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jueves, 27 de noviembre de 2014

Qué fue primero?








La visita de la vieja dama

Nunca podrás desprenderte de su fina tela, ni huir del hechizo que te roba la voluntad y la razón. El que te deja maniatado, amordazado, esclavo de su voluntad. Puedes correr, gritar, esconderte... pero no podrás escapar.
Tanto Manuel Puig como Fred Ebb tuvieron que pensar mucho en la muerte al escribir estas palabras, buscando inspiración en algo tan oscuro como la seducción de esa vieja dama que desde las vanitas barrocas siempre fue pintada a la vez bella y horrible. El miedo a la muerte de cada uno se vislumbra entre las letras de la novela y el musical de un modo que estremece. Ya no están ninguno de los dos, y no sabemos cómo las reescribirían si pudieran volver para contarlo.
Argentina cayó en manos del dictador Jorge Rafael Videla en 1976. Algunos años antes un joven escritor homosexual huía de las amenazas de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) en su exilio mexicano. Ese mismo año y lejos de su tierra natal fue publicada una novela que trataba sobre dos presos durante una dictadura militar, El beso de la Mujer Araña.
Manuel Puig ya era conocido por otras obras que se habían ganado el afecto de críticos y lectores (La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas, The Buenos Aires affair) gracias tal vez a su descarnado modo de describir su entorno y las imágenes que lo ayudaban a evadirse del mismo. Un mitómano entregado, un idealista, alguien que se negaba a reconocer la suciedad del mundo real huyendo hacia viejas historias de amor retratadas por el cine en blanco y negro. Curioso parecido con uno de sus mejores personajes, el escaparatista Luis Alberto Molina, encerrado en la cárcel por enamorarse de un chaval.
El activista revolucionario Valentín Arregui ingresa en prisión y tendrá que compartir celda con Molina, agua y aceite, dos caracteres opuestos que no podrán soportarse en un principio pero que se irán acercando cada vez más. La necesidad, el miedo y la soledad conducirán al cariño a dos compañeros de fatigas de las peores, y al amor, uno de esos amores imposibles que abonan la buena literatura.
La pena y el sufrimiento físico del recluso se irá aliviando gracias a las historias que inventa o recrea su nuevo amigo, siempre dispuesto a dejarse llevar por las aventuras de glamurosas heroínas de las películas que viven en su cabeza. Sesión doble, precios populares, visite nuestro ambigú y no deje que los golpes o la humillación consigan apagar el proyector.
Años después de la publicación del célebre texto su autor se mudó a Brasil, donde conoció al director que después adaptaría la novela al cine, Héctor Babenco. Y aunque en un principio Puig no estaba demasiado contento con el concepto (ni le gustaba la elección de William Hurt como Molina ni la de Raul Julia como Arregui) finalmente se alegró del éxito que tuvo la producción, que entre otras cosas dio a conocer su obra en todo el mundo.
Una bellísima y turbadora Sonia Braga hacía el triple papel de la protagonista de la película en la imaginación de Molina (Leni), la novia de Arregui (Marta) y la mujer araña que finalmente arrastra a ambos a la muerte. Una excelente fotografía, un montaje y una banda sonora impecables, pero sobre todo unas interpretaciones inolvidables convirtieron esta cinta en una de las de mayor éxito de 1985. Nominada al Oscar a la mejor película (que ese año ganó Memorias de África), dirección, guión y actor principal, finalmente solo se llevó este último. Si la carrera de William Hurt ya hacía tiempo que había despegado, esta película le dio el impulso definitivo y lo elevó al puesto de uno de los mejores intérpretes de su generación. Y es que el papel lo tenía todo: gay, preso, atormentado, mártir por amor... ¿qué más se puede pedir? Pero es que además lo bordó, hay que reconocerlo,  pese a las reticencias que Puig mostró al principio por su elección.
Al salir del cine, Fred Ebb corrió a llamar a su compañero, el músico John Kander, y le dijo literalmente: Kiss of the Spider Woman! a lo que este último respondió sin dudarlo: Yes! Y así empezaron a fantasear con la estructura de un posible -y complejo- musical. Y es que desde que estrenaron The Rink (1984), la carrera de los autores de Cabaret y Chicago estaba en un momento de receso con el que había que acabar. Y esa historia de amor y muerte tenía todas las posibilidades, así como las perfectas situaciones musicables y la oportunidad de incluir una gran variedad de ritmos latinos desde el tango a la rumba. ¡Es curioso como para los compositores de Broadway desde México hasta la Patagonia todos bailan lo mismo!
Lo primero que hicieron fue ir a ver a Harold Prince, con quien habían trabajado desde una de sus primeras piezas, Flora the Red Menace (1965) y que no tardó un minuto en ponerse al mando de la producción. Contactar con el escritor Terrence McNally para que se encargara del libreto -lo que quiso hacer el mismo Puig pero que finalmente declinó por no sentirse muy cómodo escribiendo en inglés- y empezar a barajar nombres de actores fue el siguiente paso de este largo camino que comenzó en 1989 y acabó con el estreno en el West End en 1992 y un año después en Broadway.
Chita Rivera fue la primera opción -que no la única- para el personaje de Aurora, la femme fatal y la fatal Spider Woman. Y es que lo tenía todo, aparte de fetiche de Kander, Ebb y Fosse, además de ser latina -un factor decisivo en el rol- cantaba, bailaba y actuaba como nadie aún a sus casi sesenta años. Este fue precisamente el único factor que jugaba en contra de la actriz, la edad. Pero sobre el escenario la Rivera podía ser lo que quisiera, y su potencia y magnetismo todavía estaban a años luz del de muchas más jóvenes. Sin ir más lejos, la bellísima Vanessa Williams la reemplazó en el papel pero aunque estuvo muy a la altura de las circunstancias, nunca llegó a igualarla en fuerza, garra y dramatismo sobre el escenario.
Brent Carver como Molina y Anthony Crivello como Valentín completaban el reparto del estreno en Londres en el 92 y en Broadway al año siguiente. Brian Stokes Mitchell y Howard McGillin fueron algunos de los sustitutos de lujo del cast original, así como Maria Conchita Alonso, Carol Lawrence y la citada Vanessa Williams se envolvieron en la tela de araña de la protagonista en siguientes producciones.
El show fue uno de los mayores éxitos de su tiempo, como lo habían sido el libro y la película. Arrasó en los Tonys de 1993 en los que se llevó 7 premios, incluidos los de mejor musical, actor, actriz y partitura. Y los críticos, que con un cúmulo de prejuicios al principio no aprobaron el montaje, se acabaron rindiendo en su mayoría ante una obra tan potente como conmovedora, tan original como clásica.
Y todo gracias a Kander, a Ebb, a Prince, a McNally, a Rivera... pero sobre todo al hombre que un día imaginó esta historia de sacrificio, fantasía, realidad, amor y muerte. Lástima que Manuel Puig sucumbiera a su propia mujer araña cuando el proyecto aún estaba por estrenarse. El 22 de julio de 1990, mientras el primer borrador del show acababa de presentarse en la State University de Nueva York, aún sin la forma definitiva en estructura, escenas o canciones, el escritor moría en un hospital de Cuernavaca con 58 años y toda una obra por delante, porque la vida ya la había vivido y a base de bien.
La crónica oficial hablaba de un ataque al corazón tras una operación de vesícula, las malas lenguas lo incluían en la infinita lista de artistas víctimas del sida. Como si importara. Víctima de la vida, del Proceso de Reorganización Nacional de Videla (¿habráse visto mayor eufemismo?), víctima del amor, del desamor, de la fantasía y de la realidad. Presa de la pegajosa tela de araña que a todos nos acecha, nos atrae, de la que tarde o temprano, queramos o no, no podremos escapar.
       
     












jueves, 13 de noviembre de 2014

Hey Mr. Producer!






Sir Cameron Mackintosh

¿Qué hay que tener para que le nombren a uno "Sir"? Bueno, creo que lo primero es haber nacido en el Reino Unido o al menos gozar de la nacionalidad británica. ¿Qué más? ¿Caerle bien a la reina? ¿Haber alcanzado la excelencia en algo de lo que la susodicha pueda sentirse orgullosa? ¿Haber demostrado lealtad y fidelidad a la corona? ¿Haber producido algunos de los musicales más famosos y longevos de la historia del espectáculo? ¿Eso serviría? ¿Y hará que el hecho de sentirse escocés de corazón y ser abiertamente gay quede en un segundo plano? Seguro que sí.
Cameron Anthony Mackintosh ha hecho casi tanto por el turismo en Inglaterra como el Big Ben. Solo con haber puesto en marcha tres de los shows que más tiempo han permanecido en cartel hasta la fecha (Cats, The Phantom of the Opera, Les Miserables) ya tendría suficiente para entrar con pleno derecho en el círculo de los grandes. Pero ha hecho -y hará- mucho más.
Nacido hace sesenta y ocho años en Enfield, un pueblo cerca de Londres, hijo de una secretaria de producción y un trompetista profesional (de ahí le puede venir la perfecta combinación entre arte y negocio), Cameron Anthony Mackintosh siempre quiso dedicarse al teatro. El no tener demasiadas aptitudes para la interpretación, el canto o la composición lo situó más cerca de las cajas que del público. Así empezó a trabajar como tramoyista siendo aún adolescente, junto a los focos, a los decorados, al telón, pero en el lado opuesto. Y no lo hizo en un teatro cualquiera, no, sino en el Theatre Royal Drury Lane, donde años después él mismo montaría las producciones más costosas de la vieja casa. ¿Estaría ya desde entonces en sus planes?
De recibir órdenes pasó a darlas en muy poco tiempo. Regidor de escena y ayudante de dirección en un par de montajes, comenzó su carrera como productor en 1976 cuando decidió apoyar la primera de las muchas "revues" que se han hecho de Stephen Sondheim (Side by side by Sondheim). Un escenario poco amueblado, un grupo de actores de primera y un florido ramo de lo mejor que había escrito hasta la fecha nuestro venerado compositor le ayudaron a pasar con honores su primer examen como productor teatral. Y el de mejor "nariz" de su tiempo, habiendo probado un olfato infalible para detectar posibles éxitos, como el que rastreó años después con una extraña pieza musical sobre textos de T.S. Eliot, tras haber montado el primer revival de My Fair Lady desde su estreno en 1958.
El libro de poemas Old Possum´s Book of Practical Cats habitaba en la memoria afectiva de muchos niños de su generación, entre ellos el que se convertiría en su colaborador más estrecho -y también Sir- Andrew Lloyd Webber. Pocos habrían apostado por esta extravagante idea, ¿un musical sobre gatos? ¿sin una trama definida? ¿con un basurero como único escenario?
Sin embargo, y en contra de todo pronóstico, Cats se convirtió en el mayor de los acontecimientos teatrales hasta la fecha. Y ese fue también el espaldarazo definitivo de una carrera que apenas acababa de comenzar y que ya quedaba fuera de toda cuestión. Con unos cinco shows Mr. Mackintosh (aún no Sir) llegaba al nivel más alto en su campo a comienzos de los años ochenta.
El siguiente reto fue emprender un musical sobre un clásico de la literatura francesa, la obra de Victor Hugo Los Miserables. Nadie se ha hecho rico sobrestimando el nivel cultural y el gusto del gran público británico o americano, pero él sí. Desde luego la partitura de Schönberg y Boublil o el libreto de Herbert Kretzmer ayudaron mucho a que esta pieza megalómana llegara a ser lo que hoy es, el show más representado en los cinco continentes, además de una de las películas musicales de mayor éxito, también coproducida por él. ¿Insuperable? Tal vez no.
Un año después de sacar adelante esta obra, y cuando aún no era consciente de hasta dónde llegaría su eco, decidió embarcarse en otro proyecto de Lloyd Webber, éste tal vez menos arriesgado pero inmensamente más costoso que los anteriores (Cats y Song and Dance). The Phantom of the Opera (1986) tomaba la novela de Gaston Leroux como punto de partida y daba al compositor el vehículo perfecto para crear la "extravaganza" con la que siempre soñó, además de dar con la fórmula perfecta para fundir ópera y musical, sus dos grandes pasiones. Otro hito incontestable en el género que llegó a superar al anterior con cierta ventaja. Aún en Londres y en Nueva York sigue estando programado desde ese año, record que hasta ahora nadie ha podido batir. Y lo más increíble, ¡casi treinta años después sigue siendo complicado encontrar buenas entradas!
Miss Saigon (1989) culminó su relación de éxitos millonarios y lo acabó convirtiendo en uno de los hombres más ricos de su país. Volver a apostar por una propuesta de Schönberg & Boublil y creer a ciegas en una moderna revisión de Madama Buterfly le reportó no solo beneficios financieros sino que lo reafirmó como el productor modelo, el hombre capaz de unir arte y negocio a -grandes- partes iguales, cosechar las mejores críticas y aferrarse a los teatros durante años y años. Un cuarto de siglo después esta función vuelve a presentarse hoy fresca e impactante como el primer día en una nueva producción que promete eternizarse una vez más.                    
Five guys named Moe, Follies (uno de los mejores revivals de esta pieza de culto), modernas revisiones de Oklahoma! y Carousel... y tal vez la más espléndida reposición de Oliver! que se ha hecho nunca. Tuve la suerte de verla en ese Royal Drury Lane que tan unido está a la vida de ese Midas del teatro y de disfrutar de la grandeza que implica su sello. Y aún no he podido cerrar la boca.
Pero también, como todos, ha conocido la decepción y el fracaso, aunque no demasiadas veces, la verdad. Martin Guerre, The Witches of Eastwick y uno de los mayores fiascos de su tiempo, Moby Dick, fueron algunos de sus proyectos más personales y sin embargo -y a pesar de haber invertido gran parte de las ganancias de anteriores títulos- nunca llegaron a disfrutar de la respuesta del público. Aunque estas horas bajas no se prolongaron demasiado.
En 2001 volvió a acomodarse en la cresta de la ola cuando se puso en marcha el largo proceso de ejecución de otro de sus grandes éxitos, la versión teatral de una de las películas más queridas de siempre, Mary Poppins. Sabemos lo que la autora del cuento original tuvo que pasar hasta dejar que la película saliera a la luz, pero ni imaginamos los esfuerzos que Mackintosh realizó para levantar el pesado telón de la que fue una de las producciones más caras de la historia. Pero lo importante es que este niño grande emperrado con el teatro volvió a salir a flote una vez más, no como la ballena que años antes se le hundió con todo su equipo.
Ahora se encuentra perfilando el posible estreno en el West End de una nueva versión del musical Barnum que hace un par de veranos estrenó en provincias. Una versión sencilla, casi humilde si la comparamos con obras anteriores, pero brillante como la que más, lo que nos demuestra que no todo es dinero en los empeños de este visionario del negocio del espectáculo.
Igual que aquel loco del circo, él también habrá tenido que pelear contra viento y marea, luchado contra adversidades de todas formas y colores y sacrificado el sueño por lograr un sueño que le ha acompañado desde su infancia, desde que pisó por primera vez el escenario de ese viejo y fantasmagórico teatro de Covent Garden.
Por todo ello hoy se le da el tratamiento de "Sir". ¿Te parece poco?



 



 







jueves, 30 de octubre de 2014

Another opening, another show! (Una historia de Broadway 10)



My fair Broadway!


En plena década de los 50 todo llegó a su culmen. Aquellos años de resentimiento de entre guerra y guerra, las crisis bursátiles superadas y alejados -aunque no olvidados- los fantasmas del exterminio judío -no olvidemos que la mayor parte de los actores, compositores o directores habían sufrido directa o indirectamente esta tragedia-, el mundo del espectáculo gozaba de una excelente salud y una envidiable energía. Sacudiendo los viejos traumas a ritmo de claqué, aunque las procesiones deambularan por dentro, la imagen de Broadway ya estaba forjada en oro macizo.
La variedad en las opciones fue la clave del éxito de esta fórmula, y ahora más que nunca empezarían a solaparse productos frívolos y desenfadados con obras más profundas y sesudas. The pajama game y The threepenny opera se estrenaban con solo unos meses de diferencia y ambas con tremendo éxito. Obras "para todos los públicos", y nunca mejor dicho.
Peter Pan, House of flowers, The boy friend, Kismet, Silk stockings... La oferta de esta primera mitad de la década se presentaba rica y colorida, y la audiencia (a no más de veinte dólares la butaca) se rendía de modo incondicional a las diferentes propuestas.
Uno de los éxitos indiscutibles de este momento fue un original show basado libremente en el mito de Fausto titulado Damn Yankees (Malditos Yanquees) y que apostaba por una combinación irresistible para el público americano, el béisbol y el musical. Un nuevo productor, Harold Prince, se rodeó de un nuevo coreógrafo, Bob Fosse y de una joven pero ya curtida actriz y bailarina llamada Gwen Verdon.
Asistimos a uno de los grandes hitos del género y la alineación de varios astros sin los cuales el mundo del espectáculo nunca habría llegado a ser lo que fue.
Ese mismo año, 1955, y muy cerca del teatro donde se estrenaba con gran éxito la función de la diablesa y el bateador, se empezaba a ensayar el que sería el mayor musical de su tiempo y una obra cumbre del teatro y del cine universal, My fair lady.
Desde 1942, cuando comenzaba la colaboración entre el letrista Alan Jay Lerner y el músico austriaco Frederick Loewe, este último ya había anunciado que algún día escribiría "el mejor musical de la historia". Y trece años después lo logró. Más de una década les llevó construir el guión -basado libremente en la obra Pygmalion de Bernard Shaw-, componer las canciones y diseñar la que fue la producción más cara hasta entonces. Aparte de elegir escrupulosamente el reparto, uno de los más acertados hasta la fecha, por cierto.
A pesar de las reticencias que Rex Harrison mostró a cantar -en realidad más que cantar recitaba, ¡pero cómo recitaba!-, a pesar de que la elegida para el papel de Eliza Doolittle aún tenía poca experiencia sobre las tablas y a pesar de la diferencia de edad entre los protagonistas, el público cayó rendido ante esta atípica historia de amor. Una historia de amor que, por cierto, no figuraba así en el texto original, pero claro, el ingrediente que faltaba a esa maravillosa fábula era un final tan potente como el que Jay Lerner ideó: Eliza, ¿dónde demonios están mis zapatillas?   
La vida de la novata que hizo de Eliza -solo había actuado antes en The Boy Friend- cambió por completo la noche del estreno, para ser más exactos justo al terminar de cantar ese I could have danced all night que puso de pie al respetable y sacó del teatro a algunos críticos que corrieron a escribir sobre ella. Sobre Julie Andrews, la última estrella del musical que acababa de nacer en ese preciso -y precioso- instante.
Y es que además de una irresistible pareja de actores, My fair lady lo tenía todo. Un relato divertido y romántico, un vestuario espectacular (obra de Cecil Beaton), unos decorados de ensueño y sobre todo una partitura inolvidable. Ya lo vaticinó su autor, el mejor musical hasta la fecha. Seis años de permanencia en cartelera y todos los premios habidos y por haber refrendaron la historia de la pobre florista que se convierte en bella dama, ¿hay algo que le pueda llegar más al público estadounidense? Por muy "british" que fuera el ambiente de la obra, estaba claro que trataba sobre el eterno sueño americano, y eso siempre se premia.
En pleno bombazo de este musical, una ya veterana Mary Martin (la actriz en la que primero se pensó para el papel de Eliza, por cierto) pidió a sus amigos Richard Rodgers y Oscar Hammerstein que escribieran un par de canciones para una función que estaban montando sobre la heroína austriaca Maria von Trapp. Se trataba de una obra de teatro no musical en la que se iban a incorporar algunos temas originales de la famosa familia de cantarines, y querían introducir también alguna composición original. Pero cuando los autores vieron lo que tenían entre manos descubrieron el filón para un nuevo show que olía a éxito por todas partes, The Sound of Music.
Corría 1957 cuando se puso en marcha el proyecto que fue estrenado en Broadway dos años más tarde. En aquellos momentos uno de sus creadores, Oscar Hammerstein, se encontraba gravemente enfermo y a duras penas pudo finalizar las letras de una de sus piezas más importantes. Durante las sesiones previas al estreno decidieron incorporar un nuevo tema al score, Edelweiss, con la intención de hacer algo más lucido el personaje del patriarca de la familia. Y esa fue la última canción que escribieron tras diecisiete años de trabajo mano a mano, una canción que habla de cómo nada muere, como todo renace igual que aquellas flores de la montaña. Y nada más acertado, porque si hay melodías que jamás podrán morir son las que crearon juntos estos dos genios del teatro musical.
Cuando finalmente falleció en 1960, The Sound of Music se convertía en un éxito con muy pocos precedentes, a pesar de que la crítica lo había tildado de excesivamente dulzón y sensiblero.  Aquel 23 de agosto las marquesinas de los teatros de Londres bajaron su intensidad durante un rato, pero las de Nueva York se apagaron por completo y dejaron en total oscuridad algunos de los luminosos que ellos mismos habían encendido años atrás. The King and I, Oklahoma, South Pacific, Carousel... Todos a oscuras, todos de luto por el hombre que inventó las más hermosas palabras jamás cantadas.
Hammerstein se fue con una década única en la historia de Broadway, una etapa que jamás se volvería a repetir. Llegarían otros tiempos de gloria, sin duda, pero las nuevas flores de la montaña ya no serían iguales a las de antes.    









 

jueves, 16 de octubre de 2014

Who is who in the cast?




Quiet please, there´s a lady on stage!

Un piano, un cañón de luz, el público apiñado en un oscuro local sin saber muy bien qué va a pasar sobre ese pequeño escenario. Un retraso de unos doce minutos -sale o no sale?- la expectación llega a su culmen cuando por fin de adivina su desgarbada figura desde la penumbra. Una blusa blanca por toda indumentaria, unas medias negras cubren sus interminables piernas de avestruz, una mujer aterrada que no es consciente de su ilimitado poder hasta que suena la primera ovación, y eso aún le da más miedo. La gente enloquece solo con verla y aún no ha hecho nada.
Silencio! Hay una dama en escena!
Good times and bum times, I´ve seen them all and, my dear, I´m still here...  

El pasado 17 de julio aparecía la noticia en las páginas de cultura de los periódicos a los dos lados del Atlántico. Elaine Stritch, actriz y cantante muere a los 89 años en su hogar de Michigan. Falso. Su verdadero hogar fueron dos: cualquier escenario de entre las calles 14 y 57 de Nueva York y el Hotel Carlisle, donde ocupó una lujosa suite años antes de que decidiera despedirse de la gran ciudad para retirarse a morir entre los suyos.
Call me madam (donde sustituía a Ethel Merman), Anything goes, Pal Joey, On your toes, Bus Stop, Sail away, Who´s afraid of Virginia Wolf, The King and I , The grass harp, Wonderful town, Private lives, Mame, Company, Tell me on a sunday, Follies, Show Boat, A delicate balance, A little night music...  Los personajes que esta reina del teatro interpretó en su enorme carrera se agolparon en su cabeza los últimos años de su vida para robarle la poca memoria que le quedaba. Obras de texto, piezas musicales, shows, cabaret, televisión, películas (con Woody Alen hizo dos, September y Granujas de medio pelo), personajes cómicos, dramáticos, trágicos, grotescos o excéntricos -como ella misma- pero siempre sofisticados, como manda "la marca Stritch".
Dese 1944, cuando realizó su debut en los escenarios, hasta hace un par de años, con 87 cumplidos, aún se mantenía firme sobre las tablas, aún dando guerra. Aunque ya casi no podía acabar ningún tema sin olvidar parte de la letra, todavía merecía la pena verla actuar, porque ella jamás cantaba -y su voz de tonelero lo acredita- sino que interpretaba cada canción como si de una obra teatral se tratara. De principio a fin, con su introducción, su desarrollo y su momento de clímax. Con toda la comicidad o la furia que su personaje pidiera. ¿Qué más da como fuera su voz? Lo importante iba mucho más allá de eso.
Elaine Stritch perdió la memoria de tanta memoria acumulada como tenía. Aunque ella misma decía que lo difícil no era recordar las letras teniendo constantes subidas de azúcar -sufría diabetes desde hacía décadas- en realidad lo difícil era recordar las jodidas letras de Sondheim!
En 2001 y hasta finales de 2002 desarrolló su más célebre espectáculo de cabaret "Elaine Stritch at Liberty", por el que consiguió el único premio Tony de su carrera -había sido nominada cuatro veces antes pero nunca ganó- y el que le reportó algunas de las mejores críticas de su vida. En este one-woman-show la actriz se desnudaba frente al público -casi literalmente, a juzgar por su escueto vestuario- repasando su carrera, hablando sobre sus partenaires en la escena y en la vida real, un poco sobre su éxito, un mucho sobre sus fracasos, su soledad, sus problemas con el alcohol... Entre canción y canción, entre monólogo y monólogo, entre risa y risa dejaba caer algunas historias y episodios de su vida que te podían congelar la sangre. Pero siempre sin perder el humor, desde su cachonda, irreverente, políticamente incorrecta visión de las cosas. Riéndose hasta de su propia sombra.
Tuve la inmensa suerte de verla hace bastantes años en la última reposición de Show Boat, en el Gershwin theatre mucho antes de ser tomado por las brujas verdiblancas de Wicked. Hacía un personaje secundario, la vieja Parthy Ann, con importancia en la trama pero con solo una canción. Bueno, en realidad en la función original ese personaje no canta, pero Harold Prince reinventó el tema que antes hacía el dúo protagonista y lo adaptó a la voz de Stritch porque no podía permitir que la diva reapareciera en un musical de Broadway sin una mísera canción. Así que decidió colocarla en el centro del inmenso escenario vacío, casi al final de la función, susurrando aquel tema de amor ahora convertido en nana titulado "Why do I love you". Qué pregunta ¿no?
Yo entonces no sabía quién era. Ni idea, pero recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo que cuando comenzó a cantar con aquella voz temblorosa, con la mirada perdida por los rincones de su eterno pasado -como si en realidad no estuviera allí-, un silencio absoluto se hizo en ese teatro de casi dos mil butacas y el tiempo se detuvo durante algo menos de tres minutos. Tres minutos que me bastaron para entender que tenía delante a una auténtica dama de la escena.
El año pasado salió su última película, editada solo unos meses antes de su muerte, "Shoot me" (Dispárame). Se trata de un documental sobre su vida, bueno, en realidad su vida solo aparece como estrella invitada, en forma de recuerdos e imágenes que visitan casi por sorpresa la mente de una vieja y cansada actriz. Es más un estudio de sus miedos y tribulaciones durante la preparación de los últimos conciertos que dio, las últimas entrevistas y la grabación de los episodios de la serie en la que hacía de la excéntrica madre de Alec Baldwin, 30 Rock.
Deambulando por la calle envuelta en visón del caro rebajado con estrambóticas gafas de pasta y desenfadados sombreros, parece como si hiciera una constante parodia de las señoronas de Park Avenue (The ladies who lunch...). Aún metida en la cama de su suite en el Carlisle -hoy no me quiero levantar-, midiéndose el nivel de azúcar y maldiciendo su suerte, o riéndose de todas las gilipolleces del mundo del espectáculo (lo siento, aquí tengo que ser tan deslenguado como ella, aunque es difícil), y repitiendo una y otra vez los endiablados temas de Sondheim que desgranaba uno a uno en su último show. Así se deja ver, en todo su esplendor y toda su miseria. Repasando su pasado, mirando viejas fotos que casi no dejan espacio libre en la pared, y sin dejar de preguntarse por qué demonios no hace las maletas y se va por fin a descansar a la otra punta del mundo.
Sus miedos, sus debilidades, sus vicios superados y por superar, su zumo de naranja para controlar sus crisis diabéticas mientras no deja de echar de menos un buen vaso de bourbon y un cigarrillo, como en los buenos tiempos. Una añoranza sin límites, un esposo al que adoraba que la dejó demasiado pronto, fotos y más fotos desperdigadas por la habitación. Aquí con Kennedy, aquí con Ben Gazzara...
Pero Elaine no está sola, la acompaña su abnegado pianista, el hombre que de vez en cuando le sopla las letras que ella olvida para que no se venga abajo, para que siga el hilo de una canción que ya dura casi noventa años. Una canción compuesta por Jerome Kern, Gershwin, Porter, Noel Coward y sobre todo por quien escribió sus mejores temas para ella aún sin conocerla, Stephen Sondheim. Qué difícil recordar sus jodidas letras por dios!!

¿Cómo seguía? Ah sí, Everybody rise! Rise! Rise! Rise! Rise! Rise! 



                     






jueves, 2 de octubre de 2014

Backstage

 

Another op´nin... 

 Four weeks you rehearse and rehearse, three weeks and it couldn´t be worse. One week, will it ever be right? Then out o´the hat, it´s that big first night!

Los últimos ensayos, las pruebas de vestuario, el repaso al libreto, la puesta a punto técnica, los nervios, la inseguridad, los cambios de última hora, el aburrimiento de haber repetido hasta la extenuación frases, bailes y canciones que pierden el sentido y la gracia de tanto pasarlas.
Eso es el "backstage", lo que el público no ve (bueno, vosotros público afortunado de Stage Door sí), lo que se fragua semanas, meses antes del estreno, todo lo que esconde la gruesa cortina de terciopelo rojo. Los preestrenos en Boston, Filadelfia o Washington antes del esperado debut en Broadway, y luego una vez en la gran ciudad las "previews", quince o veinte funciones antes de la definitiva, del temido y ansiado "openin´night".
Pulir, perfeccionar, afianzar; que no hay que ser buenos, ni buenísimos, solo los mejores o nada. La de veces que el show en cuestión ha tenido una forma, unos diálogos y unas canciones determinadas que se han reestructurado, cambiado o eliminado sin piedad días, incluso horas antes del estreno definitivo. Una locura.  Pero that´s showbiz folks, nos guste o no. Un cuadro que nunca acaba de pintarse, al que nunca parece llegar la hora de la firma y el enmarcado.
Justamente en ese punto se encuentra estos días el último gran estreno de Broadway, On the town (Un día en Nueva York) que vuelve a la cartelera 70 años después de su estreno. Aunque se han producido un par de revivals (en 1971 y 1998), ninguno puede considerarse un éxito, lo cual añade aún más tensión y riesgo a la versión -y a la inversión- que ahora proponen su director, John Rando y su coreógrafo, Joshua Bergasse. Ambos parecen querer desempolvar el texto y los movimientos del original pero desde el absoluto respeto a una pieza clave en el teatro musical americano. Lo que Betty Comden y Adoph Green escribieron y lo que Leonard Bernstein compuso allá por 1944 debe ser restaurado con el mismo cuidado que un fresco de Miguel Ángel, y a la vez ser capaz de enganchar a un público totalmente distinto.
De aquella generación ya casi no queda nadie, y los pocos que hay acuden a las matinés con andadores y cuidador. Así que el reto consiste en llevar al Lyric Theatre a una audiencia de entre 14 y 90 años y que les fascine a todos por igual. ¡Cualquier cosa!
Berguesse lo ha tenido claro, adaptar y ampliar las coreografías originales pero conservando el espíritu de su creador, Jerome Robbins. No olvidemos que la inspiración de este musical surgió de un ballet ideado por éste, Fancy Free, en el que tres marineros de permiso recorren como locos la ciudad de sus sueños. De sus saltos y piruetas nació la idea de uno de los shows más célebres de la historia, especialmente cuando Gene Kelly y Stanley Donen lo convirtieron en película en 1949.
Frank Sinatra, Jules Munshin y el propio Kelly la protagonizaron junto a Vera Ellen, Ann Miller y Betty Garrett, en una más que exitosa adapatación que solo respetó tres canciones del original de Bernstein. Sí, lo creamos o no el autor de Candide o West Side Story también fue víctima de las presiones de los estudios, que consideraron su partitura demasiado teatral, demasiado compleja para una película de esa envergadura.
Estamos de enhorabuena porque hoy las podremos disfrutar todas (Carried away, Ya got me, Some other time...) y con magníficas orquestaciones puestas al día. Tony Jazbeck (Gypsy, A Chorus Line), Clyde Alves (Anything Goes, Bullets over Broadway) y Jay Armstrong Johnson (Catch me if you can, Hair) serán esta vez los tres marineros de pueblo perdidos en la gran ciudad deseosos de apurar hasta el último segundo del día, un día que, no lo olvidemos, podría ser el último de sus vidas. Porque aunque estemos haciendo comedia, el origen de esta alocada trama estriba precisamente en su última balada, que viene a ser una despedida antes de volver al frente, un "hasta siempre" o tal vez un simple "hasta la vista".
Aquí los vemos sin vestuario -no os asustéis, sin vestuario escénico se entiende- sin luces ni decorados. Solos en medio del local donde este verano ensayaban los números ya montados pero justo antes de mudarse al teatro donde vivirán los próximos meses, un par de semanas antes de las previas. Y ahí, sin maquillaje, sin caracterización ni efectos de ningún tipo es donde de verdad podemos apreciar la profesionalidad de esta generación de jóvenes actores que llevan toda la vida preparándose para este preciso momento.
Cruzamos los dedos, les deseamos suerte, o mejor no, que se rompan una pierna (que queda más fino que lo que decimos por aquí) y esperamos por su bien y por el nuestro que este show sea un éxito, como lo fue allá por el 44 y que dure mucho tiempo en cartel para que alguna vez podamos pasar todos ese Día en Nueva York.

The overture is about to start, you cross you fingers and hold your heart. It´s curtain time and away we go! Ahother op´nin´, just another op´nin´ of another show! 











jueves, 25 de septiembre de 2014

Hello suckers!





Con perdón! Pero así es como arranca el segundo acto de uno de mis noventa musicales favoritos (en realidad uno de mis "top five"). Hola mamones! La frase no es mía -dios me libre- ni siquiera de Velma Kelly, la cabaretera asesina de Chicago, sino de una legendaria pero casi desconocida actriz del cine mudo llamada Texas Guinan. Sus apariciones en los escenarios de los baretos ilegales durante la Ley Seca solía ir acompañada de este "informal" saludo a su devota audiencia. Y bueno, como después de cinco temporadas (5!) ya vamos teniendo confianza...
Tras un "corto y fresco" verano otra vez estamos aquí dispuestos a entreteneros de vez en cuando y ayudar en lo que podamos a escapar de esa rutina cotidiana de la vida real. La vida en la que la gente no se pone a cantar de repente en medio de la calle y en la que el policía, el obrero, la mujer de la limpieza o el hombre de negocios no empiezan a mover sus pies al ritmo sincopado de la taladradora, del zumbido del metro o del claxon del bus.
Con la ambiciosa intención de amortiguar ese torrente de "normalidad" que nos arrastra en estos días, arrancamos un año más con nuevos oropeles, focos, colorines y lentejuelas recién cosidas. Con nuevas cosas que contar, proyectos, recuerdos, homenajes, historia, referencias, actualidad... y con ganas e ilusión renovadas, que a veces hasta del placer se cansa uno.
Comenzamos un curso que anuncia platos tan apetitosos como el estreno inminente de la película Into the Woods -que se suma a la recién estrenada Jersey Boys-, la llegada a los teatros de Barcelona o de Madrid de Sister Act o Priscila Reina del Desierto respectivamente, el anuncio de un concierto de Lea Salonga en la capital del reino (eso sí, acompañada de Il Divo), de otro para enero de nuestra venerada Audra McDonald en el Teatro Real, los estrenos de On the Town  o An American in Paris en Broadway y de City of Angels y Sweeney Todd -con Emma Thompson- en Londres... Y digo yo que queramos reconocerlo o no, todo lo bueno que está por venir nos hace mucho más dulce el amargo trago de la vuelta al trabajo, a las obligaciones, los problemas, las noticias de actualidad de un mundo sin banda sonora que parece derrumbarse cada día al término de la melodía del telediario.
La guerra terrorista contra el terrorismo, los unionistas y separatistas, los corruptos de ayer, hoy y mañana, las dimisiones aplaudidas, las hojas de ruta, los asesinos, los pederastas subiendo al cadalso, los escoceses, catalanes, turcos, moros, judíos y cristianos. A todo y todos ellos los saludamos a golpe de batuta y con la fanfarria propia del show que va a continuar. Telón, luces, silencio! Velma Kelly está a punto de abrir el segundo acto con ese Hello suckers que para nada nos ofende, al contrario, estamos encantados de ser esos infelices que miran con la boca abierta como contra todo pronóstico el espectáculo vuelve a comenzar. Una y otra vez, año tras año... y ya van cinco!!
Gracias mam... perdón, amigos, por seguir ahí! Shhhhhh      
 





viernes, 11 de julio de 2014

Play it again




Summertime

And the livin´is easy. Fácil... ¡que se lo digan a algunos! Pero eso es lo que cantamos a los niños para que se duerman, para que no tengan pesadillas y sueñen con una vida sin problemas en la que los peces saltan, el algodón crece alto, sus padres son ricos y sus madres hermosas.
George Gershwin compuso esta nana inspirándose en los espirituales que cantaban los negros en las plantaciones, donde la vida era de todo menos fácil. Como ya lo hizo años antes Jerome Kern cuando escribió Ol´man river (Show Boat), pequeñas canciones que se han convertido en himnos de la supervivencia, de la resistencia ante las penurias de la pobreza y la esclavitud.
Porgy era un minusválido y Bess una fulana, según la novela de DuBose. Ambos vivían en una miserable aldea de pescadores en Charleston. Camaroneros, jugadores de poca monta, desempleados, borrachos, algún que otro traficante, madres de familia buscando algo de comida para sus retoños, prostitutas y cocainómanos. No había mucho más por allí. Y de vez en cuando algún huracán amenazando con borrar de una vez toda esa mugre del mapa.
Pero Gershwin decide arrancar la acción con una obertura grandiosa, como si de una historia de dioses o príncipes se tratara. Y es que para el autor los paisanos de Catfish Row eran como egipcios o filisteos, esclavos de la antigüedad guiados por caminos tortuosos hasta una mítica tierra prometida. Así comienza esta peculiar ópera contemporánea, cientos de violines desatados como el tornado que se cierne sobre las cabezas de esos pobres desgraciados.
Y entonces aparece una muchacha acunando a su bebé. Ignora todo cuanto va a ocurrir -nada bueno por cierto- y comienza a tararear una suave melodía, una sensual tonada que quiere poner una venda de seda ante el fango de la realidad. Es verano, la vida es bella, todo transcurre en armonía, nada malo va a pasar... Creo poder afirmar que en toda la historia de la ópera no ha habido una en la que aparezca un aria tan pronto, a pocos minutos de alzarse la batuta, e igualmente afirmo, como espectador, que el efecto que produce es inolvidable. La ternura como preludio de la tragedia, la calma antecediendo a la tormenta.
Summertime se convirtió en un éxito incluso antes que la obra a la que pertenece. Desde su estreno en 1935 han sido cientos de cantantes los que han versionado esta inocente canción de cuna que no mucho después se convirtió en uno de los standards más populares de nuestra era. Billie Holliday, Artie Shaw, Tommy Dorsey, Ella Fitzgerald, Bessie Smith, Chet Baker, Nina Simone, Stan Getz, Miles Davis, Frank Sinatra, John Coltrane, Paul McCartney, Charlie Parker, Janis Joplin, Amalia Rodrigues, Caetano Veloso, Lila Downs, Marilyn Manson, Peter Gabriel, Diana Krall... ¿sigo?
Todos rendidos ante la extraña ternura de esta melodía, una de las menos ambiciosas y al mismo tiempo de las más universales de su autor.
La primera en versionarla fue Abbie Mitchell acompañada por el propio Gershwin al piano, pero la que la hizo tan famosa como hoy es fue Billie Holliday, sin duda. La vulnerabilidad de su voz imprimía al tema el sentimiento que requería, la sensación de que todo es pasajero, efímero como una canción que comienza a rasgar su final desde el principio. Como la corta vida de la añorada "Lady Day", nada fácil por cierto. Y es que aunque forma parte de una ópera y está escrita para ser interpretada por una soprano, esta nana suena mucho mejor cuando sale de una voz medio rota como la suya, una voz que parece haber vivido todas esas miserias y privaciones al desgranar lentamente, casi con pereza, esta letra y esta música.
DuBose Heyward, su esposa Dorothy e Ira Gershwin fueron los artífices de los versos de la obra, George Gershwin puso la música. Como también puso todas sus esperanzas en entrar a formar parte de ese selecto grupo de compositores clásicos contemporáneos, ayudado por esta joya rara que muchos no supieron entender en su momento. Él murió sin saber que lo había logrado, nosotros sí lo sabemos.
Para el autor la vida tampoco fue fácil. Para nosotros lo es un poquito más gracias a la inestimable compañía de sus canciones. Y esta en particular nos habla sobre el verano, la estación del año en la que por fin nos vamos de vacaciones con la ingenua esperanza de que no acaben nunca, pero acaban y pronto. Será más fácil disfrutarlas sin pensar en su final, como los paisanos de Catfish Row, preparando un picnic sin sospechar que en cualquier momento un viento salvaje acabaría de un plumazo con la fiesta.                
Pero no quiero aguar la fiesta que se avecina. Solo quería regalaros esta balada estival con mi deseo de que este verano la vida transcurra así de fácil. Los peces saltando, el algodón creciendo, sin ningún ruido que perturbe el sopor de la siesta, con mamá y papá velando nuestro sueño.

Felices vacaciones a todos. hasta la temporada que viene, si dios quiere.
   













jueves, 26 de junio de 2014

What´s about?



Vietnam, 1975 (The heat is on in Saigon)

Hacer arte de la destrucción, del dolor, de la muerte. Sacar belleza de la injusticia, el terror y la sinrazón... no es nuevo. Ya lo hicieron Goya y Picasso. Ya lo hizo Lubitsch riéndose de los nazis en To be or not to be, o David Lean emocionándonos con la Primera Guerra Mundial en Lawrence of Arabia o la Segunda en The Bridge on the River Kwai... También Wagner, Verdi, Puccini... ¿No trata el aria más hermosa de la historia sobre una geisha enamorada hasta las trancas de su invasor?
Madama Butterfly fue inspirada por un relato de John Luther Long sobre un amor imposible en tierras lejanas y exóticas, muy de la ópera de principios del siglo XX. Oriente y occidente en conflicto, intereses políticos y comerciales enfrentados... y los sentimientos cruzando por medio y sin mirar.
Una adolescente japonesa vendida por unos cuantos yenes a un oficial americano, un apresurado matrimonio de conveniencia, un hijo que nace de una relación a punto de morir, una mujer abandonada esperando sola frente al puerto, una nueva vida -y una nueva esposa americana- que hacen aún más difícil el reencuentro de los amantes. El hijo entregado a su padre, y un suicidio justo antes de la caída del telón final.
Para tratarse de una ópera en tres actos no está mal, y más si a esta tragedia mayúscula le pone música Giacomo Puccini.
La Guerra de Vietnam nada tiene que ver con la ocupación de los puertos japoneses por la armada norteamericana a finales del XIX, aunque si lo pensamos bien, de aquellos lodos estos barros... Pero no, el país, el contexto y el conflicto en sí son bien distintos, aunque en el musical Miss Saigon se vuelvan a entrecruzar el lejano oriente y el poderoso occidente en forma de amantes dispuestos a sufrir y hacernos sufrir mucho a todos.
El compositor francés Claude-Michel Schönberg -ya célebre tras el éxito arrollador de su primer gran show de proyección mundial Les Miserables- no encontró la inspiración de esta obra en la ópera de Puccini, o no únicamente en ella. Al parecer estaba hojeando una revista a mediados de los ochenta cuando de repente no pudo pasar a la página siguiente. La foto de una madre vietnamita entregando a su hijo a unos soldados americanos en la base de Tan Son Nuht conmovió al músico como conmovería a cualquiera. El sumun del sacrificio humano, desprenderse de un hijo de forma voluntaria con la esperanza de que tenga una vida mejor, para que pueda alcanzar el tan traído y llevado American Dream. Y así se encendió la chispa de un proyecto que se iría complicando hasta convertirse en uno de los más grandes musicales de las últimas décadas.
Con la colaboración del letrista Alain Boublil, con quien también coescribió Les Miserables, se pusieron manos a la obra ahora sí actualizando la trama de la celebérrima ópera italiana. Hacer una revisión de Madama Butterfly deconstruída y rediseñada pero que conservara el mismo dramatismo y la misma idea de partida, el amor condenado al fracaso por culpa de la guerra, de la ambición, de los intereses... Una geisha o una chica de barra americana, un teniente de marina o un sargento a punto de abandonar Vietnam, un casamentero reputado o un proxeneta ambicioso y sin escrúpulos... los personajes de la ópera son padres -o abuelos- de los del musical, pero con muchas variantes que lo acercan un poco más a un público contemporáneo y contribuyen a hacer un homenaje musical único a las víctimas de una de las guerras más absurdas de todas las guerras absurdas provocadas por la humanidad.
En la etapa final de la ocupación americana de la actual Ho Chi Minh -antes Saigon- una pandilla de solados se emborracha en un cabaret de la capital en el que cada noche se elige una miss, como en América, pero en este caso en venta al mejor postor. Una chica nueva se estrena en el mercado de la carne, inexperta y asustada llama la atención de un joven sargento que se queda prendado de ella. Chris y Kim, la luna y el sol unidos por los dioses de la fortuna, como literalmente dice la balada.
Pero todo se está derrumbando a su alrededor, la ciudad se vuelve frenética ante el inminente abandono del ejército americano, se van los soldados, se acaba la guerra...pero también se acaba el negocio de esta Babilonia contemporánea, y la esperanza del tercer mundo de acercarse un poco más al primero.
Con un argumento cargado de giros inesperados (o esperados para quien conozca la ópera original), de episodios trágicos, cómicos, grotescos, románticos y excitantes a más no poder -como la famosa escena de la caída de Saigón y la evacuación de los militares, con helicóptero incluido- y un score como el creado por el tándem Schönberg/Boublil repleto de temas inolvidables (Sun and Moon, Last night of the world, I still believe, The american dream...) estaba claro que el producto daría mucho que hablar.
El 20 de septiembre de 1989 fue el estreno mundial en el Theatre Royal, Drury Lane, un legendario teatro en el corazón de Covent Garden ocupado por este show casi tanto tiempo como los americanos lo hicieron con Vietnam, superando a la obra que más tiempo había permanecido en dicho local, My fair lady. 4.264 funciones en diez años representándose simultáneamente en Broadway desde 1991 hasta 2001. Todo un record en su tiempo, a la altura del otro gran éxito de los autores de Les Miserables.   
La avalancha de Oliviers y Tonys recibidos -destacando los de sus protagonistas Lea Salonga y Jonathan Pryce- avalaron esta pieza clave del teatro musical contemporáneo que muchos han querido convertir en película pero aún sin éxito. 
Múltiples producciones en Australia, Canadá, Japón, Filipinas, Alemania, Holanda o Austria hacen de este show un hito indiscutible que ahora vuelve a su cuidad de origen, Londres. Esta vez en el Prince Edward Theatre -ya que el Royal se encuentra tomado por Charlie y su chocolatería- Cameron Mackintosh emprende una fastuosa producción de esta mítica pieza estrenada con atronador éxito el pasado mes de mayo. Nuevos decorados, nuevo diseño escénico, orquestaciones -tenemos a nuestro paisano Alfonso Casado en la dirección musical del show- y un nuevo reparto del que se están contando maravillas, aunque ponerse a la altura de Salonga y sobre todo de un Jonathan Pryce que no ha estado nunca tan inspirado como con este personaje, no debe resultar nada fácil.
Pero nosotros sí lo tenemos fácil, a la vuelta de la esquina como quien dice. Romance en tiempos de guerra, sexo, violencia, abandono, reencuentro, amor y muerte en una ciudad maldita adornada con luces de colores como el burdel en que llegó a convertirse.
No tenemos excusa para no dejarnos caer una vez más por la gran ciudad -aunque de momento aconsejamos esperar a que quede algún asiento libre- y rendirnos ante esta obra maestra única y original, y reconocer de nuevo que "the heat" continúa estando en el centro de Londres, a un paso, ya digo.        

    
                  
 
 

 
 



jueves, 12 de junio de 2014

TKTS



All about TONY´S

Érase un país en el que nunca dejaban de premiar gente... Escritores, científicos, políticos, deportistas, empresarios, cantantes, actores de televisión, de cine, de teatro... Todo el día pon alfombra, quita alfombra, ponte el vestido, el esmoquin, recoge las joyas prestadas, devuélvelas... Y sobre todo no dejes de sonreír a cámara, especialmente cuando te enfocan justo después de haberle dado el premio a otro, o a otra. Con tanta sonrisa esta gente no debe ganar para fundas y blanqueamientos dentales. Ni para psicólogos, claro. ¿Alguien se ha entretenido en calcular la cantidad de perdedores que fabrica esta sociedad al cabo del año?
Pero de toda esa ristra de premios anuales -y con permiso de mi querido tío Oscar- ya sabéis que hay uno que me tiene especialmente concernido, uno con nombre de restaurante italiano o de macarra de película. Uno con nombre de tío pero que en realidad pertenece a una mujer, a una actriz de las de antes, de las clásicas: Mrs. Antoinette Perry, para los amigos Tony.
Desde mi modesto punto de vista de aficionado, lo mejor de la terna de este año -en la que creo se ha cometido más de una injusticia, como es habitual- ha sido el mantenedor de la gala. Una vez más nuestro admirado y santo patrón de este humildísimo blog, Mr. Hugh Jackman, ha vuelto a hacer gala -y perdón por la redundancia- de su profesionalidad, de su estilazo de caballero de los que no quedan desde que se nos fue Cary Grant, de su buen hacer, de su vozarrón, de su forma de moverse entre bambalinas, de su energía y simpatía inagotables, de su carisma de enterteiner de los que ya casi no quedan.  ¿Conoces a alguien más al que se le quede pequeño el escenario del Radio City Music Hall?
El pasado domingo el inmenso local de la 5ª Avenida volvió a celebrar la Fiesta del Teatro, así, con muchas mayúsculas. Y del dinero, y de la publicidad, y del negocio, ya lo sé, pero me temo que eso fue así desde siempre, There´s no busines like show busines...
Y este año la cosa resultó más o menos así: dejando a un lado las obras de texto (sin música las pobres), que es mucho dejar porque hay verdaderas maravillas tanto en nuevas como en revivals, comentaremos un poco sobre los principales premios del teatro musical, que es de lo que va este forillo.
El mejor nuevo musical del año pudo haber sido After Midnight, un show que desempolva -si es que alguna vez llegó a tener polvo- la maravillosa música de Duke Ellington, Harold Arlen o Cab Calloway en los nightclubs del Harlem de los años dorados. Imagínate un espectáculo con semejantes canciones, coreografías al estilo del mítico Cotton Club y una orquesta liderada por el trompetista Wynton Marsalis. Se puede decir que esta ha sido una de las sorpresas de la cartelera de este año, pero no ganó.
Otro que pudo haber conseguido los honores fue el último producto-con-intención-de-convertirse-en-franquicia-Dysney Aladdin. Si conocéis Beauty and the Beast, The Lion King, The Little Mermaid o Mary Poppins os podéis hacer una idea de lo que va el asunto, así que no hace falta explicar mucho. Una buena partitura (ampliando la original de Menken y cía), unos decorados espectaculares, buenos cantantes y bailarines, coreografía, vestuario etc etc... y ya puedes cerrar la olla. Pero ya sabemos que no siempre funciona la receta, y esta vez la inversión es bestial, como es costumbre de la casa. Le habría venido muy bien el premio, pero no se lo llevó.
La vida de una de las mejores cantautoras del país de los mejores cantautores, Carole King, ha inspirado un musical llamado Beautiful, como una de sus canciones más preciosas. Y a pesar de contar con la bendición de la titular, a pesar de ofrecer un puñado de temas inolvidables interpretados por la excelente Jessie Mueller además de contar una emocionante historia sobre los difíciles comienzos de la artista, tampoco pudo llevarse el gato al agua.
Porque este año el Tony al mejor musical ha sido para una pieza muy british titulada
A Gentleman´s Guide to Love & Murder, basada en la película de Robert Hamer Kind Hearts and Coronets (Ocho sentencias de muerte). No ha sido ninguna sorpresa, ya que tanto la crítica como el público han abrazado este musical desde su estreno, por su comicidad, su elegancia, su excelente partitura (Steven Lutvak) y por no parecerse a ninguno de los que están en cartel, cosa que se agradece mucho.
La categoría de mejor revival, a mi parecer algo escuálida esta temporada, ha puesto a competir a tres y no cuatro obras. Y todo por no querer nominar a la nueva -ya nada nueva- reentré del Cabaret del Studio 54. ¡Un respeto por favor! Vale que podrían haber afrontado un nuevo montaje, vale que este material está demasiado reciente en la cartelera, vale que la gracia que Alan Cumming derrochaba en el original se ha convertido en simple mal gusto... todo lo que quieras y más, pero estamos hablando de Cabaret, estamos hablando de Kander y Ebb... ¡un respeto por favor!
Entre la amarga historia de una chica errante con multitud de problemas y complejos llamada Violet (con una Sutton Foster sublime como siempre), la revisión de un monumento como Les Miserables -¿han vuelto? ¿pero se habían ido?- y el irreverente "glam rock trans" Hedwig and the Angry Inch, fue este último el que logró los honores. El tirón de un Neil Patrick Harris en estado de gracia -ganador del Tony al mejor actor de musical- ha debido ser crucial para el éxito de este arriesgado show.
Y hablando de actores, ya hemos dicho para quien fue el reconocimiento como mejor actor, precisamente el presentador de las anteriores galas. Nada como travestirte y chillar mucho para birlarle el premio a candidatos tan solventes como el nuevo Valjean -Ramin Karimloo-, el boxeador de barrio Andy Karl por Rocky o a Jefferson Mays y Bryce Pynkham por A Gentleman´s Guide...
Una de las sorpresas de la noche fue el Tony a la mejor actriz para Jessie Mueller (Beautiful) por hacer creíble a Carlole King sin parecerse en nada a ella. Recuerdo que cuando vi a esta chica en On a a Clear Day... supe que algún día subiría las escalerillas del Radio City. Y no suelo equivocarme... Arrebatarle premios a Kelly O´Hara (The Bridges of Madison County), Idina Menzel (If/Then) o a la mismísima Sutton Foster (Violet) tiene mucho más valor que el galardón en sí.
James Monroe Iglehart se llevó el de mejor actor de reparto por el genio de la lámpara de Aladdin, mientras Lena Hall consiguió el de mejor actriz en la misma categoría por Hedwig.
Lo que me agrió la noche, el desprecio a una joyita que espero que permanezca años en cartel (hasta que me de tiempo de ahorrar para ir a verla), Bullets over Broadway así como a sus actores, a excepción de Nick Cordero nominado a secundario por el papel que hacía Chazz Palminteri en la película. En especial me parece sangrante ignorar a Marin Mazzie haciendo de la diva borrachuza -que le dio el oscar a Dianne Wiest en el original- y que con solo oírla en el CD llega a escandalizar que su nombre no figure entre las candidatas.
Pero lo que más me la endulzó fue ver subir a mi idolatrada Audra McDonald a recoger su sexto trofeo, entre lágrimas incontroladas y con el Radio City en pie sin prisa ninguna por volver a calentar asiento. Lady Day at Emerson´s Bar & Grill es la pieza que le ha dado el record en estos premios, ningún actor o actriz jamás logró algo parecido. ¡Seis Tonys con cuarenta y pocos años! Y además en distintas categorías, porque esta vez se lo dan por una obra de texto, aunque también canta, y nada menos que por la lloradísima Billie Holliday. A ver quién es la guapa que se atreve con este toro. Y a ver quién se la pierde cuando ponga sus lindos pies sobre las tablas del Teatro Real el próximo mes de enero. ¡Ya sabéis donde encontrarme!
Pero hasta entonces os dejo con nuestro lord and master -of ceremonies- trotando literalmente por pasillos y camerinos del teatro donde los sueños de algunos se han convertido en realidad mientras que los de otros se quedaron en el oscuro banquillo de los bastidores.
¡Cómo es este hombre por dios!           




 
 
 
 
 
 
 
 
  


jueves, 29 de mayo de 2014

Music & lyrics



George Gershwin (´S Wonderful)

¿Por dónde empiezo? ¿Qué digo yo de este genio que no se haya dicho antes y mejor?
El mismo bloqueo que debe sentir el autor ante la partitura en blanco es el que sufre hoy este escritor aficionado. ¿Qué melodía? ¿Qué letra que la acompañe se me puede ocurrir que no haya sido ya tarareada por tantos y tantos?
Lo único que se me viene a la cabeza cuando pienso en Gershwin es... miento, me llegan cientos y cientos de imágenes y de sonidos, pero si tuviera que concentrarlos en uno...
no sé, tal vez sería esa ciudad en blanco y negro rasgada por el sonido del clarinete. Una rapsodia en azul melancólico que como el telón de un viejo teatro se levanta mostrándonos los edificios de Manhattan.
El puente de Queensboro, el ruido de las obras, los atascos de la mañana, la claridad de Washington Square, el bullicio de los mercados de Seaport, el sereno interior del Guggenheim, el Yankee Stadium, los tejados del Plaza, los luminosos de Times Square y Broadway... y un estallido de fuegos artificiales sobre los oscuros árboles de Central Park coincidiendo con la apoteosis final de la sinfonía.
Chapter One: he adored New York... 
George Gershwin adoraba Nueva York, y le rindió culto, y supo culminar la esencia compuesta entre todos aquellos músicos, poetas y cineastas que se afanaron en construir una imagen que ni el tiempo ni las modas conseguirán alterar jamás.
Hijo de inmigrantes judíos rusos -sus facciones no lo pueden negar- vino al mundo en 1898 con una partitura debajo del brazo y un par de manos ansiosas por pillar un piano. Aprendió solo a tocarlo como se las apañó para componer sus primeras piezas sin ayuda de nadie, hasta que su padre decidió que era hora de ponerlo bajo la tutela del profesor que le abrió los ojos -y los oídos- a la música de Listz, Chopin o Rachmaninov. Pero los sonidos que llegaban hasta las orejas del pequeño Jacob Gershovitz -como se llamaba antes de que le "desovietizaran" el nombre- cuando jugaba en las aceras eran otros bien distintos. El jazz, el ragtime o el blues flotaban por las calles y avenidas de una ciudad en la que a cada segundo nacía una nueva melodía, y la cabeza de este joven genio bullía como una olla a presión.
La prisa y la necesidad le hicieron abandonar sus estudios y comenzó a trabajar tocando en unos grandes almacenes canciones de moda para que los clientes se animaran a comprar los discos. Así se le fue colando el resto de la tradición popular musical del momento, curtiéndose diez horas al día en la interpretación de los temas de autores como Irving Berlin o Jerome Kern, sus principales precedentes. De ahí a componer sus propias baladas solo hubo un paso, o medio, en realidad siempre lo había estado haciendo.
A comienzos de los años veinte su música ya sonaba en los escenarios de Broadway y sus canciones se comenzaban a vender como rosquillas en los despachos del Tin Pan Alley. Interviniendo en los legendarios "George White´s Scandals" -una de las revistas más famosas del music hall del momento- logró colar algunos de sus temas en los principales puestos de popularidad. Ayudado por su hermano mayor en las letras, Ira y George Gershwin se convirtieron en poco tiempo en dueños de una fórmula de éxito infalible. Swanee (con la mítica interpretación de Al Jolson), Fascinating Rhythm, Oh, Lady be Good, Someone to Watch Over Me, Strke Up the Band, The Man I Love... ponían banda sonora a la década mientras los primeros shows del tándem cosechaban semejante éxito, algunos con argumentos no muy sustanciosos pero hilando un rosario de melodías pegadizas e inolvidables.    
Pero a pesar del éxito relativamente fácil de estos trabajos, Gershwin nunca abandonó su pasión por la "música seria", componiendo más de un ciento de piezas para piano, dos óperas (Blue Monday  y la que se considera su obra magna Porgy and Bess) y varios conciertos orquestales entre los que sobresale su pieza más emblemática, Rhapsody in Blue (1924). Si a esto le añadimos su aterrizaje en Hollywood, la adaptación de algunas de sus obras al cine -destacando la traslación de una de sus más gloriosas creaciones, An American in Paris o un musical tan delicioso como Funny Face-, el autor bien podría haberse sentido satisfecho de su extensa e intensa obra, aunque solo fuera un poco. Pero no fue el caso, la frustración por no haber conseguido la consideración de compositor clásico amargó los últimos años de su corta existencia.
Con la intención de liberarse de la fama de autor de shows de moda, Gershwin viajó a París en 1928 dispuesto a beber en las fuentes de los maestros de verdad. Es conocida la anécdota protagonizada por Maurice Ravel (aunque algunos la atribuyen a Schoenberg) el cual, ante la insistencia de ponerse a su amparo y empaparse de sus influencias lo rechazó argumentando que era preferible tener un Gershwin de primera categoría que un Ravel de segunda. Pero para los puristas de la época, integrar ritmos modernos en composiciones sinfónicas o introducir instrumentos jazzísticos (hasta bocinas de coche llegó a usar en Un americano en París) representaba una amenaza para sus principios academicistas, y se lo hicieron saber en más de una ocasión mediante críticas no demasiado alentadoras.
Significativo es el caso de la ópera basada en la novela de DuBose Heyward Porgy estrenada en 1935 como Porgy and Bess. Lo que hoy es un hito con mayúsculas, en aquel contexto no fue del todo entendida al confundir a un público y unos críticos que no sabían cómo etiquetar aquella extraña y arriesgada pieza. Ritmos africanos, himnos espirituales, jazz sureño y nanas tradicionales se enredaban con oberturas e interludios exuberantes acompañando a un argumento que es de todo menos fácil, plagado de sexo, adulterio, violencia, racismo y drogadicción. Lástima que su autor muriera solo dos años después del estreno de su obra maestra, no tuvo tiempo de leer los titulares que de verdad merecía. En fin, suele pasar.
Sus últimos años -nadie imaginó que fueran a ser los últimos- los pasó sentado en el diván de su psicoanalista tratando de lidiar con sus complejos y frustraciones, intentando entender por qué no podía ser feliz si lo había conseguido todo en la vida. Pero Gershwin era un personaje triste, huidizo, solitario, un hombre que optó por la soltería porque solo toleraba la compañía de sus familiares más cercanos, su hermano Ira en particular, con el que escribió las mejores páginas de su carrera. Una sombra gris e insignificante que solo brillaba al escribir o interpretar.
Embraceable You, Let´s Call the Whole Thing Off, Our Love is Here to Stay, They Can´t Take That Away From Me, He Loves and She Loves, I Got Rhythm, My One and Only... cómo alguien que ha producido tanta felicidad puede sentirse tan desgraciado, cómo alguien que ha escrito tanto sobre el amor y el romance puede acabar tan solo en la vida...
En el verano de 1937, mientras vivía en Los Angeles implicado en la producción de una nueva película musical, murió a consecuencia de un fulminante tumor cerebral. Los críticos -tal vez los mismos que antes lo cuestionaban- describían su pérdida como una desgracia para la música y la cultura norteamericana, con solo 38 años y la mitad de una vida y una obra por delante... ¿Te imaginas qué habría sido de la música si hubiera muerto con ochenta?
Ya sé que no es demasiado original subtitular este artículo con el nombre de uno de sus temas más conocidos, soy consciente de ello. Pero no me he podido resistir porque creo que define a la perfección lo que siento al escuchar sus canciones, en especial las que hablan de la euforia del amor, como ésta, una balada tan sencilla como la que bailaban Fred Astaire y Audrey Hepburn en medio de aquel jardín encantado. ¿Te acuerdas? ¿No parecían flotar? Pues así es exactamente como me siento cuando escucho una melodía de Gershwin. S´Wonderful, S´Marvellous...