Tony´s 2013 (El mayor espectáculo del mundo)
Cada año llega la vuelta al cole, la caída de la hoja, la navidad, los fríos de invierno, el brote del azahar, la pascua, los calores del verano, los caracoles en las terrazas... y los Tony´s. Cada año, no falla, y van 67, que se dice pronto. 67 años de premiados y nominados, de triunfos y fracasos, de comedias y dramas, de musica y baile, de mucho lujo y mucho glamour, de tantas emociones... de espectáculo puro y duro.
Cada año se celebra la fiesta del teatro del mundo mundial -con permiso de los british Olivier- a la vez que se valora la cosecha de la temporada, que no se puede decir que no haya sido más que buena. A pesar de los pesares, que son muchos -sobre todo monetarios-, no se puede decir que la producción teatral norteamericana no continúe liderando la escena internacional, principalmente desde sus templos sagrados de Broadway. Pero una vez más tenemos que reconocer que la nostalgia sigue pesando más que la savia nueva, siendo este un año especialmente pobre en lo que a proyectos musicales nuevos se refiere. Ni Bring it on, ni Kinky Boots, ni A Christmas Story ni Matilda (producto importado del West End) están ni estarán nunca a la altura de The Mistery of Edwin Drood, Rodgers and Hammerstein´s Cinderella, Annie o Pippin. Ojalá me equivoque, pero no lo creo.
Aunque para no ponernos demasiado pesimistas también podemos echar un vistazo a la larga lista de los musicales nominados y premiados desde el principio de los tiempos y comprobar la considerable tanda de obras más que olvidadas (justa o injustamente), malas (pocas) y mediocres (algunas), aparte, claro, del puñado de obras maestras que honran el nombre de tan preciado galardón. Pero no puedo dejar de pensar en que en la primera gala en la que se premió una obra musical -antes el reconocimiento era solo para actores y actrices- allá por el año 1949, la pieza que se llevó el gato al agua se llamaba Kiss me Kate, y el Tony a la partitura original fue para un compositor conocido como Cole Porter. Este año Kinky Boots y Cindy Lauper se llevaron sendos laureles. Sin comentarios.
También se habla de la de 2013 como la gala más negra de la historia de estos premios. Cicely Tyson por The Trip to Bountiful, Billy Porter por Kinky Boots, Patina Miller por Pippin, Courtney B. Vance por Lucky Guy (aparte de una bomba medio ignorada llamada Motown The Musical)... pusieron y dieron la nota de color en una fiesta en la que más allá de la corrección política se ha reconocido la excelencia de unas voces y unas interpretaciones únicas. Se suele decir que si eres negro, gay o judío ya tienes mucho ganado en la carrera hacia la estatuilla de plata, pero artistazos como estos nos demuestran que no todo depende de una cuestión de pigmentación, orientación sexual o religión, si fuera tan fácil...
Este año no ha habido ningún triunfador que se imponga sobre los demás -desde The Book of Mormon no sucede algo así- aunque se considera el show de Lauper el ganador de la fiesta. Esta comedia sobre un tipo que reflota una zapatería convirtiéndola en una fábrica de plataformas para drag queens rebosante de colorines y brilloteo -muy en la linea de Priscilla- se ha hecho un hueco importante en la taquilla desde su reciente estreno. Y eso en Broadway se premia y mucho. Las colas de quinceañeras en el TKTS amenizadas por travestones de impresión -mira que gusta un transformismo en esta ciudad por dios- han ido creciendo ayudadas por el boca a boca (o a oreja, como sea) más que por la popularidad de su autora -¿Cindy who?- a pesar de que hace unos años protagonizara junto a Alan Cumming una excelente versión de The Threepenny Opera en Studio 54, pero de eso ya no se acuerda nadie. Aunque a decir verdad tampoco es que tuviera grandes competidoras. Bring it on, otro producto para teenagers desenfrenados, A Christmas Story, una pequeña y simpática fábula navideña y Matilda, la sorpresa del año, no son precisamente gigantes imbatibles.
Cuatro obras peleando por el Tony al mejor musical de estreno y en ninguna el protagonista tiene más de veintipocos años, es más, dos de ellas tratan de niños de ocho o nueve, y eso sin mencionar a los revivals Annie y Cinderella. ¿Soy yo o es que Broadway se está infantilizando cada vez más? ¿No se está pareciendo peligrosamente a Disneyworld? Hasta una función tan oscura como Pippin se trasforma en un colorista circo para todos los públicos... ¿Cómo están ustedeees? Mal.
Los adultos se tendrán que conformar con obras no musicales este año. Ahí es donde el showbusiness neoyorkino se conserva más fiel a sus principios y menos abocado a los dividendos (también es cierto que sufren bastante menos presión). Que una inteligente sátira sobre Chéjov como Vanya, Sonya, Masha and Spike se haya llevado el Tony a mejor obra teatral, mientras el mejor revival es -una vez más- para Who´s afraid of Virginia Woolf, dice mucho del paladar de los espectadores de la gran ciudad. Que todavía se hagan colas para ver como esa borracha amargada machaca el ego de su pobre esposo dignifica sensiblemente el nivel medio del que se acerca a una taquilla a gastarse sus cuartos. Aunque ayuda mucho que esa historia nos la cuente alguien como Edward Albee, claro.
Estatuillas aparte, la ceremonia siempre es un placer en su contemplación. Hay tanto glamour (alfombras, modelazos, peinados, pajaritas...) como en otras galas, o más si me apuras -es New York!- pero mucho más talento, en serio. Y la dinámica del show siempre es impecable, así como su ritmo, no olvidemos que lo hace gente del teatro, y no hay nadie que conozca mejor la fórmula para agarrarr en un puño la atención del público durante dos horas y media, ¡es lo que hacen ocho veces a la semana!
Neil Patrick Harris vuelve a clavar el tono perfecto del programa conjugando comicidad, emoción, espectáculo y mucho cachondeo a partes iguales. Claro está que el equipo de guionistas que tiene detrás no es moco de pavo, pero su grandeza reside en que todo, absolutamente todo lo que dice o hace parece habérsele ocurrido a él mismo sobre la marcha. El "opening number" en plan Once y su apoteósica evolución, el divertido -y pretendidamente improvisado- número sobre la suerte de meterse en una serie de éxito (junto a Laura Benanti, Megan Hilty y Andrew -Mormon- Rannells) o el electrizante rap del final con una diosa llamada Audra McDonald (aparte del morreo que se pega con Sandy, el perro de Annie), son algunos de los mejores momentos de una fiesta que recupera su grandiosidad regresando al escenario del Radio City Music Hall, de donde nunca debió haber salido.
Pero para comprobarlo nada como dejar de leer y ponerse a verlo de principio a fin. Así te darás cuenta de que no miento cuando digo que a pesar de los tiempos que acechan al showbusiness, a pesar de que el miedo reinante empequeñece los escenarios del mundo, a pesar de que muchos se empeñan en afirmar que Broadway ya no es lo que era... aún podemos disfrutar, emocionarnos y sorprendernos con el que -al menos para mí- sigue siendo el mayor espectáculo del mundo.