A pesar de que la industria del espectáculo parecía no querer enterarse, el mundo estaba cambiando por momentos. Guerras hubo siempre, injusticia, racismo, hambre, desigualdad, intolerancia... la diferencia está en que ahora la gente iba a decir algo al respecto.
La década en la que el hombre llegó a la luna, la Guerra Fría estaba en plena efervescencia, y tanto la Primavera de Praga como el Mayo francés mostraban el irrefrenable impulso de clamar por la libertad de los pueblos. El desarrollismo capitalista continuaba en alza mientras una buena parte de la sociedad americana empezaba a ser consciente del precio que el mundo estaba pagando por mantener el "american way of life". La Guerra de Vietnam hablaba de ello, y las manifestaciones, y las detenciones, y la división de una buena parte del país ante un conflicto cada vez más insostenible.
En los sesenta mataron a balazos a Martin Luther King y a Malcolm X por querer hacer de América lo que aún hoy no ha podido llegar a ser. Y a John F. Kennedy, y a su hermano Robert. En la tierra de las libertades limpiaban la sangre de sus mártires con coches de lujo, casas de lujo, electrodomésticos de lujo y una idea del confort diseñada especialmente para adormecer a sus cachorros.
Y el cine, y la televisión, y el teatro. No es nuevo el impulso escapista de este pueblo, que siempre plantó cara a la desdicha olvidándose de ella durante las dos horas que dura una película o los tres minutos que tarda en acabar una canción de moda.
Golden Boy, Do I hear a Waltz?, Half a sixpence, On a clear day you can see forever, The apple tree, I do, I do!... Y dos piezas maestras sin las que no se podría entender el teatro musical americano, Sweet Charity y Mame, Cy Coleman y Jerry Herman estrenando sus mejores joyas con sólo unos meses de diferencia. Tiempos aquellos... Los alegres diseños de los carteles, los vivos colores que lucían las marquesinas de Times Square ahuyentaban el fario de los negros titulares de los periódicos. Y a unos pocos metros de distancia, las putas y sus chulos se congregaban a las puertas de las Salas X de la calle 42. Eran los sesenta, y los setenta, luego llegó la Disney y lo compró todo. La mayoría de los títulos que se estrenaron a mediados de la década nos hablan de un público ávido de entretenimiento amable y sin complicaciones. Pero también denotan un cierto menosprecio por parte de la industria del espectáculo, aunque algunos productores no tardarían en darse cuenta de lo rentable que podía ser otro tipo de productos más comprometidos con la realidad del momento. Harold Prince es buen ejemplo de ello, el mejor. A pesar de haber tocado la gloria con propuestas tan comerciales como Damn Yankees, A funny thing happened on the way to the forum o She loves me, su buen olfato lo fue acercando cada vez más hacia asuntos menos complacientes. Desde que cayó en sus manos la novela de Isherwood Adiós a Berlín (1939) y tras un intenso viaje a dicha ciudad, la idea de montar un show sobre los excesos y las penurias de la Alemania de justo antes del ascenso nazi no se le iba de la cabeza. Y así fue como, contando con el apoyo del dramaturgo Joe Masteroff (con quien acababa de colaborar en She loves me) y los autores John Kander y Fred Ebb, nació el que puede considerarse uno de los... cinco? musicales más importantes de la historia. Cabaret fue estrenado en 1966 en el Broadhurst Theatre dejando a la audiencia con la boca literalmente abierta. Muchos no sabían bien lo que habían visto, otros ni lo querían saber. ¿Un show en clave de vodevil cargado de sátira, política, violencia y ambigüedad sexual? La propuesta no dejaba de ser arriesgada, pero la solidez con la que se presentó en cuanto a dramaturgia, canciones, coreografía y esa rara pero equilibrada combinación entre comedia burlona y tragedia descarnada... Podría haber fracasado, nadie lo duda, pero fue un éxito arrollador. Y aún lo es. Un año más tarde se empezaba a hablar de un montaje que estaban representando en un nightclub entre la 53 y Broadway. Cada noche la cola para entrar en The Chitah -como se llamaba el popular tugurio- se hacía más y más larga, porque dentro estaba ocurriendo algo excepcional que nadie quería perderse. Algo que estaba a punto de cambiar la idea que los americanos tenían de lo que era un show al uso. Se trataba del primer musical hippy de la historia, el primero formado íntegramente con música rock (después vendrían The rocky horror show, Tommy, Rent...). Hair, the american tribal love/rock musical, que es su nombre completo, pronto pasó a ocupar un teatro en el off Broadway y poco después, ya en 1968, se estrenó oficialmente en en Biltmore de Broadway en el que se hicieron 1.750 funciones. Si añadimos a ello su exitoso estreno en Londres y la realización de la película de Milos Forman en 1979 -y todas las representaciones que se han sucedido en múltiples lugares del planeta- podemos afirmar que Hair, más que un fenómeno teatral o musical, fue un fenómeno social estrechamente unido al momento en que se creó y a lo que estaba ocurriendo en el mundo en aquellos años. ¿Qué fue exactamente lo que convirtió un producto tan atípico en una obra de culto desde el momento de su estreno? ¿Su mensaje? ¿Su frescura? ¿Los excelentes temas perfectamente sincronizados con la trama? ¿O tal vez que Hair decía con sketches y canciones lo que una gran parte de la sociedad americana quería decir y no se atrevía? Era el momento de encarar "una nación moribunda harta de vivir en una fantasía de papel", como dice uno de los temas principales del show. Era el momento perfecto para sacar las pancartas de la calle y meterlas en los teatros, pero los del mainstream, esos que son frecuentados por señoras con bolsos y maridos caros. Ante ellos los grafitis de Love & Peace, especialmente si eran portados por una banda de melenudos en pelotas, tenían infinitamente más poder. O tal vez fue simplemente que la luna se situó en la séptima casa mientras Júpiter se estaba alineando con Marte... vete a saber.
Here comes the Tonys! Junio. San Juan, San Luis, vacaciones para los maestros, sombrillas en la playa, premios en Broadway.
Marie Antoinette Perry quiso ser actriz. A pesar de no estar bien visto en la alta sociedad de la época (1888-1946), no podía ignorar que por sus venas corría sangre de escenario, la de sus tíos, ambos "cómicos de la legua", touring actors, gypsies... como se conocen por allí. De hecho pronto tuvo que sufrir las habladurías del vecindario al decidir aceptar su primer papel en una obra de importancia, Music Master, con sólo dieciocho años. Era su pasión y, a razón de las buenas críticas que obtuvo, se puede decir que tenía talento de sobra para el oficio. Pero -cosas de la vida y de los tiempos- un afamado hombre de negocios de Denver la retiró de la farándula al hacerla su esposa y madre de sus hijos. El sueño de Marie Antoinette, como el de tantas otras, tuvo que ser aparcado.
Fueron precisamente dos de sus hijas, Elaine y Margaret, las que heredaron su amor por el mundo del espectáculo convirtiéndose en productoras y directoras de teatro. Andamos por los años veinte, así que es fácil imaginar que estamos hablando de mujeres con agallas, unas auténticas pioneras ¿o no?
En cuanto su esposo pasó a mejor vida, Tony -como se la conocía entre sus íntimos- decidió volver a al teatro y no sólo a interpretar, sino a dirigir y producir obras, formando un equipo familiar de faranduleros.
Pero lo que la llevó a ser tan popular fue su labor como fundadora -y muchos años presidenta- del American Theater Wing, primera y mayor institución dedicada a salvaguardar la excelencia del teatro en Estados Unidos. Al estar implicada personalmente en cada empeño relacionado con el mundo del espectáculo, su repentina muerte -un ataque al corazón en medio de la producción de un nuevo montaje- fue realmente sentida en todo el país, especialmente, claro, en Broadway. Y fue al año siguiente cuando se llevó a la práctica un proyecto que ella misma había emprendido tiempo atrás, la creación de unos premios anuales que reconocieran a los profesionales del teatro, tanto dramático como musical. Así que estaba claro el nombre ¿no? The Antoinette Perry Awards... que pronto fue acortado en un cariñoso y mucho más cercano "Tony". Hoy son considerados los oscars del teatro...
¿Oscar? ¿Pero quién demonios era Oscar?
Desde 1947 han sido merecedores de este galardón actores, directores, productores, autores, compositores, escenógrafos, coreógrafos... de la talla de Ingrid Bergman, Kurt Weill, Arthur Miller, Cole Porter, Helen Hayes, Henry Fonda, Ethel Merman, Audrey Hepburn, Elia Kazan, Anne Bancroft, Harold Pinter, Richard Rodgers, Julie Andrews, Neil Simon, Cecil Beaton, Stephen Sondheim, Arthur Laurents, John Gielgud, Jerry Herman, Vanessa Redgrave, Jerome Robbins, Bob Fosse, Liza Minnelli, Harold Prince, John Kander, Fred Ebb, Lauren Bacall, Richard Burton, Angela Lansbury, Mike Nichols, Barbra Streisand, Ian McKellen, Al Pacino, Andrew Lloyd Webber, Mel Brooks, Cameron Mackintosh, Glenn Close, Nathan Lane, Bernadette Peters, Patti LuPone, Hugh Jackman... y uff!! para qué seguir...
El próximo domingo día 12 se celebra la gala de entrega de los premios de este año. La número 70, una ocasión especial, sin duda. Bright Star, School of Rock, Waitress, Shuffle Along y... Hamilton. Si en ediciones anteriores ha habido alguna sombra de duda o suspense, este año no la hay. La epopeya americana a golpe de rap concebida e interpretada por Lin-Manuel Miranda se va a llevar los 16 premios a los que está nominada, y si no la mayoría de éstos. Hará historia, nunca mejor dicho.
The color purple, Fiddler on the roof, She loves me y Spring awakening compiten por el galardón al mejor revival de la temporada. Y ahí sí que la cosa estará algo más reñida. Yo creo que irá para la primera, pero ¿quién sabe?
Danny Burnstein, Michelle Williams, Laura Benanti, Christopher Fitzgerald, Jessica Lange, Jane Krakowski, Jonathan Groff, Andrea Martin, Lupita Nyong´o, Jessie Mueller, Cynthia Erivo, Jeff Daniels y Gabriel Byrne están entre los actores y actrices nominados, tanto en categoría de drama como de musical. Y entre los premios honoríficos destacan Sheldon Harnick, letrista de Fiddler on the roof entre otras joyas del género (que si dios quiere subirá a recoger el trofeo con 92 añitos cumplidos), y Brian Stockes Mitchell que recibirá el Isabelle Stevenson award, un premio con el que se honra la labor humanitaria de un miembro destacado de la comunidad de Broadway.
Este año el presentador será el actor británico James Corden. Lo conoces. Lo has visto haciendo del panadero en la película Into the Woods. Actúa, canta, baila, entretiene, vamos, el perfecto "host" para una gala que deja en pañales, en cuanto a ritmo y excelencia, a toda la ristra de galas de premios que en el mundo han sido y serán.
No te animes porque aquí no la dan. La ceremonia me refiero. Y solían retransmitirla en diferido hace mucho tiempo, cuando yo era aún un chaval y no me sabía ni la mitad de los nombres de actores y musicales que me sé ahora, y aún disfrutaba de lo lindo. Y aún lo recuerdo como algo verdaderamente especial, una de las razones por las que amo, adoro el teatro musical. Pero no te preocupes, algún buen corazón colgará pronto la ceremonia completa en youtube, y espero con buena calidad. Así que la veremos y comentaremos.
Mientras tanto os dejo con algunos momentos de oro de ceremonias pasadas. Especialmente los "opening numbers" que hacen que el público se levante por primera vez en la noche aplaudiendo y gritando mucho, que es lo que hacemos cuando algo nos hace vibrar de emoción, lo que hacemos para agradecer tanto trabajo, tanto esfuerzo, tanto talento junto. Por eso esta semana la Standing Ovation no va para un musical en concreto, sino para todos los que se comprimen en estos increíbles números que nos ponen toda la miel en los labios y toda la piel de gallina, y nos hacen volar hasta la otra acera del Atlántico con la imaginación.
Y para Marie Antoinette Perry, por supuesto, una ovación en pie para esta mujer con agallas que quiso ser una actriz de las grandes y no la dejaron.
Five weeks only! Ojalá hubieran sido cinco semanas en Londres, pero no. Los rigores del trabajo y las obligaciones -por no hablar del vil metal- sólo nos permitieron pasar escasamente cinco días en la gran ciudad. Aunque los que me conocen saben el jugo que puedo sacarle yo a un puente en un lugar donde en cada esquina haya un teatro. Mira qué problema!
Lo que ha durado sólo cinco semanas en cartel ha sido, como muchos ya sabéis, el primer revival de Sunset Boulevard en la capital británica desde que se estrenó allá por 1993. Para ser exactos se hizo una versión adaptada a un formato más sencillo -pero no menos interesante según los que la vieron- en 2008. Pero lo que nos han ofrecido ahora ha sido un capricho del autor que nunca pudo ver a la que se puede considerar "su mejor Norma" actuando en la ciudad en la que se estrenó una de sus obras cumbres. Por eso, y ante la dificultad de programar el show original, se emprendió este proyecto en colaboración con la English National Opera en el vetusto Teatro Coliseum, en pleno corazón del West End, a un tiro de piedra de Leicester Square.
Eso y no otra cosa es lo que nos ha llevado a liarnos la manta a la cabeza y correr a comprar las mejores entradas que pudimos conseguir, el vuelo más arregladito y el mejor apartamento disponible (Islington, metro Angel, zona más que recomendable) para echar unos días de puesta a punto en el país donde jamás se habría anunciado un Man of la Mancha conmemorativo del cuarto centenario de la muerte del autor para poco después cancelarlo. ¿Me estoy desviando del tema, no? Sorry!
Y claro, poyaque poyaque... De camino nos colamos en unos cuantos locales más para disfrutar de otras chucherías que la ciudad ofrece. En esa joyita modernista que es el Savoy se aloja la primera reposición de Funny Girl desde que Barbra Streisand lo estrenara en 1966 en el Prince of Wales. Transferido desde el mítico salón de la Menier Chocolate Factory -donde según me cuentan no cabían ni la escenografía ni las coreografías- la versión musical de la vida de la legendaria cómica Fanny Bryce ha sido uno de los grandes acontecimientos de la temporada londinense. Y todo gracias a la Fanny -funny- Sheridan Smith. Bueno, y a unas orquestaciones magníficas y a un buen puñado de excelentes secundarios, a la inolvidable música de Jule Styne y las hermosas letras de Bob Merril y el libreto de Isobel Lennart.
Una de las razones por las que nadie se ha lanzado antes a montar este revival es el miedo a las inevitables comparaciones con la diva que hizo de esta pieza su firma y de sus temas los standards que siempre aparecen en sus conciertos, People, Don´t rain on my parade... ¿Quién se atreve con esto? Este es el reto con el que ha tenido que lidiar una actriz de tamaño limitado pero de inteligencia infinita llamada Sheridan Smith (muy popular por sus intervenciones en programas de la televisión inglesa y muy premiada por su Legaly Blonde de hace ya unos añitos). Seguramente aconsejada por productores y directores, la Smith agarra este personaje por los flancos de la Bryce, y no de la Streisand, componiendo una actuación que se nos ofrece nueva, original y fresca. Y sobre todo, sin permitirnos establecer absurdas comparaciones que sólo serían un obstáculo para disfrutar de un show más que digno. Ella se escora mucho más por el clown, por la cómica desternillante que fue una de las mujeres de más éxito del espectáculo americano en los años veinte. Y nos hace reír, y sonreír, y encima nos pone a llorar a gusto cuando ella misma - en un registro que va cambiando con buen pulso y saber- no puede reprimir las lágrimas al cantar temas tan emocionantes como ese The music that makes me dance que te parte el corazón en trocitos. Lástima que la producción -bastante más humilde en decorados y vestuario de lo que este show requiere- no esté al nivel de la intérprete, de todos los intérpretes, pero especialmenbte de esta funny, funny girl que debería hacer pronto las maletas para estrenar en Broadway como este clásico merece, a lo grande.
También tuvimos la suerte de pillar un show que viene del señero festival de Chichester del año pasado, Guys & Dolls. Y aunque ya no estaban los actores de la producción original (Jamie Parker, Sophie Tompson o David Haig) la función sigue siendo más que recomendable. Colorista, divertida, canalla, esta fábula de Damon Runyon con música de Frank Loesser (una de las mejores partituras de teatro de siempre) merece, al igual que apuntábamos con Funny Girl, una puesta en escena más ambiciosa, pero aún distando mucho de ser la versión definitiva de este clasicazo, funciona como un perfecto entretenimiento con momentos realmente espléndidos, principalmente protagonizados por los secundarios del cast (a destacar ese Nicely-Nicely Johnson interpretado por Gavin Spokes), como el Sit down you´re rockin´the boat que pone al público literalmente en pie. Muy buena la pareja Nathan/Adelaide y gran química entre la chispeante Samantha Spiro y el conocido secundario de Hollywood Richard Kind (genial su Sue me, otro de los showstoppers de la función). Más flojito - y con menos "chemistry" el dúo del jugador Sky y la puritana hermana Sarah, quizás uno de los escollos principales de esta versión, aunque por lo demás el show te hace pasar un rato estupendo, al menos al que escribe.
Desde que se estrenó allá por 2013 siempre he mostrado reticencias ante Charlie and the Chocolate Factory, principalmente por que adoro la partitura original de Leslie Bricusse y me decepcionó saber que sólo introducirían uno de sus temas, el famoso Pure Imagination. Pero los prejuicios están para saltárselos, y cuando por fin lo consigues puedes disfrutar de muchas más cosas en la vida, como por ejemplo de este magnífico espectáculo. Una historia fantástica -además de fantasmagórica- de Roald Dahl perfecta para convertirse en musical (además de en las dos películas que ya hicieron Mel Stuart en 1971 y Tim Burton en 2005) y un teatro perfecto, grandioso, como el Royal Drury Lane para albergar una producción de lujo a la que la música de Mark Shaiman le va, tengo que reconocerlo, como anillo al dedo. Como es natural, la idea se acerca mucho más al concepto burtoniano, así como Willy Wonka está mucho más cerca de Johnny Depp que de Gene Wilder, pero sabiendo eso ya te puedes relajar y disfrutar, algo que yo conseguí justo desde el momento en que el adorable Noah Crump comienza a cantar el primer tema sel show, Almost nearly perfect. Mira qué es fácil que un niño actor de musicales sea cursi o repelente, pues nada más lejos de este chaval que se lleva los aplausos más estruendosos en una producción más que generosa en actores, bailarines, colorido, vestuario y sobre todo, escenografía. Charlie and the chocolate... almost nearly perfect!! Gracias a quien me hizo este bonito regalo de reyes, una vez más ha logrado sacar a pasear al niño que hay en mí.
Aunque no quiero alargarme mucho más- y esto me va a costar, lo sé- quiero terminar esta crónica hablando de una diva, de dos, mejor dicho. Y aviso que nunca he sido breve hablando de divas... jejeje. Norma Desmond, Glenn Close. La primera, uno de los mejores personajes escritos para la pantalla, la segunda, una de las mejores actrices de su generación, de muchas generaciones. ¿Sabes que hace mucho la Close ya hizo de diva del cine mudo enloquecida ante el olvido del sonoro? Era la película Maxie, donde era un fantasma que se aparecía en la casa que una pareja acababa de comprar. Con Mandy Patinkin de prota, ¿no te acuerdas?
Desconozco si esto influyó en la decisión de Sir Andrew Lloyd Webber de elegirla para estrenar su obra maestra Sunset Boulevard en Estados Unidos, primero en Los Angeles y luego en Nueva York. Pero en cualquier caso está claro que acertó.
Como ha vuelto a acertar encargando esta nueva versión veintitrés años después contando en esta ocasión con la impagable colaboración de la orquesta de la ENO. Un merecido homenaje a una pieza que no se repone con frecuencia por lo carísimo que cuesta, en tiempos en los que el "minimal" y el show de pequeño formato son la mejor -y a veces la más cobarde- opción.
Pero ésta no es una "pequeña función" en ningún sentido, ya que lo que ha logrado el director Lonny Price ha sido algo grande, un diseño de producción adaptado a una gran orquesta sobre el escenario pero sin desdeñar ninguno de los elementos escénicos que ayudan a la narración de esta maravillosa historia de olvido, amor y muerte.
Pero aparte de la acertadísima puesta en escena en la que no faltan piezas del vestuario original o elementos de atrezzo como el cochazo de la actriz o el famoso rótulo de la Paramount, la cuestión toma verdadera fuerza al abordar los que sin duda son los platos fuertes del banquete, la música y la interpretación. Disfrutar de la mejor partitura de Webber como si de una sinfonía se tratara... apreciar cada uno de los matices en que reparas cuando escuchas el disco pero que no suelen corresponderse con las orquestaciones en el foso... Los vellos de punta desde que comienza esa grave marea de cuerda con la que arranca el show, o el apoteósico entr´acte que nos empuja hasta el inevitable final de la historia... Y además sin hacer alardes de ningún tipo, ciñéndose con reverencia a lo que está escrito, sin tratar de convertir la función en un concierto que apagara el verdadero protagonismo de los actores y el relato.
Los actores... excelente coro, excelentes secundarios, un Max tal vez algo envarado (Fred Johanson) pero con una potente voz de bajo, una Betty perfecta actuando y cantando (Siobhan Dillon) que protagoniza uno de los momentos más emocionantes de la función (el dueto To much in love to care), pero sobre todo un Joe Gillis de primera categoría. Michael Xavier consigue que nos olvidemos de todos los Gillis anteriores, hasta de William Holden si me apuras, construyendo un personaje en conflicto, a veces divertido, a veces canalla, otras avergonzado y desesperado. Su "momentazo chulo piscina" del segundo acto corta literalmente la respiración del público, y no sólo por exhibir su grácil anatomía -por decirlo de algún modo tolerado para todos los públicos- sino por la forma que encara su tema estrella, el que da nombre al musical. Muy a destacar la tremenda química que se establece entre la diva y el guionista en paro, saltando chispas en momentos como ese delicioso The perfect year. Mad about the boy, con eso lo digo todo.
Y about the girl, claro. Locos por Glenn Close. Nunca he visto a tanta gente gritar tanto, aplaudir tanto, levantarse del asiento con tal energía como aquel bendito sábado en aquella bendita matinée en el Teatro Coliseum. Y es que además todos teníamos el miedo de ver bajar las escaleras de la mansión a otra que no fuera ella, como sucedió una semana antes por indisposición de la actriz. Y aunque la sustituta fuera excelente y posiblemente cantara mejor que la titular -una Ria Jones con el par de bemoles necesarios para salir ante un público cabreado y acabar enloqueciéndolo al final del show- la decepción habría sido mayúscula. Pero no, no hubo lugar para decepciones.
Siempre he creído, igual que muchos, que en un musical es preferible un buen actor que cante que un buen cantante que actúe, claro, también dependiendo del personaje en cuestión. Y si hay un papel que requiere de una actriz superlativa, ese es el de Norma Desmond. Que entone mejor o peor llega a ser secundario, es más, diría que a la vieja dueña de la mansión californiana le va bien meter un gallo de vez en cuando. Y Glenn Close es más que solvente en canto, aunque su voz sea mucho más firme en los diálogos que cuando empieza la música, pero eso no hace más que añadir emoción y ternura a su creación. En With one look, primer "aria" del show, comenzó algo insegura, pero poco a poco se fue creciendo hasta que llego el apoteosis final, y cuando el público dejó de aplaudir y ella pronunció su displicente "now go"... ahí ya nos había metido en el bolsillo a todos los que estábamos con la boca y los ojos abiertos de par en par. Y más aún en el momento estrella del segundo acto, al recibir ese foco de luz en su cara y comenzar a cantar un As if we never said goodbye que en esta ocasión cobraba un sentido especialmente significativo. Inolvidable, de esos momentos que quieres retener para siempre, de esos que duran unos minutos y una eternidad.
Y es que parece que las cosas verdaderamente buenas de la vida, como dice aquella copla, no duran mucho más de cinco minutos, o en el mejor de los casos, cinco semanas.
Blues(blu: z) nm. Estilo musical nacido en el sur de Estados Unidos a fines del siglo XIX como derivación de las canciones de los esclavos negros de las plantaciones y que se caracteriza por su aire melancólico y sus letras sobre los problemas personales o sociales.
Puede ser la película más bonita que he visto en mi vida. Y mira que he visto algunas, pero esa es la sensación que recuerdo haber tenido cuando, allá por el año 86, salí con los ojos hinchados del Palacio de la Música. Qué cine aquel, inmenso, fastuoso, ahora creo que está abandonado, a la espera de que los políticos dejen que se convierta en otra tienda de ropa barata en la Gran Vía.
Antes de ser otra cosa, The Color Purple fue una novela epistolar de la escritora afroamericana Alice Walker. Una pequeña novela que ganó el Premio Pulitzer en 1983, a pesar de hablar de perdedores, de desheredados de la sociedad americana de los años veinte, de mujeres machacadas por la mala fortuna, y por los hombres. A pesar de dejar en tan mal lugar al hombre de color americano, y a pesar de todas las críticas que tuvo que encajar por ello, la novela se convirtió en un éxito. Aún tocando, aunque de puntillas y con cuidado, el espinoso tema del feminismo y el lesbianismo -y del racismo naturalmente- en los duros años de la depresión.
Esta novelita de no más de doscientas páginas cayó pronto en manos de un músico llamado Quincy Jones y en su cabeza comenzaron a sonar ritmos y melodías. Empezó a ver una película entre sus páginas y a soñar con su banda sonora. Y como tenía dinero de sobra para ponerse a ello (no olvidemos que fue el primer afroamericano en convertirse en productor musical de las grandes estrellas del momento), se puso en contacto con gente que tenía más experiencia que él en el negocio. El guionista Menno Meyjes esbozó un borrador que fue aprobado por la autora no sin un buen número de observaciones y reticencias. Y entonces llegó Spielberg, y la controversia creció ya que ésta iba a ser su primera incursión en un género ajeno al de aventuras o ciencia ficción, lo que creó una cierta inseguridad entre los inversores y la madre de la novela. ¿El director de Tiburón, ET y En busca del arca perdida al mando de un dramón generacional de tal envergadura? Y encima blanco y judío, en medio un equipo casi por entero de raza negra.
Pero por otra parte, lucir el apellido Spielberg en el póster garantizaba una audiencia que tal vez otros cineastas jamás habrían conseguido. Así que finalmente se pusieron manos a la obra en un lugar perdido en las llanuras de Carolina del Norte, donde está filmada la mayor parte de la acción. Y luego vino el casting, otro aspecto que revela la enorme valentía del proyecto. Una epopeya de tres horas (a pesar de lo breve de la fuente original), con un reparto casi exclusivamente de color y encima sin actores demasiado populares, porque la hoy mega estrella Woopi Goldberg aún era una perfecta desconocida. Junto a ella estarían Margaret Avery (la divina Shug Avery), una aún ignorada Oprah Winfrey (mucho antes de convertirse en la mujer negra más famosa de América) y Danny Glover, uno de los mejores actores de color de su generación pero que hasta que no empuñó sus "armas letales" no se hizo realmente célebre. Y es que era el actor perfecto para encarnar al acomplejado y violento "Mister", que es como su adolescente esposa lo conocía mucho antes de saber su verdadero nombre, Mr. Albert Johnson.
La película se estrenó en medio de un aluvión de polémicas (que si en el fondo era racista por la visión que ofrecía de la familia negra tradicional, que si era demasiado lacrimógena o demasiado cruda, que si la autora no estaba contenta con el resultado final...), pero el público la adoró desde el principio. Y tuvo nada menos que 11 nominaciones a los oscars aunque al final pasara a la historia por no llevarse ninguno, cosa que aún no podemos entender, porque ¿había aquel año mejor interpretación que la de la Goldberg? ¿Mejor montaje que el de Michael Kahn? ¿Mejor fotografía que la de Allen Daviau? ¿Mejores actrices secundarias que Oprah o Avery? Y sobre todo y por encima de todo ¿mejor banda sonora que la del padre del proyecto Quincy Jones? ¿O es que no perdonaron a Spielberg que por primera vez en su carrera no hubiera contado con John Williams?
Ese fue en un principio mi recelo cuando me enteré de que El Color Púrpura se iba a llevar a los escenarios, que no fueran a contar ni con un solo tema de la partitura original. Porque -y lo digo sin la pasión que puede encender el momento- según mi criterio de melómano y cinéfilo, la música de Jones puede ser una de las más hermosas que se han escrito jamás para una película.
En 2005 se estrenó en el Broadway Theatre la adaptación del filme ahora con partitura de Brenda Russell, Allee Willis y Stephen Bray, en un cuidado y original concepto escénico dirigido por Gary Griffin que tuve el privilegio de ver en persona. A pesar de no haber sentido ni de lejos la emoción que produjo en mí la película (tal vez por el paso del tiempo más que otra cosa), me pareció uno de los montajes más impecables y profesionales que que visto en Broadway. Y si hablamos de los intérpretes... El cast original lo encabezaba la cantante y actriz LaChance, genial como la sufridora Celie, aunque yo lo vi cuando ya la había reemplazado la no menos electrizante Fantasia, ganadora del programa American Idol, un buen reclamo para mantener el éxito de un show que estuvo respaldado en la producción por el propio Quincy Jones junto con Oprah Winfrey y Scott Sanders. Y puedo decir que pocas veces he visto un público más enfervorizado que el de aquella noche.
Hace unos meses que ha vuelto a la programación de la gran manzana, y por la puerta grande. La historia de esta heroína negra, fea, pobre y mujer -como le grita su esposo y carcelero cuando decide seguir adelante sin él- por desgracia nunca ha perdido vigencia, porque en el mundo -negro, blanco o amarillo- no dejan de nacer Celies condenadas a soportar la humillación y el desprecio de los que se creen superiores. Y se está repitiendo el éxito que tuvo el original, o incluso superando, tal vez por tener en el reparto a una de las mejores voces que existen hoy día, la de Jennifer Hudson, como la explosiva Shug Avery, a la que acompañan Cynthia Erivo como Celie y Danielle Brooks como la impetuosa Sofia. John Doyle, el director de los últimos y más arriesgados Sondheims (Company, Sweeney Todd) está al mando del nuevo montaje que arrasa en el Bernard B. Jabobs Theatre de Broadway, el cual dejará en breve la genial Hudson para ser sucedida por otra voz de oro del panorama actual, Heather Headley (Aida, Do, Re, Mi, The Bodyguard). Buena excusa para cruzar el charco y dar rienda suelta a las emociones -y a las lágrimas- ante esta historia de desamparo, superación y amor con mayúsculas contada a golpe de jazz, ragtime, gospel y, claro, de blues. Uno de los más hermosos que se han compuesto jamás. Sister, you´ve been on my mind...
Marin Mazzie is back in business Quién sería el primero que diría aquello de "Show must go on"? Seguro que alguien que tuvo que salir a un escenario cansado, triste, enfermo, con ganas de estar solo, de escapar lejos. Alguien con ganas de hacer cualquier cosa menos enfrentarse a un montón de desconocidos sentados en sus butacas y tenerlos que entretener. Duro para un abogado, duro para un tendero o para un médico, duro para un maestro (que al fin y al cabo somos como intérpretes), pero fígúrate cómo puede resultar para un actor. Y para un actor de comedia musical, de los que tienen que actuar, cantar, bailar, hacer reír, fascinar con su sola presencia. Fígúrate cómo debe ser para un actor, para una actriz de Broadway.
La chica del coro. Marin Joy Mazzie nació en Rockford, Illinois en octubre de 1960. Desde que empezó a hablar empezó a cantar y a dejar a todos con la boca abierta de como lo hacía. No había duda de que lo suyo era el espectáculo. Con ocho años cantaba en el coro de su iglesia y con doce empezó a estudiar canto, a educar una voz con un potencial ilimitado. Como ilimitado se revelaba su registro cómico y dramático. Y encima rubia, alta, guapa, lista...
And the world goes ´round. Tras curtirse en las "summer stocks" de aficionados, y en cuanto salió de la universidad, Marin cogió las maletas y se plantó en Nueva York. Dejó atrás el "Joy" que divide su nombre y todos los miedos en su Illinois natal para tirarse de cabeza a las aventuras y las desventuras de la jungla de Broadway. Sustituciones, castings interminables, negativas, decepciones... pero el mundo sigue girando y a nuestra heroína, inasequible al desaliento, y aunque a punto de tirar la toalla... le llegó la oportunidad. Un papel menor en una obra menor de Frank Loesser -Where´s Charley?- en un teatro menor en 1983, le sirvió para tener la credencial suficiente para que la seleccionaran para un musical mayor, uno grande. And the world goes ´round, la primera gran revue de piezas de Kander & Ebb con la que además de estrenar en Off-Broadway salió de gira durante casi un año.
La Pasión según Mazzie. Fue en 1994 cuando oficialmente recibió el bautismo de las divas. ¿Que qué hay que hacer para convertirse en una? Estrenar una obra de Sondheim, ¿qué si no? Passion (1994), el último gran éxito del creador más importante del musical contemporáneo. Una pieza extraña y fascinante basada en la película de Ettore Scola Passion d´Amore. El perfecto vehículo para desplegar una serie de melodías y letras arrebatadoramente románticas, dramáticas hasta el límite, perfectas para el lucimiento de un actor de amplio registro. Jere Shea, un oficial del ejército atrapado entre el amor de la hermosa Clara (Mazzie) y la desesperada obsesión de una acomplejada, enfermiza solterona interpretada por Donna Murphy, que se llevó un Tony por este papelón. Como anécdota diremos que el show comienza con los amantes retozando en la cama, algo inusual en el arranque de un musical. Y más inusual que la protagonista aparezca desnuda, sólo estratégicamente cubierta por una sabanita, lo que tuvo que suponer todo un desafío para la actriz, aunque si lo manda Sondheim...
A leading lady. Eres una "broadway diva" cuando los grandes se ponen a escribir personajes pensando en ti. Y eso fue lo que sucedió cuando los productores de Ragtime pensaron en ella para liderar el cartel de un nuevo musical que vio la luz en 1998. Un cartel que hizo confluir a tres estrellas emergentes como eran en aquel momento Audra McDonald, Brian Stokes Mitchell y ella misma. Ragtime los consagró a los tres, gracias a una historia épica, a una música única (Stephen Flaherty), al apasionante libreto de Terrence McNally basado en la novela de E. L. Doctorow, y por supuesto, gracias al chorro de excelencia que estos tres animales escénicos son capaces de irradiar.
Ese mismo año apareció en la gala "Great Performances" junto a Julie Andrews, Liza Minnelli, Linda Eder, Bebe Neuwirth o Elaine Stritch entre otras. My favorite Broadway: The leading ladies. El nombre ya nos lo explica todo.
So in love. ¿Cuándo tuve el placer de verla en escena? Primavera de 2000. Uno de los reclamos que más veces me han hecho cruzar el charco han sido las reposiciones de los grandes clásicos, y con Kiss me Kate lo tuve claro. Se trataba de mi obra favorita de Cole Porter y de una producción a lo grande con Brian Stokes Mitchell volviendo a acompañar a Mazzie como cabeza de cartel. Y con coreografías de Kathleen Marshall... ¿cómo negarse? Desde el momento en que la vi aparecer en escena, irrumpiendo en medio del que es uno de los mejores openin´ numbers del mundo mundial, "Another opening another show..." ya no pude dejar de mirarla. No fue sólo su belleza lo que me cautivó, ni su voz de oro, ni su porte elegante, distinguido, ni su tremenda vis cómica -su I hate men ponía al público de pie-, fue... todo y nada, eso que tienen sólo unos cuantos, eso que no se aprende en escuelas ni universidades, eso que se tiene o no se tiene. Un algo que enamora. Charme, aura, gracia, arte...
Life is... Desde que recibió su tercera nominación al Tony por Kiss me Kate, y arrancando el nuevo siglo, la vida de nuestra heroína fue un no parar. Aldonza en Man of La Mancha (sustituyendo a Mary Elizabeth Mastrantonio), Lizzy en 110 in the Shade (LA production), Fiona en el revival de Brigadoon, sustituta de The lady of the lake en Spamalot, Lily Garland en el concierto del Actor´s Fund de On the Twentieth Century, Guenevere en el concierto de la New York Philharmonic Orquestra de Camelot junto a Gabriel Byrne y Nathan Gunn, protagonista de una obra no musical sobre el escándalo ENRON, Diana en el arriesgado musical Next to Normal, enloquecida madre de Carrie en el musical de Off Broadway, y la extravagente diva Helen Sinclair en el excelente, desternillante, aunque fallido Bullets over Broadway en 2014. Durante los ensayos de una versión semi escenificada del Zorba! de Kander y Ebb, el año pasado, su cuerpo le dio un serio aviso y la obligó a echar el freno durante un rato. Como dice su personaje en esta última obra, "la vida es eso que haces mientras esperas que llegue la muerte", pero no, no iba a rendirse tan pronto.
¡Oye mi rugido! En una entrada de su blog en septiembre de 2015, la actriz publicaba la noticia de la enfermedad. Un avanzado cáncer de ovarios le estaba robando la energía -ya desde que se estrenó Bullets, razón por la que se tuvo que ausentar del show en numerosas ocasiones- y era hora de plantarle cara. Titulado como la canción de Helen Reddy, I am woman, hear me roar, el artículo de la actriz hablaba de cómo afrontó la noticia y el subsiguiente duro tratamiento, sin ni siquiera saber si podría vivir para contarlo. Por eso lo contó, y por ayudar a las miles de mujeres que podían verse en su misma situación. El dolor, el miedo, la incertidumbre, la desesperación y... finalmente la esperanza. De la mano de su esposo, el también actor y cantante Jason Danieley -junto al que ha actuado en numerosas ocasiones y con quien ha grabado un precioso disco de duetos llamado Opposite you- Marin Mazzie ha vencido la batalla, aunque no sabemos si la guerra, claro, eso nunca lo sabemos. Pero ahí está, de vuelta al trabajo, empezando a ensayar, preparándose para el que será su primer gran papel tras haber interpretado el más difícil de todos.
Back in Business. ¿Qué es de una estrella de Broadway si no puede actuar? La droga del escenario debe ser dura, además de la necesidad, porque recién acabado su último tratamiento, y todavía desprovista de su legendaria melena rubia, ha recibido la oferta de sustituir a Kelli O´Hara en el revival de The king and I durante un tiempo en el que ésta tendrá que descansar. Así que desde primeros de mayo la podrás ver en el Vivian Beaumont del Lincoln Center haciendo uno de los personajes más bonitos que jamás han sido escritos para una actriz. La institutriz inglesa que vuelve loco al rey de Siam, Anna, ha sido desde Gertrude Lawrence o Deborah Kerr hasta Angela Lansbury pasando por Elaine Stritch, Donna Murphy, Faith Prince... y aún la vida se lo estaba reservando a nuestra heroína de huesos firmes y curvas suaves, una de las voces más hermosas que han pisado los escenarios del gran camino blanco... ¿te la imaginas vestida con el miriñaque y bailando la famosa polca junto al rey descalzo?
Yo me la imagino más silbando una melodía alegre, la que silbamos algunos cuando de repente algo nos da mucho miedo.
Where was I? A ver, que ya hace bastante que dimos la última clase de historia... Ah sí, nos quedamos con los pandilleros Jets y Sharks peleando al ritmo de Bernstein en el hito inigualable que es West Side Story, a finales de los años cincuenta. No imagino mejor cierre de una década absolutamente prodigiosa para el mundo del teatro musical. Bueno, sí que lo imagino, en 1959 se estrenaron Gypsy y The Sound of Music. A eso le llamo yo estar en racha ¿no crees? En noviembre se alzó el telón ante la obra que encumbró a Jule Styne y Ethel Merman sobre las memorias de la streaper Gypsy Rose Lee, con Arthur Laurents, Jerome Robbins y Stephen Sondheim recién salidos del huracán que supuso WSS. Para muchos el musical perfecto, la overtura perfecta, la historia perfecta y tal vez el mejor papel femenino en la historia del género.
¿Y qué decir de la última gran colaboración de Rodgers y Hammerstein sobre las aventuras de la austriaca familia de cantarines Von Trapp? The Sound of Music fue el broche de oro que cerraba una era protagonizada por sus creadores en la que el musical se solidificó tomando la estructura definitiva que hizo grande a este género. ¿Y ahora qué?
Pues ahora llegó 1960 y el 3 de diciembre el Majestic Theatre abrió sus puertas a un acontecimiento largamente esperado en la ciudad, el estreno del primer musical escrito por Lerner & Loewe tras el tremendo éxito de My fair Lady, nos referimos a la epopeya del rey Arturo y sus caballeros -y su señora- titulada Camelot. Richard Burton y Julie Andrews -que repetía con los padrinos de su brillante lanzamiento- protagonizaban un show que, contra todo pronóstico, quedó a la altura de la versión musical de Pygmalion y ayudado por el entusiasmo expresado por el mismísimo presidente Kennedy, se convirtió pronto en un tesoro nacional. Tres años antes de que una bala atravesara su corazón, cuentan que soñó con un país en el que todos pudieran sentarse a conversar en torno a una gigantesca mesa redonda para construir juntos un futuro mejor, todo ello acompañado por las sublimes melodías de Frederick Loewe. Y es que al acabar de ver Camelot te entran ganas de cambiar el mundo.
Los años sesenta fueron una fuente inagotable y diversa para el musical en la que hubo de todo. Junto con productos anclados a la tradición más grandilocuente como el antes citado, llegaron otros soplando un viento fresco que afectó a los temas y también a los ritmos. Bye Bye Birdie (uno de los primeros musicales en incorporar Rock & Roll a su partitura) o How to succeed in business without really trying son buenos ejemplos de ello. El primero estaba inspirado en el fenómeno de las fans enloquecidas de Elvis Presley, concretamente en el capítulo en el que éste se alistaba en el ejército dejando huérfanas a todas las púberes americanas. Romanticismo, optimismo desbocado (a lo que ayudaba el excelente trabajo del compositor Charles Strouse) y patriotismo al mismo tiempo, o sea, la fórmula perfecta para convertirse en uno de los fenómenos musicales de la década.
El segundo quería ser una sátira sobre la supervivencia en las grandes corporaciones neoyorkinas en las que los ejecutivos trataban de escalar puestos y las secretarias de quitarse a los ejecutivos de encima, vamos, todo muy Mad Men, pero con música y baile, y nada menos que la música de Frank Loesser (Guys and Dolls) y los bailes de Bob Fosse. Un auténtico bombazo que ya se ha repuesto varias veces en Broadway repitiendo el éxito de su estreno.
En 1962 un joven Stephen Sondheim logra presentar su primera obra con autoría completa, letra y música (hasta ahora solo intervino escribiendo los versos de grandes shows como West Side Story o Gypsy) con A funny thing happened on the way to the forum, el desenfrenado y canalla peplum inspirado muy lejanamente en los textos de Plauto. Ese mismo año Cy Coleman estrena Little me, una divertida comedia basada en las memorias de la arribista Belle Poitrine, y muy poco después llegó desde Londres un monumental show que marcó otro hito definitivo, Oliver! la soberbia adaptación de la novela de Dickens con música de Lionel Bart.
Si seguimos no acabamos. A la vista está que los años sesenta despegaban con una suculenta variedad de historias y estilos, algo que se convirtió en la clave del éxito de Broadway en estos momentos, espectáculo para todos, absolutamente todos los públicos.
Y entonces llegó un año especialmente fértil para el género, mi año favorito. En 1964 -el del nacimiento del que escribe, aunque para nada lo aparente- vieron la luz tres de las piezas más queridas del mundo del espectáculo en todos los tiempos. Enero, marzo y septiembre. Una dama retirada de la circulación por culpa del luto baja las escaleras del local más lujoso de la ciudad ante la expectación de un regimiento de acrobáticos camareros. Una chica feúcha e insignificante grita a los cuatro vientos que es "la estrella más grande de todas" y que por mucho que lo pronostiquen "no
lloverá el día de su desfile". Un pobre lechero ruso sueña con ser rico, con encontrar buenos partidos para sus cinco hijas casaderas, con no partirse la crisma haciendo equilibrios sobre el puntiagudo tejado de la tradición hebrea desmoronándose ante la llegada de los nuevos tiempos.
La tradición, eso que atormentaba al pobre Tevye, empezaba a cambiar para siempre en el Broadway de los años sesenta. Las estructuras más clásicas, los intérpretes, las melodías y sobre todo los ritmos estaban mutando aunque, eso sí, sin perder el espíritu que llevó al teatro musical a las altísimas cotas de popularidad que aún disfrutaría durante mucho, mucho tiempo.
Hello Dolly!, la obra que consagró para siempre a su autor y a su diva, Jerry Herman y Carol Channing. Funny Girl, la catapulta que lanzó a la estrella más grande de todas, Barbra Streisand gracias al genial trabajo de su autor, Jule Styne, en racha total desde el éxito de Gypsy. Y Fiddler on the roof, la obra maestra de Jerry Bock y la confirmación de un monstruo (en sentido real y figurado) como Zero Mostel.
El preciso día de mi nacimiento, a miles de kilómetros de mi casa pero lo suficientemente cerca como para poder oírlo, me llegaban ecos lejanos pero cruciales para mí. Llegaba el estruendo de los aplausos en el St. James Theatre al final de ese showstopper que es Before the parade passes by, sonaban los gritos del público enfervorecido ante la furiosa apoteosis del Don´t rain on my parade, y la standing ovation tras la endemoniada acrobacia de ese tema exultante que es To life! cuando el violinista aún estaba en las funciones previas a su estreno.
¿Cómo no voy a ser como soy? Si llegué al mundo ya con ganas de ponerme en la cola del TKTS.
Cy Coleman (I´m a brass band!)
Érase una vez un niño pegado a un piano. Un niño judío del Bronx que no hacía más que recoger en sus oídos las melodías y los ritmos que salpicaban las calles del Nueva York de los años cuarenta. El swing que se metió en las venas de este hijo de inmigrantes europeos del este (igual que Gershwin, Berlin o Bernstein, qué casualidad), se le quedó pegado a los talones hasta su muerte, uniendo sus dedos a las teclas y a la imaginación para regalarnos algo que sólo puedo explicar con una expresión en francés: joie de vivre!
Empezando por Sweet Charity -que no es mal comienzo- y acabando por The Life -que no es mal final- y pasando por Barnum, City of Angels, On the Ttwenty Century o The Will Rogers Follies... este niño prodigio no ha hecho otra cosa que insuflar alegría -pero con letras grandes y luminosas- en el mundo de la canción y el musical americano, y conseguir algunos de los momentos más exultantes del género, y de esos hay unos cuantos...
La carrera de Coleman -bautizado Seymour Kaufman- comenzó ligada al jazz acompañando distintos grupos cuando todavía era un adolescente, ya cansado de exhibir sus dotes tempranas como concertista desde el teatro de su colegio hasta el mismísimo Carnegie Hall. The Cy Coleman Trio llegó a grabar varios discos de versiones de standards justo antes de dar el paso que lo llevó hasta la calle Broadway, de la que ya nunca salió.
Carolyn Leigh, la famosa letrista de algunos de los mayores éxitos de Frank Sinatra (Young at heart, por ejemplo) lo llevó de la mano en los primeros peldaños de la composición teatral. Habiendo colaborado el algunos hits de la época (The best is yet to come o Witchcraft) y puesto música a varios shows de televisión, Leigh y Coleman se lanzaron a escribir su primer musical, la letra de la primera y la música del segundo. Y no se trataba de uno cualquiera, sino del que supondría el debut -y también la despedida- de una estrella de la pantalla llamada Lucille Ball. De título Wildcat (1960), este musical hecho a la medida de la ya madura actriz no tuvo mucha repercusión, pero le dio a conocerse entre los productores teatrales en un momento realmente efervescente.
El siguiente proyecto del tándem elevó algo más su popularidad y prestigio: Little me, un divertido show basado en la novela de Patrick Dennis sobre las aventuras y desventuras de la arribista Belle Poitrine. El hecho de que fuera protagonizado por uno de los comediantes más aplaudidos del momento, Sid Caesar, le dio el espaldarazo que necesitaba para convertirse en el primer gran éxito de su carrera.
Pero el reconocimiento definitivo le llegó cuando en 1964 la consagrada escritora y letrista Dorothy Fields confió en él para montar las canciones de un nuevo show que estaba escribiendo Neil Simon sobre la película de Fellini Las noches de Cabiria. Así fue como comenzó la mayor aventura profesional de nuestro autor y su trabajo más aplaudido.
Escribir Sweet Charity, además de darle sus primeros premios, llevó a aquel niño del Bronx a convertirse en el compositor más cotizado del Broadway de los años sesenta. Temas como If they could see me now, Big Spender o Where am I going lograron entrar por derecho en todas las listas de éxitos, lo cual no es tan fácil cuando se trata de canciones compuestas para el teatro. La infeliz y dulce Charity fue crucial para Coleman, pero también supuso el momento más dulce de la carrera de una de las estrellas imprescindibles del musical, Gwen Verdon, así como para su pareja y director del show, el coreógrafo Bob Fosse que, tanto con la versión teatral como cinematográfica, logró uno de los momentos definitivos de su trayectoria.
Además, el argumento del show le permitió jugar con los ritmos que él conocía a la perfección, desde el jazz y el swing hasta el hippie-espiritual (con el showstopper The rythm of life que literalmente hacía ponerse al público a bailar en mitad de la función), y a la vez reflejar ese submundo urbano de chulos y prostitutas que supo captar mejor que nadie (y al que volvió casi al final de su carrera con la magnífica The Life).
Pero toda montaña tiene una subida y luego una bajada, y tras lograr uno de los mayores éxitos del musical americano de todos los tiempos, lo lógico era descender, aunque el autor supo mantener el nivel en las siguientes piezas que compuso. Seesaw, I love my wife, On the Twentieth Century, Barnum... cada una un tesoro en sí, aunque algunas tuvieran mayor acogida que otras.
Así la vida y la obra de Coleman fueron desenvolviéndose con ritmo y gracia, como cualquiera de sus creaciones, avanzando a través de las décadas hasta llegar a estrenar en los noventa tres de sus mejores piezas. City of Angels, un apasionante homenaje al film noir, The Will Rogers Follies, sobre la figura del cowboy-humorista-periodista-político y gran celebridad nacional, y The Life, una excitante mirada a la fauna de los Peep Shows, las Salas X y los sucios callejones del Manhattan de los setenta, con la que logró, según la opinión del que escribe, no sólo una de las mejores partituras de su carrera, sino de los últimos tiempos del musical americano.
Activo hasta el final de su vida -se le vio hasta el último día supervisando reposiciones, componiendo bandas sonoras, frecuentando teatros, conciertos y galas de premios- murió en Nueva York en 2004 cuando su corazón dejó de latir al sincopado "ritmo de la vida" que siempre le acompañó. Dejando esposa, hija y canciones, una mina de oro de canciones y momentos inolvidables del show business generosos en romanticismo, fuerza y vitalidad.
A la pobre Charity -como a la Cabiria de Fellini y Masina- nadie la quiso nunca, por eso a pesar de que ya no podía caer más bajo, cuando aquel fulano le propuso matrimonio y le dijo que le quería... una gigantesca banda de metales se puso a tocar dentro de su alma. Y no se me ocurre mejor manera de explicaros el efecto que hace la música de Cy Coleman en mí, algo así como si un regimiento de músicos perfectamente uniformados desfilaran a bombo y platillo por las calles y avenidas de mi imaginación.