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jueves, 15 de mayo de 2014

Qué fue primero?






Querida tía Mame (Open a new window)




Patrick Dennis no existe. Ya quisiera él. Ya quisiéramos todos habernos llamado así, haber tenido semejantes experiencias vitales, haber heredado la fortuna que heredó y que esa fortuna -así como su guardia y custodia- hubiera tenido que ser administrada por su única pariente viva. La extravagante, seductora, sofisticada, inconsciente, vitalista, valiente, temeraria, divertida, excéntrica, aventurera y encantadora tía Mame!
Siento decirlo, pero ese chico de diez años con sus bombachos y su trompeta desafinada solo existía en la imaginación de Edward Everett Tanner III, un escritor de Chicago que decidió ocultar su verdadera identidad tras el nombre del protagonista de su novela más famosa. Aunque tenemos que decir que la vida del propio Edward no debió ser mucho menos interesante que la de su alter ego.
Así como su dicotómico nombre, su vida también se dividía en dos: la del exitoso autor, amante y respetado esposo y padre de clase acomodada, y la del travieso bisexual amante de las juergas extremas y las aventuras al límite. Todo un personaje que no solo se ocultó tras dicho seudónimo, también firmó alguna novela con la identidad femenina de Virginia Rowans. No se puede negar que elegía alias con glamour.
A pesar de haber publicado uno de los mayores bestsellers norteamericanos, Auntie Mame, an irreverent escapade (1955) así como otras obras de semejante acogida como su secuela, Around the world with Auntie Mame (1958), Edward o Patrick, como prefiráis -que asimismo fue autor de la pieza que inspiró el célebre musical Little Me sobre la vida de su querida y vieja amiga Belle Poitrine- también probó el amargo sabor de la decadencia. Cuando ya nadie recordaba sus éxitos el banco sí le recordaba sus deudas, y como la mismísima tía Mame no tuvo más remedio que cambiar de vida y abaratar los costes de su lujuriosa existencia. Así se convirtió en mayordomo de un millonario en los años setenta -ocupación tras la que se volvió a agazapar bajo un nuevo seudónimo- y en los últimos años de su azarosa vida, y antes de morir prematuramente por un inoportuno cáncer de páncreas, se le vio entregado a la causa gay en el Village del Nueva York de la era hippy. ¿Es que nadie piensa escribir una novela sobre la vida de este personaje?
No sabemos si alguna vez alguien lo hará, pero lo que sí sabemos es que a los meses de la publicación de su bestseller La Tía Mame se convirtió en obra de teatro, y un par de años después y tras el éxito de ésta, la Warner Bross compró los derechos para llevarla al cine con Rosalind Russell como protagonista, que continuó extendiendo la fama de esta divertida historia.
En 1962 otra de las novelas de Dennis, la citada Little Me, se adaptaba a un musical con partitura de Cy Coleman y dirección de Bob Fosse protagonizado por Sid Caesar, y tal vez esa fue la mecha que encendió la idea de los productores de hacer lo propio con las aventuras de la frívola tía y su simpático sobrino.
Los autores Jerome Lawrence and Robert Edwin Lee se pusieron manos a la obra para escribir el libreto, mientras que un joven compositor llamado Jerry Herman se encargaría de la partitura. Haber cosechado uno de los mayores éxitos de Broadway dos años antes con Hello Dolly lo acreditaba como el perfecto padre para las músicas y letras que acompañarían las aventuras de esta otra heroína.  En principio se pensó en una figura consagrada como Mary Martin para asumir el papel principal, también se barajó la posibilidad de que lo hiciera Judy Garland, pero nadie daba un dólar porque la diva se presentara puntual y sobria a cada función. Así que tras muchas deliberaciones, el que en un principio iba a llamarse My best girl se estrenó en 1966 como Mame protagonizado por una actriz británica más conocida en el cine pero que ya había dado sus primeros pasos en el teatro musical, aunque con uno de los mayores fracasos de aquel momento. Tras el fiasco de Anyone can whistle, de Stephen Sondheim, Angela Lansbury pensaba que su carrera musical llegaba a su fin, y sin embargo no hacía más que empezar. Literalmente Mame abrió una nueva ventana -o mejor un arco de triunfo- en la vida de la actriz, que a partir de ese momento no se volvió a bajar del escenario, su gran y principal pasión. Aunque la llamaran mucho el cine y la televisión (no podemos olvidarnos de su popularísima Mrs. Fletcher de Se ha escrito un crimen) en su futuro, y gracias a aquella locuela con el pelo a lo garçon, la esperarían papelones del nivel de la Mama Rose de Gypsy o la Mrs. Lovett de Sweeney Todd.
Así que con una historia tan divertida y colorista, con unas canciones de primera categoría al mejor estilo Herman, con la Lansbury encabezando póster, con secundarios de lujo como la desternillante Beatrice Arthur (Vera Charles, para muchos el mejor personaje de la función) y con un vestuario, escenografía y coreografías de lujo total, el show se situó en el pódium de la comedia musical de la década de los sesenta. Es fácil imaginar que el paso siguiente tenía que ser su viaje de vuelta a la gran pantalla, esta vez en clave musical.
Ocho años después del estreno en Nueva York y tras prolongar su éxito en Londres (con Ginger Rogers en una de sus últimas apariciones en escena) el mismo director, Gene Saks, se encargó de llevar al cine esta pieza que, aunque tuvo gran acogida en su momento, jamás llegó a igualar la del musical. Y aunque cueste creerlo, en cierto modo fue culpa de la elección de la protagonista. Lo que suele suceder, aunque Angela Lansbury ya tenía experiencia de sobra en el cine, el estudio puso como condición para hacer esta costosísima película que la protagonizara una estrella de las grandes.
Fue entonces cuando apareció Mame, perdón, Lucille Ball, con su voz cazallera, con un filtro que casi impedía ver sus ya maduros rasgos pero con un encanto y una gracia que nadie más que la pelirroja podía dar al personaje en la gran pantalla. A su lado el magnífico Robert Preston (Victor/Victoria, The Music Man) como su esposo el multimillonario sureño Beauregard Jackson Pickett Burnside, y de nuevo Bea Arthur repitiendo el papel de la legendaria actriz de imposible- y falso- acento británico Vera Charles. La química que había en la pantalla entre la Lansbury y la Arthur se trasladó a la perfección al cine protagonizando ambas algunos de los mejores momentos de la cinta. Ese "Bosom buddies" (Amigas inseparables) es uno de los números más divertidos del show así como una de las escenas más desternillantes de la película, sin desdeñar para nada el catastrófico debut en el teatro con la pobre Mame colgada de una luna de cartón sobre el escenario.
Y no te cuento más, corre a verla, porque aunque no se pueda considerar una de las mejores películas musicales -y me duele en el alma admitirlo- conserva toda la gracia, el encanto y el joie de vivre que debe tener una comedia musical como dios manda, de esas que cuando acaban queremos ponernos a bailar por paredes y techos emulando a nuestro adorado Astaire. De esas que nos insuflan ganas de vivir, de abrir nuevas ventanas y puertas, de celebrar fiestas solo por ser hoy y estar aquí, de recorrer el mundo sin un centavo y de reírnos de nuestra sombra y de la de todos los demás. Y eso, queridos míos, tal y como están las cosas, sencillamente ¡no tiene precio!





  
 
 
 

  



jueves, 24 de abril de 2014

TKTS




Primavera sobre Broadway

¿Sabes que hay una ciudad en la que puedes ver a Idina Menzel protagonizando un nuevo musical y a Sutton Foster actuando en un teatro cerca del que acoge el último estreno de Audra McDonald? ¿Sabes que en esa ciudad hay un barrio lleno de teatros en los que puedes encontrar a James Franco haciendo un Steinbeck, a Neil Patrick Harris como un rockero trans-glam, a Michelle Williams cantando Mein Herr o a Kelly O´Hara enseñando a un forastero los puentes de Madison? ¿Sabes que hay un pequeño local "off " en el que cada noche F. Murray Abraham canta por Kurt Weill?
La primavera, igual que al Corte Inglés, llega a Broadway y la esperada estación de los estrenos redecora la gran ciudad con vallas y marquesinas por doquier. La temporada de nominaciones y premios está a la vuelta de la esquina y todos luchan por comerse un trozo del suculento pastel del show business, por permanecer uno, dos, tres años en cartelera por lo menos, en un tiempo en el que ya no es tan fácil convertir los sueños de éxito en realidad.
A pesar de que la cosecha de 2013-14 sigue sin estar a la altura de cursos anteriores -en número y en calidad de estrenos así como en cifras de taquilla- no se puede negar que hay cosas interesantes, incluso muy interesantes por ver. A saber.
El St. James acaba de abrir sus puertas al primer musical basado en una película de Woody Allen. Bullets over Broadway, un título que estaba pidiendo a gritos el subtítulo "The Musical". La época, la trama, los enredos entre gangsters y coristas y las perfectas situaciones para numerazos coreografiados al viejo estilo de la mano de una experta en la materia, Mrs. Susan Stroman. La dirección y la coreografía corren a cargo de la responsable de éxitos como The Producers, The Music Man o Young Frankenstein. El libreto es del propio Allen y los decorados de Santo Loquasto, otro de los habituales en las comedias del autor (¿cuántas veces habremos visto su nombre con letras blancas sobre fondo negro en los créditos de las películas del director neoyorquino?). Y entre los protagonistas Zach Braff (Manhattan Murder Mistery, Garden State, Oz) como el atormentado autor teatral que se ve obligado a venderse a un mafioso sin escrúpulos y la maravillosa Marin Mazzie en el papel que le valió un oscar a Dianne Wiest, la diva Helen Sinclair ¿te acuerdas? la que siempre tapaba la boca del autor repitiendo compulsivamente dont´t speak, don´t speak!
Por todo ello, Bullets over Broadway podría ser el gran smash de la temporada, pero precisamente por lo mismo es fácil que se convierta en un flop en toda regla. Y es que últimamente los críticos son especialmente duros con los productos que se mueven en el registro clásico, las grandes producciones, grandes coreografías, grandes decorados etc. están en el blanco de sus afilados dardos. Esta semana han salido las nominaciones de los Outer Critics Circle y para sorpresa de muchos no figura entre las seleccionadas. El tiempo lo dirá.
De un nuevo clásico nos vamos al reciente estreno de una obra nueva, contemporánea, actual como If/Then. Idina Menzel protagoniza este musical dramático con libreto de Brian Yorkey y score de Tom Kitt (ganadores del Pulitzer por Next to Normal) que trata sobre una cuarentona que busca comenzar una nueva vida en Nueva York disociando su personaje según los azares del destino en plan "qué habría pasado si...?"  Algo parecido a La Vida en un Hilo de Edgard Neville pero completamente distinto, en fin, if... then... el título nos habla de las veces en que un simple detalle puede cambiar nuestra vida por completo. Una historia sobre el destino y sus caprichos aderezada con el vozarrón de esta mujer de acero que nos robó el corazón con su Elphaba pero que se ha hecho mucho de rogar antes de volverse a calzar la protagonista de una obra nueva. Promete premios y honores varios.
Basado más en el best seller de James Waller que en la película de Eastwood, The Bridges of Madison County se convierte en un musical de corte romántico con partitura de Jason Robert Brown (Parade, The last five years) y liderado por la genial Kelly O´Hara como la esposa abnegada enamorada hasta las trancas de un fotógrafo del National Geographic con el rostro de Steven Pasquale (Six feet under). Superar la película de Streep no es difícil, es imposible, pero si nos conseguimos abstraer de las comparaciones igual...
De lo que no hay duda es de que este es el año de la consagración definitiva de Neil Patrick Harris. Con Hedwig and the angry inch nuestro presentador de los Tonys (no de los próximos, que se los cede a Hugh Jackman para regocijo de muchos y muchas...) da el paso definitivo hacia el top ten de los leading men de Broadway. Se nos hace muy difícil pensar en otro ganador de premios en la próxima terna; un musical rockero, transgresor, con prota travestido, cómico y dramático hasta el desgarro... No hay otro, ni lo dudes, este año de "host" pasará a "honored" o mucho me estoy equivocando.
El estreno del nuevo producto de la casa Disney (y van...) Aladdin ha sido uno de los acontecimientos principales del pasado marzo. Basado en la película de la factoría y con música de Ashman y Menken  que han ampliado la nómina de canciones como es habitual, Aladdin llega en un momento en el que según mi humilde opinión tienes que echar mucha carne en el asador para poder impresionar a un público algo cansado de supermontajes y dificilillo de impresionar. Si en Miss Saigón lo consiguieron con un helicóptero y Mary Poppins sobrevoló las cabezas de niños y padres boquiabiertos, ya veremos cual es el efecto que produce la alfombra voladora sobre las butacas del New Amsterdan Theatre, por cierto el mismo local que el de la niñera del paraguas. La inversión en multimillonaria, a ver los resultados, porque la Disney no se anda con chiquitas, o rompes taquillas como The Lion King o apaga la marquesina y vámonos.
Menos presión hay con un montaje sencillo y minimalista como el revival de Lady Day at Emerson´s Bar & Grill, o la atormentada vida de Billie Holiday en diez canciones más o menos. Este one woman show que se estrenó en Off Broadway hace como treinta años regresa ahora de la mano de una de las grandes. Personalmente creo que Audra McDonald tendría que interpretar obligatoriamente todas las protagonistas de color -y no de color- de la historia del musical, de manera que en el futuro nos esperarían -después de la Bess de Porgy o la Sarah de Ragtime- Carmen Jones, St. Louis Woman, House of Flowers... lo barato que sale soñar!
Para acabar pronto, porque hablar de teatro en Nueva York es empezar y no acabar (no porque yo hable mucho, no por dios) dejadme al menos mencionar otros estrenos más o menos interesantes de la temporada que comienza. Dejando a un lado a Rocky, o no tan a un lado porque ha recibido críticas bastante mejores de las esperadas, tenemos en la palestra el revival de un musical también off de los años noventa que ahora se cuela en el distrito principal, Violet, interpretado por la simpar Sutton Foster. Solo por asistir al esperado regreso de la Foster al teatro (tras la fallida serie Bunheads) merece la pena tragarse el dramón que promete la historia de una chica desfigurada que viaja a la otra punta del país para curar sus heridas de dentro y de fuera. Jeanine Tesori es la autora de la partitura, y si ésta se encuentra lejanamente a la altura de la genial Thoroughly Modern Millie (también por la Foster, by the way) hay que ir a verla sí o sí. La mala noticia es que al igual que Lady Day, nuestra Violet también se marcha de vacaciones para no volver el 10 de Agosto, casualidad. Así que id haciendo planes porque lo que está claro es que hay que aprovechar los escasos tres meses en que coincidirán en cartel piezas y estrellas del nivel al que nos referimos.
Pero no os preocupéis si no llegáis a tiempo, que siempre nos quedarán Chicago, Jersey Boys o Wicked, que igual que Miss Liberty prometen permanecer firmes en su sitio. Así como dos hijos pródigos que también regresan esta primavera a la ciudad, Les Miserables y Cabaret, el de Sam Mendes del Studio 54 con una Sally Bowles llamada Michelle Williams y el mejor MC que ha parido B´way después de Joel Grey, Mr. Allan Cumming. ¿Apetece volver a verla? Naturalmente que sí. Como siempre apetece desembarcar aunque sea por un solo día (que sea un miércoles o un sábado y así tienes para matiné y noche) y trotar por la ciudad que nunca duerme cantando a voz en grito "New York, New Yoooork"...               
Esto me recuerda que en octubre se estrenará uno de los musicales más emblemáticos de la historia: On the Town, y perdona, pero por Bernstein sí que merece la pena vender las pocas alhajas que nos queden y volver, en este caso, a pasear las calles de un otoño sobre Broadway.
Pero esa será otra historia!    
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 


jueves, 3 de abril de 2014

What´s about?



It´s about God!

Cuando comienzan a salir flores de los naranjos de mi ciudad, cuando su olor sacude el aire y los recuerdos de mi infancia, cuando una vez más compruebo que se renueva el ciclo de la vida, que todo renace y muere y muere y renace... pienso en dios. En el mismo que inventó este aire, el que inventó el agua que nos sacia y el sol que nos calienta. El dios -o la energía esa o como lo quieras llamar- que hace que crezcan las cosas cuando creemos que ya están muertas. Ese que inspira a los hombres tocándolos con su varita mágica y los pone a hacer grandes cosas de vez en cuando.
El que empujó a George Gershwin a componer Porgy and Bess, el que puso a Cole Porter a escribir los versos de Kiss me Kate, el que movía los pies de Bob Fosse ensayando un "soft shoe", quien ayudó a George y Steve a terminar aquel maldito sombrero, el mismo que sopló a Richard y Oscar una canción tan hermosa como If I loved you...
Mayo de 1971. Un pequeño teatro del circuito off Broadway levanta su telón -bueno, creo que no tenían telón, como la mayoría de los teatros del off-B´way- para mostrar una obra que se había presentado un año antes en la Carnegie Mellon University de Pensilvania como una tesis de fin de curso. La idea de montar un show basado en una serie de parábolas bíblicas -mayormente del evangelio según San Mateo- sorprendió a unos, ofendió a otros, pero por encima de todo suscitó un interés que hizo que pronto se trasladara al club neoyorkino de teatro experimental "La MaMa" y se convirtiera en la sensación del show business alternativo.
Un productor llamado Edgard Lansbury (¿os suena el apellido? sí, hermano de nuestra querida Angela) fue a husmear ese show tan moderno y transgresor del que todos hablaban y lo vio claro, Godspell debía convertirse en un musical "como Dios manda", nunca mejor dicho. Tal vez le animó el reciente estreno de una de las piezas clave del teatro musical contemporáneo, un éxito como Jesús Christ Superstar de alguna manera ayudaba al gran público a asimilar un bocado como este. Estaba claro que la Biblia aún vendía.
Así, lo primero que hizo -además de adquirir los derechos y contratar al autor del libreto John-Michael Tebelak- fue buscar a alguien que compusiera nuevas canciones para la obra, ya que las originales no estaban demasiado pulidas, y así fue como el material cayó en manos del que todos consideran padre de esta criatura, el gran Stephen Schwartz.
El creador de Pippin y Wicked respetó la estructura de la trama -o la no trama- original en la que las canciones ilustrarían una serie de episodios de las sagradas escrituras subrayando su enseñanza, acentuando su comicidad o dramatismo y sacando de su contexto las situaciones originales. Meter a Juan el Bautista, Judas, Lázaro o al mismísimo hijo pródigo en una especie de circo psicodélico tomado por una banda de hippies no parecía tan simple en un principio, aunque pasados los años resulta algo de lo más natural. ¿Se te ocurre mejor manera de explicar la palabra de Dios? 
Un grupo de filósofos -desde Sócrates a Nietzsche pasando por Santo Tomás de Aquino- divagan sobre el origen y la razón de ser del hombre en un vertiginoso prólogo titulado Tower of Babble, por cierto suprimido en muchas versiones por resultar demasiado intelectual para un público más familiar. Igual que Cristo pidió a unos cuantos pescadores, a un recaudador de impuestos o incluso a un ladrón que cogieran una cruz y le siguieran, aquí son reclutados algunos ejecutivos estresados, embaucadores, amas de casa o prostitutas de lujo para ir a "preparar el camino al Señor". Y al sonido del shofar el Bautista los llama a seguir a un profeta maquillado con coloretes de payaso y una "S" de Supermán en el pecho, y nos invita al respetable a una fiesta en toda regla, con vino y mucha música rockera. Eran los 70, y al fin y al cabo el "make love, not war" fue creación de un tal Jesús, ¿o no?
Pero la fiesta se acaba cuando de las parábolas pasamos a la pasión pura y dura. Pasión, muerte y resurrección contadas con fuerza y delicadeza, cuidando no ofender a los más ortodoxos -cosa que no siempre se logró- pero sin perder el sentido catártico de este litúrgico "happening".  
La función se estrenó oficialmente en Londres en 1971 para continuar en Toronto al año siguiente, pero la llegada a Broadway se hizo esperar hasta 1976, tal vez por miedo a apostar por algo que venía del circuito off, pero el éxito de los montajes internacionales animó finalmente a los productores y el Broadhurst Theatre acabó abriendo sus puertas a un espectáculo que se transfirió posteriormente al Plymouth y después al Ambassador. Todo un éxito que no acabó ahí. No existe una universidad o un High School en los que no se montara esta función, y no solo en Estados Unidos, ¿quién no ha asistido alguna vez a alguna representación de aficionados en su colegio?
La película dirigida por David Greene, producida por el mismo Lansbury y protagonizada por un jovencísimo Victor Garber en 1973, también impulsó la popularidad del musical, y algunas de sus canciones se colaron en las listas de éxitos de principios de los 70. Day by day es una de ellas, tal vez la que más fama consiguió gracias a las versiones de Andy Williams o Judy Collins.
Hasta 2011 no se volvió a reestrenar en Broadway, y esta vez lo hizo en un pequeño teatro circular llamado Circle in the Square siendo reconcebido, ampliado, actualizado y supervisado por el propio Schwartz el cual participó de forma activa en las excelentes orquestaciones de las canciones, un trabajo que logró dar vida nueva a ese puñado de piezas extraordinarias entre las que se incluyen ya clásicos como Save the people, All for the best, Light of the world, By my side...
Y yo estuve allí, sentado en las gradas de ese local tan alternativo, a escasos metros de la banda y rodeado de los actores que no dejaban de deambular entre las butacas, implicándonos en la historia y contagiándonos la emoción de las palabras -las de Dios- y la música, la de Schwartz. Y fue una de esas raras veces -o no tan raras- en las que pese a los desengaños y los sinsabores de la vida adulta, a pesar de tener la mente atrapada en asuntos materiales, en el trabajo, el dinero, las obligaciones... volví a pensar en Dios. Igual es que me acordé de ese niño que una vez se emocionó viendo Godspell en su colegio, tanto que intentó montar él mismo la función. Ese niño que desde pequeño soñaba con ser productor...        
      


 

 




jueves, 20 de marzo de 2014

Another opening, another show! (Una historia de Broadway 9)




Shall we dance?  (Broadway, 1950)

Érase una vez una ciudad pintada de colores. Una multitud que cruza la calle, semáforos que cambian de rojo a verde. La puerta de un cine, un fotógrafo callejero persiguiendo chicas, un ciego mendigando para apostar a las carreras, púgiles entrenando, coristas en busca de trabajo, corredores de apuestas, estafadores, carteristas de la vieja escuela detrás de turistas despistados, damas del Ejército de Salvación a punto de condenarse, jugadores, bebedores, gangsters de poca monta... la fauna y flora de Times Square a principios de los 50. La inmensidad de aquel viejo Nueva York embutida en los treinta metros cuadrados de un escenario, el de Guys and Dolls.
Así lo vieron Damon Runyon y Frank Loesser, autor el primero del relato original y el segundo de las canciones del clásico que inauguró esta década prodigiosa, una década en la que se estrenaron piezas únicas y definitivas en el tótem de Broadway. Desde Damn Yankees a West Side Story, desde The Pajama Game a Gypsy.
La grandeza de esta fábula contemporánea reside, además de en su indiscutible calidad, en el hecho de burlarse abiertamente de la moralidad y los prejuicios religiosos del puritanismo, y hacerlo además con todo el descaro y la gracia elevando a un grupo de crápulas a la categoría de héroes de la calle, ratas de callejón convertidos en la nueva "aristocracia americana". Desde la forma en que vestían hasta su manera de hablar -nunca unas canciones habían reflejado tan bien el argot callejero-, esta panda de golfantes se atrevió a poner un espejo frente a la sociedad del momento y decirles: "nos guste o no, también somos esto".
En plena Guerra Fría la imagen que los Estados Unidos proyectaba en el mundo era la del héroe que pone fin a la pesadilla de la guerra y rescata al viejo continente de la miseria y la depresión posbélica. Altos, sanos, fuertes, optimistas. Y siempre justos. Tan real como el libreto de un musical, el mundo del espectáculo -sobre todo el cine- dibujando una idea que aún lucha por pervivir en el imaginario colectivo.
A esta idea también contribuyó el siguiente proyecto de los afamados Rodgers & Hammerstein, The King and I (1951). Aunque en este caso se trate de los ingleses tratando de refinar al salvaje oriente, de nuevo el paternalismo occidental cargado de valores y de buenas intenciones se cuela en el argumento de un show.
Las memorias de Anna Leonowens, institutriz de los hijos del rey Mogkut, fueron la inspiración de la novela de Margaret Landon (Anna y el Rey de Siam, 1944) que a su vez enamoró a la gran Gertude Lawrence e hizo saltar la chispa que puso en marcha uno de los grandes musicales de siempre.
Con una partitura a la altura de las mejores piezas de sus autores (con temas del calibre de Something wonderful, Hello young lovers, I have dreamed...) y una historia aderezada con exotismo, romanticismo, humor y drama en precisas dosis, el St. James Theatre alzó su telón a un nuevo hito a comienzos de la década. Un actor medio novato de también exótico nombre, Yul Brynner, asumió con gran éxito el papel del rey siamés que se le quedó pegado a la piel para el resto de su carrera. Pero la alegría del triunfo, de la extraordinaria acogida del público, de los premios etc. se vio pronto ensombrecida por la repentina muerte de la actriz. Gertrude Lawrence estrenó su personaje fetiche ignorando la grave enfermedad que la acechaba y que incluso le hacía difícil soportar los pesados trajes que sacaba en la obra. Al poco tiempo de dejar la función, un año después de su estreno y de ganar el Tony a la mejor actriz, dejaba este mundo una de las mayores glorias del teatro británico y americano, cuando solo tenía cincuenta años y la mitad de su carrera por delante.
Pero el show debía continuar, y lo hizo hasta cumplir las 1.246 representaciones amén de las innumerables reposiciones que le sucedieron y de la exitosa versión cinematográfica encabezada por Brynner y Deborah Kerr que pronto se convirtió en otro clásico del cine universal.
Si el cine impulsó la proyección internacional de los musicales entre los años treinta y los cuarenta, la televisión sería el foco por el que entrarían en los hogares de ambos lados del Atlántico a partir de estos momentos. Las grandes empresas patrocinadoras pusieron de moda los shows de variedades que llevarían lo mejor del showbusiness allá donde no existiera un teatro. De todos ellos, el más popular fue sin duda el del incomparable Ed Sullivan.
Entre 1948 y 1971 este programa se encargo de reunir a las familias frente al televisor en cada una de sus emisiones y supuso, además de una más que rentable forma de entretenimiento, un escaparate en el que se presentaba cada semana lo mejor del mundo del espectáculo. No ha habido mejor plataforma de promoción de los musicales de Broadway que la que incluía habitualmente este espacio televisivo, lo que refleja a la perfección el musical Bye Bye Birdie, en el que incluso hay una canción que lleva su nombre. The Ed Sullivan Show podía convertir un posible fracaso en un rotundo éxito, y así lo hizo en múltiples ocasiones. Uno de los programas de más audiencia fue el dedicado a Rodgers & Hammerstein en 1951, precisamente cuando se estrenaba The King and I. Patrocinado por General Foods -en un tiempo en el que un spot publicitario podía monopolizar las pocas cadenas existentes- dicha entrega batió records y ayudó a afianzar aún más el reinado de los amos de Broadway así como la popularidad de los protagonistas de su última creación que también participaban en dicho homenaje. Asimismo logró que al día siguiente media América se levantara tarareando el tema más pegadizo del show, una de esas canciones que se graban a fuego en la memoria y nos incitan a bailar toda la noche. I could have danced all night... No, esa es otra que nos reservamos para la próxima entrega de este manual de historia. A la que nos referimos es a una que nos pone a trotar por un enorme salón de baile vacío en el que una institutriz vestida con miriñaque enseña a bailar la polca a un rey déspota y dictador del que está terriblemente enamorada. Shall we dance?

Continuará            
                    









jueves, 6 de marzo de 2014

Standing ovation




Let me entertain you (Gypsy)

Ni haber sido abandonada por su madre, ni tener dentro una artista frustrada luchando por salir, ni sufrir varios fracasos matrimoniales uno detrás de otro, ni vérselas sola en el mundo con dos niñas y sin blanca en medio de la depresión americana, ni acercarse inexorablemente a la mediana edad, ni ser abandonada por su propia hija, ni ver a su otra hija convertida en streaper...
No existía nada que pudiera hundir a Rose Hovick, una madre coraje, una luchadora nata, una mujer inasequible al desaliento.
Cuando Ethel Merman estaba hojeando aquel ejemplar del Harper´s Magazine, ni se imaginaba que un artículo sobre la célebre estrella del burlesque Gypsy Rose Lee se convertiría en la génesis e inspiración del mayor éxito de su carrera. Su amigo, el famoso productor David Merrick, sí.
El impulsor de Hello Dolly, Oliver o Promises Promises tenía el olfato infalible de un sabueso entrenado para rastrear buenas ideas, y dio con una excelente, la que encendió la mecha del que muchos consideran "el musical perfecto".
A la Merman le iba haciendo falta un nuevo éxito ya que desde Call me Madam (1950) no se había vuelto a ver en la cima del show business, y ni en el cine ni en la televisión acababa de encontrar el lugar que merecía. Así que era el momento oportuno para dar con un nuevo vehículo a la altura de la Reno Sweeney de Anything goes o la pistolera de Annie get your gun. Por eso empezó a interesarse por el proyecto hasta el punto de querer meter mano en todos y cada uno de los detalles del mismo, libreto, decorados, vestuario, actores, director... y lo que es más importante, quien escribiría la música y las letras de sus canciones. Con más de cincuenta años y una competencia feroz en la selva de Broadway la diva no podía dejar ni un cabo sin atar.
Para la factura del libreto querían al mejor de aquel momento, el que acababa de cosechar el gran éxito de su vida con West Side Story, Arthur Laurents. Aunque al escritor no le atraía la idea en un  principio, el hecho de que se tratara de una loca manipuladora usando a sus pobres hijas para saciar su sed de éxito, lo acabó animando, se ve que encontró paralelismos con su propia experiencia.
Cole Porter e Irving Berlin fueron tentados para componer la música pero a ninguno les interesó demasiado, y ahí fue cuando Jerome Robbins -que iba a ser el coreógrafo del show- pensó en su amigo Steve, el joven autor de las magníficas letras de West Side Story, nos referimos a un medio novato Stephen Sondheim. Pero a la protagonista no le pareció buena idea volver a los escenarios con la obra de un principiante aún poco conocido, ella quería un regreso a lo grande, de modo que tras mucho deliberar se decidieron por un autor ya consagrado como Jule Styne (Gentelmen Prefer Blondes, Funny Girl...) que firmaría la música mientras Sondheim se encargaría solo de las letras. Por segunda vez el talentoso genio acababa de sufrir la desconfianza de los productores, cosa que le hirió en el alma, hasta tal punto que decidió abandonar el proyecto. Suerte que su mentor, Oscar Hammerstein, lo convenció para que aceptara el encargo y se tragara su orgullo, un buen consejo si querías sobrevivir en el mundo del espectáculo. Y nosotros damos gracias por ello, aunque nos quedamos sin saber qué melodías habrían bailado los Sharks y los Jets, o cómo sonaría el Rose´s Turn si a nuestro "Dios" particular le hubieran dejado parir también las notas de semejantes piezas.
Así que con libreto de Laurents, música de Jule Styne y letras de Sondheim, más la dirección y coreografía de Jerome Robbins el show se estrenó en mayo de 1959 en el Broadway Theatre con muy buena acogida por parte de los críticos y el público, aunque el paso del tiempo y las subsiguientes revisiones son las que se han encargado de situar esta obra en el pódium del teatro musical. Tras más de dos años en cartel, la Merman estaba demasiado agotada como para salir de gira o para estrenar en Londres, cosa que hizo Angela Lansbury logrando tanto o más éxito que la primera.
Otras Roses vinieron después, Tyne Daly en 1989 -a la que sustituyó la magnífica Linda Lavin por un tiempo-, Bernadette Peters en 2003 o la que para muchos llegó a plasmar toda la complejidad y el dramatismo de uno de los personajes mejor escritos de la historia del musical, Patti LuPone, en 2008.
Porque aunque hay otros roles importantes en la trama (Baby June y Louise, las hijas sufridoras, Herbie, el mánager enamorado, Tulsa, el joven pretendiente de Louise etc.) el peso de la obra cae sobre los hombros de una fiera dramática llamada Rose, a la que no llegamos a conocer del todo hasta que al final de la función canta Rose´s Turn (el turno de Rose), un tema mítico, el perfecto "eleven o´clock number" en el que la abnegada madre nos muestra con todo el desgarro y la rabia antes contenida la artista que lleva años y años amordazada en su interior, un número que pone en pie al respetable y que da sentido al resto del argumento, un auténtico striptease del corazón y de las entrañas. Y la definitiva prueba de fuego para toda leading lady que se precie. "O levantas sus culos del asiento con este tema o más vale que te vayas a casa por la puerta de atrás" dijo la Merman abrumada cuando le presentaron este material.
Y es que Gypsy es una de esas piezas en las que las canciones se abrazan con fuerza a la trama, cada melodía y cada frase -especialmente ese Some People, tal vez una de las letras mejor empastadas con su correspondiente música- nos dan más y más información de lo que está sucediendo fuera y dentro de las mentes de quienes las cantan. Small world, You´ll never get away from me, If momma was married, Together, Wherever we go o ese hilarante y canalla tratado sobre el burlesque titulado You gotta get a gimmick. ¿Y qué me decís del Everything´s coming up roses? No hay actriz de musical - incluso actor- que no se las haya tenido que ver con este manifiesto sobre el optimismo a hierro frente a la adversidad en cualquiera de sus modalidades. Y cómo lo cantaba la Merman al final del primer acto... o la LuPone en esta última versión...
Gypsy también pasó al cine, en la producción de Mervyn LeRoy del 62 con la espléndida Rosalind Russell como Rose, Karl Malden como Herbie y Natalie Wood en el papel de Louise. Así como a la televisión, en la cinta de 1993 protagonizada por una impresionante Bette Midler. Y se habla y se habla de una nueva versión, pero aún no se acaba de concretar nada... aunque ya va tocando.
Pero no lo tendrá fácil quien le tenga que hincar el diente a este material único e irrepetible en la historia del espectáculo. Una obra que abre una obertura que en ninguna versión nadie se ha atrevido a modificar o abreviar, cosa común en otros musicales. La obertura perfecta para el musical definitivo, la mejor manera de atrapar al público desde el minuto uno para no soltarlo hasta la "exit music", una fanfarria exultante y melodramática que hace que insalivemos justo antes del gran banquete y nos pone el corazón a cien -al menos al que escribe- prometiéndonos risas, llanto, emociones y espectáculo a espuertas. Y dejándonos muy claro que pase lo que pase, por muy mal que se nos presente el presente, por torcidas que puedan parecer las cosas... everything´s coming up roses for me and for you!
Mr. Conductor, if you please...



 
 
 
 
 
  
 
 
 
 
 
 
 
 


jueves, 20 de febrero de 2014

Who is who in the cast?



Laura Osnes (It´s De-lovely)

The night is young, the skies are clear and if you want to go walkin', dear
It's delightful, it's delicious, it's de-lovely...


Laura Osnes viene a cantar a Sevilla. Y ahora vosotros -la mayoría, seguro- pensaréis ¿y quién demonios es Laura Osnes? (qué mala es la ignorancia por dios!) Pues para eso estoy yo aquí, para presentaros a una de las mejores intérpretes de Broadway de hoy día.
Su belleza, sus profundos ojos azules, su cuerpecito perfecto y sus maneras suaves y cándidas en combinación con una increíblemente dulce -y poderosa- voz, la convierten en la perfecta "leading lady". Bien podría ser Eliza en My Fair Lady, Louise en Gypsy, María en Sound of Music -o en West Side Story- o Laurey en Oklahoma! Aunque a esta chica de Minnesota no le faltan agallas para hacer una perfecta Annie Oakley pegando escopetazos o una Sally Bowles penando sobre las tablas de un viejo cabaret. De hecho en menos de un año ha pasado de ser la princesa de tus sueños a la golfa de tus pesadillas. De Bonnie Parker (Bonnie & Clyde) a Cinderella, ambas avaladas por sendas nominaciones al Tony, ¿alguna duda sobre su versatilidad?
En noviembre de 2006 dio comienzo un reality show de la NBC que pretendía encontrar a los perfectos Sandy y Danny para una fastuosa producción del musical Grease. You´re the one that I want era el muy agudo título de un programa que ya antes había lanzado Sir Andrew Lloyd Webber para buscar a la protagonista de The Sound of Music en Londres (How do you solve a problem like Maria? ). Y allí estaba ella como una aspirante más, con una maleta llena de sueños y un currículum aún medio vacío. "Small Town Sandy" la apodaron en el reality, más por la inocente apariencia que daba que por ser una chica de pueblo, que no es el caso. Cada semana tenían que cantar y bailar delante de un jurado compuesto por Olivia Newton- John, el director Rob Marshall, Frankie Avalon y el mismo Lloyd Webber, ahí es nada. Quien debuta así y ante más de dos millones de espectadores por programa debe quedar entrenado para encarar cualquier audiencia ¿o no?
Pues resulta que "Small Town Sandy" dejó boquiabierto al selecto jurado y se merendó literalmente a un buen montón de Sandys -de grandes ciudades- haciéndose con la protagonista de uno de los musicales más populares de la historia en una de las reposiciones más exitosas, gracias por supuesto a la enorme promoción que el programa hizo del show.
La experiencia Grease la puso en el punto de mira de productores a la caza de nuevos valores en un Broadway con cada vez más profesionales y menos estrellas. Y justo un año después de dejar la función una estrella consagrada, Kelly O´Hara, se tuvo que retirar por un tiempo del South Pacific del Lincoln Center por su inminente maternidad. Y así fue como la chica de Minnesota se vio interpretando durante varios meses a la protagonista de uno de los grandes clásicos de siempre. La enfermera Nellie Forbush le dio la verdadera alternativa en el panorama del showbusiness actual, la misma que antes hicieran Mary Martin, Mitzi Gaynor o Glenn Close ahora iba a ser ella en la única reposición del show desde que se estrenara en 1949. Toda una reválida aprobada con sobresaliente según afirmaron los críticos, lo que no debió ser nada fácil tratándose de sustituir a alguien como su predecesora.
Otro clásico -su perfil y tesitura los piden a gritos- le llegó con Anything goes, la producción de 2011 protagonizada por Sutton Foster. Brillar junto a la Foster tampoco es cualquier cosa, pero la rica heredera Hope Harcourt es un papel delicioso que además canta algunas de las mejores melodías del show (All through the night, It´s De-Lovely...), y si además acabas con el galán (Colin Donnell para más señas)... ¿pues qué más se puede pedir?  Una nominación al Drama Desk Award la afianzó aún más en este tipo de roles.  
Pero donde de verdad de mide un actor de Broadway es en la interpretación de un personaje nuevo, sin reemplazar a nadie, defendiendo un papel sin referentes anteriores. Y esta oportunidad le llegó ese mismo año con el nuevo musical de Frank Wildhorn (Jeckyll and Hyde, The Scarlett Pimpernell) sobre la historia de los asesinos Bonnie Parker y Clyde Barrow. Bonnie & Clyde no se puede considerar precisamente un éxito, aunque mereció haberlo sido por la calidad de su partitura y sus actores, entre los que sobresalía un magnífico Jeremy Jordan, pero no llegó a superar ni cuatro semanas en cartel, a pesar de haber recibido unas críticas más que aceptables. Aún así la sensual, canalla, inquietante, implacable Bonnie que hizo Osnes le valió su primera nominación al Tony. Ya estaba entre las grandes.
Y así es Brodaway, después de un fracaso viene un éxito y viceversa, y el siguiente proyecto en que se involucró fue -está siendo- un auténtico bombazo. La revisión del musical de televisión de Rodgers y Hammerstein Cinderella, una costosísima apuesta para la que desde un principio contaron con ella como protagonista y digna sucesora de Julie Andrews o Leslie Ann Warren, que antes lo habían hecho en la pequeña pantalla. Y con esta Cenicienta fresca y contemporánea -pero conservando todo el encanto del más encantador de los cuentos de hadas- recibió su segunda nominación al Tony, además de otros galardones que sí consiguió.
Y entre tanto protagonizó un montaje de otra obra de estos famosos autores, Pipe Dream, en una excelente versión concierto de Encores junto a Will Chase y Leslie Uggams, y fue Maria en un concierto benéfico de The Sound of Music en el Carnegie Hall.
¿Y qué es lo próximo? Bueno sí, venir a cantarnos al Maestranza acompañada de otros grandes artistas de los que nos ocuparemos en breve, pero antes tiene pendiente de estreno de una versión de The Threepenny Opera en Of Broadway junto a F. Murray Abraham. Uff, lo que está dando de sí la carrera de aquella chica de pueblo...  Esa vecinita de al lado que se acaba de calzar el zapato más deseado de los últimos tiempos, uno pequeño como ella, y de cristal.
¿Ya empieza a sonaros su nombre? Pues mirad como canta y se mueve en el escenario, estoy seguro de que, igual que a mí, también os atrapará con su delicioso encanto.

"It's delightful, it's delicious, it's... It's de-lovely".



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 6 de febrero de 2014

Hits/Flops



Mademoiselle Hepburn

"A una mujer se la conoce por como ama, no por como se viste". Esta no es una de las celebérrimas frases atribuidas a Coco Chanel (que tiene más que Confucio), no. En el musical que se hizo sobre su vida, allá por 1969, es el título de un tema interpretado por un periodista cansado de la frivolidad del mundo de la moda, deseando quitar trapos y descubrir lo que hay debajo de ellos. "Viste vulgar y solo verán el vestido, viste elegante y verán a la mujer". Esta sí que es de la modista, bueno, eso dicen.

Desde finales de los años 50, el productor teatral Frederick Brisson venía acariciando la idea de hacer un gran musical sobre la vida de la famosa diseñadora (su vida daba para eso y más). Tras haber considerado otras opciones pensó en el tándem formado por el letrista Alan Jay Lerner y el músico Frederick Loewe, responsables del más exitoso show del momento, My Fair Lady. Pero al compositor no pareció interesarle demasiado tal vez por tener su mente lejos de las boutiques parisinas, mucho más atraído por los caballeros de la mesa redonda... Y ahí quedó la cosa.
Los autores estrenaron Camelot consiguiendo igualar el éxito de su obra anterior y aparcaron su colaboración por un tiempo, momento en el que Lerner retomó la propuesta de escribir una obra sobre Chanel. Con el libreto y las letras de las canciones esbozadas solo faltaba quien pusiera la música, y cuando Richard Rodgers -en quien había pensado como mejor opción- dijo que no, lo intentó con el músico y director de orquesta alemán André Previn, con quien ya había colaborado en las nuevas canciones de la película Paint your wagon (La leyenda de la ciudad sin nombre). Y así se puso en marcha un proyecto para el que ya solo faltaba lo más difícil, dar con la actriz que pusiera su nombre bajo el de la señora de la Rue Cambon.
Rosalind Russell fue la primera candidata al ser la esposa de Brisson por aquellos entonces, de hecho la función iba a ser un vehículo para reimpulsar su carrera. Pero la inoportuna artritis que le impediría subirse a un escenario ocho veces a la semana, puso el papel a disposición de una Katharine Hepburn de 62 años y una carrera en vía muerta -acababa de sufrir el fracaso de su última película "La loca de Chaillot"- que además tenía ganas de hacer un musical. La diseñadora más famosa del mundo interpretada por la mejor actriz de la historia, buenos presagios ¿no?
La Hepburn sería Coco, pero para ello se tendría que poner en manos de un vocal coach de la MGM doce horas al día, y Roger Edens -responsable de que a Judy Garland no le reventara la garganta en uno de sus conciertos- obró el milagro de enseñarla a cantar, bueno, o algo por el estilo.
Superar el intensivo training vocal de diez días fue la única condición exigida a la actriz, ya que su solvencia dramática estaba fuera de toda duda. Aunque su voz era literalmente la de un tabernero con faringitis, en realidad eso le venía de perlas al papel. Una mujer enjuta, briosa, con un temperamento del demonio, un rictus tenso como las cuerdas de una viola y una voz ronca y gastada de tanto rodar por el mundo. La Hepburn se iba a meter en los zapatos de una Coco ya madura, medio acabada pero a punto de resurgir de sus cenizas. Cualquier parecido con la realidad...
La acción se sitúa en 1953, cuando la diseñadora llevaba unos quince años retirada del negocio de la moda y decide volver a la carga en un ambiente muy distinto al que recordaba, afrontando una competencia feroz y una maltrecha situación financiera. Entrampada hasta el cuello, los críticos se ensañan con ella, la ningunean, se lo ponen aún más difícil. Pero la Chanel no hace otra cosa que crecerse ante la adversidad y de esta mujercilla endeble y huesuda renace la gigante que convirtió su firma en la más famosa del mundo metiendo sus prendas en los almacenes más potentes del momento. Saks Fifth Avenue, Bloomingdale´s, Ohrbach´s, Bergdorf Goodman... todos cayeron rendidos a sus pies.
A pesar del ingenioso libreto de Lerner, a pesar de unas canciones románticas y sarcásticas a partes iguales, a pesar de una ostentosa puesta en escena y un sofisticado vestuario supervisados por el mismísimo Cecil Beaton (hasta entonces el montaje más caro de Broadway), de las espléndidas coreografías de Michael Bennett y sobre todo a pesar de contar con un cast de primera fila (René Auberjonois, George Rose o una jovencísima Ann Reinking) liderado por un monstruo sagrado de Hollywood, el musical fue recibido con indiferencia por la crítica. Resulta irónico que lo mismo que le ocurrió a la protagonista le sucediera al show que trataba sobre su vida.
Aún así las funciones se prolongaron casi un año y el público se mataba por conseguir una butaca para ver a la Hepburn cantando -o recitando- las penas y alegrías de la "dama de la camelia".
Se pensó en transferir la producción al West End e incluso la Paramount compró los derechos para hacer una película, pero en cuanto la estrella dejó la producción, todo fue quedando en el olvido. El musical sobrevivió un par de meses más con Danielle Darrieux como Coco, pero estaba claro que el atractivo del show no residía ni en la historia, ni en las canciones ni en los fastuosos decorados o el vestuario. Estaba claro que la gente quería ver a "la fiera de mi niña", a la Amanda de "The Philadelphia Story" o a la abogada de La costilla de Adán, por mucho que digan los que vieron a la actriz francesa que superaba con creces a la titular.
Coco no fue precisamente un fracaso, pero ni de lejos llegó a acercarse a lo que se esperaba de tan ambicioso proyecto. Y como en la mayoría de los casos es triste e injusto que hoy todos recordemos títulos mucho menos brillantes mientras que algunas joyas incomprendidas se pierdan en la bruma de la indiferencia.
Desde luego eso jamás ocurrió con las dos bestias sagradas que unió este musical, inolvidables e imprescindibles cada una en lo suyo. Dos mujeres unidas por el valor, las agallas, la pasión, la elegancia y... la soledad. Siempre fuertes e independientes, pero -como dice una canción de esta hermosa partitura- never mesdames, always mademoiselles.