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jueves, 26 de diciembre de 2013

Play it again


 


The perfect year

Todos brindamos porque el año que entra sea perfecto. Próspero, feliz año nuevo. Año nuevo, deseos viejos. Proyectos, propósitos, planteamientos que acaban en el cubo de la basura junto al matasuegras y la cinta de espumillón. Basura reciclada cada comienzo de año, cada comienzo de año imperfecto.
No quiero parecer pesimista porque no lo soy mayormente. Todo lo contrario. Pero es que es tan absurdo -y tan inocente- pensar que porque el almanaque pase del 31 al 1 las cosas van a cambiar...
Pobre Norma, ella también lo creía, lo necesitaba desesperadamente. Y su año terminó como el rosario de la aurora.  If you´re with me, next year will be the perfect year... Pobre infeliz.
Sir Andrew Lloyd Webber ha escrito cientos de canciones a lo largo de su larga y suculenta carrera, muchas magníficas, alguna genial, bastantes repetidas hasta la extenuación, ya oídas aquí o allá. Pero cuando se sentó ante el piano a componer los temas de Sunset Boulevard se le escaparon algunas de las melodías -y de las letras- más hermosas que ha parido el teatro musical nunca jamás. With one look, As if we never said goodbye, Greatest star of all... Y entre ellas una que resumía a la perfección el espíritu del año nuevo, la ilusión ilusa de los que creen que a partir de ese preciso instante todo puede ser diferente.
La vieja Norma Desmond encerrada en su vieja jaula barroca, enloquecida por culpa de la soledad y el olvido, viviendo en un pasado que no solo no volverá, sino que en realidad no ocurrió jamás. Y de pronto la juventud entra en su vida como un huracán destapando pasiones embalsamadas, llenando la piscina de la vieja mansión y el depósito del Rolls (o del Isotta Fraschini) hasta rebozar.
Norma compra a su gigoló con tuxedos y abrigos de vicuña, con pitilleras de oro y con lástima, mucha lástima. Y cuando la pobre loca cree que está seduciendo a su enésima víctima, cuando aún le quedan energías para seguir engañándose y creyéndose atractiva y poderosa, decide organizar una gran fiesta de fin de año.
Rudy Valentino le dijo que lo mejor para bailar el tango eran las baldosas, y ella encargó las mejores para acorralar a su presa, para emborrachar a la víctima que es también verdugo. Música y champagne, todo preparado. Pero entre ellos se interponen dos cosas, el molesto tocado de plumas que luce la estrella y... todo lo demás.
¿Cuándo se supone que llegarán lo otros invitados? No hay otros invitados, y no solo porque el plan era la encerrona perfecta, no, es que no hay nadie más a quien invitar. Todos aquellos amigos de la vieja gloria ya están lejos, arruinados o muertos. La hecatombe del sonoro aguó la fiesta perpetua que fue el Hollywood de los años veinte pero a la vez dejó secas las cocteleras y también las piscinas. Solo una triste orquesta amenizando el crepúsculo de la diosa, como aquellos músicos del Titanic tratando de ignorar la tragedia anunciada.
Cuando el joven pudo escapar de la tela de araña corrió huyendo a una fiesta mucho más concurrida, con gente joven y animada, creyendo que allí estaría a salvo de su propio destino. Pobre Joe, no sabía lo larga que podía ser la sombra de una mujer despechada. Unas muñecas rajadas, una llamada de teléfono y... regreso a la guarida donde unos brazos vendados lo atraparían para siempre, hasta el siguiente y último intento de huida en el que acabó disfrutando eternamente de una piscina recién llenada para él. 
Podría decir que jamás he visto un mejor final de un acto primero. El infeliz escritor llegando al diván donde yace su mentora y deseándole feliz año nuevo mientras suena el All lang syne. Ella lo rechaza porque sabe que ya está en la trampa, él la besa, ella lo abraza apasionadamente devolviéndole el beso que los llevará juntos a la ruina. Y el telón cae suave pero rotundamente con la melodía de ese tema perfecto para ese intermedio perfecto, una bonita e ingenua canción que parece burlarse de los sueños de una pobre desgraciada, o de muchos.    
Al final de cada año hay un breve intermedio, uno que dura exactamente lo que tardan en sonar las doce campanadas que separan las decepciones de las esperanzas. Yo deseo de todo corazón que tengáis poco de lo primero y mucho de lo segundo. Pero mi deseo de verdad queda explícito en la letra de esta canción que hoy ponemos una y otra vez: si estáis junto a mí este podrá ser -y seguro que será- ¡el año perfecto!



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
 


jueves, 12 de diciembre de 2013

Broadway baby





Un cuento de navidad

La navidad es un cuento, no lo dudes. Pero uno precioso, con sus protagonistas, sus secundarios y una trama de suspense, drama, comedia sentimental y claro, con final feliz. Bueno, de momento...
Así se ha entendido siempre. Como una apasionante historia diseñada para dar esperanza a los que la están perdiendo, para enternecer los corazones más duros y escépticos, para consolar a los que vagamos por este mundo oscuro y frío. ¿Por qué si no la iban a ambientar en pleno invierno? El calor y la nieve, el eros y el tánatos, la alegría y la pena en perfecta sintonía.

Cerca de la estación de Charing Cross había una vieja fábrica en la que un chaval de doce años trabajaba pegando etiquetas a tubos de betún para zapatos. Mañana, tarde y noche, diez horas al día. Su padre estaba en la cárcel y la familia necesitaba los pocos chelines que le darían por ese empleo. ¿Parece un personaje de Dickens verdad? Pues no, es el mismo Dickens de niño. Un niño solo, un niño adulto a la fuerza con zapatos rotos, hambre y frío. Y respirando el humo ennegrecido de una ciudad monstruosa que en los cuentos siempre aparece vestida de desolación y aventura. En lo más crudo del crudo invierno el chaval se pregunta donde está el amor, ¿te suena? Pero en Londres, en plena Revolución Industrial, no quedaba mucho tiempo libre para buscarlo, había que conseguir comida y fuego, por ese orden.
La fantasía y la imaginación dieron más de sí que los escasos seis chelines semanales que el chico ganaba en la fábrica, y pronto empezó a inventar historias que le ayudaban a escapar de sí mismo y a escribirlas en un trozo de papel manchado de carbón. Así me lo imagino yo, muy "dickensiano" todo. Como en muchos cuentos hay una tía rica en la familia, y la tía se muere, y la familia hereda a la tía -que siempre es fea y rácana a más no poder- y así empiezan a prosperar, a levantar cabeza.
De oficinista a pasante de un bufete, de pasante a reportero de un pequeño periódico, de reportero a cronista político, lo que le hizo emplearse a fondo en mirar, escuchar y contar... ¿No es eso lo que hacen los grandes escritores?
Y Dickens miraba lo que había a su alrededor, que no era poca cosa. Miseria, avaricia, penurias, injusticia social... pero también bondad, también humanidad. Y aderezándolo con sus propios recuerdos lo fue plasmando todo en un papel, algo más limpio ya, y entre crónica parlamentaria y artículos de debates electorales comenzó a inventar historias. Los papeles del Club Pickwick primero, luego vinieron Oliver Twist, Nicholas Nickleby, La tienda de antigüedades, David Copperfield (la que se considera más fiel a la memoria de su desolada infancia), Casa desolada, La pequeña Dorrit, Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas... Entre ellas se coló una obrita menor -aunque una de las que más gloria le dio- que se iba a convertir en la imagen universal de la fiesta más universal. A Christmas Carol (Una canción navideña, aunque aquí se tradujo como Un cuento de navidad).
No hace falta contar lo que cuenta este cuento. Todos lo sabemos. Y lo sabemos porque lo hemos leído y visto en películas viejas y nuevas, en blanco y negro y a todo color, con personajes humanos y en dibujos animados. Con y sin canciones, aunque este relato sea una canción en sí.
La historia del pobre rico Ebenezer Scrooge me ha parecido siempre de una crueldad sin límites, cosa habitual en los cuentos infantiles por otra parte. Despertar a un hombre de su sueño paseándole sus errores por delante de sus narices. Mostrarle una a una todas sus meteduras de pata, su estupidez, su ignorancia, las puertas que pudo haber cruzado y no cruzó, los abrazos que pudo haber dado y no dio... Hacerle ver a la fuerza la imagen misma de su presente soledad a golpe de diapositivas de su vida, su familia, sus amigos, su amor... ¡Hay que ser retorcido! Bueno, parece que una vez más el fin justifica los medios, y ya sabemos que no hay como perder lo que tenemos para valorarlo y descubrir todo lo que hemos perdido. Pero el final feliz viene vestido de segunda oportunidad, una última tal vez, pero mucho más de lo que la cruda realidad nos suele ofrecer.
Desde Seymour Hicks hasta Jim Carrey, desde Bill Murray a George C. Scott, desde Albert Finney a Kelsey Grammer, desde los Muppets a Mickey Mousse... todos han sido el avaro desvelado expuesto a su pasado, presente y futuro. Todos han sido el malo que se convierte en bueno gracias al tirón de orejas más sonado de la literatura universal. Pero nosotros hoy lo traemos con música, como no podía ser de otra manera.
En 2004 Alan Menken y Lynn Ahrens pusieron música y letra a las aventuras y desventuras del famoso usurero para la producción televisiva de Hallmark Entertainment (curioso, los mismos que fabrican las tarjetas navideñas). El mismísimo Doctor Frasier -Kelsey Grammer- fue su protagonista, acompañado por Jason Alexander, Jane Krakowski, Geraldine Chaplin y Jennifer Love Hewitt en una de las mejores versiones del célebre relato. Décadas antes se realizó otra película -en este caso para el cine- llamada Scrooge (Ronald Neame, 1970) con un Albert Finney superlativo y una partitura de Leslie Bricusse (Victor/Victoria) más que memorable. A raíz de estas dos películas nacieron sendos musicales que han sido representados con éxito muchas navidades tanto en Broadway como en Londres o en otras partes del mundo.
Y eso es lo que traemos hoy, un bonito un cuento agrio y dulce para niños adultos, una "historia para no dormir" si de verdad eres consciente de lo que quiere decirnos.
Igual que el pequeño Charlie Dickens, todos necesitamos de vez en cuando inventar algún relato que nos saque por un momento de nuestro propio pellejo, aunque esté habitado por fantasmas, ogros o brujas malvadas, aunque como en este caso nos esté queriendo llamar la atención sobre lo que somos, lo que fuimos y lo que pudimos haber sido, algo no siempre fácil de tragar, pero si es con un poco de música...
¡Feliz cuento de navidad!