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jueves, 14 de junio de 2012

TKTS





The Tony Award 2012

Un tipo de treintaitantos tocando la guitarra en una esquina cualquiera de Dublin, una chica que se acerca, un romance, una canción que les une y que se convierte en un éxito. Eso es Once, la película de John Carney que sorprendió en 2007 y que acaban de convertir en una obra musical. No eran muchos los que habrían apostado por esta historia intimista, sin grandes números, sin montaje espectacular, solo música y sentimiento. Y sin embargo ahí lo tenemos, con una cosecha de ocho premios Tony. Sin embargo otras producciones muchos más ambiciosas (Ghost, Spider Man, Leap of Faith...) se volvieron a sus teatros con las manos vacías. That´s Broadway!
De los premios acaparados por Once -mejor dirección, libreto, diseño escénico, orquestación, dirección musical etc.- el más celebrado fue el de su actor protagonista, Steve Kazee. Y por lo poco que he podido ver de su actuación parece merecérselo sin lugar a dudas. Donde sí tuve la suerte de disfrutar de su talento fue en 110 in the Shade, junto a la también premiada Audra McDonald -caprichos del destino- haciendo un  Starbuck de leyenda. Su forma de actuar, de cantar, de moverse en el escenario -dejando aparte su fachón de galanazo clásico- y su enorme versatilidad (igual te borda un vaquero granuja que un romántico cantautor callejero) le auguran a este treintañero de Kentucky una larga y jugosa carrera.
Atrás quedaron los otros shows nominados, en un año no demasiado prolífico en grandes montajes nuevos y sí pleno en buenos revivals (como casi siempre). Leap of faith -con el magnánimo Raul Esparza a la cabeza- se fue como llegó. Esta interesante obra basada en una película de los noventa (que aquí se llamó El Charlatán, con Steve Martin y Debra Winger), desbordante de ritmo y energía, ha sufrido la misma indiferencia de su original. Lo siento por su protagonista, porque ya le iba haciendo falta un éxito contundente, el que se merece uno de los mejores actores que ha dado Broadway.
Nice work if you can get it, por el contrario, se ha llevado dos premios gordos, los secundarios Michael McGrath y la legendaria Judy Kaye. Esta revisión "gershwiniana" está remontando su tibio estreno gracias al trabajo de sus actores y sus espléndidos números musicales. La deliciosa Kelli O´Hara no ganó el de mejor actriz pero que eso se remedie es una simple cuestión de tiempo. Y por esta vez su coreógrafa, Kathleen Marshall no se llevó la estatuilla, siendo para Christopher Gatelli por Newsies.
Newsies era el cuarto en competir al mejor musical de 2012. Esta energética versión de la película de Disney -sobre un grupo de chavales repartidores de prensa en el Nueva York de principios de siglo- está pegando mucho más fuerte de lo que sus productores parecían esperar. De hecho se ha prorrogado sin límite aunque fue estrenada para un "limited engagement". Quien la ha visto cuenta maravillas de esta producción con libreto de Harvey Fierstein y canciones de Alan Menken, premiado con el Tony a la mejor partitura.
Entre los revivals de este año había bastante competencia. Varias producciones de lujo en tiempos de estrecheces. Tal vez por eso el dinero va destinado a las obras conocidas, que implican un menor riesgo. Follies, Evita, Jesus Christ Superstar y la ganadora, The Gershwins´ Porgy and Bess son cuatro funciones potentes y sólidas, con excelentes críticas y todas manteniéndose en cartel. Que no se lo hayan dado a Follies me parece una injusticia de proporciones neoyorkinas, a pesar de que Porgy and Bess ha logrado dar una nueva y refrescante visión del clásico de su autor. Pero la grandiosa revisión del musical de Sondheim iba a enorme distancia de sus contrincantes, al menos así lo ve el que escribe.
Sobre los galardonados en la categoría de actores principales no tengo queja alguna, al menos a lo que a actriz se refiere. Audra McDonald ha conseguido su quinto premio (y el primero como protagonista, que ya era hora) por una Bess diferente, de carne y hueso, con menos "bellcantismo" y mucha más sangre. Que se te pongan los vellos de punta en cuanto la ves aparecer y no le puedas quitar ojo en las dos horas y media del show... justifica su estatuilla. Entre sus oponentes estaba Jan Maxwell, otra de mis favoritas, por la
impresionante Phillys de Follies. Tal vez el tratarse de una obra coral no la ha beneficiado mucho.
Y entre los chicos, este año ha habido sorpresa. Steve Kazee ha revolcado a los consagrados Danny Burnstein y Ron Raines (Follies) y a un Norm -Porgy- Lewis que se presentaba como favorito de la temporada. Yo mismo le vaticiné el premio en la puerta del Stage Door a este genial y simpático actor. Y él se me quedó mirando sorprendido, como si ni siquiera se lo hubiera planteado. En fin, si no ha sido esta vez será la próxima, sin duda.
Ausencias notables: Godspell como mejor revival, Bernadette Peters y Elaine Paige por Follies, Harry Connick por On a clear day (sí estaba su compañera, la maravillosa Jessie Mueller), Elena Roger y Ricky Martin como Evita y Che (solo Michael Cerveris como secundario por Juan Perón), Paul Nolan como el mismísimo Jesucristo y Matthew Broderick por Nice work if you can get it. La American Theatre Guild tendrá sus razones, digo yo.
Pero para los que tuvieron el privilegio de asistir a la gala -o la suerte de poderla ver por la tele en directo- el verdadero ganador fue, una vez más, su anfitrión, Neil Patrick Harris. Las tablas que derrocha este actor con eterna pinta de niño travieso solo lo pueden comparar con el encanto y la maestría de su antecesor, el inconmensurable Hugh Jackman. ¿Cuándo volverá a presentar el show?  De momento este año nos conformamos con haberlo visto recoger un premio honorífico de manos de su adorada esposa. Ya solo por instantes como ese merece la pena tragarse enterita la ceremonia de premios con más arte y glamour de todas cuantas existan (sí, una vez más, tía Antoinette gana a tío Oscar por goleada).
Y es todo por el momento, que disfrutéis de las interpretaciones de lujo de este show sin parangón, que nos recuerdan una vez más eso de que "there´s no business like show business!"    











jueves, 31 de mayo de 2012

Standing ovation





Crazy for you  (All dancing, all singing...all Gershwin!)

Agosto, 1993. Un calor sofocante. Una humedad casi insoportable, aunque la aguantábamos con gusto, claro. Nos refrescaba la fascinación, el subidón, una excitación a prueba de grados fahrenheit. Por primera vez estábamos en Nueva York. La primera de una larga lista. I´m crazy for you!
Las marquesinas nos guiñaban como tratando de atraer polillas hacia la luz. Cientos de lumniosos anunciando un montón de shows que ni de lejos nos sonaban, ¿adónde vamos? Había menos dinero en los bolsillos -y menos arrugas en la cara- y teníamos que seleccionar escrupulosamente en qué espectáculo invertíamos los 50 o 60 dólares que por entonces costaba una entrada (aquellos maravillosos años), y la verdad, no teníamos demasiada información.
Guys and Dolls, Kiss of the Spider Woman, The Goodbye Girl... sí, preciosos carteles... pero aún estábamos tan verdes en estas lides... De repente uno de los muchos flyers que revoloteaban Times Square cayó en mis manos. Se trataba de un musical nuevo, pero de los clásicos y con canciones de George Gershwin. Claro que sabíamos quien era, tampoco éramos tan jóvenes como para no conocer a Gershwin, de hecho nos encantaba. Y en el papel, entre mil colorines y fotos de gente guapísima bailando frenéticamente, los títulos de las canciones: I got rythm, Embraceable you, But not for me, Nice work if you can get it, Someone to watch over me... Las polillas se fueron derechitas hacia la lámpara.
De unos años acá se han puesto de moda los "musicales refritos", homenajes a cantantes, autores o coreografos repasando su vida y obra en una sucesión de highlights encadenados. Una fórmula segura, rentable y relativamente fácil. Pero Crazy for you no era uno de esos, en absoluto.
La historia toma como punto de partida un musical de 1930 llamado Girl Crazy, que fue la plataforma de lanzamiento de Ethel Merman, la primerísima dama de Broadway. El argumento se transforma en la revisión actual y a la vez se incorporan una serie de temas que no estaban en la obra original. De esa manera se homenajea a sus autores eliminando canciones menos conocidas y desempolvando una trama tal vez algo desfasada. Y ahí entra Ken Ludwig, el autor de un libreto dinámico y divertido lleno de gags y situaciones de comedia clásica pero capaces de conectar con un público noventero.
El heredero de una saga de banqueros, Bobby Child, a punto de casarse con una chica de la alta sociedad neoyorkina, tiene que ir a un pueblucho perdido en Nevada a embargar un teatro medio en ruinas. Allí conoce a Polly, la hija del dueño del local, una chica de carácter que defenderá con uñas y dientes lo que considera la última esperanza de alegría y diversión de su aldea. No hemos mencionado que, aunque su futuro está en los números -bancarios- lo que a Bobby le interesa son los números musicales. Es un actor frustrado que se resiste a ver como sus sueños se evaporan sin intentar dedicarse a lo que más desea en el mundo, el showbusiness. Como es lógico, y a pesar de estar enfrentados por la inminente demolición del teatro, la chispa saltará inmediatamente entre el protagonista y la enérgica vaquera. Más aún cuando nuestro galán decide reflotar el local y montar un show por todo lo alto. Malentendidos, dobles identidades, persecuciones, encuentros y desencuentros provocarán una serie de situaciones hilarantes y románticas a partes iguales.
Pero donde llega lo mejor es, naturalmente, con la música y el baile. Un puñado de obras maestras magníficamente interpretadas -y sin un gramo de cursilería- por Harry Groener, Jodi Benson (la primera actriz a la que asalté en un stage door), Bruce Adler o Michelle Pawk, entre otros.
Las coreografías de este musical te pueden dejar literalmente pegado a la butaca. Así nos quedamos al terminar el número que ponía fin al primer acto (I got rythm). Es típico que en un show de estas características cierre la primera parte con un baile apoteósico, como sucede en Anything goes, por ejemplo. Pero lo que hizo ese batallón de bailarines usando, además de sus cuerpos, toda clase de herramientas y cacharros -hasta tapas de cubos de basura mucho antes que Stomp!- no nos parecía de este mundo. Unas evoluciones gimnásticas, acrobáticas, imaginativas... y al mismo tiempo dando la sensación de ser la cosa más fácil y natural. ¿Y qué decir del Slap that bass en el que las chicas se convierten en perfectos contrabajos con una simple cuerda? Alucinante. Así conocí a Susan Stroman (Contact, Steel Pier, The Producers), una de las mejores coreógrafas del panorama actual.
Y así me quedé cosido para siempre al terciopelo rojo de las butacas del Shubert Theatre. ¿Cómo no? No existe en todo Broadway mejor local para un bautizo como Dios manda. Allí se estrenó The Philadelphia Story, Kiss me Kate, A Chorus Line o Chicago. Ese fue el primer escenario donde puso los pies Barbra Streisand/Miss Marmelstein en I can get it for you wholesale (who could ask for anything more?).  También se estrenaron Can-can, Oliver, Promises, Promises y A little night music. Y claro, allí me estrené yo. Hubo un antes y un después de esa tórrida noche de verano, de ese primer salto al otro lado del Atlántico, del Descubrimiento de América, que para mí fue mucho después de 1492.
Al salir del teatro "tappeando" tórpemente las melodías de Gershwin -como los niños que salen dando tiros de una película del oeste- conocimos un poquito más de cerca eso que llaman felicidad.
And they can´t take that away from me.
 
  






jueves, 17 de mayo de 2012

Music & lyrics



Kander & Ebb (Show people)

Pudo ser cualquier día del año 1962 cuando estos dos jóvenes artistas coincidieron en un estudio de grabación en New York (New York!) por primera vez. De todas las cosas que tenían en común -y seguro fueron muchas- la principal fue su hambre de éxito. Y una creatividad desbordante.
"Cuando Johnny encontró a Freddie" algo grande sucedió en el mundo del espectáculo. Algo que no se daba desde que Rodgers encontró a Hart o Lerner a Loewe. Más grande aún.
John Kander nació en Kansas City en 1927, y nadie sabe exactamente cómo ni porqué pero la música ya venía en sus venas. De estudiante de conservatorio y pianista acompañante a compositor de canciones solo hubo un par de pasos. Y el siguiente fue el de asistente musical de algún que otro show de poca monta en la gran ciudad. Suerte que cayó en buen lugar: sustituto para los ensayos de West Side Story. Vale, no es gran cosa, pero así conoció a Jerome Robbins, quien le ofreció componer las secuencias de baile para su siguiente show, Gypsy. No había puertas más grandes -ni oportunas- para colarse en Broadway a finales de los 50.
Fred Ebb, un chico judío de Manhattan, vio la luz de su ciudad en 1932. Aunque su camino no parecía estar tan prefijado como el de su colega -trabajó como zapatero, transportista o contable de una fábrica de medias- desde muy joven se sintió atraído por la música y la poesía. Este miembro de una humilde familia sin aficiones musicales, vio como su vida cambió después de presenciar una actuación del legendario Al Jolson. "Me enamoré del mundo del espectáculo esa misma noche, agazapado en el gallinero de aquel viejo teatro", declaraba en una entrevista. Mientras se graduaba en lengua inglesa en la Universidad de Columbia comenzó a escribir canciones. Casi por casualidad algunas cayeron en manos de artistas de la talla de Carmen McRae o la mismísima Judy Garland, caprichos del destino.
El día en que el productor de una discográfica los presentó, John acababa de participar en un fracaso monumental. "A family affair" y Fred se estrenaba -harto de escribir guiones para radio y clubes nocturnos- como libretista de un fracaso aún mayor "Morning sun". ¿Amor a primera vista? Camaradería, compenetración, química... y por encima de todo una amistad para toda la vida. Su primera canción juntos se llamó "Perfect strangers", y aunque no tuvo ningún éxito, parece que el título había sido elegido a propósito. My Coloring Book sí que triunfó, uno de los primeros temas que grabó una joven cantante llamada Barbra Streisand -nariz y olfato- muy poco después.
Aunque sin mucha repercusión, el primer show para el que colaboraron como letrista y músico, "Golden gate" les dio la oportunidad de conocer a Harold Prince, que les encargó las canciones de un nuevo musical que iba a producir. "Flora, the red menace" era una comedia hecha a la medida de una chica nueva que buscaba su oportunidad en Broadway. Una recomendada llamada Liza May Minnelli. Escribir para la primogénita de la Garland debió de imponerles un especial respeto, tal vez por eso lograron una de sus partituras más deliciosas, la primera de una larga lista de obras maestras (A quiet thing, Sing happy... ). A partir de ahí el dúo se convirtió en trío, y Liza quedó unida para siempre a sus "chamanes" musicales. Hasta hoy. Se puede decir que no habría una Liza Minnelli sin Kander y Ebb, y viceversa. Luego llegó Bob Fosse y sucedió lo que muy pocas veces sucede en el showbusiness, casi nunca. Se alinearon los planetas y... bueno, el resto es historia.
Harold Prince andaba dándole vueltas a la adaptación musical de una novela de Isherwood en 1966. "Adiós a Berlín" iba a ser "Cabaret" y necesitaba a los autores perfectos para formar el esqueleto de tan ambicioso proyecto. Años después, tras el triunfo logrado por esta función, se decidió llevarla al cine y se hizo de ella una de las mejores películas musicales de todos los tiempos. Así llegó la consagración definitiva de Liza, de Fosse, de Joel Grey -el único que repetía personaje del musical- y del tándem K&E.
Era imposible igualar el éxito de esta su obra magna, pero no porque sus siguientes trabajos no estuvieran a su altura. The Happy Time, Zorba o 70, Girls, 70, contienen algunas de las mejores canciones del teatro musical americano. Y con el sello inconfundible de la factoría. Pero en 1975 ya tocaba otro bombazo, y lo lograron con la sátira vodevilesca Chicago. A pesar de que en su momento no fue totalmente comprendida por su acidez, su cinismo y un concepto tal vez demasiado atrevido para la época, con el revival del 96 se ha consagrado como uno de los musicales más longevos de la historia. Es lo que tiene cabalgar por delante de tu propio tiempo.
Luego vinieron "The Act" (un vehículo de lujo para su protegida con joyas como City Lights o My Own Space), "Woman of the Year" (resucitando a la maravillosa -y aguardientosa- Lauren Bacall) y The Rink, una de sus mejores y menos conocidas creaciones. En este show se enfrentaban dos estrellas forjadas al calor de los maestros, Liza y Chita. ¿Alguien da más?
Estamos en plenos ochenta, en la suave decadencia productiva de nuestros autores. Pero aún tendrían mucho ruido que dar, "Kiss of Spider Woman" y "Steel Pier" ya en los noventa los volvieron a colocar en la cima.
Y en la siguiente década llegó la despedida. En septiembre de 2004 Fred Ebb dejó solo a su compañero. De repente la música se quedó sin letra. Aún quedaban en el horno un par de obras que no habían visto la luz,"Curtains" y "The Scottboro Boys", que  han sido estrenadas tras la muerte de Ebb. Precisamente en la primera hay un par de temas que parecen hacer referencia a la pérdida del amigo y el colega, a lo duro que será volver a escribir música sin sus letras. Thinking of him/I miss the music, su homenaje particular.  
La obra de Kander y Ebb representa algo raro en el mundo del espectáculo. Hay autores comerciales, compositores de obras fáciles, pegadizas, con temas que a la semana del estreno se cuelan en las listas de éxitos. Y luego están los profundos, los intelectuales, esos que triunfan -si alguna vez lo logran- por la crítica más que por el favor del público. Pues bien, ellos lo reunen todo. Son los padres de New York, New York y también de Zorba el griego, además de todo lo que hay enmedio. ¿Qué más se puede decir? Nada, ya solo queda ver y oir. Pero con mucha atención, porque en cada verso y cada melodía están los corazones de Freddy y Johnny.















jueves, 3 de mayo de 2012

Broadway baby





Peter Pan (I won´t grow up!)

Érase una vez una niña a la que su madrastra quería matar por ser la más bella del reino, un muñeco de madera que de repente se volvió humano, una pobre fregona acosada por sus crueles hermanastras, un elefante con orejas superlativas cansado de sentirse diferente, una niña de rubios cabellos que cae por un pozo infinito persiguiendo a un conejo apresurado, un chaval vestido de verde que se propuso no crecer nunca jamás... ¿De verdad que no te identificas con estas historias?
Érase una vez un escritor escocés llamado James Matthew Barrie que se enamoró de una familia que no era precisamente la suya. Y de unos niños que le devolvieron al niño que una vez fue y se perdió en un mundo de adultos. Un niño que fue ignorado por su propio padre, perdido a su vez en la melancolía por la muerte de otro de sus hijos. Niños que encuentran refugio al abrigo de su propia imaginación. ¿Te suena?
Sucedió en Londres en 1904. Las travesuras de los hermanos Llewelyn Davies inspiraron una obra de teatro que para muchos fue un auténtico disparate. ¿Un chico que se negaba a hacerse mayor y que se llevó volando a sus amigos al país de "nunca jamás"? ¿Dónde está eso?  Ese lugar paradisiaco habitado por indios y piratas no se encuentra en otro mapa que el de la fantasía. 
La hija de otro de sus amigos -su colega el poeta William Ernest Henley- le inspiró el personaje más "real" de la historia, Wendy. Una adolescente en el umbral de la juventud que tiene que dejar de comportarse como una niña para convertirse en una dama de la buena sociedad. Abandonar las muñecas y los sueños y enfundarse en un corsé, tarea que el intruso saltarín tendrá que impedir como sea. Lástima que a la pobre Wendy le tocará hacer de madre de los "niños perdidos" de neverland. Pero ella desempeñará ese papel con total dedicación. Lo que no llevará tan bien serán los celos de su rival (hasta en el mundo de la fantasía a las mujeres les pierde la competencia), un hada minúscula llamada Campanilla -Tinker Bell- protectora y amiga inseparable de Peter. Y luego vienen los malos de la historia, el cruel y peripatético James Hook (el Capitán Garfio) y su cuadrilla de piratas borrachuzos que animarán las aventuras de estos niños eternos.
Érase una vez un niño que se empeñó en ser el Niño Midas del cine y convertir en oro puro todo cuanto dibujara. Walter Elias Disney -Walt para los amigos- se apresuró a trasladar este cuento a su universo animado en 1953 tras haber triunfado con Blancanieves, Pinocho o Fantasía, una de sus indiscutibles obras maestras. Como ha sucedido con muchas de sus adaptaciones -algunas libérrimas- su tremendo éxito popular ha consegudo borrar las verdaderas historias en las que se inspiran. El tamiz Disney siempre estuvo dispuesto a descafeinar los cuentos que contenían elementos poco "familiares" o correctos, aunque a veces la crueldad o la velada sexualidad que subyacen en sus filmes -no apta para todos los públicos- hayan sido objeto de profundos y sesudos análisis. Como en otras películas del autor (Cenicienta, Alicia o La Dama y el Vagabundo) las canciones corrieron a cargo de un experto en el gánero, Oliver Wallace. La segunda estrella a la derecha, Volarás... con esos coros de voces imposibles, ¿recuerdas?
El siguiente peldaño en la popularidad de esta fábula tan divertida y triste al mismo tiempo: convertirla en un musical de Broadway. Varias intentonas -entre ellas una versión dirigida por Jerome Robbins- se sucedieron antes de recalar en Nueva York. Pero fue justo un año después del estreno de la película de animación, en 1954, cuando el Winter Garden levantó el telón a una colorista y enérgica producción con algunas canciones ya escritas por Moose Charlap y otras nuevas del fabuloso Jule Styne (Gypsy, Funny Girl). Los legendarios Betty Comdem y Adolph Green, con su ingenio y oficio acostumbrados, se encargaron de poner letras a estas preciosas melodías. Y Robbins dirigió también esta versión definitiva y montó las coreografías más espectaculares hasta la época. Nadie había visto cantar, bailar y ¡volar! a los actores en un teatro en 1954. Ya solo faltaba buscar al chico que corría tras su sombra. Y no sería fácil encontrarlo.
Érase una vez una muchacha de Texas llamada Mary Martin que decidió vivir su vida sobre las tablas de un escenario. Con éxitos en su carrera como One Touch of Venus o South Pacific, la que sería una de las primeras divas de Broadway (Ethel Merman y Gertrude Lawrence completan el trío) se hizo con el papel del niño volador contra todo pronóstico. Mujer y con más de cuarenta años, todo un atrevimiento. Pero la tesitura requerida por las canciones y la necesidad de tener una estrella presidiendo cartel inició una respetada tradición del musical, la de meter a una chica en los leotardos del genio volador. Y así se hizo en las siguientes versiones con Sandy Duncan (1979) y con una fuerza de la naturaleza llamada Cathy Rigby, el último y definitivo Peter Pan. Y el caso es que no resultaba raro. Igual que la creyeron como la novicia cantarina en The Sound of Music o la pizpireta enfermera Nellie en South Pacific, nadie tuvo problemas para ver en su rostro el del perpetuo y rubio adolescente. Eso solo lo puede lograr una actriz superlativa.
Aunque para la mayoría Peter Pan es la película de Disney, esta obra se llegó a convertir en un clásico de Broadway y aún son muchas las reposiciones que se estrenan cada año. El pasado diciembre la Rigby volvió a sobrevolar el escenario, en este caso el del Madison Square Garden. Y volvió a encender los ojos de miles de niños entregados a una fantasía sin límites.
A esos niños va dedicado este capítulo, claro. Pero también a los que aunque ya no lo seamos, aún no hayamos perdido la capacidad de asombro ni la ilusión por las cosas más sencillas o más inverosímiles. A los que nos sorprende esa arruguita nueva por la mañanas, a los que seguimos temiendo el compromiso aunque estemos comprometidos hasta las cejas... y  a los que aún soñamos con salir volando hasta la tierra de nunca jamás.
En realidad no es tan difícil, piensa en algo bonito, si acaso quieres volar...  











jueves, 19 de abril de 2012

Qué fue primero?

   



Guys and Dolls (rockin´the boat)

Como casi siempre, todo comenzó con una novela. O en este caso con un cuento corto del periodista Damon Runyon titulado "The Idill of Miss Sarah Brown", una simpática historieta sobre una devota catequista rescatadora de almas descarriadas que se enamora locamentede un jugador empedernido.
Publicado a comienzos de los años treinta, este relato cómico y romántico ponía en contraste la inocencia de una chica inexperta y naif con los kilómetros de un canalla redomado al que ella tendrá que enderezar. ¿Pero quién cambiará a quien?
En otro cuento del mismo autor titulado "Blood pressure" (presión sanguínea) se habla de un grupo de apostadores profesionales que están organizando una partida secreta en los bajos fondos del Nueva York de la ley seca. Lanzadores de dados, traficantes de alcohol, chicas de coro, gangsters de poca monta... estas historias estaban pidiendo música a gritos ¿no?
A finales de los cuarenta, Cy Feuer (productor de las películas Cabaret o A chorus line) y Ernest Martin se embarcaron a llevar al teatro estas obras fundiéndolas en un solo argumento. Para ello contrataron a uno de los co-autores del guión de Gone with the wind Jo Swerling. Pero tras un primer vistazo al libreto decidieron que le faltaba las dosis de picardía que el material estaba pidiendo. Finalmente le ofrecieron el trabajo al famoso actor, escritor y cómico de la radio Abe Burrows. El caústico showman salpimentó la historia con toda la gracia canalla y el humor caústico que le caracterizaba y que requería el tema. Precisamente fue Burrows quien impidió que el musical ganara un Pulitzer al estar vetado por el Comité de Actividades Antiamericanas. Parece que su cínico criticismo con el sistema lo había colocado en el punto de mira del sabueso McCarthy.
Ya solo faltaban las canciones. Después de barajar otras opciones, finalmente el encargo fue para un conocido letrista de Hollywood llamado Frank Loesser (How to succeed, The most happy fella). Muchos no apostaban por su capacidad musical, y sin embargo sorprendió a todos con uno de los más generosos repertorios de canciones en un show hasta la fecha. Guys and Dolls, I´ll know, Adelaide´s lament, Luck be a lady... y una de las baladas más románticas de la historia de Broadway, I´ve never been in love before. La combinación de ritmos trepidantes -jazz, swing, rag- y frases sarcásticas, con melodías enternecedoras y emotivos versos hace de esta partitura una de las mejores, sin duda. Un clásico.
En noviembre de 1950 y dirigido por otro polémico humorista, George S. Kaufman, se estrenó en el teatro de la Calle 46 con un estruendoso éxito de crítica y público. 1200 representaciones confirmaron la calidad de la combinación de elementos (una memorable coreografía de Michael Kidd) y un reparto en el que sobresalía la estupenda Vivian Blaine, la única de los cuatro protagonistas que se mantuvo en la traslación al cine. Ésta no se hizo esperar demasiado, era inevitable llevar esta divertida comedia a la gran pantalla. En cinemascope y a todo todo color.
En 1955 la Metro-Goldwyn produjo la versión cinematográfica dirigida por un novato hasta entonces en el cine musical, Joseph Leo Mankiewicz (Eva al desnudo, La condesa descalza, Cleopatra). La gran apuesta -en una película llena de apuestas- fue la elección del cuarteto protagonista. Salvo Frank Sinatra, que ya había demostrado solvencia suficiente en la música, y Vivian Blaine que repitió papel, dos absolutos intrusos en el género completaron el cast.  Ni Marlon Brando ni Jean Simmons habían hecho cine musical, pero eran dos de las estrellas más populares -y rentables- con las que la MGM contaba en esos momentos. Tras barajar nombres como el de Gene Kelly -para el papel de Sky Masterson- y los de Marilyn Monroe o Grace Kelly para el de Sister Sarah, se decidieron por ellos tal vez al comprobar la buena química de la pereja. Chemistry? Yeah, chemistry! se decían el uno al otro en su primer encuentro, antes de cantar la hermosa I´ll know.
Añadiendo y eliminando algún que otro número musical -aunque conservando intactos los principales- y usando unos decorados coloristas y artificiales que parecían haberse escapado de entre la tramoya original, el resultado de esta adaptación fue de primera. ¿Quién no querría ver cantando -y bailando- a Brando? Sí, este fue el reclamo principal, pero no olvidemos la fama que precedía al producto, no olvidemos la inmensa popularidad de Sinatra en los cincuenta, y desde luego una trama que prometía comedia burlesca y romántica a partes iguales.
La historia de este par de crápulas a punto de ser cazados por sendas damas, se instaló permanentemente en el pódium musical y cinematográfico americano. Las distintas versiones se fueron sucediendo por todos los escenarios del país. Pero el regreso a Broadway por la puerta grande esperó más de cuarenta años. El 1992 y con un reparto de lujo que incluía a Nathan Lane y Peter Gallagher como Nathan Detroit y Sky Masterson y Faith Prince y Josie de Guzman en los papeles de Adelaide y Sarah, se estrenó un revival que permaneció más de tres años en cartel. En sucesivas revisiones (2005 en Londres o 2009 en Broadway) han intervenido estrellas como Ewan McGregor, Jane Krakowski, Patrick Swayze y hasta el medio olvidado Don Johnson que sustituyó a Douglas Hodge (La cage aux folles) cuando dejó la función en Londres en 2006.
En España se hizo una versión libre dirigida por Mario Gas en 1997. Los que la han visto cuentan que fue tan desconcertante como interesante. La trama se muda desde los alrededores de Times Square al interior de una prisión en la que los reclusos deciden montar un musical. Algo diferente ¿por qué no?
Coristas deseando colgar las plumas y caminar hacia el altar, jugadores que se resisten a hacer su última apuesta, inocentes catequistas que se emborrachan con un batido de leche -y Bacardi-, matones, traficantes y estafadores que no quieren ser redimidos, aunque saben que el juicio final se acerca. Todos cantando y bailando hasta hacer tambalearse el barco. ¡Cuidado que nos hundimos! Sit down, you´re rockin´ the boat!  
     








domingo, 1 de abril de 2012

What´s about?




La historia más grande jamás cantada

Es jueves, y no uno cualquiera, es Jueves Santo. Unos se van de vacaciones, otros se arremolinan a las puertas de las iglesias a esperar las procesiones, otras sufren los rigores de los tacones y las peinetas mientras algunos han decidido –con muy buen criterio- quedarse en casa y ver una vez más La Túnica Sagrada, Quo Vadis? o Rey de Reyes. A esta lista de clásicos pasionales tenemos que añadir uno esencial, una revisión hippy y transgresora sobre los últimos días de Cristo en la tierra. Jamás se pensó en un tema más trascendental para convertirlo en musical. Jamás nadie pensó que la Biblia pudiera romper taquillas en Broadway.  A nadie antes se le había ocurrido lo que la historia sagrada podía dar de sí. Al fin y al cabo se han vendido más ejemplares de este best seller que de Harry Potter…
1970. En una de las muchas conversaciones entre los autores y amigos Tim Rice y Andrew Lloyd Webber –que ya habían trabajado juntos en otra obra “bíblica” Joseph and the amazing technicolor dreamcoat- vuelven a hablar sobre una locura que les rondaba desde hacía tiempo. El concepto ópera rock no existía antes de finales de los sesenta. Tommy (The Who), Hair o el mismo Joseph eran los únicos precedentes de este novedoso concepto. Aliñar los evangelios de San Mateo con baterías y guitarras eléctricas suponía un cierto riesgo, pero eran los setenta y la gente estaba ávida de experimentos psicodélicos, y desde luego mucho más abierta a nuevas ideas que hoy día. Así que se pusieron manos a la obra, a redactar el libreto –casi inexistente al tratarse de una ópera- las letras y las músicas. En poco tiempo ya estaba listo el repertorio pero aún sin productor que quisiera entregar su pellejo como prenda en esta insólita empresa. Por el momento grabaron un disco con los temas principales y al instante ya había un par de ellos colocados en las listas de éxitos (Superstar y I don´t know how to love him) Esto supuso alguna garantía para producir el show.  Los intérpretes del vinilo eran Ian Gillian (Deep Purple) en el papel de Jesucristo, Murray Head (One night in Bangkok, Sunday, bloody Sunday) como Judas y una hawaiana semidesconocida llamada Yvonne Elliman como María Magdalena. La única, por cierto, que repitió papel en el estreno de Broadway y en la posterior película.
La popularidad del disco hizo que en pocas semanas fueran varias las producciones de aficionados -high schools y pandillas de jóvenes cristianos progres- que se pusieran en marcha. Todas sin autorización de los creadores. Era la primera vez que un musical se ponía en escena por amateurs antes de que se estrenara oficialmente. Pero la realidad es que ya nadie podía parar la “superstarmanía”.
En 1971 abrió sus puertas en el Mark Hellinger Theatre dirigido por Tom O´Horgan. Y no con las mejores críticas. La moral católica reaccionó de forma enérgica. Demasiado cinismo, demasiada política, demasiada humanidad y…demasiado Judas. Una historia sobre la pasión de Cristo en la que la resurrección no significa nada, en la que la Virgen María es ignorada, en la que Herodes aparece como una vieja reina del vodevil y en la que el punto de vista de la narración parte de Judas Iscariote… demasiada provocación.
Pero no olvidemos que a fin de cuentas quien de verdad manda en Broadway es el lobby judío, y parece que a pesar de lo que para su religión también significaba esta iconoclasta revisión, el olfato de los productores pudo mucho más y aquello, pese a todas las controversias, olía a taquilla que apestaba.  
En el estreno el papel de Judas lo hacía nada más y nada menos que Ben Vereen (Pippin, Sweet Charity, All that jazz), la “pierna derecha” de Bob Fosse. Otra transgresión, un Judas negro. Lástima que al enfermar lo tuvo que ser reemplazado por Carl Anderson, el Judas de la película.
En 1972 llegó al Palace Theatre de Londres donde aún consiguió un mayor éxito. Con sus casi nueve años de permanencia en cartel se convirtió en el musical más longevo en el Reino Unido hasta la fecha. Poco después le quitó el record otra creación del mismo autor, Cats.
Desde Lituania hasta Australia pasando por Hungría o Venezuela, el Superstar arrasó en cada país que adaptó el show. El estreno de la versión cinematográfica no se hizo esperar demasiado. En 1973 Norman Jewison (El violinista en el tejado, Hechizo de luna) dirigió esta austera superproducción con el rockero Ted Neely como Jesús y Carl Anderson e Yvonne Elliman repitiendo los papeles de Judas y Magdalena. Rodada en desérticos parajes de Israel, la película prescinde de gran parte de la tramoya teatral optando por un minimalismo cercano a lo onírico. El vestuario y los escasos decorados revelan la enorme influencia que el movimiento hippy tenía en estos momentos.  
A Madrid llegó en 1975. El productor Jaime Azpilicueta se atrevió con un montaje hipermoderno, algo que no se había visto jamás en nuestro país. Pero el riesgo no fue tanto al contar con una estrella como Camilo Sesto como protagonista. Angela Carrasco y Teddy Bautista  (sin comentarios) fueron Magdalena y Judas. Uno de los logros fundamentales de esta versión fue la traducción de las letras, sin duda una de las mejores de nuestra irregular trayectoria patria.
Pues sí, es Jueves. Hay nubes y claros. El viento amenaza con regalarnos otra tarde indecisa. No sé si tanto como para enchufarnos Los diez mandamientos, pero por lo menos para echarle un vistazo a las muestras de las diferentes versiones que traemos esta semana. Versiones de una obra que ha unido a católicos, protestantes y judíos, que ha abierto ampollas y llenado bolsillos, y que se ha instalado en la memoria afectiva de muchos –del que escribe al menos- por los siglos de los siglos. Amén.
         








jueves, 22 de marzo de 2012

That´s dancing!




El swing de Kathleen Marshall

Cuando los empleados de la fábrica de pijamas Sleep Tite decidieron ponerse en huelga ante la explotación de sus patronos, hartos de trabajar sin horario y con un miserable sueldo, no se ofuscaron, no. Se fueron de picnic y empezaron a dar saltos y hacer piruetas celebrando que, después de todo, "un día es un día".
Cuando Lucentio se tuvo que disputar el amor de la dulce Bianca con Gremio y Hortensio en la Padua del XVI, no desenfundaron sables ni florines, no discutieron ni pelearon. Se pusieron a bailar como locos ante la abrumada muchacha, a ver quién de los tres lo hacía mejor. ¿Tom, Dick o Harry?
Cuando se cansaron de dar brillo a su pelo -y a su "flamante" Buick de segunda o tercera mano- los chicos del Ridell High School no hicieron otra cosa que montarse un baile frenético sobre el destartalado coche.
Cuando la seductora Reno Sweeney se da cuenta de que solo por besar a Sir Evelyn Oakleigh podría ascender de simple cabaretera de music hall a una auténtica lady inglesa... Cuando todos en ese barco de locos impostan la personalidad de otro para lograr fortuna, sexo o amor en un disparatado crucero rebosante de champagne y frivolidad, correrán a cubierta a bailar al endemoniado ritmo del claqué proclamando a voz en grito que en el amor y en la guerra ...todo vale!
Cuando la incombustible princesa Winnifred cruza a nado el foso del castillo como una aspirante más a esposa del príncipe Dauntless... A pesar de que sale de allí embarrada y despeinada, a pesar de las miradas asesinas de la reina madre y del estupor de todos los presentes no se acobarda -aun sufriendo de una supuesta "timidez enfermiza"- sino que se echa a cantar y bailar entre almenas y torreones.
Y cuando a la pobre Ruth Sherwood se le empezaron a acumular las facturas sobre el escritorio, cuando una vez más sus artículos fueron rechazados por otro periódico y no tuvo más remedio que hacer de mujer anuncio del cabaret Village Vortex, no se vino abajo, no. Justo antes de tocar fondo comenzó a mover sus caderas al ritmo sincopado de un swing electrizante.
El swing de Kathleen Marshall.

Nacida en Pittsburgh, Penssylvania, Katie vivió desde pequeña la pasión por el mundo del espectáculo con la mayor naturalidad. No era la primera de la familia que sentía el pellizco del showbusines. Siguiendo los pasos de su hermano mayor, Rob Marshall (director de Chicago, Memorias de una geisha, Nine) comenzó a estudiar en escuelas de teatro y danza hasta que empezó a colaborar en sus primeros montajes. El bautizo le llegó nada más y nada menos que con Kiss of the spider woman, el musical de Kander y Ebb que coreografiaba Rob allá por el año 93. Su labor como asistente a la sombra de su hermano en un musical tan complejo y excitante como ese debió abrirle el apetito. Comenzar una carrera dando instrucciones de baile a Chita Rivera debe ser presagio de un brillante porvenir ¿no? claro, si llegas a superarlo.
Aún como ayudante siguieron éxitos como She loves me, Damn Yankees y Victor/Victoria. Los laureles -y los tonys- fueron para otros, pero la que tuvo que cuidar de que la Sra. Andrews no se cayera de los tacones durante Le jazz hot, fue ella y no otra. Desde finales de los noventa ya comenzó a montar sus propias coreografías en Broadway, incluso a dirigir algún espectáculo por sí sola. En el año 2000 dirigió uno de sus mayores éxitos, el que le valió la entrada por la puerta grande al exclusivo club de coreógrafos de leyenda (Agnes de Mille, Jerome Robbins, Bob Fosse...). El dinámico musical de Bernstein Wonderful Town con Donna Murphy encabezando el reparto tuvo que suponer un auténtico reto al estar plagado de referencias clásicas semi-intocables. Pero Katie salió airosa de la empresa y se llevó a casa un tony a la mejor coreografía.  Pronto tuvo que ampliar la estantería porque repitió con The Pajama Game y Anything goes, así como otras nominaciones por sus trabajos en Kiss me Kate o Grease. Para televisión ha realizado un par de películas -pequeñas y encantadoras- como The music man y Once upon a mattress.
Y ahora triunfa con su último trabajo, una espléndida revisión del musical más frívolo de todos los musicales frívolos de Cole Porter, Anything goes. Y dirige a Sutton Foster, y a Joel Grey... y los pone a bailar con un swing que solo unos pocos como ella entienden de verdad. Un swing que nos impide caminar de una forma normal cuando salimos del teatro o cuando estamos escuchando -y recordando- cualquiera de esos números imposibles de bailar.
¿Que qué es el swing? Pregúntale a un flamenco por el compás, a un pintor por el brochazo o a un diseñador por la línea, el toque. Seguramente tardarán mucho en dar una definición, porque no debe ser algo que se aprenda en las escuelas ni en los libros, o que se pueda copiar. O se tiene o no se tiene.
Pregúntale a Kathleen.