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jueves, 23 de enero de 2014

Music & lyrics



Maury Yeston (In a very unusual way)

Siempre he tenido la fantasía de poder hablar con el director de la película al salir del cine, el pintor de un cuadro visitando un museo o el autor de una ópera al terminar ésta. ¿Te imaginas? Salir de El padrino y tener a Coppola esperándote en el vestíbulo. Poder preguntar a Monet sobre sus nenúfares o encontrarte a Puccini en la puerta del teatro después de La Bohème. Pues algo así me sucedió el verano pasado.
En un barrio perdido de Londres, en un pequeño teatro tan perdido como el barrio -a punto estuvimos de no dar con él- acabamos mis amigos y yo, casi por casualidad, viendo una pequeña producción del grandioso musical Titanic. En el Southwark Playhouse, no muy lejos de la orilla derecha del Támesis, un grupo de actores interpretaban una de las obras más ambiciosas que se han escrito para un escenario. Y no menos ambiciosa era la apuesta, montar la función en un espacio limitado, casi sin decorados, con un humilde vestuario y una orquesta de cinco o seis músicos.
Allí estábamos nosotros, a escasos metros de los personajes de una de las grandes tragedias de la historia, cantando sus penas como tocados por la gracia de dios. Suele suceder, cuanto menos esperas de algo es cuando más te sorprende.
Pero la gran sorpresa llegó al final. El padre de esta maravilla de partitura -mostrando la misma humildad y grandeza que el resto del espectáculo- estaba allí, a nuestro lado, tomando un refresco en el entreacto como uno más y charlando sobre su trabajo una vez acabada la obra.
Maury Yeston supo que iba ser escritor de musicales sentado en la butaca de un teatro. Su madre lo llevó a ver My Fair Lady y allí, en el Mark Hellinger, oyendo las letras de Lerner y las melodías de Loewe, este muchacho de New Jersey tuvo claro lo que quería hacer el resto de su vida. Tanto su padre (cantor de sinagoga) como su madre (pianista de vocación) le transmitieron desde niño el amor por la música apoyándole siempre en su formación. El piano, la guitarra o el vibráfono fueron sus compañeros en los años en los que recorrió escuelas y academias estudiando composición musical, orientado hacia la creación sinfónica. Pero como suele suceder, el teatro se cruzó en su camino. Estudiando en Cambridge se unió a un grupo teatral de repertorio para el que escribió sus primeras letras y músicas, reafirmándose aún más en su vocación, aunque al regresar a los Estados Unidos se entregó durante años a otra de sus grandes pasiones, la docencia.
Doctorado en Yale, su tesis fue publicada bajo el título de "La estratificación del ritmo musical"  (1976) y aún continúa siendo una obra de referencia para los expertos en la materia. Enseñando teoría y composición en dicha universidad, estrenando su primer concierto para cello (interpretado por un todavía desconocido Yo-Yo Ma) y volcado en la investigación, comenzó a rondarle la idea de escribir una pieza musical sobre la película que lo marcó en su adolescencia. Fellini 8 y 1/2  parecía contar su propia vida, lo que hizo que fuera más fácil -y más urgente- concebir la obra. ¿Pero quién querría producir el musical de un perfecto desconocido sobre una película tan extraña como esta?
Se cuenta que la actriz Katharine Hepburn asistió a una lectura previa de la obra y que le pareció tan interesante que ella misma escribió a Federico Fellini pidiéndole que cediera sus derechos. Con esta madrina y la implicación de Tommy Tune como director, más un nutrido grupo de actores deseando embarcarse en tan novedosa empresa (Raul Julia, Liliane Montevecchi o Anita Morris entre otros) Nine se convirtió en la gran sorpresa del año 82 ganando el Tony al mejor musical y a la mejor partitura, además de otros cuatro.
Con esta poderosa, refrescante y onírica pieza musical -según palabras de la crítica del momento- Yeston entró por derecho en el selecto círculo de los autores más respetados del Broadway actual.
A Nine le siguieron otros trabajos menos conocidos y alguna que otra decepción. Justo cuando por fin se decidió a poner letra y música a la novela de Gaston Leroux El fantasma de la ópera, justo cuando se empezaba a poner en marcha un proyecto del que él mismo dudaba en un principio, Andrew Lloyd Webber anunció su próxima superproducción basada en el mismo texto. Y así The Phantom (como se tituló la obra) quedó casi ignorada, eclipsada para siempre por uno de los shows más potentes de la historia.
Esta espina solo se la pudo sacar cuando en 1989 Tommy Tune lo volvió a rondar para que pusiera música a un nuevo show sobre la mítica película Grand Hotel (1932). Lo ambicioso del proyecto no encogió al autor, que por el contrario compuso una de las mejores scores de las últimas décadas. Y en los noventa le llegó otro encargo no menos ambicioso -y temerario-, convertir la tragedia sufrida por el Titanic en un musical, pero no uno cualquiera, el más caro producido en Broadway hasta la fecha. Pero una vez más un gigante del espectáculo amenazó con aguarle la empresa -nunca mejor dicho- al arrancar la realización de la película más cara de la historia del cine. James Cameron y su megalómano proyecto asustaron a los inversores del show conscientes de la sombra que el blockbuster podía hacer al musical. Y naturalmente aterrorizó al autor, que aún así se puso a trabajar sin descanso hasta llegar a componer una pieza inigualable, una obra "titánica" por las características del material en sí (no es el tipo de historia que se suela representar en un teatro) y por la dificultad que entrañaba poner a cantar a una multitud a punto de ahogarse. Cinco Tonys en 1997 -una vez más como autor- debieron compensar los quebraderos de cabeza que tuvo que sufrir durante la gestación de su último gran éxito hasta el momento. 
Death takes a holliday (basada en la película del mismo título de 1934) y un ballet sobre Tom Sawyer (Tom Sawyer, a ballet in three acts) han sido sus creaciones más recientes, de solvente calidad aunque ya sin la repercusión de sus obras mayores. Y actualmente trabaja en la música de una pieza ambientada durante la dinastía Ming llamada Peony Pavilion, un reto más en la carrera de un autor valiente, extraordinario y personal.
De todo esto nos estuvo hablando sentado relajadamente frente a un público embobado -por la obra que acababa de terminar y por sus palabras- aquella noche del pasado verano. Un verano que recordaré con placer por la compañía que tuve en mi enésimo viaje a la capital del Reino Unido, por las obras magníficas que disfrutamos y muy especialmente por haber hecho uno de mis sueños realidad, el de poder charlar con el artista sobre su obra de arte. 


 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 9 de enero de 2014

That´s dancing!





Whatever Verdon wants!

Cualquier cosa que le pidas, cualquier cosa que se proponga... Y no solo con sus movimientos, también con su voz rasgada, sus ojos maliciosos, su expresión inocente y culpable. Cualquier parte de su sinuosa anatomía te pueden llevar en un guiño de la fascinación a las lágrimas.
Gwen Verdon era de esas artistas -sí, artista, porque no hacía otra cosa sino arte- que jamás se lo creyó. Una mujer bajo un brillante foco de luz en el centro del escenario que en realidad prefería estar oculta entre las bambalinas, siempre a la sombra de otros. Igual que decía Billy Elliot sobre como se sentía al bailar, "es como si desapareciera", tal vez era eso lo que atrajo a esta tímida niña de Culver City (California) a pasarse la vida bailando. Bueno, bailando y mucho más.
Baby Alice fue el nombre con el que fue bautizada en su primer escenario, con seis años. Su padre era electricista de los estudios de la Metro, su madre profesora de danza, y ella fundió cine y baile para el resto de su vida. La pequeña Gwyneth padeció de raquitismo y para que sus piernas no se le atrofiaran su madre le aplicó una terapia intensiva de pliés y demi pliés día y noche, lo que consiguió que pudiera olvidarse pronto de sus molestas botas ortopédicas.
Como la Baby June de Gypsy, pasó del teatro infantil a los locales de variedades y al vaudeville sin descanso hasta que conoció al periodista James O´Farrell, que la retiró de los focos y la hizo esposa y madre siendo aún una adolescente. Más lista que el hambre se cansó pronto de estar en casa y se dedicó a escribir críticas de espectáculos para un periódico de provincias, ayudada por los contactos de su marido. Y estaba escrito que algo la volviera a atraer a los escenarios, al tener que hacer la crónica de un show en el que actuaba su primer gran mentor -tuvo dos- un coreógrafo genial, excéntrico y temperamental llamado Jack Cole, considerado uno de los padres de la danza moderna americana.
Confundir la fascinación mutua con el amor es más que habitual en el mundo del espectáculo, y la pobre Gwen se convirtió en poco tiempo en su musa, pero también en su asistente personal, secretaria, esclava y saco de boxeo, lo que la fue curtiendo a base de gritos y empujones en el arte de la sumisión incondicional. En esta época empezó a aprender el verdadero significado de la máxima de los que se dedican a la danza: "no hay éxito sin dolor". Dolor físico, dolor emocional... en eso sí que se graduó y con honores.
Por aquellos días alternaba los trabajos en funciones de variedades y en películas musicales,  asesorando en el baile a actores como Rita Hayworth, Betty Grable o incluso Marilyn Monroe. ¿De quién si no aprendió la rubia explosiva su famoso contoneo de caderas?
En 1953 el célebre productor Cy Feuer (Silk Stockings, Cabaret...) tomaba una copa mientras veía un show en un club nocturno de Nueva York. Junto a los Jack Cole Dancers aparecía una chica que captó su atención durante toda la función. En esos momentos estaba montando un nuevo musical de Cole Porter, Can-Can, y de repente se tropezó con una de sus protagonistas.
De esta manera -y un poco en contra de su voluntad- la Verdon pasó de un Cole a otro y se distanció de su amo y señor para siempre, entrando por una puerta muy grande en Broadway. Aún se recuerda la ovación de siete minutos que provocó entre un público enfervorecido y que la obligó a volver a escena a saludar a pesar de que ya estaba en su camerino cambiándose para la siguiente escena. Así consiguió el primero de sus cuatro Tonys.
Pronto la reclamaron para un nuevo musical, Damm Yankees. Su personaje Lola, una empleada del mismísimo diablo diseñada para seducir a un inocente mortal para que le vendiera su alma. Un papel para el que tenía que cantar por primera vez en su carrera, lo que dada su peculiar voz aterró a esta chica de por sí insegura de su talento. También le preocupó no congeniar demasiado con el coreógrafo del show, un bailarín de dudosa reputación llamado Bob Fosse.
El mismo día que fueron formalmente presentados, los productores del show les dejaron improvisar juntos un rato en un destartalado estudio de baile, y en el preciso instante en que Gwen vio a Bob inventando un sencillo "soft shoe" cayó rendida a sus pies para siempre, literalmente. De nuevo musa, asistente personal, secretaria, esclava... esposa fiel y compañera hasta el mismo día en que el maestro cayó muerto en sus brazos.
Soportando jornadas de ensayo interminables, preparaciones maratonianas, tensiones constantes, alcohol, drogas, infidelidades y abandono, ayudó a sacar adelante con un estoicismo sin límites los proyectos más exitosos -y algún que otro fiasco- de las carreras de ambos. New Girl in Town, Redhead, Sweet Charity -función que el director le regaló para compensarla por tan mala vida- y finalmente Chicago, el último musical que estrenaron juntos en 1975. Y los premios se fueron acumulando siendo consagrada como una de las grandes divas de la edad de oro de Broadway.     
Aunque participó en bastantes producciones, en el cine nunca llegó a encontrar su lugar, aún sin dejar de trabajar hasta casi el día de su muerte, en el año 2000. Poco antes ayudó, junto con Ann Reinking a poner en marcha el musical Fosse, un homenaje de lujo a la carrera del mentor y compañero sentimental de ambas, en el que se podían reconocer cada uno de los pasos que dieron e inventaron juntos a través de los años.
Un bailarín inventa un personaje con el cuerpo, y esta bailarina -que fue mucho más que eso- inspiró e inventó un estilo, una forma de entender la interpretación usando hasta el último elemento de su espléndida anatomía. La alegría, el dolor, el deseo, la sensualidad, la inocencia y la maldad van de su mano cuando pisa el escenario.
Unos zapatos gastados, un bombín negro, una silla en una esquina, unos guantes blancos, una caída de párpados, un dedo meñique y una pelvis con vida propia.
I wanna be a dancing man!


 
  



 

 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Play it again


 


The perfect year

Todos brindamos porque el año que entra sea perfecto. Próspero, feliz año nuevo. Año nuevo, deseos viejos. Proyectos, propósitos, planteamientos que acaban en el cubo de la basura junto al matasuegras y la cinta de espumillón. Basura reciclada cada comienzo de año, cada comienzo de año imperfecto.
No quiero parecer pesimista porque no lo soy mayormente. Todo lo contrario. Pero es que es tan absurdo -y tan inocente- pensar que porque el almanaque pase del 31 al 1 las cosas van a cambiar...
Pobre Norma, ella también lo creía, lo necesitaba desesperadamente. Y su año terminó como el rosario de la aurora.  If you´re with me, next year will be the perfect year... Pobre infeliz.
Sir Andrew Lloyd Webber ha escrito cientos de canciones a lo largo de su larga y suculenta carrera, muchas magníficas, alguna genial, bastantes repetidas hasta la extenuación, ya oídas aquí o allá. Pero cuando se sentó ante el piano a componer los temas de Sunset Boulevard se le escaparon algunas de las melodías -y de las letras- más hermosas que ha parido el teatro musical nunca jamás. With one look, As if we never said goodbye, Greatest star of all... Y entre ellas una que resumía a la perfección el espíritu del año nuevo, la ilusión ilusa de los que creen que a partir de ese preciso instante todo puede ser diferente.
La vieja Norma Desmond encerrada en su vieja jaula barroca, enloquecida por culpa de la soledad y el olvido, viviendo en un pasado que no solo no volverá, sino que en realidad no ocurrió jamás. Y de pronto la juventud entra en su vida como un huracán destapando pasiones embalsamadas, llenando la piscina de la vieja mansión y el depósito del Rolls (o del Isotta Fraschini) hasta rebozar.
Norma compra a su gigoló con tuxedos y abrigos de vicuña, con pitilleras de oro y con lástima, mucha lástima. Y cuando la pobre loca cree que está seduciendo a su enésima víctima, cuando aún le quedan energías para seguir engañándose y creyéndose atractiva y poderosa, decide organizar una gran fiesta de fin de año.
Rudy Valentino le dijo que lo mejor para bailar el tango eran las baldosas, y ella encargó las mejores para acorralar a su presa, para emborrachar a la víctima que es también verdugo. Música y champagne, todo preparado. Pero entre ellos se interponen dos cosas, el molesto tocado de plumas que luce la estrella y... todo lo demás.
¿Cuándo se supone que llegarán lo otros invitados? No hay otros invitados, y no solo porque el plan era la encerrona perfecta, no, es que no hay nadie más a quien invitar. Todos aquellos amigos de la vieja gloria ya están lejos, arruinados o muertos. La hecatombe del sonoro aguó la fiesta perpetua que fue el Hollywood de los años veinte pero a la vez dejó secas las cocteleras y también las piscinas. Solo una triste orquesta amenizando el crepúsculo de la diosa, como aquellos músicos del Titanic tratando de ignorar la tragedia anunciada.
Cuando el joven pudo escapar de la tela de araña corrió huyendo a una fiesta mucho más concurrida, con gente joven y animada, creyendo que allí estaría a salvo de su propio destino. Pobre Joe, no sabía lo larga que podía ser la sombra de una mujer despechada. Unas muñecas rajadas, una llamada de teléfono y... regreso a la guarida donde unos brazos vendados lo atraparían para siempre, hasta el siguiente y último intento de huida en el que acabó disfrutando eternamente de una piscina recién llenada para él. 
Podría decir que jamás he visto un mejor final de un acto primero. El infeliz escritor llegando al diván donde yace su mentora y deseándole feliz año nuevo mientras suena el All lang syne. Ella lo rechaza porque sabe que ya está en la trampa, él la besa, ella lo abraza apasionadamente devolviéndole el beso que los llevará juntos a la ruina. Y el telón cae suave pero rotundamente con la melodía de ese tema perfecto para ese intermedio perfecto, una bonita e ingenua canción que parece burlarse de los sueños de una pobre desgraciada, o de muchos.    
Al final de cada año hay un breve intermedio, uno que dura exactamente lo que tardan en sonar las doce campanadas que separan las decepciones de las esperanzas. Yo deseo de todo corazón que tengáis poco de lo primero y mucho de lo segundo. Pero mi deseo de verdad queda explícito en la letra de esta canción que hoy ponemos una y otra vez: si estáis junto a mí este podrá ser -y seguro que será- ¡el año perfecto!



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
 


jueves, 12 de diciembre de 2013

Broadway baby





Un cuento de navidad

La navidad es un cuento, no lo dudes. Pero uno precioso, con sus protagonistas, sus secundarios y una trama de suspense, drama, comedia sentimental y claro, con final feliz. Bueno, de momento...
Así se ha entendido siempre. Como una apasionante historia diseñada para dar esperanza a los que la están perdiendo, para enternecer los corazones más duros y escépticos, para consolar a los que vagamos por este mundo oscuro y frío. ¿Por qué si no la iban a ambientar en pleno invierno? El calor y la nieve, el eros y el tánatos, la alegría y la pena en perfecta sintonía.

Cerca de la estación de Charing Cross había una vieja fábrica en la que un chaval de doce años trabajaba pegando etiquetas a tubos de betún para zapatos. Mañana, tarde y noche, diez horas al día. Su padre estaba en la cárcel y la familia necesitaba los pocos chelines que le darían por ese empleo. ¿Parece un personaje de Dickens verdad? Pues no, es el mismo Dickens de niño. Un niño solo, un niño adulto a la fuerza con zapatos rotos, hambre y frío. Y respirando el humo ennegrecido de una ciudad monstruosa que en los cuentos siempre aparece vestida de desolación y aventura. En lo más crudo del crudo invierno el chaval se pregunta donde está el amor, ¿te suena? Pero en Londres, en plena Revolución Industrial, no quedaba mucho tiempo libre para buscarlo, había que conseguir comida y fuego, por ese orden.
La fantasía y la imaginación dieron más de sí que los escasos seis chelines semanales que el chico ganaba en la fábrica, y pronto empezó a inventar historias que le ayudaban a escapar de sí mismo y a escribirlas en un trozo de papel manchado de carbón. Así me lo imagino yo, muy "dickensiano" todo. Como en muchos cuentos hay una tía rica en la familia, y la tía se muere, y la familia hereda a la tía -que siempre es fea y rácana a más no poder- y así empiezan a prosperar, a levantar cabeza.
De oficinista a pasante de un bufete, de pasante a reportero de un pequeño periódico, de reportero a cronista político, lo que le hizo emplearse a fondo en mirar, escuchar y contar... ¿No es eso lo que hacen los grandes escritores?
Y Dickens miraba lo que había a su alrededor, que no era poca cosa. Miseria, avaricia, penurias, injusticia social... pero también bondad, también humanidad. Y aderezándolo con sus propios recuerdos lo fue plasmando todo en un papel, algo más limpio ya, y entre crónica parlamentaria y artículos de debates electorales comenzó a inventar historias. Los papeles del Club Pickwick primero, luego vinieron Oliver Twist, Nicholas Nickleby, La tienda de antigüedades, David Copperfield (la que se considera más fiel a la memoria de su desolada infancia), Casa desolada, La pequeña Dorrit, Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas... Entre ellas se coló una obrita menor -aunque una de las que más gloria le dio- que se iba a convertir en la imagen universal de la fiesta más universal. A Christmas Carol (Una canción navideña, aunque aquí se tradujo como Un cuento de navidad).
No hace falta contar lo que cuenta este cuento. Todos lo sabemos. Y lo sabemos porque lo hemos leído y visto en películas viejas y nuevas, en blanco y negro y a todo color, con personajes humanos y en dibujos animados. Con y sin canciones, aunque este relato sea una canción en sí.
La historia del pobre rico Ebenezer Scrooge me ha parecido siempre de una crueldad sin límites, cosa habitual en los cuentos infantiles por otra parte. Despertar a un hombre de su sueño paseándole sus errores por delante de sus narices. Mostrarle una a una todas sus meteduras de pata, su estupidez, su ignorancia, las puertas que pudo haber cruzado y no cruzó, los abrazos que pudo haber dado y no dio... Hacerle ver a la fuerza la imagen misma de su presente soledad a golpe de diapositivas de su vida, su familia, sus amigos, su amor... ¡Hay que ser retorcido! Bueno, parece que una vez más el fin justifica los medios, y ya sabemos que no hay como perder lo que tenemos para valorarlo y descubrir todo lo que hemos perdido. Pero el final feliz viene vestido de segunda oportunidad, una última tal vez, pero mucho más de lo que la cruda realidad nos suele ofrecer.
Desde Seymour Hicks hasta Jim Carrey, desde Bill Murray a George C. Scott, desde Albert Finney a Kelsey Grammer, desde los Muppets a Mickey Mousse... todos han sido el avaro desvelado expuesto a su pasado, presente y futuro. Todos han sido el malo que se convierte en bueno gracias al tirón de orejas más sonado de la literatura universal. Pero nosotros hoy lo traemos con música, como no podía ser de otra manera.
En 2004 Alan Menken y Lynn Ahrens pusieron música y letra a las aventuras y desventuras del famoso usurero para la producción televisiva de Hallmark Entertainment (curioso, los mismos que fabrican las tarjetas navideñas). El mismísimo Doctor Frasier -Kelsey Grammer- fue su protagonista, acompañado por Jason Alexander, Jane Krakowski, Geraldine Chaplin y Jennifer Love Hewitt en una de las mejores versiones del célebre relato. Décadas antes se realizó otra película -en este caso para el cine- llamada Scrooge (Ronald Neame, 1970) con un Albert Finney superlativo y una partitura de Leslie Bricusse (Victor/Victoria) más que memorable. A raíz de estas dos películas nacieron sendos musicales que han sido representados con éxito muchas navidades tanto en Broadway como en Londres o en otras partes del mundo.
Y eso es lo que traemos hoy, un bonito un cuento agrio y dulce para niños adultos, una "historia para no dormir" si de verdad eres consciente de lo que quiere decirnos.
Igual que el pequeño Charlie Dickens, todos necesitamos de vez en cuando inventar algún relato que nos saque por un momento de nuestro propio pellejo, aunque esté habitado por fantasmas, ogros o brujas malvadas, aunque como en este caso nos esté queriendo llamar la atención sobre lo que somos, lo que fuimos y lo que pudimos haber sido, algo no siempre fácil de tragar, pero si es con un poco de música...
¡Feliz cuento de navidad!














jueves, 28 de noviembre de 2013

TKTS





Give my regards to Broadway!

El tiempo que hace que no voy yo a Nueva York...
Con este pensamiento me levanto cada mañana, bueno, casi todas. Aunque aún no haya deshecho las maletas!!
Pero la verdad es que a los que nos tiene atrapados "the rumble of the city" se nos hace cada vez más larga la espera de salir volando. ¿Y qué nos hace volar? Actualmente no demasiadas cosas, para ser sinceros. Solo si vives allí, o muy cerca, tendrás el privilegio de acudir a eventos tan únicos como efímeros que hoy por hoy son los más interesantes, no te quepa duda.
Ver a Norm Lewis, Bernadette Peters y Jeremy Jordan (Smash, Bonny and Clyde) cantando por Sondheim acompañados por la orquesta de Wynton Marsalis durante cinco días!! Ese es uno de los eventos a los que me refiero. A bed and a chair, una delicia de homenaje a estos dos grandes maestros de la música. Un escenario vacío, una cama, una silla, un grupo de músicos y unos cuantos actores recreando lo mejor de nuestro autor favorito. Pero solo por cinco días!!! Fue la semana pasada, y los que estuvieron allí cuentan maravillas.
Ver a Lauren Molina y Jason Tam en Marry me a little -siguiendo con Sondheim-  en Off-Broadway (entre septiembre y octubre pasado, sorry!). Dos actores en un pequeño escenario envolviendo su soledad con un puñado de temas imprescindibles.
Ver a Kelly O´Hara viviendo muy pero que muy lejos del cielo en la versión musical de la película de Todd Haynes Far from Heaven. Connecticut 1957, Julianne Moore como la perfecta ama de casa inmersa en una vida de portada de Life engañada y vacía. Una interesante partitura de Scott Frankel (Grey Gardens) y un montaje calcado de la película. Y breve en la cartelera como una pompa de jabón. Sorry again!
Como breve será otra adaptación, la de la película de Tim Burton Big Fish, que todavía puedes ver pero corriendo que cierran a finales de diciembre. Sé de buena tinta que es un espectáculo mágico y encantador digno del original. El gran Norbert Leo Butz protagoniza este drama romántico con música de Andrew Lippa (The Addams Family) dirigido por Susan Stroman. Todo para ser el éxito de la season, pero...
La sensación de la temporada parece estar siendo A gentleman´s guide to love and murder, tomen nota del titulito que parece dará que hablar, o al menos eso vaticinan los críticos del New York Times que son los que mandan en todo esto. Steven Lutvak es el autor de una farsa de suspense acabada de estrenar que según dicen provoca las mejores risas desde The book of Mormon. Habrá que ver.
¿The best is yet to come? En previews está Beautiful, un bio-musical sobre Carlole King protagonizado por la maravillosa Jessie Mueller. En puertas aguardan los estrenos de: Aladdin the musical, otra inversión de Disney vestida para franquiciar. The bridges of Madison County, con Kelly O´Hara de sufridora en casa (o no tanto, que está acompañada por Steven Pasquale). Bullets over Broadway, la primera versión musical de una película de Woody Allen con book del susodicho dirigida -y coreografiada- por Susan Stroman (apetece ¿no?). Emma Thompson haciendo de Mrs. Lovett en el Sweeney Todd que prepara la New York Philarmonic para marzo (4 días solo!!). El Cabaret de San Mendes que vuelve al Studio 54 esta vez con Michelle Williams acompañando al MC original, Alan Cumming...
Otra que vuelve -y menos mal, por que su serie Bunheads no justificaba para nada su huida de los escenarios- es Sutton Foster. Violet, el lacrimógeno drama de Off-B´way de Jeanine Tesori será el vehículo que la traerá de regreso a casa. ¿Otro Tony? Why not?
Y entre tanto y tanto seguimos aguardando el tan anunciado -y postergado- revival de Funny Girl con Lea Michele a la cabeza. Ni se sabe para cuando, pero yo estoy ahorrando por lo que pueda pasar.
Mientras sí y mientras no -y ya que toca echar monedas al cerdito- nos vamos al cine que es más barato y ya está aquí el estreno del Into the Woods de Rob Marshall, con Meryl Streep al frente de un reparto que... bueno, ya veremos. Llega con los turrones, el 25 de diciembre.
Nos tiene entusiasmados la puesta en marcha The Drowsy Chaperone, y sobre todo la noticia de que Hugh Jackman pueda hacer del súper latin lover Aldolpho en la gran pantalla. Yo sé de alguien que se arañaría la cara por verlo. La misma que estará rezando para que la película Barnum (The greatest show on earth) sea finalmente protagonizada por el australiano de sus entretelas. Crucemos los deditos.
Otra producción que está a punto de estrenarse es la nueva -y renovada- Annie. Una huérfana negra (Quvenzhané Wallis, la niña de Bestias del Sur Salvaje) en el New York de 2013 maltratada por una Mrs. Hannigan con el rostro de Cameron Diaz y adoptada por un Daddy Warbucks con el de Jamie Foxx. Suena raro, lo sé, pero ¿alguien se la piensa perder? Bueno, tal vez un buen amigo al que la niña de rojo le carga un poco...  En fin, que hay cosas muy interesantes y variadas que nos aguardan en el cine. A falta de pan... como dicen en Annie, Wellcome to the movies!!!

¿How are the things in London? Con una temporada limitada (odio la frasecita!) esa joya medio ignorada por crítica y público llamada The Scottboro Boys está en estos momentos (y solo hasta finales de diciembre) en el Young Vic Theatre. En Londres están enloquecidos con este show que pasó de puntillas por Broadway, y es que la partitura póstuma de Kander & Ebb es tan fuerte como su austera y eficaz puesta en escena.
También continúa con mejor respuesta de la esperada From here to eternity, el musical de Tim Rice basado en la mítica película de Fred Zinnemann que quiere ser el nuevo South Pacific. Como si fuera tan fácil...  ¿Cómo habrán solucionado lo del besazo en la orilla? ¿Salpicará el oleaje a la primera fila?
Gran expectación ante el reestreno de Miss Saigon previsto para la próxima primavera. Sir Cameron Mackintosh prepara la artillería pesada para hacer el agosto en mayo con un nuevo montaje rediseñado y redecorado de este clásico contemporáneo.
Y poco más. No, la de 2013-14 no es la mejor cosecha que hemos conocido en el show business internacional, pero es que corren tiempos turbios para todos, y aunque hay dinero (que se lo digan a Mr. Producer) también hay miedo, mucho miedo a volcarlo en el lugar equivocado. Pequeñas joyas como Dear World o Barnum no se transfieren al West End por miedo al fracaso mientras los chicos del Jersey, los Mormones, el Thriller jacksoniano, las Mamma mías y los Reyes Leones duran y duran y duran forever.
¿Y a mí que me sobran los montajes multimillonarios, las campañas agresivas, los carteles gigantescos y las macro producciones? Con una cama, una silla y unas cuantas voces capaces de subirme al cielo ya voy más que sobrado.
 


  













jueves, 14 de noviembre de 2013

Qué fue primero?



All about eve/Applause
(Abróchense los cinturones)

¿Quieren saberlo todo sobre Eva? ¿Quieren ver a Eva al desnudo? ¿Están seguros? Pues vamos, abróchense los cinturones, ésta va a ser una noche movidita...
Wellcome to the theatre! le dice la veterana curtida en mil batallas y millones de focos Margo Channing a ese ratoncillo asustado llamado Eve Harrington. Bienvenida al teatro, querida, bienvenida a los aplausos, a la fama, a las rosas en el camerino, a sus espinas... Bienvenida a la gloria y a la miseria, al elogio y al desprecio, al éxito y al olvido, a la amistad y la traición... Bienvenida a las palmadas en la espalda, justo a unos centímetros de las puñaladas... bienvenida, seguro que te va a encantar.
Algo así le dice la estrella consagrada a la humilde meritoria, lo que aquí diríamos: anda y que te aproveche!
En el ejemplar de Mayo de 1946 de la revista Cosmopolitan apareció un cuento corto de Mary Orr titulado "The wisdom of Eve" (La sabiduría de Eva). Basado en la experiencia real de la actriz Elisabeth Bergner, contaba como su recién contratada ayudante personal trató de arruinar su carrera suplantándola en el escenario y en la vida. Nunca una mosca muerta dio tanto juego...
Joseph Leo Mankiewicz leyó el relato e inmediatamente vio un peliculón en él. Darryl F. Zanuck le dio la bendición y se pusieron en marcha. El propio Mankiewicz metió mano a un guión magistral que ganó uno de los seis oscars que avalan el filme, y sin ni siquiera poner el nombre de la autora del relato en los créditos. De puñaladas traperas va la cosa... Wellcome to the movies!
Buscar a la protagonista fue un camino escarpado. Claudette Colbert, Susan Hayward, Marlene Dietrich, Gertrude Lawrence o Barbara Stanwick se pusieron y quitaron los tacones de la Channing por diversas cuestiones, como si en las estrellas estuviera escrito que nadie más que ELLA podría representar ese papel. ¿Se te ocurre alguien que coja mejor un vaso de whisky y encienda mejor un cigarrillo?
Cuando Bette Davis se unió al proyecto los ingredientes de uno de los mayores éxitos de la historia del cine por fin ya estaban en la olla. Un productor, un director, un guión, un fotógrafo (Milton Krasner), un compositor (Alfred Newman) y un rosario de actores en estado de absoluta gracia (George Sanders, Celeste Holm, Gary Merril, Thelma Ritter y la mismísima Marilyn Monroe en uno de sus primeros papeles recordables) levantaron un auténtico hito sobre la oscura historia de una traición entre lobas. Pero nos falta la mayor de todas, Eve, la verdadera protagonista en la sombra, personificada por una genial Anne Baxter. Seis oscars (de 14 nominaciones) incluidos los de mejor director y película llevaron esta cinta de 1950 al pódium de las mejores. Todo un clásico.
Eva al desnudo, Hablemos de Eva o -esta es la que más me gusta- La Malvada se llamó en España, Argentina y México respectivamente. Un éxito arrollador en todas partes, y es lógico, porque... a ver ¿quién no se ha sentido traicionado, desbancado o acabado en algún momento de su vida? Sin comentarios.
Mary Orr decidió convertir su obrita en una pieza teatral en 1964, pero no se llegó a estrenar en Off Broadway hasta 1979, sin demasiada pena ni gloria. Lo que sí dio algo más de ruido fue la adaptación musical que Charles Strouse (Bye Bye Birdie, Annie...) y Lee Adams se propusieron llevar a cabo. La verdad es que el argumento se presta ¿o no?
Rita Hayworth, que ya había probado su solvencia cantando y bailando en varias películas, fue la primera opción para hacer de Margo, pero cuando le dieron el primer borrador de la obra comprobaron que tenía serias dificultades para recordar los diálogos. El alzheimer empezaba a nublar la mente del mito.
Justo cuando la carrera de Lauren Bacall parecía estar en vía muerta le ofrecieron el papel, algo que en un principio le pareció descabellado. ¿Un musical? ¿Con esta voz de minero constipado? Casi dos años llevaba sin trabajar y, la verdad sea dicha, además de la realización personal su situación económica le empujó a tirarse a aquella temida piscina. El que su vieja amiga Katharine Hepburn acabara de estrenar Coco -con unas condiciones vocales parecidas- la animó a decir sí. La caída pudo ser estrepitosa, sin embargo detrás de esta empresa estaban -además de Strouse y Adams- Betty Comden y Adolph Green en el libreto, Ron Field en la dirección y la coreografía, Len Cariou y Pennie Fuller en el cast... Así que el colchón no parecía ser tan fino como creían y las canciones, las situaciones, el argumento, los diálogos y una inteligente actualización desde los cincuenta del original a los setenta -con todo el ritmo y la psicodelia que pudieron sacar del cambio- salvaron el proyecto convirtiéndolo en un rotundo éxito. Bueno, en realidad el proyecto ya estaba más que salvado desde que pusieron el nombre de la actriz sobre el rótulo del show.
"Applause". Buen título ¿no? Tony al mejor musical y a la mejor actriz de 1970, además de la dirección y coreografía.
Una curiosidad. ¿Saben quien reemplazó a Lauren Bacall en el papel de Margo? Ni más ni menos que la propia Eva, una Anne Baxter ya madurita que ahora pasaba de ser la sombra de la estrella a ser la estrella misma. ¿Puede ser el destino más irónico? O simplemente se trató de una estrategia comercial de los productores, dispuestos a cualquier cosa con tal de vender entradas. La Baxter ni cantaba ni bailaba demasiado -más o menos como su antecesora- pero no se la podían perder!! (¿dónde he oído yo antes esa frase?).
Y es que no nos imaginamos a lo que llegarían algunos con tal de oír el rugido que sale de la oscuridad del patio de butacas, una droga que cuando la pruebas ya no la puedes dejar, ese claqueteo acompañado de gritos de emoción que endulzan y envenenan la vida del artista.
¿Que no seríamos capaces de cualquier cosa con tal de recibir un fuerte aplauso? Anda que si yo te contara...
               
  




 
 
 
 
 
 



jueves, 31 de octubre de 2013

Who is who in the cast?






















Mandy Patinkin (The way he makes me feel)

¿No recuerdas aquella escena? ¿Una joven judía disfrazada de chico para poder estudiar el Talmud? ¿No recuerdas como se estremecía cuando él la rozaba o jugaba con ella como si fuera un compañero más? ¿Sus atemorizados ojos mirando y sin querer mirar su cuerpo desnudo saliendo del agua? No hace frío pero estoy tiritando, no hay fuego y me quemo...  El solícito alumno de la yeshiva, el alegre mozo que enamoró a su amigo -a su amiga- no era otro sino él. Avigdor, Ché Guevara, Georges Seurat, Iñigo Montoya, Saul Berenson... Todos en uno.
Hoy apuntamos nuestro cañón de luz hacia una cara poco corriente en el mundo del musical, una voz y una forma de usarla nada común. A veces es necesario encender el "spotlight" en medio del escenario a oscuras para enseñar a todo el mundo quién es ése o aquel. Especialmente cuando oyes comentar lo bien que lo hace el agente barbudo de Homeland o el médico de Chicago Hope sin ni siquiera recordar como se llama. 
Mandel Bruce Patinkin, ese es su nombre. Nacido en Chicago hace sesenta y un años, descendiente de hebreos rusos y polacos, buen hijo, buen padre y buen esposo. Un buen judío curtido en mil ceremonias desde su infancia, un hazzan, un miembro del coro de la sinagoga al que no sabían en qué grupo vocal meter. ¿Tenor, contralto, soprano, castrato?
Su paso por Juilliard no hizo más que reafirmarlo en lo que él siempre había deseado, convertirse en actor y cantante. Pero por ese orden, un actor que puede interpretar con todos los elementos de su cuerpo, incluida la voz. Así son los grandes de Broadway, y no al contrario. Papelitos en anuncios, intervenciones en series, apariciones en televisión y de repente... Evita.
Cuando ni siquiera estaba bien definido uno de los personajes más discutidos del famoso show, cuando aún no se había popularizado el Don´t cry for me... cientos de actores de Londres o Nueva York ya lampaban por conseguir el papel. Y fue para él. Lo que había hecho David Essex en el West End -muy bien por cierto- lo mejoró al otro lado del Atlántico. El Tony al mejor actor secundario lo reafirmaba como uno de los valores más seguros del mundillo teatral de finales de los setenta. Y según recuerda la LuPone en su impagable biografía, fue gracias a él que pudiera resistir la brutal presión de aquellas tremendas funciones interpretando "unas canciones que solo habría podido componer alguien que odiara a las mujeres!".  No solo ella, son muchos los que dan fe de su calidad de compañero muy por encima de la de artista.
Pero cuando apenas acababa de despuntar en teatro, el cine ya le estaba echando el lazo. Tras varios trabajos perfectamente olvidables le llegó su estreno de verdad en Ragtime, de Milos Forman. El papel del emigrante Tateh era perfecto para él, como si Doctorow lo hubiera tenido en mente al escribirlo.
Siguiendo con las adaptaciones de clásicos hebreos, Yentl le brindó su segunda gran oportunidad en pantalla grande. A pesar de que en la productora barajaban nombres más populares, la Streisand -directora e intérprete del filme- lo vio claro, él y no otro sería el honesto y atormentado Avigdor, el chico que la obligó a salir de su armario de miedo y vergüenza. Lástima que no le diera alguna canción para cantar, pero -ya lo séee- ella y nadie más era la protagonista.
Maxie (junto a Glenn Close), The Princess Bride (cinta de culto si las hay donde hacía del espadachín Iñigo Montoya), Dick Tracy (como el pianista enamorado de Breathless-Madonna)... y muchas más fueron las películas que vinieron después, pero en Hollywood nunca apostaron por él como cabeza de cartel, algo que sucede a menudo con los grandes talentos del teatro.
De lo que nos alegramos infinito, porque así fue como regresó a la costa Este y se subió de nuevo a un escenario, a uno con un lago, árboles pintados, paseantes con sombrillas y perros juguetones. Un dimanche après-midi à l'Île de la Grande Jatte fue la inspiración del musical Sunday in the park with George. Una de las obras más arriesgadas y originales de las últimas décadas. La obra maestra -bueno, otra más- de Stephen Sondheim.
El encuentro con el autor cambió definitivamente su trayectoria y su repertorio. Si no hubiera sido porque otro George (Hearn) se subió en los tacones de un tal Alvin en La Cage aux Folles, su segundo Tony le habría llegado con este personaje único, como él.
The Secret Garden, Falsettos, The Wild Party y una nutrida serie de conciertos por teatros llegaron después de su consagración definitiva, y la televisión, las series.
Y así volvemos hasta Saul Berenson y uno de los mejores personajes de una de las mejores series del momento, Homeland. Las series están de moda, lo cual favorece a un montón de actores y actrices desechados por la cruel industria del cine que usa y tira genios a cada segundo. Muchos buscan refugio en estos culebrones de auténtico lujo, o entre los bastidores de la gran ciudad, que tampoco está nada mal. Él es uno de ellos, por suerte para nosotros.
La primera vez que lo vi fue hace trece años, cuando hizo su último musical en Broadway -The Wild Party- y fui a esperarlo a la salida de actores, claro, pero no le pude decir nada porque me quedé mudo. No es muy alto, ni muy guapo, ni impone especialmente, pero tenerlo a un palmo de mi persona me hizo sentir... no sé como explicarlo, algo parecido a lo que siento cuando lo oigo cantar con esa voz frágil casi a punto de quebrarse y dura como el granito al mismo tiempo. No me preguntes por qué, hay cosas que no se razonan. Pero cuando oigo su voz es como si... tiritara sin hacer frío, o me quemara aunque no haya fuego.