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jueves, 24 de enero de 2019


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Cosas que perdimos

No dejo de recordar la melodía desde que la escuché por primera vez. Entra y sale de mi cabeza a cada rato, sobre todo cuando me despierto, justo antes de levantarme. 
Es curioso cómo la música, incluso sin conocer la letra que la acompaña, nos puede decir tantas cosas. Me acabo de poner a escribir a ver si entiendo el por qué, ahora que aún no ha salido el sol, cuando todavía suenan los acordes en mi imaginación, que luego me meto en faena y se pierde con el ruido de la calle. 

The place where lost things go. ¿Todavía no has visto El regreso de Mary Poppins? 
Yo fui el mismo día de su estreno, el 21 de diciembre, ya lo sé, es que no podía esperar. Alguno que lea esto sabrá algo sobre esa fecha, vamos a pensar que son casualidades de la vida. Se pueden decir mil cosas sobre esta nueva revisión del célebre personaje de P.L. Travers, de hecho se están diciendo, aunque la mayoría bastante buenas.
El reto no era fácil, traer de vuelta a la señora del paraguas y ponerla enfrente de un batallón de nostálgicos con escopeta y lupa cargadas no vaya a ser que dejen en mal lugar a la niñera que regó nuestros sueños allá por los primeros setenta. Pero yo fui sin mi lupa, y me senté en la butaca una tarde que necesitaba que me ayudaran a volar una cometa medio desbaratada.

Igual es que me cogería bajo de defensas, no te digo que no, pero desde el sencillo prólogo en el que ese farolero (perfecto alter ego de aquel querido deshollinador) pasea en bici las calles de Londres alabando su cielo -y sus tejados, y sus chimeneas, y sus cúpulas-, ya me tenían esclavo de lo que quisieran contarme en las dos horas siguientes. Bajo el precioso cielo de Londres enlaza con una fanfarria de bombos y platillos como las de antes, una obertura gloriosa que abre las cortinas a una catarsis infantil de la que, a poco que te dejes hacer, no puedes escapar. 

Y aparecen las letras Walt Disney Presents… y hasta el tipo de caligrafía elegida evoca los tiempos en los que el comienzo de otra película representaba de verdad el comienzo de otra vida, una nueva que nos prestaban durante un rato. Y van apareciendo los nombres de los actores entre una sucesión de acuarelas que anticipan las mil y una aventuras que están por venir. Qué bien que una película empiece con sus títulos de crédito como dios manda, y en ésta es como si el director quisiera presumir del grupo de genios que ha sido capaz de juntar. Proudly presents… 

Por muchos efectos y colorines que nos regale esta nueva Mary Poppins, los problemas reales sobresalen. Una familia en apuros (punto de partida de tantas comedias clásicas), una vieja propiedad a punto de ser embargada -la casa del Paseo del Cerezo, que fue también nuestra casa mucho tiempo atrás-, un padre sin los recursos ni el ánimo suficientes para salvar el legado de sus mayores, una hermana que lucha por los derechos de los trabajadores en días tumultuosos y tres niños corriendo sobre un césped que no deberían pisar. La casa necesita un fontanero con urgencia al igual que nosotros, los que vimos la película del 64, vamos precisando alguna ayudita para no caer en las redes de la jodida mediana edad. Han pasado más de cincuenta años y las cañerías lo atestiguan. 

Y un desván donde hay que buscar entre mil trastos olvidados. Un lugar en penumbra al que van todas las cosas que perdimos. Un balón deshinchado, un fuerte de indios apaches, un calcetín desparejado, un paraguas casi nuevo, el álbum de cromos, la foto que nunca más volvimos a ver, el libro que prestamos y no nos devolvieron, mi sudadera favorita, la caja con sellos antiguos… En el trastero del recuerdo se va amontonando todo aquello que estaba y ya no está, algo de pelo, algo de vergüenza, la tersura en la piel, los amigos que se fueron, el padre, la madre -por éste u otro orden-, la ilusión y la inocencia junto a una vieja cometa llena de remiendos como los que parchean nuestra memoria.

¿Cómo una canción tan pequeña puede hablar de algo tan grande? No hay duda de que al autor, igual que al director, también los llevaron a ver aquella otra película siendo niños, cuando todavía no habían perdido casi nada en sus tempranas vidas, cuando los desvanes aún estaban medio vacíos. Los llevarían de la mano, como a mí, no sé quién, quizá mi  hermano mayor… Tal vez a un cine de verano, casi no puedo recordarlo porque debía tener no más de seis o siete años, pero creo que no había techo, sino estrellas, y seguramente me quedaría dormido, confundiendo sueño y fantasía, luchando por abrir los ojos para llenarlos de deshollinadores y pingüinos bailarines. Seguro y confiado de que al acabar nos iríamos todos a dormir a nuestra casa en nuestro Paseo del Cerezo particular.

No hay duda de que ellos, igual que Jane y Michael Banks –y que la autora de las novelas sobre la niñera voladora- también se han hartado de probar la píldora de la vida sin un poco de azúcar, de lo contrario no nos habrían contado un cuento tan lleno de nostalgia como éste. Y no habrían inventado una canción como la que nos puso la mirada en remojo mientras Mary Poppins, dejando la fantasía a un lado, consuela al pequeño Georgie explicándole algo que todos nos hemos repetido alguna que otra vez, pero que casi nunca llegamos a creerlo de verdad, que las cosas que amamos no desaparecen, que sencillamente cambian de sitio. 

De todos los momentos mágicos que nos regala este filme, los maravillosos números musicales y las acrobáticas coreografías así como los espectaculares efectos de imagen y sonido, lo que subyace hoy en mi recuerdo –y sigue sonando en mis oídos un mes después de verla- es una escena así de sencilla, una niñera cantando una nana a tres niños que no pueden dormirse, demasiado excitados por las aventuras que acaban de vivir, tristes también al sentir el peso de la ausencia de un ser querido. Y no hace uso de palabras supercalifragilísticas… o tal vez sí, porque son mágicas de verdad, las que llevan consuelo a los que están a un lado y a otro de la pantalla. 
          
Un globo de gas con suficiente fuerza como para elevarte al cielo. No hay mejor definición de la fantasía, ni mejor final para una película como ésta. Podrás hablarme de cien defectos que tenga –sobre todo si te has llevado tu lupa de adulto al cine- y probablemente tendrás razón en muchos, pero a mí me devolvió aquella tarde algo que en realidad nunca he perdido, la ilusión, y no hay Brantleys ni Boyeros que puedan con eso. Ni Oscars ni Globos de Oro –esos pesan demasiado, no te hacen volar- que premien algo que no tiene precio. Moraleja: no olvides nunca en el desván de las cosas perdidas el niño que llevas dentro, ni la capacidad de asombro, ni la valentía para seguir tirando de la vieja cometa por muy fuerte que pueda soplar el viento. Y está siempre atento, las cosas que crees perdidas pueden estar más cerca de lo que parecen. 








miércoles, 21 de diciembre de 2016

Play it again




Meet me in St Louis

Si me pierdo que me busquen en Saint Louis. Si no me encuentran estos días será que me habré escapado a un lugar que no está en los mapas, un rincón al que solo se accede por las rendijas de la memoria. Si no me ves búscame en mi pueblo una noche de diciembre de hace mil años, esa noche en la que todo era perfecto. Cada cosa en su sitio, todos y cada uno. La madre, el padre, la abuela, los hermanos, el perro ladrando en el patio, todos cerca. Los amigos esperando en aquella esquina, los de siempre y los que estaban por llegar. Panderetas y guitarras, triángulos y cajas chinas, un cántaro sonando a calderilla. El humo de las castañas asadas y la neblina de una noche fría que aún me sigue templando el alma.

No estoy seguro de si eso es lo que viene a significar el título de esta mítico filme. Cita en San Luis se llamó aquí, pero es que aquí siempre llamamos a las cosas como nos da la real gana. Meet me in St. Louis (Vincente Minnelli, 1944) es una vieja película que trata sobre una familia a punto de abandonar el lugar que siempre les mantuvo unidos. La historia de todos nosotros al fin y al cabo, pero en technicolor y con maravillosos números musicales. Una producción más del arresto domiciliario que la Metro tenía sobre la pobre Judy Garland, que una vez más hacía de adolescente cuando en su interior ya era una vieja de ochenta años. La película que cruzó los caminos del director y la estrella que poco después se casarían buscando ser rescatados de sus turbulentas vidas.

La inocente y naif historia que cuenta viene aliñada con unas cuantas canciones inolvidables (The boy next door, The trolley song...) entre las que se coló una pequeña canción navideña que con el paso del tiempo se ha convertido en una de las más populares de la historia. Have yourself a merry little christmas, una de esas canciones que no entran en el guión ni con calzador pero que no importa, están donde tienen que estar. Ralph Blaine y Hugh Martin escribieron música y letra respectivamente, como del resto de los temas del filme, aunque las palabras cambiaron con respecto a la versión final. La historia de siempre, el autor compone unos versos traídos de su imaginación e hilados perfectamente con la trama, pero el estudio encuentra la idea poco adecuada o comercial. Y es que en realidad esta canción venía a decir algo así como "disfruta de esta navidad que puede ser la última de tu vida". ¿Te imaginas? ¿La hermana mayor consolando a la pequeña diciéndole que no se aflija porque las cosas vayan mal porque aún pueden ir a peor? En absoluto, el Hollywood de entonces se alejaba del pesimismo como del cólera y ni el director, ni el productor, ni la actriz admitirían una letra en la que se le soltaba a una niña de siete años que podría sufrir o morir, ya ves, como si no fuera cierto.

En fin, que se decidió borrar todo rastro de fatalidad de esta encantadora melodía y darle un toque más universal, más navideño, con el mensaje que de que no hay problema ni preocupación tan grande que no pueda disipar una nochebuena como dios manda. From now on our troubles will be out of sight... Y de esta manera la cancioncilla llegó a ser un éxito aún mayor que la propia película, que ya lo fue y de los grandes. En plena guerra mundial los soldados americanos la escuchaban con lágrimas en los ojos, añorando el calor del hogar y soñando con que la navidad siguiente fuera algo mejor. Y no sabemos si lo fue o no, pero la balada aún seguía sonando en la radio y no ha dejado de hacerlo hasta la actualidad.

No hay un crooner que no la haya grabado desde que lo hiciera Frank Sinatra allá por los años cincuenta, a petición del cual volvieron a introducir cambios en la letra. Mel Torme, Tonny Bennett, Harry Connick Jr, Michael Buble, Luther Vandross, Sam Smith, Luis Miguel, James Taylor, Bob Dylan...
Ella Fitzgerald, Doris Day, Barbra Streisand, Liza Minnelli, Diana Krall, Cristina Aguilera, Natalie Cole, Mariah Carey... Cada navidad desde 1944, hace ya la friolera -nunca mejor dicho- de setenta años de versiones buscando sacar lo mejor de esta preciosa pero humilde canción que más que un villancico parece una nana. Y como nana se la cantaba Judy Garland a Margaret O´Brien para consolarla y hacer que se volviera a dormir. From now on our troubles will be miles away... 

Esta es la mejor de todas las versiones, no hay discusión, y no porque el original sea siempre mejor, sino porque todo lo que hacía esta diva atormentada de labios rojo technicolor era sencillamente insuperable. Así le fue, pobre, nunca capaz de poner la vida a la altura del arte.

En 1989 la película de Minnelli fue llevada a las tablas de Broadway convertida en un fastuoso musical con el mismo nombre. El Gershwin Theatre fue el escenario de esta costosa producción que añadía algunos cambios al guión y algunas canciones nuevas, aunque conservaba las del filme, por supuesto la que hoy nos ocupa. George Hearn, Betty Garrett y Milo O´Shea estaban en el reparto junto a Donna Kane que hacía el papel de la Garland y cantaba este tema casi tan bien como ella. Espectaculares coreografías, decorados y vestuario para una función pensada especialmente para los más nostálgicos.

Y ya que hablamos de nostalgia, permitidme que os dedique hoy esta sencilla melodía que sonará una y otra vez (y otra, y otra...) pero que al menos a mí siempre me emociona como la primera vez. Con mi deseo de que compréis billete de ida y vuelta a ese Saint Louis que en realidad nunca llegamos a abandonar del todo.

¡Feliz navidad!  

    


 









domingo, 7 de agosto de 2016

Play it again




Fifty percent

¿El cincuenta por ciento? ¿Es todo lo que me puedes dar? ¿Sólo unas migajas? ¿Las sobras de lo que has gastado en tu esposa, tus hijos, tu trabajo, tus compromisos...?
Y lo más gracioso es que me conformo con eso.

No plancho sus camisas, no coso sus botones, no llevo su apellido, ni su anillo puesto. ¿Hemos oído estas palabras en alguna otra canción? Yo soy la otra la otra, y a nada tengo derecho, porque no llevo un anillo con una fecha por dentro. Cuando supe que existía usted señora, ya mi mundo era solo él, señora... 

Los cuernos deben ser algo universal, me temo, y lo mismo frecuentan la copla española que el musical de Broadway, que por cierto, están mucho más cerca de lo que pensamos. Me pondré la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado. Quizás Lorca también supo lo que dolía esa corona clavada en las sienes, lo que costaba vivir con sólo ese cincuenta por ciento... 

Ballroom es un musical estrenado en 1978. Un pequeño y precioso musical compuesto por Billy Goldenberg, con letras de Alan y Marilyn Bergman, libreto de Jerome Kass y coreografías de Michael Bennett. Una sencilla pieza basada en el telefilme Queen of the Stardust Ballroom que cuenta la historia de Bea Asher, una viuda que decide que es hora de volver a vivir, de volver a bailar, y que en un decadente salón de baile por fin encuentra la oportunidad de hacerlo. Allí es donde conoce al hombre que le roba el corazón y que, casualmente, pertenece a otra. El hombre que sólo le podrá conceder la mitad de su tiempo, o incluso menos.

Entre los valses, chachachás o foxtrots que suenan en esta obra, se encuentra una joya indiscutible del género. Una de esas baladas creadas a conciencia para dar lucimiento a una actriz y una cantante (al cincuenta por ciento), la pieza por la que cualquier intérprete de cierta edad mataría, una oportunidad de arrancar lágrimas y aplausos en el preciso instante en que la función enfila su final y se acerca el desenlace. "The eleven o´clock number" lo llaman en Broadway, ese número que llega aproximadamente a esa hora y que pone los puntos sobre las íes en lo que a trama y a emoción se refiere.

La agraciada con este personaje y esta canción fue la gran Dorothy Loudon, a la que le llegó en el momento adecuado, un año después de haber triunfado con la legendaria Miss Hannigan en Annie. Justo en ese punto en que toda actriz madura necesita de un empujón o se pierde en el olvido haciendo para siempre, y eso con suerte, de madre o abuela del protagonista. Y así le sucedió a esta actriz de Boston equipada a la perfección para la comedia más ligera y el drama más amargo. Muy pronto Fifty percent quedo unida a su voz como Memory se unió a la de Betty Buckley o People a la de Barbra Streisand. Palabras y música atadas a sus nombres igual que sus propios apellidos.

Palabras de Alan y Marilyn Bergman, precisas y justas, ni una coma sobra. Sin figuras retóricas ni efectos superfluos, prestas al servicio de los sentimientos de esta mujer que creía haber tocado la felicidad justo cuando se le rompe entre sus manos. Una letra que comienza como una queja, un lamento -Though I may hold him all through the night, he may not be here when the morning comes- y que arrastrada por el crescendo de la música -preciosa y sencilla- de Goldenberg nos lleva hasta la declaración de principios que significa la estrofa final. I´d rather have fifty percent of him, or any percent of him, than all of anybody else at all. El valor que hay que reunir para decir eso...

Esta rotunda y humilde canción ha sido interpretada por grandes como Elaine Stritch, Helen Reddy, Bea Arthur, Claiborne Cary o Carolee Carmelo, entre otras muchas que abordan el repertorio clásico de Broadway. Y era una de las pocas que jamás había grabado la diva entre las divas, Barbra Streisand, cosa que ahora remedia en el disco que está a punto de salir Encore, movie partners sing Boadway, en el que colabora con actores de la talla de Alec Baldwin, Anne Hathaway, Hugh Jackman o Antonio Banderas recuperando un puñado de temas inolvidables y otros medio olvidados.
Éste no lo comparte con nadie, no. Éste se queda para ella solita y lo ofrece al final del álbum, como regalo de la edición de lujo.    

Y yo os lo regalo hoy como despedida de la sexta temporada de Stage Door. Seis años ya...
Con mi deseo de que paséis un felicísimo verano y unas maravillosas vacaciones -que el que escribe está a punto de emprender- y que disfrutéis al cien por cien de la música, de la poesía y de la vida. Que no nos conformemos con la mitad de nada, a no ser, claro, que se produzca el milagro de que merezca más la pena que el todo.

Nos vemos en septiembre!


 









miércoles, 13 de julio de 2016

Another opening, another show! (Una historia de Broadway 13)



The sixties (Let the sunshine in)

Facing a dying nation of moving paper fantasy...


A pesar de que la industria del espectáculo parecía no querer enterarse, el mundo estaba cambiando por momentos. Guerras hubo siempre, injusticia, racismo, hambre, desigualdad, intolerancia... la diferencia está en que ahora la gente iba a decir algo al respecto.

La década en la que el hombre llegó a la luna, la Guerra Fría estaba en plena efervescencia, y tanto la Primavera de Praga como el Mayo francés mostraban el irrefrenable impulso de clamar por la libertad de los pueblos. El desarrollismo capitalista continuaba en alza mientras una buena parte de la sociedad americana empezaba a ser consciente del precio que el mundo estaba pagando por mantener el "american way of life". La Guerra de Vietnam hablaba de ello, y las manifestaciones, y las detenciones, y la división de una buena parte del país ante un conflicto cada vez más insostenible. 
En los sesenta mataron a balazos a Martin Luther King y a Malcolm X por querer hacer de América lo que aún hoy no ha podido llegar a ser. Y a John F. Kennedy, y a su hermano Robert. En la tierra de las libertades limpiaban la sangre de sus mártires con coches de lujo, casas de lujo, electrodomésticos de lujo y una idea del confort diseñada especialmente para adormecer a sus cachorros. 

Y el cine, y la televisión, y el teatro. No es nuevo el impulso escapista de este pueblo, que siempre plantó cara a la desdicha olvidándose de ella durante las dos horas que dura una película o los tres minutos que tarda en acabar una canción de moda. 

Golden Boy, Do I hear a Waltz?, Half a sixpence, On a clear day you can see forever, The apple tree, I do, I do!... Y dos piezas maestras sin las que no se podría entender el teatro musical americano, Sweet Charity y Mame, Cy Coleman y Jerry Herman estrenando sus mejores joyas con sólo unos meses de diferencia. Tiempos aquellos...  


Los alegres diseños de los carteles, los vivos colores que lucían las marquesinas de Times Square ahuyentaban el fario de los negros titulares de los periódicos. Y a unos pocos metros de distancia, las putas y sus chulos se congregaban a las puertas de las Salas X de la calle 42. Eran los sesenta, y los setenta, luego llegó la Disney y lo compró todo. 

La mayoría de los títulos que se estrenaron a mediados de la década nos hablan de un público ávido de entretenimiento amable y sin complicaciones. Pero también denotan un cierto menosprecio por parte de la industria del espectáculo, aunque algunos productores no tardarían en darse cuenta de lo rentable que podía ser otro tipo de productos más comprometidos con la realidad del momento.

Harold Prince es buen ejemplo de ello, el mejor. A pesar de haber tocado la gloria con propuestas tan comerciales como Damn Yankees, A funny thing happened on the way to the forum o She loves me, su buen olfato lo fue acercando cada vez más hacia asuntos menos complacientes. Desde que cayó en sus manos la novela de Isherwood Adiós a Berlín (1939) y tras un intenso viaje a dicha ciudad, la idea de montar un show sobre los excesos y las penurias de la Alemania de justo antes del ascenso nazi no se le iba de la cabeza. Y así fue como, contando con el apoyo del dramaturgo Joe Masteroff (con quien acababa de colaborar en She loves me) y los autores John Kander y Fred Ebb, nació el que puede considerarse uno de los... cinco? musicales más importantes de la historia. 

Cabaret fue estrenado en 1966 en el Broadhurst Theatre dejando a la audiencia con la boca literalmente abierta. Muchos no sabían bien lo que habían visto, otros ni lo querían saber. ¿Un show en clave de vodevil cargado de sátira, política, violencia y ambigüedad sexual? La propuesta no dejaba de ser arriesgada, pero la solidez con la que se presentó en cuanto a dramaturgia, canciones, coreografía y esa rara pero equilibrada combinación entre comedia burlona y tragedia descarnada... Podría haber fracasado, nadie lo duda, pero fue un éxito arrollador. Y aún lo es.

Un año más tarde se empezaba a hablar de un montaje que estaban representando en un nightclub entre la 53 y Broadway. Cada noche la cola para entrar en The Chitah -como se llamaba el popular tugurio- se hacía más y más larga, porque dentro estaba ocurriendo algo excepcional que nadie quería perderse. Algo que estaba a punto de cambiar la idea que los americanos tenían de lo que era un show al uso. Se trataba del primer musical hippy de la historia, el primero formado íntegramente con música rock (después vendrían The rocky horror show, Tommy, Rent...).

Hair, the american tribal love/rock musical, que es su nombre completo, pronto pasó a ocupar un teatro en el off Broadway y poco después, ya en 1968, se estrenó oficialmente en en Biltmore de Broadway en el que se hicieron 1.750 funciones. Si añadimos a ello su exitoso estreno en Londres y la realización de la película de Milos Forman en 1979 -y todas las representaciones que se han sucedido en múltiples lugares del planeta- podemos afirmar que Hair, más que un fenómeno teatral o musical, fue un fenómeno social estrechamente unido al momento en que se creó y a lo que estaba ocurriendo en el mundo en aquellos años. 

¿Qué fue exactamente lo que convirtió un producto tan atípico en una obra de culto desde el momento de su estreno? ¿Su mensaje? ¿Su frescura? ¿Los excelentes temas perfectamente sincronizados con la trama? ¿O tal vez que Hair decía con sketches y canciones lo que una gran parte de la sociedad americana quería decir y no se atrevía? Era el momento de encarar "una nación moribunda harta de vivir en una fantasía de papel", como dice uno de los temas principales del show. Era el momento perfecto para sacar las pancartas de la calle y meterlas en los teatros, pero los del mainstream, esos que son frecuentados por señoras con bolsos y maridos caros. Ante ellos los grafitis de Love & Peace, especialmente si eran portados por una banda de melenudos en pelotas, tenían infinitamente más poder. 

O tal vez fue simplemente que la luna se situó en la séptima casa mientras Júpiter se estaba alineando con Marte... vete a saber.           

          

           















miércoles, 8 de junio de 2016

Standing ovation




Here comes the Tonys!

Junio. San Juan, San Luis, vacaciones para los maestros, sombrillas en la playa, premios en Broadway.

Marie Antoinette Perry quiso ser actriz. A pesar de no estar bien visto en la alta sociedad de la época (1888-1946), no podía ignorar que por sus venas corría sangre de escenario, la de sus tíos, ambos "cómicos de la legua", touring actors, gypsies... como se conocen por allí. De hecho pronto tuvo que sufrir las habladurías del vecindario al decidir aceptar su primer papel en una obra de importancia, Music Master, con sólo dieciocho años. Era su pasión y, a razón de las buenas críticas que obtuvo, se puede decir que tenía talento de sobra para el oficio. Pero -cosas de la vida y de los tiempos- un afamado hombre de negocios de Denver la retiró de la farándula al hacerla su esposa y madre de sus hijos. El sueño de Marie Antoinette, como el de tantas otras, tuvo que ser aparcado.

Fueron precisamente dos de sus hijas, Elaine y Margaret, las que heredaron su amor por el mundo del espectáculo convirtiéndose en productoras y directoras de teatro. Andamos por los años veinte, así que es fácil imaginar que estamos hablando de mujeres con agallas, unas auténticas pioneras ¿o no?
En cuanto su esposo pasó a mejor vida, Tony -como se la conocía entre sus íntimos- decidió volver a al teatro y no sólo a interpretar, sino a dirigir y producir obras, formando un equipo familiar de faranduleros.

Pero lo que la llevó a ser tan popular fue su labor como fundadora -y muchos años presidenta- del American Theater Wing, primera y mayor institución dedicada a salvaguardar la excelencia del teatro en Estados Unidos. Al estar implicada personalmente en cada empeño relacionado con el mundo del espectáculo, su repentina muerte -un ataque al corazón en medio de la producción de un nuevo montaje- fue realmente sentida en todo el país, especialmente, claro, en Broadway. Y fue al año siguiente cuando se llevó a la práctica un proyecto que ella misma había emprendido tiempo atrás, la creación de unos premios anuales que reconocieran a los profesionales del teatro, tanto dramático como musical. Así que estaba claro el nombre ¿no?  The Antoinette Perry Awards... que pronto fue acortado en un cariñoso y mucho más cercano "Tony". Hoy son considerados los oscars del teatro...

¿Oscar? ¿Pero quién demonios era Oscar?

Desde 1947 han sido merecedores de este galardón actores, directores, productores, autores, compositores, escenógrafos, coreógrafos... de la talla de Ingrid Bergman, Kurt Weill, Arthur Miller, Cole Porter, Helen Hayes, Henry Fonda, Ethel Merman, Audrey Hepburn, Elia Kazan, Anne Bancroft, Harold Pinter, Richard Rodgers, Julie Andrews, Neil Simon, Cecil Beaton, Stephen Sondheim, Arthur Laurents, John Gielgud, Jerry Herman, Vanessa Redgrave, Jerome Robbins, Bob Fosse, Liza Minnelli, Harold Prince, John Kander, Fred Ebb, Lauren Bacall, Richard Burton, Angela Lansbury, Mike Nichols, Barbra Streisand, Ian McKellen, Al Pacino, Andrew Lloyd Webber, Mel Brooks, Cameron Mackintosh, Glenn Close, Nathan Lane, Bernadette Peters, Patti LuPone, Hugh Jackman... y uff!! para qué seguir...

El próximo domingo día 12 se celebra la gala de entrega de los premios de este año. La número 70, una ocasión especial, sin duda. Bright Star, School of Rock, Waitress, Shuffle Along y... Hamilton. Si en ediciones anteriores ha habido alguna sombra de duda o suspense, este año no la hay. La epopeya americana a golpe de rap concebida e interpretada por Lin-Manuel Miranda se va a llevar los 16 premios a los que está nominada, y si no la mayoría de éstos. Hará historia, nunca mejor dicho.

The color purple, Fiddler on the roof, She loves me y Spring awakening compiten por el galardón al mejor revival de la temporada. Y ahí sí que la cosa estará algo más reñida. Yo creo que irá para la primera, pero ¿quién sabe?

Danny Burnstein, Michelle Williams, Laura Benanti, Christopher Fitzgerald, Jessica Lange, Jane Krakowski, Jonathan Groff, Andrea Martin, Lupita Nyong´o, Jessie Mueller, Cynthia Erivo, Jeff Daniels y Gabriel Byrne están entre los actores y actrices nominados, tanto en categoría de drama como de musical. Y entre los premios honoríficos destacan Sheldon Harnick, letrista de Fiddler on the roof entre otras joyas del género (que si dios quiere subirá a recoger el trofeo con 92 añitos cumplidos), y Brian Stockes Mitchell que recibirá el Isabelle Stevenson award, un premio con el que se honra la labor humanitaria de un miembro destacado de la comunidad de Broadway.

Este año el presentador será el actor británico James Corden. Lo conoces. Lo has visto haciendo del panadero en la película Into the Woods. Actúa, canta, baila, entretiene, vamos, el perfecto "host" para una gala que deja en pañales, en cuanto a ritmo y excelencia, a toda la ristra de galas de premios que en el mundo han sido y serán.  

No te animes porque aquí no la dan. La ceremonia me refiero. Y solían retransmitirla en diferido hace mucho tiempo, cuando yo era aún un chaval y no me sabía ni la mitad de los nombres de actores y musicales que me sé ahora, y aún disfrutaba de lo lindo. Y aún lo recuerdo como algo verdaderamente especial, una de las razones por las que amo, adoro el teatro musical. Pero no te preocupes, algún buen corazón colgará pronto la ceremonia completa en youtube, y espero con buena calidad. Así que la veremos y comentaremos.  

Mientras tanto os dejo con algunos momentos de oro de ceremonias pasadas. Especialmente los "opening numbers" que hacen que el público se levante por primera vez en la noche aplaudiendo y gritando mucho, que es lo que hacemos cuando algo nos hace vibrar de emoción, lo que hacemos para agradecer tanto trabajo, tanto esfuerzo, tanto talento junto. Por eso esta semana la Standing Ovation no va para un musical en concreto, sino para todos los que se comprimen en estos increíbles números que nos ponen toda la miel en los labios y toda la piel de gallina, y nos hacen volar hasta la otra acera del Atlántico con la imaginación.    

Y para Marie Antoinette Perry, por supuesto, una ovación en pie para esta mujer con agallas que quiso ser una actriz de las grandes y no la dejaron.





















sábado, 14 de mayo de 2016

TKTS




Five weeks only!

Ojalá hubieran sido cinco semanas en Londres, pero no. Los rigores del trabajo y las obligaciones -por no hablar del vil metal- sólo nos permitieron pasar escasamente cinco días en la gran ciudad. Aunque los que me conocen saben el jugo que puedo sacarle yo a un puente en un lugar donde en cada esquina haya un teatro. Mira qué problema!

Lo que ha durado sólo cinco semanas en cartel ha sido, como muchos ya sabéis, el primer revival de Sunset Boulevard en la capital británica desde que se estrenó allá por 1993. Para ser exactos se hizo una versión adaptada a un formato más sencillo -pero no menos interesante según los que la vieron- en 2008. Pero lo que nos han ofrecido ahora ha sido un capricho del autor que nunca pudo ver a la que se puede considerar "su mejor Norma" actuando en la ciudad en la que se estrenó una de sus obras cumbres. Por eso, y ante la dificultad de programar el show original, se emprendió este proyecto en colaboración con la English National Opera en el vetusto Teatro Coliseum, en pleno corazón del West End, a un tiro de piedra de Leicester Square.

Eso y no otra cosa es lo que nos ha llevado a liarnos la manta a la cabeza y correr a comprar las mejores entradas que pudimos conseguir, el vuelo más arregladito y el mejor apartamento disponible (Islington, metro Angel, zona más que recomendable) para echar unos días de puesta a punto en el país donde jamás se habría anunciado un Man of la Mancha conmemorativo del cuarto centenario de la muerte del autor para poco después cancelarlo. ¿Me estoy desviando del tema, no? Sorry!  

Y claro, poyaque poyaque... De camino nos colamos en unos cuantos locales más para disfrutar de otras chucherías que la ciudad ofrece. En esa joyita modernista que es el Savoy se aloja la primera reposición de Funny Girl desde que Barbra Streisand lo estrenara en 1966 en el Prince of Wales. Transferido desde el mítico salón de la Menier Chocolate Factory -donde según me cuentan no cabían ni la escenografía ni las coreografías- la versión musical de la vida de la legendaria cómica Fanny Bryce ha sido uno de los grandes acontecimientos de la temporada londinense. Y todo gracias a la Fanny -funny- Sheridan Smith. Bueno, y a unas orquestaciones magníficas y a un buen puñado de excelentes secundarios, a la inolvidable música de Jule Styne y las hermosas letras de Bob Merril y el libreto de Isobel Lennart.
Una de las razones por las que nadie se ha lanzado antes a montar este revival es el miedo a las inevitables comparaciones con la diva que hizo de esta pieza su firma y de sus temas los standards que siempre aparecen en sus conciertos, People, Don´t rain on my parade... ¿Quién se atreve con esto? Este es el reto con el que ha tenido que lidiar una actriz de tamaño limitado pero de inteligencia infinita llamada Sheridan Smith (muy popular por sus intervenciones en programas de la televisión inglesa y muy premiada por su Legaly Blonde de hace ya unos añitos). Seguramente aconsejada por productores y directores, la Smith agarra este personaje por los flancos de la Bryce, y no de la Streisand, componiendo una actuación que se nos ofrece nueva, original y fresca. Y sobre todo, sin permitirnos establecer absurdas comparaciones que sólo serían un obstáculo para disfrutar de un show más que digno. Ella se escora mucho más por el clown, por la cómica desternillante que fue una de las mujeres de más éxito del espectáculo americano en los años veinte. Y nos hace reír, y sonreír, y encima nos pone a llorar a gusto cuando ella misma - en un registro que va cambiando con buen pulso y saber- no puede reprimir las lágrimas al cantar temas tan emocionantes como ese The music that makes me dance que te parte el corazón en trocitos. Lástima que la producción -bastante más humilde en decorados y vestuario de lo que este show requiere- no esté al nivel de la intérprete, de todos los intérpretes, pero especialmenbte de esta funny, funny girl que debería hacer pronto las maletas para estrenar en Broadway como este clásico merece, a lo grande.

También tuvimos la suerte de pillar un show que viene del señero festival de Chichester del año pasado, Guys & Dolls. Y aunque ya no estaban los actores de la producción original (Jamie Parker, Sophie Tompson o David Haig) la función sigue siendo más que recomendable. Colorista, divertida, canalla, esta fábula de Damon Runyon con música de Frank Loesser (una de las mejores partituras de teatro de siempre) merece, al igual que apuntábamos con Funny Girl, una puesta en escena más ambiciosa, pero aún distando mucho de ser la versión definitiva de este clasicazo, funciona como un perfecto entretenimiento con momentos realmente espléndidos, principalmente protagonizados por los secundarios del cast (a destacar ese Nicely-Nicely Johnson interpretado por Gavin Spokes), como el Sit down you´re rockin´the boat que pone al público literalmente en pie. Muy buena la pareja Nathan/Adelaide y gran química entre la chispeante Samantha Spiro y el conocido secundario de Hollywood Richard Kind (genial su Sue me, otro de los showstoppers de la función). Más flojito - y con menos "chemistry" el dúo del jugador Sky y la puritana hermana Sarah, quizás uno de los escollos principales de esta versión, aunque por lo demás el show te hace pasar un rato estupendo, al menos al que escribe.

Desde que se estrenó allá por 2013 siempre he mostrado reticencias ante Charlie and the Chocolate Factory, principalmente por que adoro la partitura original de Leslie Bricusse y me decepcionó saber que sólo introducirían uno de sus temas, el famoso Pure Imagination. Pero los prejuicios están para saltárselos, y cuando por fin lo consigues puedes disfrutar de muchas más cosas en la vida, como por ejemplo de este magnífico espectáculo. Una historia fantástica -además de fantasmagórica- de Roald Dahl perfecta para convertirse en musical (además de en las dos películas que ya hicieron Mel Stuart en 1971 y Tim Burton en 2005) y un teatro perfecto, grandioso, como el Royal Drury Lane para albergar una producción de lujo a la que la música de Mark Shaiman le va, tengo que reconocerlo, como anillo al dedo. Como es natural, la idea se acerca mucho más al concepto burtoniano, así como Willy Wonka está mucho más cerca de Johnny Depp que de Gene Wilder, pero sabiendo eso ya te puedes relajar y disfrutar, algo que yo conseguí justo desde el momento en que el adorable Noah Crump comienza a cantar el primer tema sel show, Almost nearly perfect. Mira qué es fácil que un niño actor de musicales sea cursi o repelente, pues nada más lejos de este chaval que se lleva los aplausos más estruendosos en una producción más que generosa en actores, bailarines, colorido, vestuario y sobre todo, escenografía. Charlie and the chocolate... almost nearly perfect!! Gracias a quien me hizo este bonito regalo de reyes, una vez más ha logrado sacar a pasear al niño que hay en mí.

Aunque no quiero alargarme mucho más- y esto me va a costar, lo sé- quiero terminar esta crónica hablando de una diva, de dos, mejor dicho. Y aviso que nunca he sido breve hablando de divas... jejeje. Norma Desmond, Glenn Close. La primera, uno de los mejores personajes escritos para la pantalla, la segunda, una de las mejores actrices de su generación, de muchas generaciones. ¿Sabes que hace mucho la Close ya hizo de diva del cine mudo enloquecida ante el olvido del sonoro? Era la película Maxie, donde era un fantasma que se aparecía en la casa que una pareja acababa de comprar. Con Mandy Patinkin de prota, ¿no te acuerdas?
Desconozco si esto influyó en la decisión de Sir Andrew Lloyd Webber de elegirla para estrenar su obra maestra Sunset Boulevard en Estados Unidos, primero en Los Angeles y luego en Nueva York. Pero en cualquier caso está claro que acertó.
Como ha vuelto a acertar encargando esta nueva versión veintitrés años después contando en esta ocasión con la impagable colaboración de la orquesta de la ENO. Un merecido homenaje a una pieza que no se repone con frecuencia por lo carísimo que cuesta, en tiempos en los que el "minimal" y el show de pequeño formato son la mejor -y a veces la más cobarde- opción.
Pero ésta no es una "pequeña función" en ningún sentido, ya que lo que ha logrado el director Lonny Price ha sido algo grande, un diseño de producción adaptado a una gran orquesta sobre el escenario pero sin desdeñar ninguno de los elementos escénicos que ayudan a la narración de esta maravillosa historia de olvido, amor y muerte.
Pero aparte de la acertadísima puesta en escena en la que no faltan piezas del vestuario original o elementos de atrezzo como el cochazo de la actriz o el famoso rótulo de la Paramount, la cuestión toma verdadera fuerza al abordar los que sin duda son los platos fuertes del banquete, la música y la interpretación. Disfrutar de la mejor partitura de Webber como si de una sinfonía se tratara... apreciar cada uno de los matices en que reparas cuando escuchas el disco pero que no suelen corresponderse con las orquestaciones en el foso... Los vellos de punta desde que comienza esa grave marea de cuerda con la que arranca el show, o el apoteósico entr´acte que nos empuja hasta el inevitable final de la historia... Y además sin hacer alardes de ningún tipo, ciñéndose con reverencia a lo que está escrito, sin tratar de convertir la función en un concierto que apagara el verdadero protagonismo de los actores y el relato.
Los actores... excelente coro, excelentes secundarios, un Max tal vez algo envarado (Fred Johanson) pero con una potente voz de bajo, una Betty perfecta actuando y cantando (Siobhan Dillon) que protagoniza uno de los momentos más emocionantes de la función (el dueto To much in love to care), pero sobre todo un Joe Gillis de primera categoría. Michael Xavier consigue que nos olvidemos de todos los Gillis anteriores, hasta de William Holden si me apuras, construyendo un personaje en conflicto, a veces divertido, a veces canalla, otras avergonzado y desesperado. Su "momentazo chulo piscina" del segundo acto corta literalmente la respiración del público, y no sólo por exhibir su grácil anatomía -por decirlo de algún modo tolerado para todos los públicos- sino por la forma que encara su tema estrella, el que da nombre al musical. Muy a destacar la tremenda química que se establece entre la diva y el guionista en paro, saltando chispas en momentos como ese delicioso The perfect year. Mad about the boy, con eso lo digo todo.    
Y about the girl, claro. Locos por Glenn Close. Nunca he visto a tanta gente gritar tanto, aplaudir tanto, levantarse del asiento con tal energía como aquel bendito sábado en aquella bendita matinée en el Teatro Coliseum. Y es que además todos teníamos el miedo de ver bajar las escaleras de la mansión a otra que no fuera ella, como sucedió una semana antes por indisposición de la actriz. Y aunque la sustituta fuera excelente y posiblemente cantara mejor que la titular -una Ria Jones con el par de bemoles necesarios para salir ante un público cabreado y acabar enloqueciéndolo al final del show- la decepción habría sido mayúscula. Pero no, no hubo lugar para decepciones.
Siempre he creído, igual que muchos, que en un musical es preferible un buen actor que cante que un buen cantante que actúe, claro, también dependiendo del personaje en cuestión. Y si hay un papel que requiere de una actriz superlativa, ese es el de Norma Desmond. Que entone mejor o peor llega a ser secundario, es más, diría que a la vieja dueña de la mansión californiana le va bien meter un gallo de vez en cuando. Y Glenn Close es más que solvente en canto, aunque su voz sea mucho más firme en los diálogos que cuando empieza la música, pero eso no hace más que añadir emoción y ternura a su creación. En With one look, primer "aria" del show, comenzó algo insegura, pero poco a poco se fue creciendo hasta que llego el apoteosis final, y cuando el público dejó de aplaudir y ella pronunció su displicente "now go"... ahí ya nos había metido en el bolsillo a todos los que estábamos con la boca y los ojos abiertos de par en par. Y más aún en el momento estrella del segundo acto, al recibir ese foco de luz en su cara y comenzar a cantar un As if we never said goodbye que en esta ocasión cobraba un sentido especialmente significativo. Inolvidable, de esos momentos que quieres retener para siempre, de esos que duran unos minutos y una eternidad.
               
Y es que parece que las cosas verdaderamente buenas de la vida, como dice aquella copla, no duran mucho más de cinco minutos, o en el mejor de los casos, cinco semanas.


























lunes, 25 de abril de 2016

Qué fue primero?




El blues de la Sra. Celie


Blues (blu: z) nm.  Estilo musical nacido en el sur de Estados Unidos a fines del siglo XIX como derivación de las canciones de los esclavos negros de las plantaciones y que se caracteriza por su aire melancólico y sus letras sobre los problemas personales o sociales. 

Puede ser la película más bonita que he visto en mi vida. Y mira que he visto algunas, pero esa es la sensación que recuerdo haber tenido cuando, allá por el año 86, salí con los ojos hinchados del Palacio de la Música. Qué cine aquel, inmenso, fastuoso, ahora creo que está abandonado, a la espera de que los políticos dejen que se convierta en otra tienda de ropa barata en la Gran Vía.

Antes de ser otra cosa, The Color Purple fue una novela epistolar de la escritora afroamericana Alice Walker. Una pequeña novela que ganó el Premio Pulitzer en 1983, a pesar de hablar de perdedores, de desheredados de la sociedad americana de los años veinte, de mujeres machacadas por la mala fortuna, y por los hombres. A pesar de dejar en tan mal lugar al hombre de color americano, y a pesar de todas las críticas que tuvo que encajar por ello, la novela se convirtió en un éxito. Aún tocando, aunque de puntillas y con cuidado, el espinoso tema del feminismo y el lesbianismo -y del racismo naturalmente- en los duros años de la depresión.

Esta novelita de no más de doscientas páginas cayó pronto en manos de un músico llamado Quincy Jones y en su cabeza comenzaron a sonar ritmos y melodías. Empezó a ver una película entre sus páginas y a soñar con su banda sonora. Y como tenía dinero de sobra para ponerse a ello (no olvidemos que fue el primer afroamericano en convertirse en productor musical de las grandes estrellas del momento), se puso en contacto con gente que tenía más experiencia que él en el negocio. El guionista Menno Meyjes esbozó un borrador que fue aprobado por la autora no sin un buen número de observaciones y reticencias. Y entonces llegó Spielberg, y la controversia creció ya que ésta iba a ser su primera incursión en un género ajeno al de aventuras o ciencia ficción, lo que creó una cierta inseguridad entre los inversores y la madre de la novela. ¿El director de Tiburón, ET y En busca del arca perdida al mando de un dramón generacional de tal envergadura? Y encima blanco y judío, en medio un equipo casi por entero de raza negra.

Pero por otra parte, lucir el apellido Spielberg en el póster garantizaba una audiencia que tal vez otros cineastas jamás habrían conseguido. Así que finalmente se pusieron manos a la obra en un lugar perdido en las llanuras de Carolina del Norte, donde está filmada la mayor parte de la acción. Y luego vino el casting, otro aspecto que revela la enorme valentía del proyecto. Una epopeya de tres horas (a pesar de lo breve de la fuente original), con un reparto casi exclusivamente de color y encima sin actores demasiado populares, porque la hoy mega estrella Woopi Goldberg aún era una perfecta desconocida. Junto a ella estarían Margaret Avery (la divina Shug Avery), una aún ignorada Oprah Winfrey (mucho antes de convertirse en la mujer negra más famosa de América) y Danny Glover, uno de los mejores actores de color de su generación pero que hasta que no empuñó sus "armas letales" no se hizo realmente célebre. Y es que era el actor perfecto para encarnar al acomplejado y violento "Mister", que es como su adolescente esposa lo conocía mucho antes de saber su verdadero nombre, Mr. Albert Johnson.

La película se estrenó en medio de un aluvión de polémicas (que si en el fondo era racista por la visión que ofrecía de la familia negra tradicional, que si era demasiado lacrimógena o demasiado cruda, que si la autora no estaba contenta con el resultado final...), pero el público la adoró desde el principio. Y tuvo nada menos que 11 nominaciones a los oscars aunque al final pasara a la historia por no llevarse ninguno, cosa que aún no podemos entender, porque ¿había aquel año mejor interpretación que la de la Goldberg? ¿Mejor montaje que el de Michael Kahn? ¿Mejor fotografía que la de Allen Daviau? ¿Mejores actrices secundarias que Oprah o Avery? Y sobre todo y por encima de todo ¿mejor banda sonora que la del padre del proyecto Quincy Jones? ¿O es que no perdonaron a Spielberg que por primera vez en su carrera no hubiera contado con John Williams?

Ese fue en un principio mi recelo cuando me enteré de que El Color Púrpura se iba a llevar a los escenarios, que no fueran a contar ni con un solo tema de la partitura original. Porque -y lo digo sin la pasión que puede encender el momento- según mi criterio de melómano y cinéfilo, la música de Jones puede ser una de las más hermosas que se han escrito jamás para una película.

En 2005 se estrenó en el Broadway Theatre la adaptación del filme ahora con partitura de Brenda Russell, Allee Willis y Stephen Bray, en un cuidado y original concepto escénico dirigido por Gary Griffin que tuve el privilegio de ver en persona. A pesar de no haber sentido ni de lejos la emoción que produjo en mí la película (tal vez por el paso del tiempo más que otra cosa), me pareció uno de los montajes más impecables y profesionales que que visto en Broadway. Y si hablamos de los intérpretes... El cast original lo encabezaba la cantante y actriz LaChance, genial como la sufridora Celie, aunque yo lo vi cuando ya la había reemplazado la no menos electrizante Fantasia, ganadora del programa  American Idol, un buen reclamo para mantener el éxito de un show que estuvo respaldado en la producción por el propio Quincy Jones junto con Oprah Winfrey y Scott Sanders. Y puedo decir que pocas veces he visto un público más enfervorizado que el de aquella noche.

Hace unos meses que ha vuelto a la programación de la gran manzana, y por la puerta grande. La historia de esta heroína negra, fea, pobre y mujer -como le grita su esposo y carcelero cuando decide seguir adelante sin él- por desgracia nunca ha perdido vigencia, porque en el mundo -negro, blanco o amarillo- no dejan de nacer Celies condenadas a soportar la humillación y el desprecio de los que se creen superiores. Y se está repitiendo el éxito que tuvo el original, o incluso superando, tal vez por tener en el reparto a una de las mejores voces que existen hoy día, la de Jennifer Hudson, como la explosiva Shug Avery, a la que acompañan Cynthia Erivo como Celie y Danielle Brooks como la impetuosa Sofia. John Doyle, el director de los últimos y más arriesgados Sondheims (Company, Sweeney Todd) está al mando del nuevo montaje que arrasa en el Bernard B. Jabobs Theatre de Broadway, el cual dejará en breve la genial Hudson para ser sucedida por otra voz de oro del panorama actual, Heather Headley (Aida, Do, Re, Mi, The Bodyguard). Buena excusa para cruzar el charco y dar rienda suelta a las emociones -y a las lágrimas- ante esta historia de desamparo, superación y amor con mayúsculas contada a golpe de jazz, ragtime, gospel y, claro, de blues. Uno de los más hermosos que se han compuesto jamás.

Sister, you´ve been on my mind...