Quiet please, there´s a lady on stage!
Un piano, un cañón de luz, el público apiñado en un oscuro local sin saber muy bien qué va a pasar sobre ese pequeño escenario. Un retraso de unos doce minutos -sale o no sale?- la expectación llega a su culmen cuando por fin de adivina su desgarbada figura desde la penumbra. Una blusa blanca por toda indumentaria, unas medias negras cubren sus interminables piernas de avestruz, una mujer aterrada que no es consciente de su ilimitado poder hasta que suena la primera ovación, y eso aún le da más miedo. La gente enloquece solo con verla y aún no ha hecho nada.
Silencio! Hay una dama en escena!
Good times and bum times, I´ve seen them all and, my dear, I´m still here...
El pasado 17 de julio aparecía la noticia en las páginas de cultura de los periódicos a los dos lados del Atlántico. Elaine Stritch, actriz y cantante muere a los 89 años en su hogar de Michigan. Falso. Su verdadero hogar fueron dos: cualquier escenario de entre las calles 14 y 57 de Nueva York y el Hotel Carlisle, donde ocupó una lujosa suite años antes de que decidiera despedirse de la gran ciudad para retirarse a morir entre los suyos.
Call me madam (donde sustituía a Ethel Merman), Anything goes, Pal Joey, On your toes, Bus Stop, Sail away, Who´s afraid of Virginia Wolf, The King and I , The grass harp, Wonderful town, Private lives, Mame, Company, Tell me on a sunday, Follies, Show Boat, A delicate balance, A little night music... Los personajes que esta reina del teatro interpretó en su enorme carrera se agolparon en su cabeza los últimos años de su vida para robarle la poca memoria que le quedaba. Obras de texto, piezas musicales, shows, cabaret, televisión, películas (con Woody Alen hizo dos, September y Granujas de medio pelo), personajes cómicos, dramáticos, trágicos, grotescos o excéntricos -como ella misma- pero siempre sofisticados, como manda "la marca Stritch".
Dese 1944, cuando realizó su debut en los escenarios, hasta hace un par de años, con 87 cumplidos, aún se mantenía firme sobre las tablas, aún dando guerra. Aunque ya casi no podía acabar ningún tema sin olvidar parte de la letra, todavía merecía la pena verla actuar, porque ella jamás cantaba -y su voz de tonelero lo acredita- sino que interpretaba cada canción como si de una obra teatral se tratara. De principio a fin, con su introducción, su desarrollo y su momento de clímax. Con toda la comicidad o la furia que su personaje pidiera. ¿Qué más da como fuera su voz? Lo importante iba mucho más allá de eso.
Elaine Stritch perdió la memoria de tanta memoria acumulada como tenía. Aunque ella misma decía que lo difícil no era recordar las letras teniendo constantes subidas de azúcar -sufría diabetes desde hacía décadas- en realidad lo difícil era recordar las jodidas letras de Sondheim!
En 2001 y hasta finales de 2002 desarrolló su más célebre espectáculo de cabaret "Elaine Stritch at Liberty", por el que consiguió el único premio Tony de su carrera -había sido nominada cuatro veces antes pero nunca ganó- y el que le reportó algunas de las mejores críticas de su vida. En este one-woman-show la actriz se desnudaba frente al público -casi literalmente, a juzgar por su escueto vestuario- repasando su carrera, hablando sobre sus partenaires en la escena y en la vida real, un poco sobre su éxito, un mucho sobre sus fracasos, su soledad, sus problemas con el alcohol... Entre canción y canción, entre monólogo y monólogo, entre risa y risa dejaba caer algunas historias y episodios de su vida que te podían congelar la sangre. Pero siempre sin perder el humor, desde su cachonda, irreverente, políticamente incorrecta visión de las cosas. Riéndose hasta de su propia sombra.
Tuve la inmensa suerte de verla hace bastantes años en la última reposición de Show Boat, en el Gershwin theatre mucho antes de ser tomado por las brujas verdiblancas de Wicked. Hacía un personaje secundario, la vieja Parthy Ann, con importancia en la trama pero con solo una canción. Bueno, en realidad en la función original ese personaje no canta, pero Harold Prince reinventó el tema que antes hacía el dúo protagonista y lo adaptó a la voz de Stritch porque no podía permitir que la diva reapareciera en un musical de Broadway sin una mísera canción. Así que decidió colocarla en el centro del inmenso escenario vacío, casi al final de la función, susurrando aquel tema de amor ahora convertido en nana titulado "Why do I love you". Qué pregunta ¿no?
Yo entonces no sabía quién era. Ni idea, pero recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo que cuando comenzó a cantar con aquella voz temblorosa, con la mirada perdida por los rincones de su eterno pasado -como si en realidad no estuviera allí-, un silencio absoluto se hizo en ese teatro de casi dos mil butacas y el tiempo se detuvo durante algo menos de tres minutos. Tres minutos que me bastaron para entender que tenía delante a una auténtica dama de la escena.
El año pasado salió su última película, editada solo unos meses antes de su muerte, "Shoot me" (Dispárame). Se trata de un documental sobre su vida, bueno, en realidad su vida solo aparece como estrella invitada, en forma de recuerdos e imágenes que visitan casi por sorpresa la mente de una vieja y cansada actriz. Es más un estudio de sus miedos y tribulaciones durante la preparación de los últimos conciertos que dio, las últimas entrevistas y la grabación de los episodios de la serie en la que hacía de la excéntrica madre de Alec Baldwin, 30 Rock.
Deambulando por la calle envuelta en visón del caro rebajado con estrambóticas gafas de pasta y desenfadados sombreros, parece como si hiciera una constante parodia de las señoronas de Park Avenue (The ladies who lunch...). Aún metida en la cama de su suite en el Carlisle -hoy no me quiero levantar-, midiéndose el nivel de azúcar y maldiciendo su suerte, o riéndose de todas las gilipolleces del mundo del espectáculo (lo siento, aquí tengo que ser tan deslenguado como ella, aunque es difícil), y repitiendo una y otra vez los endiablados temas de Sondheim que desgranaba uno a uno en su último show. Así se deja ver, en todo su esplendor y toda su miseria. Repasando su pasado, mirando viejas fotos que casi no dejan espacio libre en la pared, y sin dejar de preguntarse por qué demonios no hace las maletas y se va por fin a descansar a la otra punta del mundo.
Sus miedos, sus debilidades, sus vicios superados y por superar, su zumo de naranja para controlar sus crisis diabéticas mientras no deja de echar de menos un buen vaso de bourbon y un cigarrillo, como en los buenos tiempos. Una añoranza sin límites, un esposo al que adoraba que la dejó demasiado pronto, fotos y más fotos desperdigadas por la habitación. Aquí con Kennedy, aquí con Ben Gazzara...
Pero Elaine no está sola, la acompaña su abnegado pianista, el hombre que de vez en cuando le sopla las letras que ella olvida para que no se venga abajo, para que siga el hilo de una canción que ya dura casi noventa años. Una canción compuesta por Jerome Kern, Gershwin, Porter, Noel Coward y sobre todo por quien escribió sus mejores temas para ella aún sin conocerla, Stephen Sondheim. Qué difícil recordar sus jodidas letras por dios!!
¿Cómo seguía? Ah sí, Everybody rise! Rise! Rise! Rise! Rise! Rise!