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jueves, 30 de mayo de 2013

Qué fue primero?








El crepúsculo de las diosas

I am big! It´s the pictures that got small...

No te sé decir porqué, pero siempre me ha resultado mucho más interesante la decadencia de los artistas que su auge. La belleza que hay en la humillación del abandono, la poesía latente en la amargura de la soledad y el olvido. El patetismo de quienes se niegan a aceptar la derrota del inefable paso del tiempo...
Hollywood, la fábrica de sueños que es en realidad un gigantesco almacén de juguetes rotos, de ídolos caídos, de dioses caducos, de monstruos descatalogados, se ha retratado innumerables veces en sus esplendores, y solo algunas -las mejores tal vez- en el oscuro pozo de sus miserias.
Desde que era un estudiante, a Samuel Wilder ya le atraía el cine americano. Pero no solo lo que mostraban las sesiones continuas en los cines de su Viena natal, sino todo lo que había detrás, las vidas de los actores, directores, los entresijos de las producciones... Al igual que su Joe Gillis él también tuvo que salir huyendo, pero no de un par de matones a sueldo, sino de los nazis que habían confinado a parte de su familia en Auschwitc. Al igual que el guionista fracasado de su película, Billy Wilder buscó refugio en una suntuosa mansión llamada América.
Una vez en Los Angeles, ya trabajando para la industria del cine comenzó a rondarle la idea de escribir sobre una avenida, tomar la parte por el todo y narrar la debacle del cine mudo a través de los actores y directores expulsados del paraíso con la llegada del sonoro. A la derecha pueden ver la casa de John Gilbert, a la izquierda el palazzo de Rodolfo Valentino... El director se apuntaba a cada tour que podía por las mansiones de las estrellas. Enormes y pretenciosas construcciones de estilo ecléctico-californiano, infinitos palmerales salpicados de piscinas vacías, espléndidos y patéticos cementerios de elefantes. Enfrente tienen la villa que perteneció a los Fairbanks...
Así surgió la idea, tras cotejar sus anotaciones con su colaborador, Charles Brackett, se pusieron a componer un guión que tuvo que esperar un tiempo mientras despachaban otros encargos (a mediados de los años cuarenta ya había triunfado como director con Perdición o Días sin huella). El primer borrador trataba de un famoso actor en decadencia, pero luego decidieron cambiarlo por una actriz, tal vez porque los estragos del declive humano pueden ser aún más dramaticos en un rostro femenino.
Cuando en 1948 se les unió un tercero -el periodista del la revista Life, D.M. Marshman- el proyecto tomó la forma definitiva. Parece que fue a éste a quien se le ocurrió la idea de relacionar a la estrella con un guionista en paro, volverla loca de amor (Mad about the boy! reza en la pitillera de oro que la diosa le regaló a su chulo) por un joven escritor en crisis. Este detalle permitiría a los autores tratar sobre la fauna desesperada que se movía por los pasillos de la Paramount, algo que les resultaba más que familiar.
El episodo de una vieja gloria que se cree requerida de nuevo por los grandes estudios, cuando en realidad lo requerido era su viejo y destartalado Isotta Fraschini -presumiblemente algo que había sucedido en la vida real- también surgió en estos momentos. Al igual que el personaje del mayordomo de la diva, el que antes fuera su director y primer marido, el que ahora le mandaba cartas y cartas de falsos fans que suplicaban su regreso a las pantallas.
Y así fue como se construyó uno de los mejores guiones y una de las mejores películas de la historia del cine. Gloria Swanson, William Holden (aunque antes se había pensado en Montgomery Clift para el papel protagonista), Erich Von Stroheim, Nancy Olson y los impagables cameos de Buster Keaton, Hedda Hooper o Cecil B. DeMille ayudaron a convertir esta arriesgada aventura en uno de los mayores éxitos de su estudio. Once nominaciones y tres oscars al mejor guión, banda sonora (Franz Waxman) y dirección artística. Y dos monumentales injusticias: Billy Wilder y la Swanson se quedaron sin estatua. Cosas de los premios, era el año de Eva al desnudo, 1950. Qué películas por dios...
Contar cómo se convirtió en musical en no menos de veinte páginas me resulta más dificil que resumir el antiguo testamento. Pero lo intentaré.
La primera persona que se empecinó en poner música y letra a las desgracias de esta loca de atar fue su protagonista. Gloria Swanson estaba medio retirada cuando se le apareció la virgen en forma de guión y la rescató del olvido para el gran público oyente. Esto le dio nuevas fuerzas para reconducir su carrera y quiso seguir explotando la historia, ahora sobre los escenarios. Richard Stapley y Dickson Hughes escribieron la partitura que fue aprobada de inmediato por la legendaria actriz. Boulevard! iba a llamarse, pero un problema con la cesión de los derechos de la película acabaron por postergar el proyecto hasta que fue finalmente abandonado.  
A principios de los ochenta Stephen Sondheim y Harold Prince pensaron en usar este material para su nueva producción juntos (Angela Lansbury iba a ser su Norma, ¿te imaginas?), John Kander y Fred Ebb también acariciaron el proyecto... pero ninguno de ellos logró encontrar el punto dramático, casi operístico, que requería el relato de una delirante diosa destronada.
Finalmente fue Andrew Lloyd Webber quien consiguió llevarse el gato al agua cuando se hizo con los derechos de la película en 1990. El autor llevaba décadas contemplando la idea de hacer un grandioso musical sobre esta famosa cinta (desde que se enamoró de la historia cuando la vió en un cine a principos de los setenta) pero se le interpusieron en el camino Jesucristo Superstar, Evita, Cats y The Phantom of the Opera, ahí es nada.
Una de las premisas de esta empresa fue la de ser lo más fiel posible a la obra maestra de Wilder, para lo que Christopher Hampton tejió un libreto que respetaba la estructura del argumento original casi al cien por cien. La grandilocuencia habitual de las partituras de Webber encajaba a la perfección con esta oscura fábula, y el compositor se apresuró a lanzar un par de temas para ir suscitando el interés del gran público. Mucho antes del estreno, Barbra Streisand los incluía en su álbum Back to Broadway, lo que enfureció a la Norma elegida, Patti LuPone, que se tendría que enfrentar sobre el escenario a las versiones que la diva ya había popularizado. Con esa presión tuvo que aguantar la primera subida del telón, que fue en 1993 en el Adelphi de Londres.
Posteriormente -y ante la decepción de la pobre LuPone- Glenn Close la estrenó en Los Angeles y luego en Broadway junto a Alan Campbell como Joe, George Hearn como Max y Alice Ripley en el papel de Betty. Pero la llegada de la Close al escenario tampoco estuvo exenta de polémica. Días antes de ser contratada por los productores, Faye Dunaway peleaba sobre las tablas del Shubert de LA por alcanzar la nota final de With one look, el tema de presentación de la actriz. Ante las escasas posibilidades de la que era, por otra parte, la perfecta encarnación física del personaje, Webber decidió reemplazarla por una intérprete tan reputada como Glenn Close, que además ya había demostrado solvencia en el canto en directo en obras como Barnum. Y parece que la precipitada decisión convenció al público y a la crítica. Sunset Boulevard se llevó un buen puñado de Tonys entre los que se encontraban el de la protagonista así como el del mejor musical y partitura, naturalmente.
Desde Londres a Nueva York, pasando por Toronto o Melbourne (donde por cierto debutaba un joven Hugh Jackman como Joe), se han sucedido las Normas en los rostros de Elaine Paige -la mejor desde mi humilde opinión- Betty Buckley, Diahann Carroll, Rita Moreno o Petula Clark. Y todas han mandado a Gillis al fondo de la piscina con la mayor dignidad posible. Pero el duelo de diosas no acaba ahí. Desde su estreno se viene barruntando el regreso al cine, esta vez en formato musical. Barbra Streisand, Liza Minnelli, Meryl Streep o la mismísima Madonna han sido consideradas para una superproducción a la que nadie parece querer hincar el diente, y menos ahora, con el terror al fracaso que reina en el showbusiness. Y es que aunque no se puede decir que este haya sido un proyecto fallido -millones de espectadores en todo el mundo avalan su éxito- sí es cierto que los costes de tan ambiciosa producción jamás han llegado a dar los beneficios esperados. Montar los estudios y la fachada de la Paramount, el apartamento de los actores, la Schwab´s farmacy, el garaje, la piscina y el salón principal de la delirante mansión de la Desmond (que subía y bajaba a placer durante la representación) disparó el presupuesto de una producción que ha supuesto la mayor inversión hecha jamás sobre un escenario. Pero las diosas de verdad no merecen menos, aunque anden en horas bajas.
Podremos decir lo que queramos sobre Sir Andrew y su megalomanía, pero nadie como él podría haber sacado adelante un proyecto tan osado como este, algo tan dificil como conseguir estar a la altura de una de las mejores películas de siempre. Y plasmar con toda pompa y circunstancia el ocaso de un tiempo que no volverá jamás, el de una industria que fabricaba mitos para devorarlos después, la consabida historia del éxito y el fracaso, de las luces fugaces y las penumbras eternas, de los ídolos de oro macizo y barro mojado. De todas las Normas enloquecidas y enajenadas descendiendo por las interminables escaleras del olvido. 

Alright Mr. DeMille, I´m ready for my close-up!        








jueves, 16 de mayo de 2013

Hits/Flops





Too late now?

¿Qué es lo que hace grande a Shakespeare? ¿Y a Homero? ¿Qué tienen Sófocles o Arthur Miller que no tengan otros? ¿Y Lorca? ¿Y Cervantes? ¿Y Faulkner? Que sus relatos resultan atemporales, no solo no envejecen con el paso del tiempo sino que crecen con los años, con los siglos, burlando impunemente la fecha de caducidad que acaba borrando a todos los demás.
El tiempo, ese ente sin peso que tanto puede pesar. Sobre el paso del tiempo, pero en la dirección contraria trata esta historieta inocente y a la vez compleja de un amor imposible entre dos seres que navegan en barcos con rumbos diferentes, uno al ayer, otro al mañana.
La novela póstuma de Henry James -The Sense of the Past- publicada en 1917, inspiró vagamente una obra de teatro del dramaturgo y guionista John L.Balderston (Dracula, Frankstein, Gaslight...) titulada Berkeley Square. En ella se contaba la historia de una chica que hace un viaje al pasado por vía hipnótica. De la América del siglo XX a la Inglaterra del XVIII con solo un chasquido de los dedos de su terapéuta, rítete tú de las compañías low coast. Con esta premisa y unos cuantos buenos actores, esta obrita llegó a ser más popular de lo que su autor hubiera imaginado jamás. Hasta sirvió de plataforma de lanzamiento para un joven Leslie Howard que empezaba a hacer sus pinitos como actor, años antes de volver loca de amor a la mismísima Scarlett O´Hara. Corría el año 1929, y en Broadway estaban deseosos de comedias ligeras e insustanciales que no plantearan más problemas de los necesarios.
A principios de los sesenta, el famoso letrista Alan Jay Lerner (My fair lady, Camelot, Gigi...) se empeñó en hacer de esta fábula romántica un musical. Atraído por los fenómenos paranormales y la percepción extrasensorial, el autor propuso a Richard Rodgers escribir una obra que se llamaría "I picked a daisy" (Arranqué una margarita), pero una serie de diferencias creativas hicieron que el binomio Lerner/Rodgers nunca  llegara a cuajar. Empeñado en escribir una pieza sobre la reencarnación -tema que le atraía poderosamente- Lerner no descansó hasta tropezarse con el compositor de la exitosa obra Finian´s Rainbow, Burton Lane. Unos tres días de encierro en un apartamento del midtown hicieron que letrista y músico pillaran el pulso que requería esta simpática -y metafísica- obra. Tras escribir el primer tema decidieron que había que cambiar el título. Buscaban uno contundente (¿quién demonios iría a ver un show sobre una chica que arranca margaritas?), que fuera original y capaz de atraer la curiosidad del público. Y así nació uno de los mayores standards de la música moderna norteamericana junto con el título de un nuevo musical.
"En un día claro se ve hasta siempre", uff, en español suena regular. Sin embargo en su idioma original es pura musica ¿verdad? Suele suceder. Lo siguiente fue buscar a la protagonista, y ambos tuvieron claro que la Daisy Gamble perfecta no podría ser otra que Barbara Harris. De hecho se dice que el material fue escrito para ella, y si escuchas el disco o ves alguna de las poquísimas -y malísimas- imágenes que existen creerás que es cierto.
Por el contrario, dar con el protagonista masculino fue bastante más duro. Tras considerar un largo abanico de posibilidades, finalmente optaron por una estrella del cine, Louis Jourdan, en el umbral de la decadencia de su carrera. Ni su actuación ni su voz llegaron a convencer, y en las previas de Boston finalmente decidieron reemplazarlo por un animal teatral llamado John Cullum. Este se convirtió en el definitvo Dr. Mark Bruckner, el psicoanalista que se enamora de dos mujeres dentro del mismo cuerpo, la caótica fumadora compulsiva y la misteriosa cortesana devorahombres con más de tres siglos de edad.
El show se estrenó el 17 de octubre de 1965 en el Mark Hellinger Theatre con un importante éxito y cerca de trescientas funciones, que no está nada mal. Y cinco años después Vincente Minnelli puso sus ojos en él y lo convirtió en película. Yves Montand y Barbra Streisand (y un jovencito Jack Nicholson)protagonizaron esta divertida y colorista cinta, que si bien no fue la más popular de su director, funcionó muy bien gracias, sobre todo, a la tremenda popularidad de la estrella. "Vuelve a mi lado" se tituló aquí.
Y después de más de cuarenta años regresó a Broadway. ¿Tal vez demasiado tarde? Es posible, ya que el asunto de la reencarnación parece no estar tan de moda hoy como en los años sesenta.
Michael Mayer dirigió este revival en 2011 que fue reescrito -y desestructurado- por el guionista Peter Parnell (West Wing). Y en esa revisión pudo estar el motivo de su fracaso a pesar de contar con una estrella del calibre de Harry Connick Jr. liderando cartel. Se nota que los productores tuvieron miedo de que al público actual no le interesara mucho el tema y decidieron alterar el argumento cambiando personajes y situaciones. De entrada, el papel de Mrs. Gamble, decisivo en el original, desaparece aquí reemplazándolo un florista gay de un tiempo algo impreciso (los años 70, por la ropa) que se somete a unas sesiones de hipnosis en las que sale a flote su existencia pasada como una cabaretera de los años cuarenta. Esto da pie a una serie de equívocos especialmente cuando el doctor se enamora de su esencia anterior. Pero ¿sabes cuál creo que fue el problema? Que ni al público joven le enganchó una historia aún algo caduca ni tampoco convenció a los que buscaban reencontrarse con un clásico tan venerado, los que sufrieron la terrible decepción de no reconocer el original. Y es que el templo sagrado de Broadway no permite profanaciones así como así...
Poco menos de dos meses aguantó la función. Lo que se dice un fracaso en toda regla. Críticas mediocres y una entrada flojita en  tiempos en los que Mr. producer no se permite perder ni medio dólar. ¿Lo mejor?  Aparte de hacernos disfrutar de una de las partituras más deliciosas jamás escritas (si obviamos ciertos arreglos poco afortunados que pretendían modernizar algunos temas), un descubrimiento llamado Jessie Muller, la actriz semidesconocida que daba vida a la cantante de la vida anterior. Una chica nueva en la ciudad con una voz tan dulce como potente, un porte elegante y divertido y las tremendas agallas de tragarse de un bocado al crooner de los crooners, el que muchos calificaron como sucesor del mismísimo Sinatra. Y es que a Connick, a pesar de esa voz de terciopelo azul que emborracha como el mejor whisky escocés, no se le veia cómodo con el personaje, el único que el huracán revisionista había dejado casi intacto. Se le notaba algo fuera de sitio, como si se hubiera escapado de la producción del 65, un galán de otros tiempos perdido entre una pandilla de hippies saltarines.    
Parece que en un día claro puedes verlo todo tan claro... menos el fracaso que puede suponer una reposición que llega con unos veinte años de retraso. Demasiado tarde, cuando por desgracia no nos hacen reir los mismos chistes ni nos fascinan las mismas historias ¿O tal vez sí? Así de caprichoso es el mundo del espectáculo.






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jueves, 2 de mayo de 2013

What´s about?





El circo de la Historia 

Estaba claro que el primer heredero de Carlomagno jamás llegaría a ser rey. Por más que lo hubieran adiestrado para el poder y la guerra, eso no era lo suyo. Su condena fue pasarse la vida buscando su lugar en el mundo, en un mundo cruel y salvaje, un mundo de odios y venganzas, de ambición y muerte. De litros y litros de sangre derramada a su alrededor. Y aunque no pudo encontrar ese lugar en la tierra, tal vez si halló su rincón en el cielo...
Pipino el Jorobado -como lo rebautizó la historia- no nació con joroba, la fue adquiriendo conforme pasó su vida y las tribulaciones se le fueron acumulando. Posiblemente una pesada mochila de dudas y tormentos fue deformando su espalda con el tiempo. Pero nació sano y creció hermoso, todo un príncipe, según dicen las crónicas de la época. Un príncipe maldito.
Reino Franco. Siglo VIII. El emperador de occidente engendra su primogénito con una concubina llamada Himiltruda. ¿Un hijo ilegítimo? Nunca quedó claro si sus padres se llegaron a casar alguna vez. Pero su dudoso origen marcó un camino lleno de curvas y baches.
Pipino, llamado así por su abuelo, destacó por su amabilidad y buen humor, por ser vitalista y jovial, virtudes estas no muy comunes en los límites del Imperio carolingio. Como sucedió a otros príncipes -a nuestro Alfonso X por ejemplo- la corona le quedaba grande, tal vez por estar fundida con metales de espadas manchadas de sangre. Pipino prefería la pluma manchada de tinta, la cítara y el laúd, la música y la poesía. Pipino quería enamorarse y ser feliz. Pobre.
Un hermanastro sediento de poder le arrebató el cetro y la corona. Le robó hasta el nombre ya que por intercesión de su madre, la ambiciosa Hildegarda, el pequeño Carlomán se convirtió en Pipino. Y Pipino fue desheredado, arrojado del paraíso. Aprovechando su penosa situación, una camarilla de nobles de la corte convenció al muchacho de que formara parte de una conspiración contra el rey. Hambrientos de poder lo enredaron en un peligroso complot que le devolvería su sitio en el trono, sabiendo que así podrían manipularlo a su antojo, como una marioneta pendiente de manos poco escrupulosas.
Pero los hilos que movía el emperador eran de acero y facilmente pudo averiguar lo que estaban tramando a sus espaldas. Pena de muerte para los conspiradores y destierro para su hijo que mucho antes ya había sido desterrado. Segun las crónicas murió solo y olvidado en un monasterio alemán, condenado al ostracismo, como un triste monje cargando con la pesada chepa de su propia desgracia.
Pipino quiso entender el mundo, luchar por la justicia, combatir la tiranía e irse a dormir con la conciencia tranquila en medio de las intrigas de una corte corrupta y despiadada. Vamos, que reunía todos los requisitos para protagonizar algún día un musical, pero uno muy especial, muy oscuro, como la oscura edad media.
Un año después de estrenarse Godspell, Stephen Schwartz andaba buscando productor para una obra que venía perfilando desde hacía tiempo. The adventures of Pippin era el título provisional de un show que contaría la vida y amores de un antihéroe con muy buenos sentimientos y muy mala suerte en la vida. Algo en la línea del Candide de Bernstein, pero con menos comedia y más drama. El compositor, junto con el productor Stuart Ostrow, buscaba al mejor para dirigir el nuevo musical, y el mejor no era otro que Bob Fosse. Pero a Fosse no le interesó demasiado el material, considerándolo blandengue y sentimentaloide. Solo accedió a tomar las riendas del proyecto si le dejaban meter mano, reestructurarlo hasta lograr un nuevo concepto. Desde luego mucho más oscuro y cínico, fiel a la marca de la casa.
Lo primero que hizo fue crear un personaje, The Leading Player, el trovador que va narrando las desventuras del príncipe. Ahora la linealidad del original se había perdido y todo el peso de la historia lo llevaría el grupo de titiriteros y cómicos ambulantes que ilustrarían cada episodio con sus bailes y actuaciones.
Y ahí entrarían las coreografías, el campo en el que el director se encontraba en su salsa, tal vez con más fuerza expresiva que nunca antes. Números como Magic to do o War is a science -dejando aparte el pequeño gran "soft shoe" Manson trío, quintaesencia del sello Fosse- se convirtieron en clásicos ya el mismo día de su estreno. O el Spread a little sunshine, un sarcástico cántico a los placeres y al amor que define a la perfección el personaje de la pérfida Fastrada, esposa del rey y madrastra del protagonista. Leland Palmer (la magnífica Verdon de All that jazz) bordó esta escena machacándose la pelvis, como hizo Chita Rivera cuando la sustituyó en la gira, y es que con el maestro había que darlo todo o salir huyendo. Pero el que se llevó la obra al huerto fue Ben Vereen, precisamente en un personaje que no estaba en el manuscrito original, un narrador sacado de la Comedia del Arte pero pasado por el tamiz del cabaret más mugriento a este lado del Hudson. El alter ego de Fosse se llevó uno de los Tonys que ganó esta pieza que llegó a ser uno de los éxitos más importantes de su autor y uno de los músicales más especiales y genuinos de la historia. Surrealista, inquietante, sexy hasta más no poder -el tema romántico With you fue transformado por el director en una orgía perfectamente coreografiada- y hippy, terriblemente hippy. Estamos hablando del 72, imagínate.
Y ahora, cuarenta años después, esta joya cientos de veces montada por compañías amateurs de todo el país, regresa a Broadway. Y lo hace por la puerta grande. Diane Paulus -responable de la última versión de Porgy and Bess- dirige un concepto nuevo en el que el circo tiene más protagonismo pero que no deja atrás las coreografías del mítico original. Chet Walker, bailarín de Fosse en la producción inicial, recrea los movimientos dándoles una dimensión mucho más arriesgada y acrobática, pero conservando el mismo espíritu, que no es decir poco. Y el Leading player esta vez será una chica, la Sister Act Patina Miller, llamada a llevarse todos los premios de la temporada. Terrence Mann hace del Rey Carlos, Charlotte D´Amboise es Fastrada y la genial Andrea Martin se mete en la piel de Berthe, la abuela del chico, que encarna Matthew James Thomas, el Spiderman original. Y nos esperan todos en el Music Box, un viejo teatro del corazón de Times Square convertido en un increíble circo de tres pistas.               
Se han escrito musicales sobre el Rey Arturo, Carlos el Delfín de Francia, Juana de Arco, el Rey de Siam, Sissi de Austria, Hitler, Perón y varios presidentes americanos, entre otros muchos. Historias de la historia, grandezas y miserias, finales nada felices la mayoría, pero salpicados de canciones que nos ayudan a tragarnos algo que se hace más arduo en la letra menuda de los libros.
Hoy traemos un trocito de la edad media a este nuestro pequeño rincón, los siglos oscuros, que no lo fueron tanto hasta que un tipo con bombín y cigarrillo empezó a husmear por los recovecos de las viejas batallas, los torneos y las justas echándoles un montón de magia encima. Un cuento cruel, como la mayoría de los cuentos, manchado de sangre. Pero marcando el paso al milímetro, acariciando el suelo con la punta del zapato y contorsionando las caderas y los brazos como serpientes descoyuntadas. Y realizando triples saltos mortales en un circo mortal, el de la vida misma.
Pasen y vean el asombroso, el único, el insólito, el genuino y mil veces repetido circo de los vivos y los muertos, los buenos y los malos, los vencedores y vencidos, el maravilloso y terrible circo de la Historia.
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