabriel, Diana Krall... ¿sigo?
Todos rendidos ante la extraña ternura de esta melodía, una de las menos ambiciosas y al mismo tiempo de las más universales de su autor.
La primera en versionarla fue Abbie Mitchell acompañada por el propio Gershwin al piano, pero la que la hizo tan famosa como hoy es fue Billie Holliday, sin duda. La vulnerabilidad de su voz imprimía al tema el sentimiento que requería, la sensación de que todo es pasajero, efímero como una canción que comienza a rasgar su final desde el principio. Como la corta vida de la añorada "Lady Day", nada fácil por cierto. Y es que aunque forma parte de una ópera y está escrita para ser interpretada por una soprano, esta nana suena mucho mejor cuando sale de una voz medio rota como la suya, una voz que parece haber vivido todas esas miserias y privaciones al desgranar lentamente, casi con pereza, esta letra y esta música.
DuBose Heyward, su esposa Dorothy e Ira Gershwin fueron los artífices de los versos de la obra, George Gershwin puso la música. Como también puso todas sus esperanzas en entrar a formar parte de ese selecto grupo de compositores clásicos contemporáneos, ayudado por esta joya rara que muchos no supieron entender en su momento. Él murió sin saber que lo había logrado, nosotros sí lo sabemos.
Para el autor la vida tampoco fue fácil. Para nosotros lo es un poquito más gracias a la inestimable compañía de sus canciones. Y esta en particular nos habla sobre el verano, la estación del año en la que por fin nos vamos de vacaciones con la ingenua esperanza de que no acaben nunca, pero acaban y pronto. Será más fácil disfrutarlas sin pensar en su final, como los paisanos de Catfish Row, preparando un picnic sin sospechar que en cualquier momento un viento salvaje acabaría de un plumazo con la fiesta.                
Pero no quiero aguar la fiesta que se avecina. Solo quería regalaros esta balada estival con mi deseo de que este verano la vida transcurra así de fácil. Los peces saltando, el algodón creciendo, sin ningún ruido que perturbe el sopor de la siesta, con mamá y papá velando nuestro sueño.

Felices vacaciones a todos. hasta la temporada que viene, si dios quiere.
   













jueves, 26 de junio de 2014

What´s about?



Vietnam, 1975 (The heat is on in Saigon)

Hacer arte de la destrucción, del dolor, de la muerte. Sacar belleza de la injusticia, el terror y la sinrazón... no es nuevo. Ya lo hicieron Goya y Picasso. Ya lo hizo Lubitsch riéndose de los nazis en To be or not to be, o David Lean emocionándonos con la Primera Guerra Mundial en Lawrence of Arabia o la Segunda en The Bridge on the River Kwai... También Wagner, Verdi, Puccini... ¿No trata el aria más hermosa de la historia sobre una geisha enamorada hasta las trancas de su invasor?
Madama Butterfly fue inspirada por un relato de John Luther Long sobre un amor imposible en tierras lejanas y exóticas, muy de la ópera de principios del siglo XX. Oriente y occidente en conflicto, intereses políticos y comerciales enfrentados... y los sentimientos cruzando por medio y sin mirar.
Una adolescente japonesa vendida por unos cuantos yenes a un oficial americano, un apresurado matrimonio de conveniencia, un hijo que nace de una relación a punto de morir, una mujer abandonada esperando sola frente al puerto, una nueva vida -y una nueva esposa americana- que hacen aún más difícil el reencuentro de los amantes. El hijo entregado a su padre, y un suicidio justo antes de la caída del telón final.
Para tratarse de una ópera en tres actos no está mal, y más si a esta tragedia mayúscula le pone música Giacomo Puccini.
La Guerra de Vietnam nada tiene que ver con la ocupación de los puertos japoneses por la armada norteamericana a finales del XIX, aunque si lo pensamos bien, de aquellos lodos estos barros... Pero no, el país, el contexto y el conflicto en sí son bien distintos, aunque en el musical Miss Saigon se vuelvan a entrecruzar el lejano oriente y el poderoso occidente en forma de amantes dispuestos a sufrir y hacernos sufrir mucho a todos.
El compositor francés Claude-Michel Schönberg -ya célebre tras el éxito arrollador de su primer gran show de proyección mundial Les Miserables- no encontró la inspiración de esta obra en la ópera de Puccini, o no únicamente en ella. Al parecer estaba hojeando una revista a mediados de los ochenta cuando de repente no pudo pasar a la página siguiente. La foto de una madre vietnamita entregando a su hijo a unos soldados americanos en la base de Tan Son Nuht conmovió al músico como conmovería a cualquiera. El sumun del sacrificio humano, desprenderse de un hijo de forma voluntaria con la esperanza de que tenga una vida mejor, para que pueda alcanzar el tan traído y llevado American Dream. Y así se encendió la chispa de un proyecto que se iría complicando hasta convertirse en uno de los más grandes musicales de las últimas décadas.
Con la colaboración del letrista Alain Boublil, con quien también coescribió Les Miserables, se pusieron manos a la obra ahora sí actualizando la trama de la celebérrima ópera italiana. Hacer una revisión de Madama Butterfly deconstruída y rediseñada pero que conservara el mismo dramatismo y la misma idea de partida, el amor condenado al fracaso por culpa de la guerra, de la ambición, de los intereses... Una geisha o una chica de barra americana, un teniente de marina o un sargento a punto de abandonar Vietnam, un casamentero reputado o un proxeneta ambicioso y sin escrúpulos... los personajes de la ópera son padres -o abuelos- de los del musical, pero con muchas variantes que lo acercan un poco más a un público contemporáneo y contribuyen a hacer un homenaje musical único a las víctimas de una de las guerras más absurdas de todas las guerras absurdas provocadas por la humanidad.
En la etapa final de la ocupación americana de la actual Ho Chi Minh -antes Saigon- una pandilla de solados se emborracha en un cabaret de la capital en el que cada noche se elige una miss, como en América, pero en este caso en venta al mejor postor. Una chica nueva se estrena en el mercado de la carne, inexperta y asustada llama la atención de un joven sargento que se queda prendado de ella. Chris y Kim, la luna y el sol unidos por los dioses de la fortuna, como literalmente dice la balada.
Pero todo se está derrumbando a su alrededor, la ciudad se vuelve frenética ante el inminente abandono del ejército americano, se van los soldados, se acaba la guerra...pero también se acaba el negocio de esta Babilonia contemporánea, y la esperanza del tercer mundo de acercarse un poco más al primero.
Con un argumento cargado de giros inesperados (o esperados para quien conozca la ópera original), de episodios trágicos, cómicos, grotescos, románticos y excitantes a más no poder -como la famosa escena de la caída de Saigón y la evacuación de los militares, con helicóptero incluido- y un score como el creado por el tándem Schönberg/Boublil repleto de temas inolvidables (Sun and Moon, Last night of the world, I still believe, The american dream...) estaba claro que el producto daría mucho que hablar.
El 20 de septiembre de 1989 fue el estreno mundial en el Theatre Royal, Drury Lane, un legendario teatro en el corazón de Covent Garden ocupado por este show casi tanto tiempo como los americanos lo hicieron con Vietnam, superando a la obra que más tiempo había permanecido en dicho local, My fair lady. 4.264 funciones en diez años representándose simultáneamente en Broadway desde 1991 hasta 2001. Todo un record en su tiempo, a la altura del otro gran éxito de los autores de Les Miserables.   
La avalancha de Oliviers y Tonys recibidos -destacando los de sus protagonistas Lea Salonga y Jonathan Pryce- avalaron esta pieza clave del teatro musical contemporáneo que muchos han querido convertir en película pero aún sin éxito. 
Múltiples producciones en Australia, Canadá, Japón, Filipinas, Alemania, Holanda o Austria hacen de este show un hito indiscutible que ahora vuelve a su cuidad de origen, Londres. Esta vez en el Prince Edward Theatre -ya que el Royal se encuentra tomado por Charlie y su chocolatería- Cameron Mackintosh emprende una fastuosa producción de esta mítica pieza estrenada con atronador éxito el pasado mes de mayo. Nuevos decorados, nuevo diseño escénico, orquestaciones -tenemos a nuestro paisano Alfonso Casado en la dirección musical del show- y un nuevo reparto del que se están contando maravillas, aunque ponerse a la altura de Salonga y sobre todo de un Jonathan Pryce que no ha estado nunca tan inspirado como con este personaje, no debe resultar nada fácil.
Pero nosotros sí lo tenemos fácil, a la vuelta de la esquina como quien dice. Romance en tiempos de guerra, sexo, violencia, abandono, reencuentro, amor y muerte en una ciudad maldita adornada con luces de colores como el burdel en que llegó a convertirse.
No tenemos excusa para no dejarnos caer una vez más por la gran ciudad -aunque de momento aconsejamos esperar a que quede algún asiento libre- y rendirnos ante esta obra maestra única y original, y reconocer de nuevo que "the heat" continúa estando en el centro de Londres, a un paso, ya digo.        

    
                  
 
 

 
 



jueves, 12 de junio de 2014

TKTS



All about TONY´S

Érase un país en el que nunca dejaban de premiar gente... Escritores, científicos, políticos, deportistas, empresarios, cantantes, actores de televisión, de cine, de teatro... Todo el día pon alfombra, quita alfombra, ponte el vestido, el esmoquin, recoge las joyas prestadas, devuélvelas... Y sobre todo no dejes de sonreír a cámara, especialmente cuando te enfocan justo después de haberle dado el premio a otro, o a otra. Con tanta sonrisa esta gente no debe ganar para fundas y blanqueamientos dentales. Ni para psicólogos, claro. ¿Alguien se ha entretenido en calcular la cantidad de perdedores que fabrica esta sociedad al cabo del año?
Pero de toda esa ristra de premios anuales -y con permiso de mi querido tío Oscar- ya sabéis que hay uno que me tiene especialmente concernido, uno con nombre de restaurante italiano o de macarra de película. Uno con nombre de tío pero que en realidad pertenece a una mujer, a una actriz de las de antes, de las clásicas: Mrs. Antoinette Perry, para los amigos Tony.
Desde mi modesto punto de vista de aficionado, lo mejor de la terna de este año -en la que creo se ha cometido más de una injusticia, como es habitual- ha sido el mantenedor de la gala. Una vez más nuestro admirado y santo patrón de este humildísimo blog, Mr. Hugh Jackman, ha vuelto a hacer gala -y perdón por la redundancia- de su profesionalidad, de su estilazo de caballero de los que no quedan desde que se nos fue Cary Grant, de su buen hacer, de su vozarrón, de su forma de moverse entre bambalinas, de su energía y simpatía inagotables, de su carisma de enterteiner de los que ya casi no quedan.  ¿Conoces a alguien más al que se le quede pequeño el escenario del Radio City Music Hall?
El pasado domingo el inmenso local de la 5ª Avenida volvió a celebrar la Fiesta del Teatro, así, con muchas mayúsculas. Y del dinero, y de la publicidad, y del negocio, ya lo sé, pero me temo que eso fue así desde siempre, There´s no busines like show busines...
Y este año la cosa resultó más o menos así: dejando a un lado las obras de texto (sin música las pobres), que es mucho dejar porque hay verdaderas maravillas tanto en nuevas como en revivals, comentaremos un poco sobre los principales premios del teatro musical, que es de lo que va este forillo.
El mejor nuevo musical del año pudo haber sido After Midnight, un show que desempolva -si es que alguna vez llegó a tener polvo- la maravillosa música de Duke Ellington, Harold Arlen o Cab Calloway en los nightclubs del Harlem de los años dorados. Imagínate un espectáculo con semejantes canciones, coreografías al estilo del mítico Cotton Club y una orquesta liderada por el trompetista Wynton Marsalis. Se puede decir que esta ha sido una de las sorpresas de la cartelera de este año, pero no ganó.
Otro que pudo haber conseguido los honores fue el último producto-con-intención-de-convertirse-en-franquicia-Dysney Aladdin. Si conocéis Beauty and the Beast, The Lion King, The Little Mermaid o Mary Poppins os podéis hacer una idea de lo que va el asunto, así que no hace falta explicar mucho. Una buena partitura (ampliando la original de Menken y cía), unos decorados espectaculares, buenos cantantes y bailarines, coreografía, vestuario etc etc... y ya puedes cerrar la olla. Pero ya sabemos que no siempre funciona la receta, y esta vez la inversión es bestial, como es costumbre de la casa. Le habría venido muy bien el premio, pero no se lo llevó.
La vida de una de las mejores cantautoras del país de los mejores cantautores, Carole King, ha inspirado un musical llamado Beautiful, como una de sus canciones más preciosas. Y a pesar de contar con la bendición de la titular, a pesar de ofrecer un puñado de temas inolvidables interpretados por la excelente Jessie Mueller además de contar una emocionante historia sobre los difíciles comienzos de la artista, tampoco pudo llevarse el gato al agua.
Porque este año el Tony al mejor musical ha sido para una pieza muy british titulada
A Gentleman´s Guide to Love & Murder, basada en la película de Robert Hamer Kind Hearts and Coronets (Ocho sentencias de muerte). No ha sido ninguna sorpresa, ya que tanto la crítica como el público han abrazado este musical desde su estreno, por su comicidad, su elegancia, su excelente partitura (Steven Lutvak) y por no parecerse a ninguno de los que están en cartel, cosa que se agradece mucho.
La categoría de mejor revival, a mi parecer algo escuálida esta temporada, ha puesto a competir a tres y no cuatro obras. Y todo por no querer nominar a la nueva -ya nada nueva- reentré del Cabaret del Studio 54. ¡Un respeto por favor! Vale que podrían haber afrontado un nuevo montaje, vale que este material está demasiado reciente en la cartelera, vale que la gracia que Alan Cumming derrochaba en el original se ha convertido en simple mal gusto... todo lo que quieras y más, pero estamos hablando de Cabaret, estamos hablando de Kander y Ebb... ¡un respeto por favor!
Entre la amarga historia de una chica errante con multitud de problemas y complejos llamada Violet (con una Sutton Foster sublime como siempre), la revisión de un monumento como Les Miserables -¿han vuelto? ¿pero se habían ido?- y el irreverente "glam rock trans" Hedwig and the Angry Inch, fue este último el que logró los honores. El tirón de un Neil Patrick Harris en estado de gracia -ganador del Tony al mejor actor de musical- ha debido ser crucial para el éxito de este arriesgado show.
Y hablando de actores, ya hemos dicho para quien fue el reconocimiento como mejor actor, precisamente el presentador de las anteriores galas. Nada como travestirte y chillar mucho para birlarle el premio a candidatos tan solventes como el nuevo Valjean -Ramin Karimloo-, el boxeador de barrio Andy Karl por Rocky o a Jefferson Mays y Bryce Pynkham por A Gentleman´s Guide...
Una de las sorpresas de la noche fue el Tony a la mejor actriz para Jessie Mueller (Beautiful) por hacer creíble a Carlole King sin parecerse en nada a ella. Recuerdo que cuando vi a esta chica en On a a Clear Day... supe que algún día subiría las escalerillas del Radio City. Y no suelo equivocarme... Arrebatarle premios a Kelly O´Hara (The Bridges of Madison County), Idina Menzel (If/Then) o a la mismísima Sutton Foster (Violet) tiene mucho más valor que el galardón en sí.
James Monroe Iglehart se llevó el de mejor actor de reparto por el genio de la lámpara de Aladdin, mientras Lena Hall consiguió el de mejor actriz en la misma categoría por Hedwig.
Lo que me agrió la noche, el desprecio a una joyita que espero que permanezca años en cartel (hasta que me de tiempo de ahorrar para ir a verla), Bullets over Broadway así como a sus actores, a excepción de Nick Cordero nominado a secundario por el papel que hacía Chazz Palminteri en la película. En especial me parece sangrante ignorar a Marin Mazzie haciendo de la diva borrachuza -que le dio el oscar a Dianne Wiest en el original- y que con solo oírla en el CD llega a escandalizar que su nombre no figure entre las candidatas.
Pero lo que más me la endulzó fue ver subir a mi idolatrada Audra McDonald a recoger su sexto trofeo, entre lágrimas incontroladas y con el Radio City en pie sin prisa ninguna por volver a calentar asiento. Lady Day at Emerson´s Bar & Grill es la pieza que le ha dado el record en estos premios, ningún actor o actriz jamás logró algo parecido. ¡Seis Tonys con cuarenta y pocos años! Y además en distintas categorías, porque esta vez se lo dan por una obra de texto, aunque también canta, y nada menos que por la lloradísima Billie Holliday. A ver quién es la guapa que se atreve con este toro. Y a ver quién se la pierde cuando ponga sus lindos pies sobre las tablas del Teatro Real el próximo mes de enero. ¡Ya sabéis donde encontrarme!
Pero hasta entonces os dejo con nuestro lord and master -of ceremonies- trotando literalmente por pasillos y camerinos del teatro donde los sueños de algunos se han convertido en realidad mientras que los de otros se quedaron en el oscuro banquillo de los bastidores.
¡Cómo es este hombre por dios!           




 
 
 
 
 
 
 
 
  


jueves, 29 de mayo de 2014

Music & lyrics



George Gershwin (´S Wonderful)

¿Por dónde empiezo? ¿Qué digo yo de este genio que no se haya dicho antes y mejor?
El mismo bloqueo que debe sentir el autor ante la partitura en blanco es el que sufre hoy este escritor aficionado. ¿Qué melodía? ¿Qué letra que la acompañe se me puede ocurrir que no haya sido ya tarareada por tantos y tantos?
Lo único que se me viene a la cabeza cuando pienso en Gershwin es... miento, me llegan cientos y cientos de imágenes y de sonidos, pero si tuviera que concentrarlos en uno...
no sé, tal vez sería esa ciudad en blanco y negro rasgada por el sonido del clarinete. Una rapsodia en azul melancólico que como el telón de un viejo teatro se levanta mostrándonos los edificios de Manhattan.
El puente de Queensboro, el ruido de las obras, los atascos de la mañana, la claridad de Washington Square, el bullicio de los mercados de Seaport, el sereno interior del Guggenheim, el Yankee Stadium, los tejados del Plaza, los luminosos de Times Square y Broadway... y un estallido de fuegos artificiales sobre los oscuros árboles de Central Park coincidiendo con la apoteosis final de la sinfonía.
Chapter One: he adored New York... 
George Gershwin adoraba Nueva York, y le rindió culto, y supo culminar la esencia compuesta entre todos aquellos músicos, poetas y cineastas que se afanaron en construir una imagen que ni el tiempo ni las modas conseguirán alterar jamás.
Hijo de inmigrantes judíos rusos -sus facciones no lo pueden negar- vino al mundo en 1898 con una partitura debajo del brazo y un par de manos ansiosas por pillar un piano. Aprendió solo a tocarlo como se las apañó para componer sus primeras piezas sin ayuda de nadie, hasta que su padre decidió que era hora de ponerlo bajo la tutela del profesor que le abrió los ojos -y los oídos- a la música de Listz, Chopin o Rachmaninov. Pero los sonidos que llegaban hasta las orejas del pequeño Jacob Gershovitz -como se llamaba antes de que le "desovietizaran" el nombre- cuando jugaba en las aceras eran otros bien distintos. El jazz, el ragtime o el blues flotaban por las calles y avenidas de una ciudad en la que a cada segundo nacía una nueva melodía, y la cabeza de este joven genio bullía como una olla a presión.
La prisa y la necesidad le hicieron abandonar sus estudios y comenzó a trabajar tocando en unos grandes almacenes canciones de moda para que los clientes se animaran a comprar los discos. Así se le fue colando el resto de la tradición popular musical del momento, curtiéndose diez horas al día en la interpretación de los temas de autores como Irving Berlin o Jerome Kern, sus principales precedentes. De ahí a componer sus propias baladas solo hubo un paso, o medio, en realidad siempre lo había estado haciendo.
A comienzos de los años veinte su música ya sonaba en los escenarios de Broadway y sus canciones se comenzaban a vender como rosquillas en los despachos del Tin Pan Alley. Interviniendo en los legendarios "George White´s Scandals" -una de las revistas más famosas del music hall del momento- logró colar algunos de sus temas en los principales puestos de popularidad. Ayudado por su hermano mayor en las letras, Ira y George Gershwin se convirtieron en poco tiempo en dueños de una fórmula de éxito infalible. Swanee (con la mítica interpretación de Al Jolson), Fascinating Rhythm, Oh, Lady be Good, Someone to Watch Over Me, Strke Up the Band, The Man I Love... ponían banda sonora a la década mientras los primeros shows del tándem cosechaban semejante éxito, algunos con argumentos no muy sustanciosos pero hilando un rosario de melodías pegadizas e inolvidables.    
Pero a pesar del éxito relativamente fácil de estos trabajos, Gershwin nunca abandonó su pasión por la "música seria", componiendo más de un ciento de piezas para piano, dos óperas (Blue Monday  y la que se considera su obra magna Porgy and Bess) y varios conciertos orquestales entre los que sobresale su pieza más emblemática, Rhapsody in Blue (1924). Si a esto le añadimos su aterrizaje en Hollywood, la adaptación de algunas de sus obras al cine -destacando la traslación de una de sus más gloriosas creaciones, An American in Paris o un musical tan delicioso como Funny Face-, el autor bien podría haberse sentido satisfecho de su extensa e intensa obra, aunque solo fuera un poco. Pero no fue el caso, la frustración por no haber conseguido la consideración de compositor clásico amargó los últimos años de su corta existencia.
Con la intención de liberarse de la fama de autor de shows de moda, Gershwin viajó a París en 1928 dispuesto a beber en las fuentes de los maestros de verdad. Es conocida la anécdota protagonizada por Maurice Ravel (aunque algunos la atribuyen a Schoenberg) el cual, ante la insistencia de ponerse a su amparo y empaparse de sus influencias lo rechazó argumentando que era preferible tener un Gershwin de primera categoría que un Ravel de segunda. Pero para los puristas de la época, integrar ritmos modernos en composiciones sinfónicas o introducir instrumentos jazzísticos (hasta bocinas de coche llegó a usar en Un americano en París) representaba una amenaza para sus principios academicistas, y se lo hicieron saber en más de una ocasión mediante críticas no demasiado alentadoras.
Significativo es el caso de la ópera basada en la novela de DuBose Heyward Porgy estrenada en 1935 como Porgy and Bess. Lo que hoy es un hito con mayúsculas, en aquel contexto no fue del todo entendida al confundir a un público y unos críticos que no sabían cómo etiquetar aquella extraña y arriesgada pieza. Ritmos africanos, himnos espirituales, jazz sureño y nanas tradicionales se enredaban con oberturas e interludios exuberantes acompañando a un argumento que es de todo menos fácil, plagado de sexo, adulterio, violencia, racismo y drogadicción. Lástima que su autor muriera solo dos años después del estreno de su obra maestra, no tuvo tiempo de leer los titulares que de verdad merecía. En fin, suele pasar.
Sus últimos años -nadie imaginó que fueran a ser los últimos- los pasó sentado en el diván de su psicoanalista tratando de lidiar con sus complejos y frustraciones, intentando entender por qué no podía ser feliz si lo había conseguido todo en la vida. Pero Gershwin era un personaje triste, huidizo, solitario, un hombre que optó por la soltería porque solo toleraba la compañía de sus familiares más cercanos, su hermano Ira en particular, con el que escribió las mejores páginas de su carrera. Una sombra gris e insignificante que solo brillaba al escribir o interpretar.
Embraceable You, Let´s Call the Whole Thing Off, Our Love is Here to Stay, They Can´t Take That Away From Me, He Loves and She Loves, I Got Rhythm, My One and Only... cómo alguien que ha producido tanta felicidad puede sentirse tan desgraciado, cómo alguien que ha escrito tanto sobre el amor y el romance puede acabar tan solo en la vida...
En el verano de 1937, mientras vivía en Los Angeles implicado en la producción de una nueva película musical, murió a consecuencia de un fulminante tumor cerebral. Los críticos -tal vez los mismos que antes lo cuestionaban- describían su pérdida como una desgracia para la música y la cultura norteamericana, con solo 38 años y la mitad de una vida y una obra por delante... ¿Te imaginas qué habría sido de la música si hubiera muerto con ochenta?
Ya sé que no es demasiado original subtitular este artículo con el nombre de uno de sus temas más conocidos, soy consciente de ello. Pero no me he podido resistir porque creo que define a la perfección lo que siento al escuchar sus canciones, en especial las que hablan de la euforia del amor, como ésta, una balada tan sencilla como la que bailaban Fred Astaire y Audrey Hepburn en medio de aquel jardín encantado. ¿Te acuerdas? ¿No parecían flotar? Pues así es exactamente como me siento cuando escucho una melodía de Gershwin. S´Wonderful, S´Marvellous...