Wilkommen, bienvenue, welcome!!

jueves, 21 de marzo de 2013

Broadway baby




Rogers and Hammerstein´s Cinderella

¿Una calabaza convertida en carruaje? ¿Unos ratones vestidos de pajes? ¿Unos harapos transformados en un modelazo de fiesta? ¿Una fregona hecha princesa? Imposible.
Eso mismo habría pensado Charles Perrault si alguien le hubiera dicho que aquel cuentecillo popular sería algún día el más popular de todos los cuentos. La fantasía definitiva de todas las niñas -no importa raza o nacionalidad- y una de las narraciones más versionadas y adaptadas de todos los tiempos. Teatro, ballet, novela, cine, televisión... Dejando aparte la peligrosa inclinación del ser humano por el transformismo, parece que desde siempre nos gustó soñar con imposibles.
Perrault también quiso soñar. Harto de la vida de un funcionario de Luis XIV de Francia, de la rutina cotidiana de un burócrata de Colbert, este bibliotecario de la Real Academia tenía una doble vida. O una imaginaria, mejor dicho, a la que escapaba a la mínima ocasión que sus obligaciones de burgués prerrevolucionario y devoto padre de familia de dejaban. Harto de tratar sobre pleitos, donaciones y prebendas, un buen día empezó a escribir sobre hadas y princesas encantadas. A recoger historietas de tradición oral -como poco antes había hecho Gianbattista Basile en Italia- y a darles nueva forma entre las páginas de los libros. Cuando aún no había muchos...
Con el título de Les Contes de ma mère l´Oye (Cuentos de Mamá Ganso) apareció por primera vez en 1697 esta recopilación de ocho relatos de fantasía que incluían clásicos como Pulgarcito, La Bella Durmiente, Barba Azul o Caperucita Roja, muchos de los cuales fueron readaptados por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm poco más de cien años después, dándoles la difusión definitiva y convirtiéndolos en pieza esencial del imaginario colectivo hasta nuestros días. Bueno, también habría que hacer responsable de ello a un norteamericano de Chicago llamado Walter Ellias, Walt Disney para los amigos.
Cuando en 1950 se estrenó la película de la factoría Disney, el viejo relato -tan viejo como la propia literatura, como el cuento egipcio de la princesa Ródope, como las historias de Heródoto o como Ye-Xian, la china de pies diminutos- por fin recobró juventud, color y fama, mucha fama. Avalada por éxitos incontestables como Blancanieves, Fantasía, Pinocho, Dumbo o Bambi, La Cenicienta era el siguiente gran paso del famoso productor, tal vez la obra definitiva que lo consagró como el Rey Midas de la animación. Dulcificando aquí y suavizando allá, esta Cinderella de colorines con su corte de simpáticos ratones y pajaritos cantores, nos guste o no, se convitrtió en la heroína definitiva. Ninguna de cuantas la han personificado en la pantalla grande o pequeña (ni Drew Barrymore, ni Amy Adams, ni Julia Roberts, ni Hillary Duff etc.) han conseguido jamás borrar de nuestra mente esa muchacha de cabellos amarillo oro vestida de azul cielo -azul princesa desde entonces- dando vueltas a golpe de vals en el salón imposible de un palacio imposible.
Y entonces llegaron Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II. Desde que Rossini y Prokofiev pusieran  música al cuento de hadas un siglo atrás -en ópera y balet respectivamente- nadie se había atrevido a hacer cantar y bailar a esta ilustre fregona. Pero ¿quién mejor que este tándem de genios que ya habían triunfado con Oklahoma, Carousel, South Pacific o The king and I? De hecho cuando los autores emprendieron la aparentemente fácil tarea aún se estaban levantando de sus dos fracasos más sonados, Me and Juliet y Pipe Dream, dos joyas casi desconocidas, por cierto. El proyecto para la televisión partió de la CBS, que se llevó a los autores al huerto al asegurarles que los zapatos de cristal tendrían el número de una recién llegada a Broadway, una chica de Surrey que acababa de triunfar en el musical de los musicales, My fair lady. Julie Andrews aún seguía representando cada noche a Eliza Doolittle en el Mark Hellinger de Nueva York. Así que no debió resultarle tan complicado pasar de una harapienta a otra, de una princesa fingida a una princesa de cuento. Y esa fue la clave del tremendo éxito de esta producción. Más de cien millones de espectadores -un auténtico hito en la historia de la televisión- disfrutaron de la maravillosa partitura cantada por la perfecta Cenicienta acompañada de un buen grupo de actores principalmente del teatro musical.
En 1965 la misma cadena decidió hacer otra versión de la obra esta vez con Lesley Ann Warren (casualidades del destino, la que mucho después fuera rival de Andrews en Victor o Victoria), Celeste Holm, Walter Pidgeon y Ginger Rogers, estos últimos haciendo de sus futuros suegros, los papás del príncipe azul, que hacía Stuart Damon. Y una vez más, en 1997 y realizada por Disney, la pobre huérfana volvió a fregar los suelos, esta vez de una madrastra llamada Bernadette Peters. Esta versión contaba con varios actores afroamericanos entre los que se encontraban Woopi Goldberg, Whitney Houston (que también la producía) y la cantante pop Brandy, una insólita Cenicienta color ceniza. También estaban dos imprescindibles en este tipo de adaptaciones, Victor Garber y Jason Alexander. ¿Que no la has visto? ¿Y a qué esperas?
El pasado 3 de marzo levantó el telón el Broadway Theatre para estrenar un nuevo musical. ¿Nuevo? Bueno, sí en cuanto al formato, porque nunca antes se había montado en un escenario, y desde luego nunca antes en Broadway. Además el director Mark Brokaw y el libretista Douglas Carter Beane han refrescado el clásico cuento y le han añadido otras canciones del desván de R y H. Laura Osnes y Santino Fontana, los protagonistas, y una espléndida Victoria Clark es la responsable de transformar la miseria que rodea a la chica en lujo del caro carísimo. El sueño de toda adolescente que se precie, vamos.
Igual que a Jane Eyre, igual que a María Von Trapp, igual que a Rebecca o a Eliza Doolittle, a Ella -que es como se llama aquí la muchacha del incómodo zapatito- el amor le llega finalmente, y además con muchos muchos panes debajo del brazo, que quieras que no algo ayuda. Pero no nos pongamos materialistas. Mejor pongámonos cómodos, busquemos ese pequeño rincón privado en el que nos escondemos a soñar nuestros sueños inconfesables, el lugar en el que los finales son siempre felices y en el que nada, absolutamente nada resulta imposible.  
    
        
 







jueves, 7 de marzo de 2013

TKTS



Spring can really hang you up the most!

Cuando un montaje tan costoso como Spiderman -y en contra de todo pronóstico- se sigue manteniendo en cartel, mientras aún resulta más fácil que te mate un terrorista que conseguir entradas para The Book of Mormon... Cuando en la misma cartelera conviven obras tan populares como Jersey Boys y tan exquisitas como Passion... Cuando una niñera prácticamente perfecta sigue volando sobre la ciudad mientras varias calles más arriba una chica con prisas acaba de extraviar un zapato de cristal... Cuando una obra que tenía los días contados como Newsies se sigue prorrogando porque un público entusiasta impide su cierre... Cuando Gershwin sigue entrando en Broadway por la puerta grande y Nice work ya cumple su primer año en cartelera (también contra todo pronóstico)... Cuando los reyes leones, los fantasmas, las mammas mías, los rockeros of ages y las presidiarias de Chicago aún resisten como el primer día... Cuando se anuncian nuevos proyectos como Kinki Boots, Big Fish o un remozado y circense Pippin... Cuando en el mismo cabaret puedes oír una noche a Brent Barrett y la siguiente a Bebe Neuwirth y la otra a Tom Wopat y la otra a Linda Eder... Cuando en Nueva York se repone una joya rara como The Mystery of Edwin Drood y en Londres un Herman maldito y olvidado como Dear World... Cuando en una orilla del Atlántico puedes ver actuar a Chita Rivera y en la otra debuta Betty Buckley...  es que algo no debe ir tan mal en el mundo del espectáculo.
Crisis? What crisis?
La temporada de primavera se anuncia movidita, como casi siempre, aunque igual que cada año se anuncie el apocalipsis de Broadway como algo inminente. Pero si lo miras con cierta perspectiva, no hay que hacer caso de los agoreros que no ven nunca el sol detrás de los nubarrones. Y el sol brilla y mucho, por ejemplo, en el Studio 54 con una impecable reposición del musical basado en la última novela de Dickens. El misterio de Edwin Drood recrea el texto póstumo e inacabado del autor (del que nunca se pudo desvelar el intrigante desenlace) con finales opcionales que el público tiene que votar. Rupert Holmes se llevó los Tonys al mejor libreto y la mejor música en 1985. Betty Buckley era el travestido Edwin que hoy, en la producción del Rondabout Theatre Company (sello de indiscutible garantía), interpreta la genial Stephanie J. Block. Will Chase (Smash) y Chita Rivera completan un reparto de lujo. Pero claro, "in a limited engagement", jó!
Cindy Lauper y Harvey Fierstein escriben respectivamente la música y el libreto de Kinky Boots, un nuevo musical basado en la película de 2005 del mismo título con pinta de canalla que promete colorines, pestañas, taconazos y diversión sin más.  En abril empezarán a ver a la gente salir bailando del Al Hirshfeld.
Y en marzo todas las chicas de la ciudad querrán probarse la zapatilla de cristal de Cinderella. El musical que Rodgers y Hammerstein escribieron para una producción de televisión llega a Broadway por primera vez en la historia. Actualizado y ampliado -había que darle un aire fresco al cuento de toda la vida- nos trae a dos de las mejores actrices del musical, Laura Osnes en el papel protagonista y Victoria Clark como el hada madrina que cree que nada es Impossible! ¿Coger un vuelo y darse ese capricho lo será? Mejor no preguntar.
Sobre todo porque también este mes llega uno de los revivals más esperados del mundo mundial. Pippin. Desde que Bob Fosse lo estrenara allá por 1972, nadie se ha atrevido a retomarlo. Pero Diane Paulus, la directora, no se detiene ante nada. No contenta con sacudir el polvo de Porgy and Bess en una versión tan aclamada como discutida, ahora se atreve con esta pieza de culto en un montaje que promete espectacularidad a lo bestia. ¿Un Pippin sin Ben Vereen y sin Fosse? Por mucho circo del sol que le quiera meter... no sé, no sé... pero cómo me encantaría saberlo!!
Pero también podemos soñar un poco más cerca. Y es que ¡cómo está Londres por dios! Desde cuándo no se veía un cartel tan completo como en el último año. Singin´ in the Rain, Top Hat, Kiss me, Kate (que acaba de echar el cierre, por cierto), Cabaret, Wicked, The Book of Mormon... más las que vienen: A Chorus Line, West Side Story, Merrily we roll along, Charlie and the Chocolate factory, The Bodyguard... Definitivamente la libra va sacando ventaja al dólar y al euro.
Este mes Londres no es apta para mitómanos cardíacos. Poder ver un martes a Dame Hellen Mirren haciendo de la reina -otra vez- en The Audience, un miércoles a Dame Judy Dench en Peter and Alice, un jueves a Kristin Scott Thomas en la revisión de Old Times de Pinter... O cualquier día (o todos, pero eso sí, solo hasta final de mes) a Betty Buckley en su regreso a los escenarios como la vieja Condesa Aurelia de Dear World... En fin, si estamos debidamente medicados no tiene por qué haber ningún problema.
Dear World, con los precedentes de esta pieza musical deliciosa pero gafada de Jerry Herman (basada en La loca de Chaillot, de Jean Giradoux) hay que tener valor de montarla en estos días con la que está cayendo. Y sin embargo la gente se mata por verla, al saber que solo estará un mes en cartel. ¿Buscarán un nuevo teatro opara prolongarla? Ojalá. Angela Lansbury la estrenó en 1969 -y le trajo uno de sus varios Tonys- y ahora la pone en escena la única que podría hacerlo. La presencia y la voz de la Buckley son ideales para esta vieja loca que vive en un mundo anacrónico y enfermo de nostalgia. Además de disfrutar de esta hermosa obra, quien se siente en la butaca del Charing Cross Theatre estará presenciando una de las últimas actuaciones -por la edad y lo poco que se prodiga lo decimos- de una de las más grandes actrices que ha hado el teatro musical. Los hay con suerte...
Pero miremos hacia adelante. Cameron Mackintosh planea llevar Oliver! a Broadway nada más y nada menos que con Samantha -Eponine- Barks!! Aún no se ha descartado montar el Dancin´de Bob Fosse, y reponer el Merrily de Sondheim (que la Mernier Chocolate Factory estrena en Londres, by the way)... en fin, que no perdamos la esperanza. Y en el peor de los casos siempre nos quedará The Fantastiks! Puedes contar con ello. Cuando se acabe el mundo, tras la hecatombe final, y allá a lo lejos, en esa playa solo veamos los cuernos enterrados de la corona de Miss Liberty, aún quedarán entradas para ver la preciosa obrita de Schmidt y Jones que después de treinta años nos sigue diciendo que está a punto de llover... Sí, aunque sea primavera, o precisamente por ello.
Hablando de primavera... qué temporada se avecina ¿no? Como dice aquella vieja canción, "la primavera te puede dejar realmente colgado..." Cuidado con las alergias y los catarros, y sigan alterando su sangre con mucha música y muchos sueños.
















jueves, 21 de febrero de 2013

Another opening, another show! (Una historia de Broadway 7)




A helluva town!

De izquierda a derecha: Leonard Bernstein, Jerome Robbins, Betty Comden y Adolph Green. Cuatro amigos reunidos junto a un piano improvisando melodías y letras. Inventando una ciudad que quedaría fijada de esa forma para siempre en el imaginario colectivo. New York, New York...
Para muchos, la verdadera fragua del teatro musical fue el Broadway de entre guerras. Las primeras grabaciones de musicales y la venta masiva de discos de shows comenzó en esta época. Desde Gershwin a Berlin, desde Kern a Cole Porter los autores no solo triunfaban en los escenarios sino en la radio y en los comercios. Aquellas canciones abandonaban su contexto dramático y se convertían en temas de enorme popularidad, los primeros "hit parades" de la historia. La gente necesitaba prolongar el disfrute de las funciones llevándoselas a casa o metiendo una moneda en los jukebox. Smoke gets in your eyes, Beguin the beguine, Where or when, You´re the top...
En plena Segunda Guerra Mundial el público americano manifestó un claro deseo de huir de las malas noticias. El mundo se estaba hundiendo alrededor pero la fiesta debía continuar, the show must go on!
A raíz de la gran aceptación de obras como Oklahoma, las nuevas producciones comenzaron a dar un lugar primordial a los argumentos y las historias sobre los temas o los números musicales. Rogers y Hammerstein se estaban convirtiendo en los reyes del showbusiness creando un tipo de espectáculo en el que las canciones estarían al servicio de la narración, empujándola y haciéndola avanzar, nunca interrumpiéndola. Dos años después del estreno de su primera obra juntos decidieron afrontar otro difícil reto, convertir un dramón del húngaro Ferenc Molnár llamado Liliom en un musical. Así nació Carousel, una de las cimas de su carrera y de la historia del teatro universal. El argumento de esta pieza no era cómodo ni agradable, ni desde luego tenía un final feliz. Una historia de amor amarga, incorrecta y cruel en la que se abordaba el maltrato, el abandono y el suicidio, y en la que los personajes principales tomaban decisiones que distaban mucho de la moral establecida. Sin embargo los autores fueron capaces de envolver la acidez de la trama con un libreto y una serie de temas que atrapan al público desde el comienzo -la obertura más hermosa jamás compuesta- y no lo sueltan hasta la apoteosis final, el conmovedor himno "You´ll never walk alone". Stephen Sondheim, pupilo de Oscar Hammerstein, contaba que cuando fue a su estreno siendo aún adolescente, hechó a perder con sus lágrimas un valioso abrigo de pieles de la esposa del famoso letrista que estaba sentada a su lado. Así que los dioses también lloran...
Tal vez animados por el extraordinario éxito que poco antes había tenido Oklahoma, un grupo de amigos se reunireron para idear un show, pero no al modo tradicional, uno diferente, innovador y atrevido. Con veintipocos años Lenny Bernstein inivitó a un par de compositores y un coreógrafo a su apartamento del Village y tras varias sesiones de charlas, risas -copas y cigarrillos, claro- y mucha música, empezaron a dar forma a una de las páginas clave de la historia del teatro musical. On the town fue lo que se comenzó a llamar un "musical integrado" en el que las canciones seguirían a la narración y no al revés. Los gags tampoco estarían aislados del desarrollo dramático del producto, como solía ocurrir antes, sino que constituirían un todo, una amalgama unida también a las coreografías, que ahora no solo tratarían de adornar la función sino de apoyar al contenido global de la misma.
Otro elemento renovador de esta propuesta eran los propios personajes. En la alocada aventura de tres marineros que desembarcan un día en Nueva York se cruzan personas normales, incluso vulgares. Aquí no hay héroes y heroinas, tampoco bellezas sublimes e inalcanzables, solo gente corriente con ganas de diversión, evasión, un poco de sexo y tal vez amor. En contraste, la partitura de Bernstein le daba un matiz sinfónico elevando este show a la tribuna de las composiciones clásicas, sin dejar atrás los ritmos jazzísticos y sincopados del momento. Más difícil todavía, y aparentemente tan sencillo...
La imagen que esta obra ofrecía de la mujer de su tiempo era totalmente revolucionaria. ¿Cuándo habríamos visto a una chica taxista tratando de llevarse a un ingenuo marinero a su casa? (Come up to my place). ¿Cuándo habríamos oído una canción en la que una mujer hiciera gala de "sus otras habilidades" además de su buena mano en la cocina? (I can cook too). Definitivamente algo estaba cambiando en la sociedad americana de los años cuarenta, y el musical de Broadway no podía quedarse atrás, tenía que reflejarlo.
On the town nos habla de un tiempo en que la gente aprendía a vivir al día, exprimiendo cada minuto que el azar les regalaba sin perder de vista la provisionalidad de todo. ¿Un día en Nueva York? La metáfora estaba servida ¿qué harías si solo tuvieras un día más de vida? La guerra se prolongaba y las estaciones seguían llenándose de despedidas, de incertidumbre. Lástima que no pudimos estar más tiempo juntos, que nos quedaron tantas cosas por hacer... es lo que cuenta Some other time, la balada que casi al final del show deja una puerta abierta a lo que pueda traer el futuro. Ya lo haremos más adelante, o tal vez no.
Pero los teatros seguían llenándose cada noche cuando las entradas más caras rozaban los veinte dólares, toda una fortuna. A los soldados se les dejaba entrar gratis -iniciativa que comenzó con Oklahoma, por cierto- como una forma de agradecer su sacrificio y para que marcharan al frente con un buen recuerdo de su patria, a las trincheras con una bonita canción en su memoria. Oh what a beautiful morning, Bewitched, Speak low... para algunos las últimas notas que dieron color a sus breves existencias.
Nosotros, por el momento, preferimos quedarnos con la imagen de esos tres marineros hambrientos de experiencia y sedientos de todo lo demás, dispuestos a comerse el mundo y a recorrer de punta a cabo ese "demonio de ciudad" en un solo día. The Bronx is up but the Battery´s down...New York New York... it´s a hell of a town!


       






jueves, 7 de febrero de 2013

Who is who in the cast





Bernadette Peters (Broadway baby)

No sé cómo he podido tardar tanto. ¿A qué habré estado esperando estos dos últimos años? Tal vez a que llegara el momento idóneo para abrir un telón de terciopelo del caro y anunciar la entrada de una de las pocas divas que aún ejercen. De una niña inocente y pícara, de una Lolita sexy de sesenta y cuatro años que con su perfecta imperfección aún puede desarmarte con solo un par de notas. ¿De qué materia están hechas las estrellas? Vete a saber... Carne, hueso, magia, gracia, talento, suerte... si existiera una fórmula habría cientos de miles y, la verdad, no hay tantas. Podrás encontrar quien cante mejor, quien declame mejor, quien se mueva mejor en un escenario o baile mejor. Puede ser. Pero te aseguro que no serás capaz de tropezarte con otra igual que ella. Eso, y no otra cosa es lo que hace de esta chica de poco más de un metro sesenta una auténtica diosa de la escena bendecida con varios Tonys, Grammys, Drama Desk y Emmys. The one and only...
En enero de 1958 Bernadette Lazzara pasó a llamarse Bernadette Peters. Así se marchó la niña prodigio, la hija de una mamma italiana que, como la Magnani en Bellissima, la arrastraba a todo casting infantil que se pusiera por delante, ya fuese para concursos de radio, intervenciones en televisión o cine. Eran años difíciles, y si existía la mínima posibilidad de sacar adelante a la familia de un repartidor de pan de Ozone Park (Queens)... había que aprovecharla. Es como si Mama Rose -ella misma muchos años después- ya la estuviera rondando empujándola a convertirse, aún contra su voluntad, en algo mucho más grande, en una estrella -nada de purpurina- de las de verdad. Everything´s coming up roses!
A los 10 años se subió por primera vez a un escenario profesional en un remake de The Most Happy Fella. Aquella niña feucha y desgarbada ya había participado en varias obras y programas de televisión, pero sus primeros pasos sobre las tablas de un teatro "de verdad" marcaron para siempre su vida. A los 13 fue una de las chicas del coro de Madame Rose en una gira nacional de Gypsy. Una de aquellas "Hollywood Blondes" aguardando en la casilla de salida, dispuesta a llegar a la meta de toda actriz de musicales que se precie: calzarse alguna vez los tacones de la protagonista del célebre show. Naturalmente, mucho más adelante le llegaría su turno, el turno de Rose. Precisamente fue en esa gira cuando conoció al que sería su director musical el resto de su vida artística, el genial Marvin Laird. Se cuenta que el director se quedó pasmado al oirla por primera vez, sin explicarse cómo podía salir semejante torrente de un ser tan pequeño, aparentemente tan frágil.
Hey Mr. Producer! Tras miles de tournés en compañías regionales, programas teatrales de verano y sustituciones varias, por fin le llegó la hora de estrenar en Broadway. Johnny No-Trump fue la obra con la que debutó, una pieza olvidada que alcanzó la triste cifra de una sola representación. Inasequible al desaliento un año después le llegó su primer papel de importancia en un musical de culto titulado George M., donde era la hermana del famoso enterteiner George M. Cohan, interpretado por Joel Grey. A esto sí se le puede llamar un buen comienzo. Dames at sea la consagró como actriz de musical, avalada por su primer Drama Desk Award y unas críticas entusiastas. Pero fue en la piel de Mabel Normand donde por fin llegó a ser la protagonista de una gran producción, junto a Robert Preston. Mack and Mabel  (1974) no tuvo excelentes críticas, pero el implacable Clive Barnes escribió maravillas sobre su actuación, afirmando que la "diminuta contralto acababa de convertirse en una auténtica estrella de Broadway".
Por aquellos años comenzó a coquetear con el cine y se mudó a Hollywood para trabajar con directores como Mel Brooks (Silent Movie), John Huston (Annie) o Clint Eastwood, junto a quien hizo la divertida El Cadillac Rosa. Pero sin duda lo mejor de su carrera en la gran pantalla fue Pennies from Heaven, maravillosa película de Herbert Ross por la que logró un Golden Globe a la mejor actriz de comedia o musical en 1981. La insignificante maestra de escuela engolfada por un Steve Martin que nunca estuvo mejor, se llevó todas las alabanzas en una cinta que no logró el éxito que de verdad merecía.
Back to Broadway. Grandes cosas la aguardaban en la big apple durante los ochenta. Stephen Sondheim cayó rendido a sus pies y comenzó un idilio que aún dura. Sunday in the Park with George (1984) e Into the Woods (1987) -dos de las más atrevidas creaciones del autor- la tuvieron como protagonista. Entre una y otra triunfó de la mano de Sir Andrew Lloyd Webber con su "one woman show" Song and Dance, una "humilde" pieza del compositor, pero musicalmente de las más interesantes. Y así fue como Peters se llevó a casa su primer Tony, tras sucesivas nominaciones. El segundo lo ganó midiéndose nada más y nada menos que con Ethel Merman, al atreverse a hacer la primera Annie (get your gun) en Broadway desde que la leyenda la estrenara cincuenta años antes. Prueba superada, los críticos tuvieron que rendirse ante la divertida, tierna y romántica pistolera de Berlin que compuso la actriz. 
Y continuamos con los revivals. Aparte de la atribulada Paula de The Goodbye Girl, desde los noventa se ha entregado a desempolvar míticos papeles para deleite de sus adoradores. Por fin fue Rose en el estupendo Gypsy dirigido por Sam Mendes en 2003, Desiree en A Little Night Music (reemplazando a Catherine Zeta-Jones) y una Sally que a mí personalmente me rompió el corazón en el grandioso remake de Follies de 2010.
Hace poco ha logrado algo dificil de conseguir. La serie Smash estaba teniendo unas audiencias discretas hasta que la incorporaron como madre de una de las protagonistas. Su Everything´s coming up roses en medio de un episodio reventó el share y ayudó a encender el entusiasmo por un producto del que todos esperan su segunda temporada. Y todos esperamos que ella regrese, y que vuelva a cantar. Que vuelva a hacernos estremecer con esa vocecilla tierna y robusta, punzante y suave, frágil como un cristal irrompible.
Esta niña eterna, coqueta y seductora hasta decir basta, está entregada en la actualidad a escribir cuentos infantiles y a proteger a los animales en una cruzada contra el maltrato y a favor de la adopción llamada Broadway Barks. Pero nosotros esperamos ansiosos a que vuelva a subirse a un escenario, o a grabar un nuevo disco (tiene más de diez, además de las grabaciones de sus shows) y así poder sentir una vez más el pinchazo exquisito de su arte, y disfrutar de todo aquello que la hace tan especial, que convierte a esta chica de Broadway de boca de piñón y rizos ensortijados en algo realmente único.    









jueves, 24 de enero de 2013

Play it again





The impossible dream

No me digas que nunca has tenido un sueño imposible. Una tontería, una quimera, un anhelo que sabes inalcanzable. ¿Cada día? Cuidado no te pase como a aquel viejo caballero, soñó tanto que llegó a creerse sus propias fantasías, a vivir dentro de ellas.
Además de para hacer dinero -mucho dinero a veces- el teatro musical fue inventado para hacernos soñar. Para abandonar durante un rato nuestra realidad y cruzar esa pared invisible -la nº 4- tras la que  todo se transforma. Para eso mismo fueron inventadas las canciones, para perdernos en una tierra de nadie durante poco más de tres minutos y regresar como nuevos, o no regresar nunca del todo. Pero eso solo lo consiguen las realmente buenas, igual que la poesía o la pintura, llaves que pueden abrir las puertas de la imaginación de par en par. Cuando sucede este milagro, no tenemos más remedio que pedir más, que suene otra vez, por favor, ponla otra vez...
A pocos se les habría ocurrido montar un show nada más y nada menos que sobre El Quijote. ¿La obra más valorada de la literatura universal convertida en musical? La verdad es que hay que tener agallas. Pero en mitad de los años sesenta todavía había muchas de esas agallas en Broadway. Colette, Twain, Dickens, Voltaire, Hugo, Bernard Shaw... todos han sido llevados -a veces por los pelos- al maravilloso y peligroso mundo de las candilejas. A Shakespeare le hicieron moverse a ritmo de jazz entre pandilleros de barrio y T.S. Elliot llenó los escenarios de gatos bailarines durante décadas, pero ¿hincarle el diente a Cervantes? Sí, hace falta valor.
Man of La Mancha surgió de un telefilme llamado I, Don Quixote, escrito por Dale Wasserman sobre una dramatización no musical del famoso relato. El punto de partida era el momento en que Cervantes ingresa en la Cárcel Real de Sevilla acusado de quedarse con dinero público cuando trabajaba como recaudador de impuestos. Aunque nunca se llegó a demostrar que lo hiciera, lo que sí parece que hizo durante su cautiverio fue fraguar la novela más grande jamás escrita. Y ahí es donde arranca el musical, en el momento en que el autor toma contacto con la sordidez de la prisión, cuando cree que finalmente ha tocado fondo, cuando la decadencia que le rodea le lleva a refugiarse en los recovecos de su imaginación.
El elemento más importante del argumento -que también constituye la pulpa del libro- es la dicotomía entre realidad y ficción, los sueños de grandeza, la heroicidad de un pasado glorioso en contraste con la miseria y la vulgaridad que reinaba en las calles de una España en franco declive. Y el protagonista como un reflejo de todo ello. Cervantes y Alonso Quijano, dos en uno, en lucha con sus propios demonios convertidos en gigantes, monstruos que en realidad no eran más que simples molinos de viento.
La partitura fue escrita por Mitch Leigh con letras de su habitual colaborador Joe Darion. Y se puede decir que nunca volvieron a estar tan inspirados como cuando, allá por el año 1965, crearon este racimo de bellísimos temas. Pero entre todos ellos brilló desde el principio una balada única, un himno chapado con un cincuenta por ciento de esperanza y otro cincuenta de melancolía.
The Impossible dream (The Quest). Aldonza encuentra a Don Quijote en el patio de la hostería dispuesto a velar sus armas durante toda la noche. Ella no lo entiende, igual que no puede comprender que la adore y la trate como una dama siendo en realidad una vulgar prostituta. Todos se burlan de ese lunático estrafalario que confunde la bacía de un barbero con un yelmo dorado. Aunque algunos empiezan a contagiarse de su locura y escuchan sus explicaciones sobre el verdadero sentido de su misión en la tierra. Y así, del modo más dulce, y ante la incrédula y triste mirada de su amada, comienza a sonar la melodía.
La forma en la que estas palabras y esta música nos llevan lentamente, en un suave crescendo hasta la apoteosis final, describe un noble sentimiento pero también una irremediable sensación de fracaso. El héroe y el perdedor, más o menos lo que todos llevamos dentro.
Muy lejos del fracaso de las hazañas de su protagonista, Man of La Mancha -contra todo pronóstico- fue un éxito rotundo en su época. Más de 2000 representaciones, cinco Tonys, mejor musical del año, adaptación al cine con Peter O´Toole y Sofia Loren... nada que ver con el espíritu de pérdida del personaje. Y El sueño imposible, como se llamó aquí, fue un auténtico hit desde el mismo instante del estreno. Jacques Brel, Elvis Presley, Frank Sinatra, Andy Williams, Cher, Maria Bethania... todos lo incorporaron a su repertorio. Fue la melodía de alguna que otra campaña electoral americana (el "yes we can" de Robert Kennedy), naturalmente del partido demócrata, y ha sido traducida a múltiples lenguas.
Aunque la melodía nos pueda resultar algo manida, de tantas veces usada e interpretada, démonos un rato para apreciarla con calma, para leer sus palabras, dejarnos arrastrar por la honda melancolía de sus notas y sus versos. Igual nos dan ganas de coger el primer tomo de la ilustre novela y perdernos, como aquel caballero de triste figura, entre las hazañas, las locuras y los sueños imposibles.












jueves, 10 de enero de 2013

Standing ovation





Being alive

Para aparecer en esta sección solo hay que cumplir dos requisitos. Que la obra en cuestión sea como para levantar de su asiento al respetable, y que quien escribe haya sido uno de los que no tuvieron más remedio que levantarse. Es decir, que no me lo hayan contado o lo haya leído, vamos, que yo mismo en persona estuviera allí para comprobarlo. Crazy for you, Wicked, Follies, La cage aux folles, Mary Poppins, Oliver... Tan diferentes pero todas con algo en común: me hicieron gritar de emoción -sí, yo soy de los que gritan- de satisfacción, de alegría, del gozo que te produce contemplar un trabajo tan bien hecho.
La primera vez que cayó en mis manos esta pieza en forma de CD -benditos años en los que aún no había descubierto casi nada- me produjo cierta extrañeza. Los musicales que conocía solían contar una historia salpicada de canciones alusivas a cada situación, pero aquí no hay una historia en concreto sino muchas, o ninguna. La de todos y la de nadie en particular.
George Furth, un escritor vinculado al Actor´s Studio, había redactado una serie de piezas cortas -un total de once escenas sueltas- para que las interpretara una de las musas de tan experimental grupo, la actriz Kim Stanley. Anthony Perkins quiso unirlas con idea de dirigir la función, para lo que pidió ayuda a su amigo Steve. Así fue como Sondheim se topó con este material, y secundado por su colega Harold Prince vio las posibilidades que este revoltillo tenía para convertirse en un musical. Uno moderno, experimental, arriesgado, muy de los setenta. Ambos estaban comenzando una relación que cambiaría la idea del musical tradicional para siempre. De hecho, con su innovadora estructura hicieron lo que se conoce como un "concept musical", una obra en la que lo importante no es el desarrollo de la narración en sí, sino una idea, una premisa o una metáfora ilustrada con escenas y números muchas veces inconexos. Kurt Weill ya había hecho algo así con The threepenny opera, Cabaret también sigue ese modelo -al igual que otros como Hair o Cats- pero la forma en que se plantean las situaciones en Company así como su enfoque deliberadamente coral fueron totalmente novedosos.
Eso en cuanto a la forma, pero ¿cuál es la tesis que plantea? Uff, una bien compleja, o tremendamente simple, según se mire. La de la soledad, la libertad, el matrimonio, el sexo, el amor... la búsqueda compulsiva y la huída despavorida de la compañía. Ese perro que trata sin éxito de morderse la cola. Quiero ser libre, quiero estar solo, pero tengo miedo a la soledad. Quiero encontrar el amor, quiero casarme, pero me aterra el compromiso.
Bobby cumple 35 años. Es el único soltero entre sus amigos, una panda de neoyorkinos de clase media que defienden la pareja como única forma de vida adulta, pero al mismo tiempo envidian desesperadamente al single del grupo. En un loft aparentemente vacío, todos lo esperan para darle una fiesta sorpresa -con la que comienza y finaliza el show- pero entremedio se superponen desordenadas escenas entre Bobby, Robert o Robbie, sus colegas y sus parejas llevándonos desde la comedia al drama en un viaje inesperado al interior de nuestras propias existencias. Todos, absolutamente todos podemos vernos reflejados en algún personaje o situación de esta a veces disparatada farsa contemporánea. La costumbre, el tedio, el aburrimiento, la falta de libertad... están en un plato de la balanza. El amor, la complicidad, el calor, la familia y la compañía ponen su peso en el otro. Como podréis imaginar, este conflicto queda sin resolver al final del show. Exactamente igual que en la vida misma.
Company se estrenó en el Alvin Theatre el 26 de abril de 1970 con críticas entusiastas y algunas algo frías, las que tal vez requerían más tiempo para entender su propuesta. 705 representaciones demuestran la acogida de un público que no ha dejado de responder a lo largo de las múltiples revisiones que desde entonces se han hecho.
El año pasado se produjo una versión en concierto con la New York Philharmonic Orchestra protagonizada por Neil Patrick Harris con estrellas del teatro, la televisión o el cine. Martha Plimpton, John Cryer, Anika Noni Rose, Jim Walton o Christina Hendricks forman parte de este increíble grupo entre los que hay varios actores que no suelen cantar, pero cómo cantan... Los acompaña una veterana, una diva entre las divas, una bestia interpretativa llamada Patti LuPone, una actriz que crece conforme cumple años, la Joanne perfecta (digna heredera de la Stricht), esa snob amargada, cansada de su vida, de su dinero, de sus esposos, de sus divorcios, de sus resacas... una de esas muchas damas de Madison Avenue que salen juntas a comer -y a beber- a comprar y a olvidar lo irremediablemente vacías que están sus vidas.
Los que no pudimos estar el único día que se representó, podemos ver la magnífica grabación que se ha hecho, lo que nos ha traido, refrescado y rejuvenecido (como si hiciera falta) esta pieza, esta obra maestra que hizo diversificarse y madurar al teatro musical americano, como todo lo que parió su autor.
Sentados en nuestra butaca -o en nuestro sofá- aún podemos ver como esta obra nos escupe a la cara nuestra propia realidad así como quien no quiere la cosa. Entre bromas, sketches y un puñado de preciosas, precisas e inteligentes canciones, Company nos hace reir, llorar, sonreir, mirar de reojo al que está sentado al lado, desnudarnos en público y volvernos a vestir.
Por todo ello me levanto del asiento dando palmas, gritando bravo y deseando que los actores no dejen de salir a saludar una y otra vez. No sea que tengamos que abandonar el teatro y encontrarnos con nuestra vida, con nuestras alegrías y nuestras penas, con nuestra compañía o nuestra soledad... pero al fin y al cabo en eso consiste estar vivo ¿no?
So, I´d like to propose a toast!

  








lunes, 24 de diciembre de 2012

What´s about?





It´s about Christmas!

La señora Mame Dennis decidió que ese año era preciso adelantar las navidades. Demasiados problemas, demasiada desilusión, demasiada depresión... we need a little christmas!
El billonario Oliver Warbucks tuvo la idea de recoger por navidad a una huérfana para lavar su imagen. Pero pronto se dio cuenta de que ella era ese "algo" que su exitosa vida aún no tenía ...something was missing.
A la secretaria Fran Kubelic la volvieron a dejar plantada una vez más, pero esta vez fue en medio de una fiesta navideña, lo que la hizo sentirse aún más abandonada. C.C.Baxter se dio cuenta de que su amada era a la vez la amante de su jefe al tropezarse con ese espejito roto. A lo lejos sonaba el bullicio del festejo, y su corazón también se rompió. It´s turkey lurkey time...
El prestamista Ebenezer Scrooge fue consciente de su mísera vida cuando se le aparecieron los fantasmas de las navidades del pasado, del presente y del futuro. La fortuna que había atesorado durante su existencia era similar a la amargura y a la soledad acumuladas. I´ll begin again...
En la perfumería de Maraczek, en el centro de Budapest, los empleados corrían contra reloj al darse cuenta de que solo quedaban doce días para la navidad. Poco tiempo para vender toda la mercancía, y menos aún  para resolver todo el enredo amoroso de esa tienda a la vuelta de la esquina. Tonight at eight...
La fiesta de fin de año que se iba a celebrar en aquella destartalada mansión iba a ser mucho más íntima de lo que Joe Gillis esperaba. Norma Desmond lo tenía todo preparado para tener un año perfecto, pero... Happy year darling...
Las hermanas March se despertaron hambrientas la mañana de navidad en que sus conciencias les hicieron apiadarse de los vecinos más pobres. Ese fue el principio de un rosario de privaciones y sacrificios en sus despreocupadas vidas. Christmas will exceed our finest dreams...
Mark Cohen comenzó a rodar un documental sobre sus amigos la víspera de navidad. Pero lo tuvo que interrumpir al irse la luz del viejo edificio. Artistas y bohemios en una ciudad fría y dura tratando de encontrar un poco de amor y un poco de dinero para pagar el alquiler. How about love?

Y el arte, como de costumbre, imitando a la vida... Y la vida al arte. Planteamiento, nudo y desenlace. Nacemos solos, morimos solos, pero entre tanto y tanto cuánto esfuerzo por no estarlo, por no sentir la soledad. Y llega la navidad y todo se engrandece, las luminarias alumbran lo bueno y lo malo. Y las canciones lo envuelven todo para que no oigamos lo que no queremos oir. Jingle all the waaaay...
En los musicales clásicos siempre hay pobres que acaban ricos, feas que acaban bellas, tristes que acaban felices, malos que acaban buenos, y solitarios que acaban acompañados (ever after). ¿Por qué no puede ser así en la vida real? ¿Por qué nuestra existencia no tendrá un primer acto en el que las complicaciones acaben resolviéndose al final del segundo? ¿O tal vez sí?
Os dejo con todas estas preguntas sin respuesta -pero con música- y con mi sincero deseo de felicidad para hoy y para siempre.
Gracias por leerme y por acompañarme. Feliz white, turkey lurkey, new deal, loving, dreaming and merry little christmas for everyone!