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jueves, 27 de noviembre de 2014

Qué fue primero?








La visita de la vieja dama

Nunca podrás desprenderte de su fina tela, ni huir del hechizo que te roba la voluntad y la razón. El que te deja maniatado, amordazado, esclavo de su voluntad. Puedes correr, gritar, esconderte... pero no podrás escapar.
Tanto Manuel Puig como Fred Ebb tuvieron que pensar mucho en la muerte al escribir estas palabras, buscando inspiración en algo tan oscuro como la seducción de esa vieja dama que desde las vanitas barrocas siempre fue pintada a la vez bella y horrible. El miedo a la muerte de cada uno se vislumbra entre las letras de la novela y el musical de un modo que estremece. Ya no están ninguno de los dos, y no sabemos cómo las reescribirían si pudieran volver para contarlo.
Argentina cayó en manos del dictador Jorge Rafael Videla en 1976. Algunos años antes un joven escritor homosexual huía de las amenazas de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) en su exilio mexicano. Ese mismo año y lejos de su tierra natal fue publicada una novela que trataba sobre dos presos durante una dictadura militar, El beso de la Mujer Araña.
Manuel Puig ya era conocido por otras obras que se habían ganado el afecto de críticos y lectores (La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas, The Buenos Aires affair) gracias tal vez a su descarnado modo de describir su entorno y las imágenes que lo ayudaban a evadirse del mismo. Un mitómano entregado, un idealista, alguien que se negaba a reconocer la suciedad del mundo real huyendo hacia viejas historias de amor retratadas por el cine en blanco y negro. Curioso parecido con uno de sus mejores personajes, el escaparatista Luis Alberto Molina, encerrado en la cárcel por enamorarse de un chaval.
El activista revolucionario Valentín Arregui ingresa en prisión y tendrá que compartir celda con Molina, agua y aceite, dos caracteres opuestos que no podrán soportarse en un principio pero que se irán acercando cada vez más. La necesidad, el miedo y la soledad conducirán al cariño a dos compañeros de fatigas de las peores, y al amor, uno de esos amores imposibles que abonan la buena literatura.
La pena y el sufrimiento físico del recluso se irá aliviando gracias a las historias que inventa o recrea su nuevo amigo, siempre dispuesto a dejarse llevar por las aventuras de glamurosas heroínas de las películas que viven en su cabeza. Sesión doble, precios populares, visite nuestro ambigú y no deje que los golpes o la humillación consigan apagar el proyector.
Años después de la publicación del célebre texto su autor se mudó a Brasil, donde conoció al director que después adaptaría la novela al cine, Héctor Babenco. Y aunque en un principio Puig no estaba demasiado contento con el concepto (ni le gustaba la elección de William Hurt como Molina ni la de Raul Julia como Arregui) finalmente se alegró del éxito que tuvo la producción, que entre otras cosas dio a conocer su obra en todo el mundo.
Una bellísima y turbadora Sonia Braga hacía el triple papel de la protagonista de la película en la imaginación de Molina (Leni), la novia de Arregui (Marta) y la mujer araña que finalmente arrastra a ambos a la muerte. Una excelente fotografía, un montaje y una banda sonora impecables, pero sobre todo unas interpretaciones inolvidables convirtieron esta cinta en una de las de mayor éxito de 1985. Nominada al Oscar a la mejor película (que ese año ganó Memorias de África), dirección, guión y actor principal, finalmente solo se llevó este último. Si la carrera de William Hurt ya hacía tiempo que había despegado, esta película le dio el impulso definitivo y lo elevó al puesto de uno de los mejores intérpretes de su generación. Y es que el papel lo tenía todo: gay, preso, atormentado, mártir por amor... ¿qué más se puede pedir? Pero es que además lo bordó, hay que reconocerlo,  pese a las reticencias que Puig mostró al principio por su elección.
Al salir del cine, Fred Ebb corrió a llamar a su compañero, el músico John Kander, y le dijo literalmente: Kiss of the Spider Woman! a lo que este último respondió sin dudarlo: Yes! Y así empezaron a fantasear con la estructura de un posible -y complejo- musical. Y es que desde que estrenaron The Rink (1984), la carrera de los autores de Cabaret y Chicago estaba en un momento de receso con el que había que acabar. Y esa historia de amor y muerte tenía todas las posibilidades, así como las perfectas situaciones musicables y la oportunidad de incluir una gran variedad de ritmos latinos desde el tango a la rumba. ¡Es curioso como para los compositores de Broadway desde México hasta la Patagonia todos bailan lo mismo!
Lo primero que hicieron fue ir a ver a Harold Prince, con quien habían trabajado desde una de sus primeras piezas, Flora the Red Menace (1965) y que no tardó un minuto en ponerse al mando de la producción. Contactar con el escritor Terrence McNally para que se encargara del libreto -lo que quiso hacer el mismo Puig pero que finalmente declinó por no sentirse muy cómodo escribiendo en inglés- y empezar a barajar nombres de actores fue el siguiente paso de este largo camino que comenzó en 1989 y acabó con el estreno en el West End en 1992 y un año después en Broadway.
Chita Rivera fue la primera opción -que no la única- para el personaje de Aurora, la femme fatal y la fatal Spider Woman. Y es que lo tenía todo, aparte de fetiche de Kander, Ebb y Fosse, además de ser latina -un factor decisivo en el rol- cantaba, bailaba y actuaba como nadie aún a sus casi sesenta años. Este fue precisamente el único factor que jugaba en contra de la actriz, la edad. Pero sobre el escenario la Rivera podía ser lo que quisiera, y su potencia y magnetismo todavía estaban a años luz del de muchas más jóvenes. Sin ir más lejos, la bellísima Vanessa Williams la reemplazó en el papel pero aunque estuvo muy a la altura de las circunstancias, nunca llegó a igualarla en fuerza, garra y dramatismo sobre el escenario.
Brent Carver como Molina y Anthony Crivello como Valentín completaban el reparto del estreno en Londres en el 92 y en Broadway al año siguiente. Brian Stokes Mitchell y Howard McGillin fueron algunos de los sustitutos de lujo del cast original, así como Maria Conchita Alonso, Carol Lawrence y la citada Vanessa Williams se envolvieron en la tela de araña de la protagonista en siguientes producciones.
El show fue uno de los mayores éxitos de su tiempo, como lo habían sido el libro y la película. Arrasó en los Tonys de 1993 en los que se llevó 7 premios, incluidos los de mejor musical, actor, actriz y partitura. Y los críticos, que con un cúmulo de prejuicios al principio no aprobaron el montaje, se acabaron rindiendo en su mayoría ante una obra tan potente como conmovedora, tan original como clásica.
Y todo gracias a Kander, a Ebb, a Prince, a McNally, a Rivera... pero sobre todo al hombre que un día imaginó esta historia de sacrificio, fantasía, realidad, amor y muerte. Lástima que Manuel Puig sucumbiera a su propia mujer araña cuando el proyecto aún estaba por estrenarse. El 22 de julio de 1990, mientras el primer borrador del show acababa de presentarse en la State University de Nueva York, aún sin la forma definitiva en estructura, escenas o canciones, el escritor moría en un hospital de Cuernavaca con 58 años y toda una obra por delante, porque la vida ya la había vivido y a base de bien.
La crónica oficial hablaba de un ataque al corazón tras una operación de vesícula, las malas lenguas lo incluían en la infinita lista de artistas víctimas del sida. Como si importara. Víctima de la vida, del Proceso de Reorganización Nacional de Videla (¿habráse visto mayor eufemismo?), víctima del amor, del desamor, de la fantasía y de la realidad. Presa de la pegajosa tela de araña que a todos nos acecha, nos atrae, de la que tarde o temprano, queramos o no, no podremos escapar.
       
     












jueves, 13 de noviembre de 2014

Hey Mr. Producer!






Sir Cameron Mackintosh

¿Qué hay que tener para que le nombren a uno "Sir"? Bueno, creo que lo primero es haber nacido en el Reino Unido o al menos gozar de la nacionalidad británica. ¿Qué más? ¿Caerle bien a la reina? ¿Haber alcanzado la excelencia en algo de lo que la susodicha pueda sentirse orgullosa? ¿Haber demostrado lealtad y fidelidad a la corona? ¿Haber producido algunos de los musicales más famosos y longevos de la historia del espectáculo? ¿Eso serviría? ¿Y hará que el hecho de sentirse escocés de corazón y ser abiertamente gay quede en un segundo plano? Seguro que sí.
Cameron Anthony Mackintosh ha hecho casi tanto por el turismo en Inglaterra como el Big Ben. Solo con haber puesto en marcha tres de los shows que más tiempo han permanecido en cartel hasta la fecha (Cats, The Phantom of the Opera, Les Miserables) ya tendría suficiente para entrar con pleno derecho en el círculo de los grandes. Pero ha hecho -y hará- mucho más.
Nacido hace sesenta y ocho años en Enfield, un pueblo cerca de Londres, hijo de una secretaria de producción y un trompetista profesional (de ahí le puede venir la perfecta combinación entre arte y negocio), Cameron Anthony Mackintosh siempre quiso dedicarse al teatro. El no tener demasiadas aptitudes para la interpretación, el canto o la composición lo situó más cerca de las cajas que del público. Así empezó a trabajar como tramoyista siendo aún adolescente, junto a los focos, a los decorados, al telón, pero en el lado opuesto. Y no lo hizo en un teatro cualquiera, no, sino en el Theatre Royal Drury Lane, donde años después él mismo montaría las producciones más costosas de la vieja casa. ¿Estaría ya desde entonces en sus planes?
De recibir órdenes pasó a darlas en muy poco tiempo. Regidor de escena y ayudante de dirección en un par de montajes, comenzó su carrera como productor en 1976 cuando decidió apoyar la primera de las muchas "revues" que se han hecho de Stephen Sondheim (Side by side by Sondheim). Un escenario poco amueblado, un grupo de actores de primera y un florido ramo de lo mejor que había escrito hasta la fecha nuestro venerado compositor le ayudaron a pasar con honores su primer examen como productor teatral. Y el de mejor "nariz" de su tiempo, habiendo probado un olfato infalible para detectar posibles éxitos, como el que rastreó años después con una extraña pieza musical sobre textos de T.S. Eliot, tras haber montado el primer revival de My Fair Lady desde su estreno en 1958.
El libro de poemas Old Possum´s Book of Practical Cats habitaba en la memoria afectiva de muchos niños de su generación, entre ellos el que se convertiría en su colaborador más estrecho -y también Sir- Andrew Lloyd Webber. Pocos habrían apostado por esta extravagante idea, ¿un musical sobre gatos? ¿sin una trama definida? ¿con un basurero como único escenario?
Sin embargo, y en contra de todo pronóstico, Cats se convirtió en el mayor de los acontecimientos teatrales hasta la fecha. Y ese fue también el espaldarazo definitivo de una carrera que apenas acababa de comenzar y que ya quedaba fuera de toda cuestión. Con unos cinco shows Mr. Mackintosh (aún no Sir) llegaba al nivel más alto en su campo a comienzos de los años ochenta.
El siguiente reto fue emprender un musical sobre un clásico de la literatura francesa, la obra de Victor Hugo Los Miserables. Nadie se ha hecho rico sobrestimando el nivel cultural y el gusto del gran público británico o americano, pero él sí. Desde luego la partitura de Schönberg y Boublil o el libreto de Herbert Kretzmer ayudaron mucho a que esta pieza megalómana llegara a ser lo que hoy es, el show más representado en los cinco continentes, además de una de las películas musicales de mayor éxito, también coproducida por él. ¿Insuperable? Tal vez no.
Un año después de sacar adelante esta obra, y cuando aún no era consciente de hasta dónde llegaría su eco, decidió embarcarse en otro proyecto de Lloyd Webber, éste tal vez menos arriesgado pero inmensamente más costoso que los anteriores (Cats y Song and Dance). The Phantom of the Opera (1986) tomaba la novela de Gaston Leroux como punto de partida y daba al compositor el vehículo perfecto para crear la "extravaganza" con la que siempre soñó, además de dar con la fórmula perfecta para fundir ópera y musical, sus dos grandes pasiones. Otro hito incontestable en el género que llegó a superar al anterior con cierta ventaja. Aún en Londres y en Nueva York sigue estando programado desde ese año, record que hasta ahora nadie ha podido batir. Y lo más increíble, ¡casi treinta años después sigue siendo complicado encontrar buenas entradas!
Miss Saigon (1989) culminó su relación de éxitos millonarios y lo acabó convirtiendo en uno de los hombres más ricos de su país. Volver a apostar por una propuesta de Schönberg & Boublil y creer a ciegas en una moderna revisión de Madama Buterfly le reportó no solo beneficios financieros sino que lo reafirmó como el productor modelo, el hombre capaz de unir arte y negocio a -grandes- partes iguales, cosechar las mejores críticas y aferrarse a los teatros durante años y años. Un cuarto de siglo después esta función vuelve a presentarse hoy fresca e impactante como el primer día en una nueva producción que promete eternizarse una vez más.                    
Five guys named Moe, Follies (uno de los mejores revivals de esta pieza de culto), modernas revisiones de Oklahoma! y Carousel... y tal vez la más espléndida reposición de Oliver! que se ha hecho nunca. Tuve la suerte de verla en ese Royal Drury Lane que tan unido está a la vida de ese Midas del teatro y de disfrutar de la grandeza que implica su sello. Y aún no he podido cerrar la boca.
Pero también, como todos, ha conocido la decepción y el fracaso, aunque no demasiadas veces, la verdad. Martin Guerre, The Witches of Eastwick y uno de los mayores fiascos de su tiempo, Moby Dick, fueron algunos de sus proyectos más personales y sin embargo -y a pesar de haber invertido gran parte de las ganancias de anteriores títulos- nunca llegaron a disfrutar de la respuesta del público. Aunque estas horas bajas no se prolongaron demasiado.
En 2001 volvió a acomodarse en la cresta de la ola cuando se puso en marcha el largo proceso de ejecución de otro de sus grandes éxitos, la versión teatral de una de las películas más queridas de siempre, Mary Poppins. Sabemos lo que la autora del cuento original tuvo que pasar hasta dejar que la película saliera a la luz, pero ni imaginamos los esfuerzos que Mackintosh realizó para levantar el pesado telón de la que fue una de las producciones más caras de la historia. Pero lo importante es que este niño grande emperrado con el teatro volvió a salir a flote una vez más, no como la ballena que años antes se le hundió con todo su equipo.
Ahora se encuentra perfilando el posible estreno en el West End de una nueva versión del musical Barnum que hace un par de veranos estrenó en provincias. Una versión sencilla, casi humilde si la comparamos con obras anteriores, pero brillante como la que más, lo que nos demuestra que no todo es dinero en los empeños de este visionario del negocio del espectáculo.
Igual que aquel loco del circo, él también habrá tenido que pelear contra viento y marea, luchado contra adversidades de todas formas y colores y sacrificado el sueño por lograr un sueño que le ha acompañado desde su infancia, desde que pisó por primera vez el escenario de ese viejo y fantasmagórico teatro de Covent Garden.
Por todo ello hoy se le da el tratamiento de "Sir". ¿Te parece poco?